IX · Penélope · El arco
El almacén del fondo está en lo más alto de la casa, al final de un pasillo estrecho donde no llega el ruido de la sala.
Solo tengo yo la llave. La llevo colgada al cuello desde hace veinte años, bajo el peplo, y el bronce me ha dejado una marca verde en la piel, entre los pechos, que ya no se va con el agua.
Subo sola. No quiero que nadie me vea abrir esta puerta.
La llave entra en la cerradura con un chasquido que me sube por el brazo.
Tiro de la correa, la aldaba se levanta, y las hojas de la puerta se abren con un mugido de toro en el prado.
Dentro huele a cedro y a polvo y a metal.
Hay arcones con ropa de fiesta, trípodes envueltos en lino, lingotes de bronce apilados, hachas.
Y en la pared, colgado de un clavo, dentro de una funda de cuero que ya se ha agrietado, el arco.
Lo descuelgo. Pesa menos de lo que recordaba.
Me siento en el suelo con el arco en las rodillas, y lo saco de la funda.
Es una madera oscura, casi negra, con las puntas reforzadas de cuerno, pulida por los años y las manos.
Tiene todavía una mancha de aceite en la empuñadura, la del aceite con que él lo untaba cada tarde de invierno sentado junto al fuego, mientras yo tejía.
Le gustaba hablarle mientras lo hacía. Le decía cosas en voz baja, como se le dicen a un caballo.
Llevo la nariz a la madera. No huele a él. Hace mucho que no huele a él.
Y entonces lloro. No como anoche, junto al fuego, en silencio. Lloro a gritos, abrazada al arco, doblada sobre él, y el sonido rebota en las paredes del almacén y vuelve hacia mí como si hubiera otra mujer llorando en la oscuridad, al otro lado de los arcones.
Porque sé lo que voy a hacer.
Sé lo que va a pasar cuando baje esta escalera.
Sé lo que hará el hombre que duerme en mi vestíbulo cuando tenga este arco en las manos.
Lo he sabido desde que me dijo un telar con los ojos fijos en los míos.
Lo he sabido desde que puse la mano sobre su muslo a medianoche y sentí la cicatriz bajo la lana y él no se movió, no respiró más deprisa, no hizo nada, como un animal que ha aprendido a quedarse quieto hasta el momento de saltar.
Hay ciento ocho hombres en mi sala. Algunos son crueles.
Otros solo son tontos, o jóvenes, o hijos de padres ambiciosos que los mandaron aquí como se manda un carnero al mercado.
Algunos tienen madres que me escribieron cartas pidiéndome que los devolviera a casa.
Uno me besó bajo un peral y me dijo mi nombre.
Y yo voy a bajar esta escalera con el arco en los brazos, y se lo voy a poner delante.
Nadie me obliga. Podría romperlo. Podría esconderlo.
Podría subir a la sala y decirles que he cambiado de idea, que elegiré marido mañana, o dentro de un mes, o nunca.
Podría bajar al vestíbulo y arrodillarme ante el mendigo y suplicarle que se marchara conmigo, esta noche, en un barco, a cualquier parte, que dejáramos a los pretendientes su casa y su vino y sus criadas, que empezáramos de nuevo en otra isla, lejos de todo esto.
No lo hago. Me seco la cara con el dorso de la mano. Me pongo de pie.
Veinte años. Veinte años comiéndose mi casa.
Veinte años mirándome como a una vaca en una feria.
Tres años de amenazas, de puertas reventadas, de manos en la cintura por los pasillos.
Una emboscada para matar a mi hijo. Un broche falso fabricado con un molde robado de mi arcón, para hacerme creer que mi marido yacía en el fondo del mar.
Esta decisión la tomo yo. Con estas manos.
Cojo el arco. Cojo el carcaj, lleno de flechas con plumas de águila. Mando llamar a mis mujeres para que carguen el cofre de las hachas. Y bajo.
La sala se queda en silencio cuando aparezco en lo alto de la escalera.
Me detengo junto a la columna, con el velo cubriéndome la cara esta vez. Quiero que no me vean. Quiero ver yo.
—Escuchadme, pretendientes —digo—, que os habéis lanzado sobre esta casa para comer y beber sin tregua, con el pretexto de que queríais casaros conmigo.
Aquí tenéis el premio. Este es el arco del divino Odiseo.
El que lo tense con más facilidad y haga pasar una flecha por los anillos de las doce hachas, será mi marido.
Y yo me iré con él, y dejaré esta casa donde me casé, tan hermosa, tan llena de todo, que seguiré recordándola en sueños.
Le tiendo el arco a Eumeo. El viejo lo toma con las dos manos y rompe a llorar.
Filetio, el boyero, lo ve y llora también.
Antínoo les grita desde su sitio, los llama patanes, les dice que se larguen a llorar fuera, que están ofendiendo a la reina con sus lloriqueos.
Lo dice sin mirarme. Luego se vuelve hacia los demás y añade, con una sonrisa, que no va a ser fácil tensar ese arco.
Que entre todos los que están en la sala no hay ninguno como era Odiseo.
Que él lo conoció de niño y lo recuerda bien.
Miente. Estaba en la cuna cuando Odiseo se fue.
Telémaco se levanta. Cava una zanja larga y recta en el suelo de tierra de la sala, con sus propias manos, y clava las hachas en ella una tras otra, alineadas con tanta precisión que los pretendientes se quedan asombrados.
Nadie le ha enseñado nunca a hacerlo. Nunca lo ha visto hacer.
Lo hace como lo hacía su padre, con el mismo gesto de la muñeca al hundir el mango, con la misma manera de agacharse para mirar a lo largo de la fila con un ojo cerrado.
Luego coge el arco y lo intenta él.
Tres veces tira de la cuerda. Tres veces se le escapa. A la cuarta, con los dientes apretados y los músculos del cuello marcados como cuerdas, la cuerda empieza a ceder, y yo veo que va a conseguirlo, que mi hijo va a tensar el arco de su padre, y se me corta la respiración.
Y veo al mendigo, en el umbral, hacerle un gesto mínimo con la cabeza.
Telémaco suelta la cuerda. Deja el arco apoyado en la puerta. Se sienta.
—Ay de mí —dice—. Voy a ser débil y cobarde toda la vida. O quizá sea todavía demasiado joven. Probad vosotros, que sois más fuertes.
Nadie más ha visto el gesto del mendigo. Solo yo. Siento un escalofrío que me recorre la espalda entera.
El primero en intentarlo es Leodes, el adivino, el que siempre se sienta junto a la cratera del vino, al fondo, y nunca participa en los insultos.
Tiene las manos blandas y finas, manos que no han hecho nada más duro que leer las entrañas de las aves.
No mueve la cuerda ni un dedo. Deja el arco con la cara colorada y dice que este arco va a quitarles la vida y el aliento a muchos príncipes. Todos se ríen de él.
Antínoo manda a Melanteo, el cabrero, que encienda el fuego y traiga un gran pan de sebo. Calientan el arco, lo untan de grasa, lo ablandan. Lo intentan uno tras otro. Ninguno lo consigue.
Eurímaco lo intenta el último. Le da vueltas junto al fuego, lo calienta por todos los lados, lo agarra con fuerza. Sus brazos, que son grandes, tiemblan. Suda. La cuerda no se mueve. Al final lo deja caer al suelo con un gemido de rabia.
—No me duele tanto perder la boda —dice—. Hay muchas mujeres en Ítaca y en las otras islas. Me duele que seamos tan inferiores a él. Qué vergüenza cuando lo sepan los que vengan detrás.
Antínoo se levanta. No ha intentado tensar el arco. Nadie se ha dado cuenta, salvo yo.
—Hoy es fiesta de Apolo, el Arquero —dice—. Nadie debería tensar un arco en un día como hoy. Dejemos las hachas clavadas, que nadie se las va a llevar. Mañana haremos sacrificio al dios de los arcos y volveremos a intentarlo.
Todos le dan la razón. Aliviados. Levantan las copas.
Y el mendigo se pone en pie.
—Príncipes —dice, con su voz ronca, gastada—, dadme el arco. Quiero probar mis fuerzas delante de vosotros. Quiero saber si me queda algo del vigor que tuve en los miembros, o si el hambre y los viajes me lo han quitado todo.
Se hace un silencio espantoso.
Luego estalla el escándalo. Todos gritan a la vez, se levantan, se indignan.
Antínoo es el que más grita. Le dice que el vino se le ha subido a la cabeza.
Le recuerda al centauro Euritión, que se emborrachó en la boda de Pirítoo y acabó con las orejas y la nariz cortadas.
Le amenaza con mandarlo a Equeto, el rey que mutila a todos los hombres que caen en sus manos.
Me levanto.
—Antínoo —digo. Y todos se callan—. No es justo ni honrado ofender a los huéspedes de Telémaco. ¿Crees que si este extranjero tensa el arco me va a llevar a su casa y me va a hacer su esposa? Ni él mismo lo espera. Que ninguno de vosotros se amargue la comida pensando en eso.
Eurímaco se pone muy rojo.
—No tememos que te lleve, reina. Tememos lo que dirán. Que unos hombres mucho más débiles que Odiseo pretendían a su esposa y no pudieron tensar su arco, y llegó un mendigo y lo tensó sin esfuerzo.
—La deshonra ya la tenéis —le contesto—.
Os la habéis ganado abusando de la hospitalidad de un hombre noble.
Dadle el arco. Si lo tensa, le daré un manto y una túnica, una lanza para defenderse de los perros y los hombres, una espada de doble filo y sandalias para los pies. Y lo mandaré adonde él quiera.
Telémaco se pone en pie antes de que nadie pueda contestar.
—Madre —dice, con una dureza nueva—, el arco es cosa de hombres. Y de mí, sobre todo, que tengo el poder en esta casa. Vuelve a tus habitaciones. Ocupa tu tiempo en tus labores, el telar y la rueca, y manda a tus criadas que hagan lo mismo.
Nos miramos. Mi hijo y yo. En su cara no hay rastro del niño que se reía en el surco, lleno de tierra y sal. Hay un hombre que me da una orden. Un hombre que me está protegiendo del modo en que su padre me protegía, apartándome. Un hombre que sabe lo que va a pasar.
Y me doy cuenta de que él también sabe que yo lo sé.