VIII · Odiseo · El umbral
Me acuesto en el vestíbulo sobre una piel de buey sin curtir, con otras pieles de oveja encima, las de los animales que los pretendientes sacrifican cada día para sus banquetes. Huelen a sangre vieja. Euriclea me echa un manto por encima sin mirarme a la cara. Le tiemblan las manos.
No duermo.
Oigo pasar a las criadas. Salen de la cocina por parejas, de tres en tres, con los pies descalzos y las túnicas sueltas, riéndose en voz baja, tapándose la boca con la mano.
Van hacia las habitaciones de los hombres.
Hacia las camas de los que se comen mi pan.
Pasan a un palmo de mi cabeza, en la oscuridad, y no me ven, o me ven y se ríen más fuerte, porque un mendigo tumbado en el suelo es como un perro, como un mueble.
Cuento. Una. Dos. Cinco. Nueve. Doce.
La sangre me golpea en las sienes. Siento que el corazón me gruñe dentro del pecho como gruñe una perra que ve a un desconocido acercarse a sus cachorros, con los dientes fuera, el lomo erizado.
Me imagino levantándome ahora, desnudo de armas, en plena noche, y entrando en esas habitaciones.
Me imagino las gargantas. Las manos no necesitan espada si uno sabe dónde apretar.
Me golpeo el pecho con el puño, en silencio.
Aguanta, corazón. Cosas más perras aguantaste el día en que el cíclope se comía a tus compañeros de dos en dos, y tú esperabas, y esperabas, hasta que la astucia te sacó de la cueva.
Me lo repito hasta que el pulso me baja. Hasta que las risas se apagan detrás de las puertas y solo queda el ruido de la casa dormida.
Pero no duermo.
Ella lo sabe.
Lo he sabido desde que la vi quedarse quieta en su sillón, con las manos en el regazo, mientras yo le apretaba la garganta a la vieja que me dio el pecho de niño.
Una mujer que no ha visto nada se vuelve al oír el ruido de una palangana volcada.
Mira. Pregunta. Penélope no se volvió. Se quedó mirando el fuego con una calma tan perfecta que habría engañado a cualquiera que no la hubiese visto llorar un momento antes por un dibujo rayado en un broche.
Lo del broche fue una apuesta.
Lo descubrí al segundo día de navegación hacia Áulide, tal como se lo conté.
Me pasé el viaje entero tocándolo con el pulgar, ese telar diminuto, y nunca se lo mencioné en las cartas.
Cuando los fenicios me robaron el manto en Egipto, años después, fue el broche lo que más lloré.
Nadie en el mundo sabía de ese dibujo salvo ella y yo.
Si le hablaba de él y ella no reaccionaba, sabría que ya no le importaba. Que el tiempo lo había borrado.
Reaccionó. Lloró como no la vi llorar nunca, ni el día que me fui.
Y luego, un momento después, me miró a los ojos y me dijo que mañana elegiría marido.
Me doy la vuelta sobre la piel de buey. No entiendo a esta mujer. Nunca la entendí. Me casé con ella precisamente por eso.
Si sabe que soy yo, ¿por qué no ha dicho nada?
¿Por qué no me ha abrazado, no me ha llevado a su cama, no me ha pedido que me quite estos harapos?
¿Es prudencia? ¿Teme que los pretendientes lo descubran?
¿O es algo más oscuro, algo que viene de estos veinte años en que yo no estaba, de todo lo que ha tenido que aprender para sobrevivir sola en esta casa?
¿O me está castigando?
Pienso en Circe. En Calipso. En las noches que no le contaré nunca. Pienso en la habitación de Pilos, en la pregunta que me hizo la primera noche. ¿Y si eres tú quien comparte otro lecho? Pienso en lo que le contesté.
Y pienso en un huerto de perales. En el árbol que plantó mi padre el año en que yo nací. En un hombre de treinta años con los ojos castaños y las manos limpias.
Me clavo las uñas en las palmas hasta que me sangran.
Poco después de medianoche se abre la puerta de la escalera.
No me muevo. Respiro despacio, profundamente, como respira un hombre dormido. He hecho esto muchas veces, en muchos campamentos, en muchas cuevas.
Pasos. Pies descalzos sobre la piedra. Ligeros, lentos, que se detienen a cada momento como para escuchar. Un olor a aceite de rosas que me llega antes que ella.
Se detiene a mi lado.
La oigo respirar. La siento arrodillarse, muy despacio, sin hacer ruido. Siento el calor de su cuerpo a un palmo del mío, a través de las pieles de oveja. No abro los ojos. No sé si podría soportar mirarla ahora, tan cerca, en la oscuridad, y no tocarla.
Una mano se posa sobre el manto.
La siento a través de la lana. Una mano pequeña, firme, que se apoya primero en mi cadera y luego baja, muy despacio, por el muslo.
Se detiene justo encima de la rodilla. Encima de la cicatriz.
La que me hizo el jabalí en el monte Parnaso cuando tenía dieciséis años y fui a cazar con los hijos de Autólico, mi abuelo.
La cicatriz que ella recorrió con los dedos la primera noche que hicimos el amor, en la cama del olivo, preguntándome quién me la había hecho, y yo le conté la historia entera, con todos los detalles, y ella se rió porque le dije que el jabalí tenía los ojos de su padre.
La mano se queda ahí. Quieta. Apretando apenas. Luego empieza a moverse.
Sube. Despacio. Por encima del manto, desde la rodilla, por la cara interna del muslo, un palmo, otro, con la cautela de quien camina a oscuras por una casa que conoce.
Se detiene justo antes de llegar. Tan cerca que siento el calor de su palma a través de la lana, sobre mi sexo, sin tocarlo. Y se queda allí.
Todo mi cuerpo se tensa como la cuerda de un arco.
El deseo me sube desde las entrañas, brutal, ciego, veinte años de deseo acumulado detrás de un dique que se resquebraja, y mi carne responde bajo su mano sin que yo pueda impedirlo.
Ella lo nota. Tiene que notarlo. La oigo contener el aliento.
Quiero agarrarle la muñeca y bajarla esos dos dedos que faltan.
Quiero tumbarla sobre la piel de buey, aquí, en el vestíbulo, entre el olor a sangre vieja, a la vista de cualquiera que baje la escalera, subirle el camisón hasta la cintura y tomarla con los harapos puestos.
Quiero morderle la boca, el cuello, los pechos, hasta que se le olvide el nombre del hombre del huerto.
No me muevo. No abro los ojos. Respiro por la nariz, con los dientes apretados, y cuento.
Ella se inclina más. Apoya la frente en mi hombro.
Siento sus pechos contra mi brazo, blandos y calientes bajo la tela fina, y su respiración, que ya no es tranquila, en la curva del cuello.
Su pelo me roza la mejilla. Huele a rosas y a humo y, debajo, a ella, a ese olor suyo que yo había olvidado y que ahora me golpea como un puñetazo.
Sus labios me rozan la piel bajo la oreja, apenas, un roce más cruel que cualquier beso.
La mano sobre mi muslo aprieta una sola vez.
—Veinte años —susurra.
Eso es todo. Dos palabras.
Luego la mano se retira. La oigo levantarse. La oigo alejarse, sus pies descalzos sobre la piedra, la puerta de la escalera que se cierra.
Abro los ojos. Estoy empapado en sudor. Tengo los puños tan apretados que no siento los dedos.
No sé si ha sido una caricia o una acusación. Sospecho que ella tampoco lo sabe.
Telémaco baja una hora después con una lámpara de oro.
Ya lo habíamos hablado en la majada. Recorremos la sala grande en silencio y descolgamos de las paredes las armas que cuelgan allí desde hace veinte años, los escudos, los yelmos de cimera, las lanzas de punta afilada.
Las llevamos al almacén de arriba, a oscuras, de puntillas, ladrones en nuestra propia casa.
Si alguien pregunta mañana, Telémaco dirá que las ha quitado porque el humo del hogar las estaba ennegreciendo. Y que teme que, borrachos, los pretendientes se hieran unos a otros en una pelea.
No dejamos más que lo que necesitaremos nosotros. Dos espadas. Dos lanzas. Dos escudos de piel de buey. Los escondemos detrás de una cortina en el pasillo que da al almacén.
Mi hijo tiene las manos seguras. No le tiemblan. Lo miro trabajar y siento algo que no sabía que podía sentir. Un orgullo que duele.
—Padre —dice cuando terminamos, en la puerta del almacén, en voz muy baja—. Lo de mi madre. Lo del huerto…
—Ve a dormir.
—Padre…
—Ve a dormir, Telémaco.
Obedece. No sé si lo que le he visto en la cara al irse es alivio o miedo.
Antes del alba viene Euriclea.
Se arrodilla junto a mí en la oscuridad.
Todavía tiene en el cuello las marcas de mis dedos, las veo cuando la claridad gris empieza a colarse por la puerta del patio.
No me lo reprocha. Me besa la mano. Me dice que ya sabía que yo volvería, que lo sabía, que lo sabía, y llora sin ruido, con la frente contra mis nudillos.
—Las criadas —le digo—. Quiero sus nombres.
—Son cincuenta y dos en la casa. Cuarenta te son fieles. Doce no.
—Los nombres.
Me los dice. Uno por uno, en voz baja, como se recita una lista de ofrendas. El primero es Melanto.
—Crié a esa niña en brazos —dice la vieja—. Tu mujer le enseñó a tejer.
—Lo sé.
—Ha dicho cosas de la reina…
—Lo sé también.
Euriclea me mira. Espera algo. No sé qué espera: que le pregunte si es verdad lo del huerto, quizá, o que le jure que no me importa. No le doy ninguna de las dos cosas.
—Vete —le digo—. Y que nadie sepa que has hablado conmigo.
El último en venir es el que menos esperaba.
Amanece ya. El cielo está pálido sobre el patio y los gallos cantan en los corrales de detrás de las caballerizas. Estoy sentado en la piel de buey con la espalda contra la pared, y oigo pasos en la escalera de los huéspedes. Pasos de hombre que no ha dormido.
Anfínomo se sienta a mi lado en el suelo. Sin preguntar. Con la espalda contra la misma pared, como dos soldados que esperan el amanecer antes de una batalla. Tiene los ojos hinchados, la barba sin arreglar, y huele a vino, aunque no parece borracho.
No hablamos durante un rato.
—Ayer me dijiste que me fuera —dice al fin—. Después de la pelea. Me dijiste que Odiseo volvería pronto y que cuando volviera correría la sangre. Que me fuera a casa, con mi padre, antes de que fuese tarde.
—Te lo dije.
—Me asustó tu voz. —Se frota la cara con las manos—. No hablabas como un mendigo.
No contesto. Espero. Conozco a los hombres que no duermen. Siempre acaban contando lo que les quita el sueño.
—La besé —dice.
Lo dice mirando al patio, a la luz que crece, sin volverse hacia mí. Siento que el aire se me queda atascado a medio camino de los pulmones.
—Hace unos días. En el huerto. Me pidió ayuda para salvar a su hijo y yo se la di, y luego la besé. Ella me dejó. Por un momento… —Se le quiebra la voz—. Por un momento pensé que…
No termina. Yo tampoco le ayudo a terminar. Tengo las manos sobre las rodillas y me concentro en mantenerlas quietas.
—Luego me apartó —sigue—. Y me miró como no me ha mirado nunca nadie.
Como se mira a un hombre al que se va a matar.
—Se ríe sin alegría—. ¿Sabes lo que pensé, viejo, anoche, dando vueltas en la cama?
Pensé que me había besado a mí pensando en él.
Que cerró los ojos y lo vio a él. Y que cuando los abrió y me vio a mí, me odió por no ser su marido.
Me vuelvo hacia él. Lo miro. Es un buen hombre. De verdad lo es. Lo supe en cuanto lo vi en la sala, sirviendo pan a un mendigo con sus propias manos mientras los demás se reían. En otra vida habría sido mi amigo. Habría remado a mi lado, se habría sentado a mi mesa, le habría confiado a mi hijo.
Ha besado a mi mujer.
—Vete —le digo—. Hoy. Ahora. Antes de que empiece la fiesta. Coge un caballo y vete al puerto y embarca en lo primero que salga para Duliquio.
Anfínomo me mira un largo rato. Hay en sus ojos castaños algo que se parece al reconocimiento, aunque no sabe bien qué está reconociendo.
—No puedo —dice—. Hoy va a elegir. Si me voy, la dejo sola con ellos. Con Antínoo.
—No está sola.
—¿Y quién está con ella? ¿Tú? —Sonríe con tristeza—. ¿Un mendigo que duerme en el suelo?
Se levanta. Se sacude la túnica. Me pone una mano en el hombro, un momento, con una torpeza afectuosa que me hace daño.
—Gracias, viejo —dice—. Por el consejo.
Y se va hacia el patio, hacia la luz, con los hombros caídos. No se vuelve.
Me quedo mirando el sitio donde ha estado sentado. Pienso en los dioses, que juegan con los hombres como juegan los niños con los escarabajos. Pienso en que le he dado dos oportunidades y que un hombre que desprecia dos oportunidades no merece una tercera. Me lo repito hasta que casi me lo creo.
El día amanece limpio. Ni una nube en el cielo.
Y en el cielo limpio, de pronto, truena.
Un trueno largo, sordo, que rueda desde el monte Nérito y hace vibrar las vigas del techo.
Los perros ladran en el patio. En el molino de detrás de la cocina, donde doce mujeres muelen el trigo y la cebada para los pretendientes cada madrugada, una de ellas, la más vieja y la más débil, que todavía no ha terminado su tarea, detiene la muela y levanta la cara al cielo.
La oigo desde el umbral, con su voz rota de cansancio.
—Padre Zeus —dice—, que ese trueno sea una señal. Que hoy sea el último día que esos hombres comen en esta casa. Se me han roto las rodillas moliendo su harina. Que hoy coman por última vez.
Me llevo la mano al pecho. Siento el corazón latir despacio, tranquilo, como el de un hombre que ha dormido bien.
La sala empieza a llenarse. Criados que encienden el fuego, que barren, que riegan el suelo con esponjas, que ponen las mesas.
Eumeo trae tres cerdos cebados. El cabrero Melanteo, hermano de Melanto, trae las mejores cabras del rebaño y me insulta al pasar.
Filetio, el boyero, trae una vaca y me estrecha la mano y me dice, con los ojos húmedos, que me parezco a su amo.
Llegan los pretendientes. Se sientan. Comen.
Uno de ellos, Ctesipo de Same, me tira una pata de buey a la cabeza por diversión y yo la esquivo inclinando apenas la cabeza.
Y a media mañana se abre la puerta de la escalera.
Ella baja despacio, entre dos criadas. Lleva en la mano una llave de bronce con mango de marfil. Detrás, sus mujeres cargan un cofre con las doce hachas de hierro.
Y en los brazos, contra el pecho, abrazado como se abraza a un hijo muerto, trae mi arco.