La Odisea IX · Penélope · El arco #2
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IX · Penélope · El arco #2

No discuto. Hago una señal a mis mujeres y subo la escalera.

Oigo a mi espalda las burlas de los pretendientes cuando Eumeo coge el arco para llevárselo al mendigo, y oigo a Telémaco gritarle al porquero que obedezca a su amo y se lo lleve.

Oigo a Euriclea echar el cerrojo de las puertas de las habitaciones de las mujeres, una tras otra, como le han ordenado.

En lo alto de la escalera me vuelvo por última vez.

El mendigo tiene el arco en las manos. Lo está examinando. Le da vueltas despacio, lo mira por todos los lados, prueba con la uña si la carcoma ha roído el cuerno de las puntas en todos estos años. Con la calma de un músico que revisa su lira antes de empezar a cantar.

Levanta la cabeza. Me mira.

Y yo entro en mi habitación y cierro la puerta.

No me acuesto. Los aedos dirán después que la diosa derramó sobre mis párpados un sueño dulce y que dormí mientras abajo pasaba lo que pasó. Los aedos dirán lo que les convenga.

Me quedo de pie detrás de la puerta, con las dos palmas apoyadas en la madera. Escucho.

Primero, un sonido que conozco. Un sonido que no he oído en veinte años y que reconozco antes de pensar.

La cuerda de un arco que alguien tensa sin esfuerzo, sin gemir, con la misma facilidad con que un músico pone una cuerda nueva en la lira.

Y luego la vibración. Un zumbido agudo, limpio, parecido al grito de una golondrina.

Un trueno. Otra vez. En el cielo limpio.

Un silbido. Un golpe sordo, al fondo de la sala, de algo que se clava en madera.

Silencio. Un silencio tan completo que oigo el latido de mi propia sangre en los oídos.

Y luego su voz.

Su voz de verdad. Sin la ronquera, sin el acento de Creta, sin nada. La voz de un hombre en una habitación de Pilos que olía a resina. Tan clara, tan tranquila, que la oigo como si estuviera a mi lado.

—El juego ha terminado —dice—. Ahora apuntaré a otro blanco, uno que nadie ha alcanzado todavía.

Una copa que cae al suelo. Oro contra piedra. El ruido de una mesa volcada. Una bandeja. Pan y carne que se esparcen. Algo pesado, un cuerpo, que se desploma.

Y los gritos.

No sé cuánto dura. Una hora. Una vida.

Oigo cosas que no voy a contar nunca. Oigo a hombres suplicar.

Oigo el ruido que hace una lanza cuando atraviesa un cuerpo y se clava en la madera del otro lado.

Oigo correr. Oigo puertas golpeadas desde dentro, puños contra madera, puños que no pueden salir porque alguien ha cerrado las puertas de la sala.

Oigo la voz de Eurímaco, suplicando, ofreciendo oro, ofreciendo bronce, ofreciendo veinte bueyes por cada uno, y oigo cómo la voz se corta de golpe en mitad de una palabra.

Oigo a mi hijo gritar.

Me llevo las manos a la boca. Muerdo la carne de la palma hasta sentir el sabor de la sangre.

Oigo a mi hijo gritar otra vez, y ahora es un grito de guerra, de rabia, y oigo el ruido del bronce contra el bronce, y oigo otra voz, una voz que conozco bien, una voz grave y suave que me dijo mi nombre bajo un peral.

Anfínomo. No grita. Hace un ruido. Un solo ruido, corto, de sorpresa, como cuando se le escapa a alguien el aire del pecho al recibir un golpe que no esperaba.

Y luego ya no oigo su voz entre las otras.

Me resbalo por la puerta hasta quedar sentada en el suelo. Tengo la frente contra la madera. Siento, a través de ella, las vibraciones de lo que pasa abajo, como se sienten los pasos de los caballos a través de la tierra.

No lloro. No rezo. No me tapo los oídos.

Cuento.

Cuento los gritos que se apagan, como conté una vez desde la galería a los hombres que estaban en mi sala.

Ciento ocho. Ciento siete. Noventa. Setenta.

Pierdo la cuenta y vuelvo a empezar, y sigo, y sigo, y hay una parte de mí, una parte que no reconozco o que reconozco demasiado bien, que está muy tranquila.

Que respira despacio. Que siente un calor lento y espeso que le sube desde el vientre, como la noche en que un mercader borracho me habló de oro enterrado bajo una tienda.

El silencio llega de golpe, con la brusquedad del trueno.

Me quedo sentada en el suelo, escuchando. No se oye nada. Ni un gemido. Ni una voz. Solo, muy lejos, el ruido de las gaviotas en el puerto.

Después, pasos en el patio. Muchos pasos. Pies descalzos, ligeros, que se arrastran. Y sollozos. Sollozos de mujer. Voces jóvenes que lloran bajito, que suplican, que se callan cuando alguien les ordena que se callen.

Las criadas.

Las están sacando de la casa. Oigo la voz de Euriclea, dura, que las va nombrando una a una.

Oigo la voz de mi hijo. Oigo el ruido de algo pesado que se arrastra por el suelo, y luego agua, cubos de agua que se derraman sobre las losas, y el roce de las esponjas y de las azadas raspando la tierra del suelo de la sala. Las están haciendo limpiar.

Las están haciendo limpiar la sangre de sus amantes.

Y entonces, al otro lado de la puerta, justo al otro lado, a un palmo de mi cara, alguien golpea la madera.

Golpes débiles, desesperados, con los puños abiertos.

—¡Señora! —Una voz de muchacha, rota por el llanto—. ¡Señora, abrid! ¡Abrid, por favor! ¡Soy yo! ¡Soy Melanto!

Me quedo inmóvil.

—¡Os lo conté, señora, os lo conté todo! —solloza—. ¡Me obligó! ¡Me obligó él! ¡Vos lo sabéis, visteis las marcas! ¡Decidles que me obligó, señora, por lo que más queráis, decidles que vos me enseñasteis a tejer!

Oigo pasos que suben por la escalera. Pasos de hombre. Pesados, tranquilos. Los golpes de Melanto se vuelven frenéticos. Me llama por mi nombre. Me llama madre, como me llamaba cuando tenía cinco años y se caía en el patio.

Pongo la mano en el cerrojo.

No lo abro.