La Odisea VII · Penélope · El mendigo #2
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VII · Penélope · El mendigo #2

—¿Quién eres? —le pregunto—. ¿De dónde vienes? ¿Quiénes son tus padres?

Me cuenta que es cretense. Que se llama Eton, hermano menor del rey Idomeneo. Que hace veinte años, cuando la flota se reunía para ir a Troya, una tormenta desvió el barco de Odiseo hasta la costa de Creta, y que él lo hospedó en su casa doce días, hasta que amainó el viento.

Miente. Lo sé enseguida. Lo sé porque miente demasiado bien, con demasiado detalle, con esa lentitud deliberada que conozco. Lo sé y se me eriza la piel de los brazos.

—Si de verdad lo hospedaste —le digo, y la voz me sale más dura de lo que quería—, dime cómo iba vestido. Cómo era él. Qué compañeros llevaba.

El mendigo tarda en contestar. Mira el fuego.

—Hace mucho tiempo, señora —dice—. Veinte años.

Pero te diré lo que recuerdo. Llevaba un manto de púrpura, doble, de lana muy fina.

Lo sujetaba al hombro con un broche de oro de dos agujas.

En el broche había un perro que sujetaba entre las patas a un cervatillo moteado, y le mordía el cuello, y el cervatillo se debatía por escapar.

Todos los que lo veían se quedaban admirados.

Me agarro a los brazos del sillón.

—Muchos vieron ese broche —digo—. Muchos lo describen. Por un manto y una cena caliente…

—En el reverso —sigue él, como si yo no hubiera dicho nada, sin apartar los ojos del fuego— había un dibujo.

Muy pequeño, junto al cierre. Rayado en el oro con algo fino, una aguja, quizá.

Nadie más que él lo había visto. Él me lo enseñó una noche, borracho, y me dijo que lo había descubierto en la nave, al segundo día de viaje, y que no sabía quién lo había hecho.

Pero lo sabía, señora. Claro que lo sabía.

Lo tocaba con el pulgar cada noche antes de dormir.

No puedo respirar.

—¿Qué dibujo? —susurro.

El mendigo levanta la vista del fuego. Me mira. Y en sus ojos enrojecidos, legañosos, rodeados de arrugas, hay algo que me atraviesa como me atravesó una vez en un patio de Esparta.

—Un telar —dice—. Dos palos derechos. Uno atravesado. Cuatro hilos.

Lloro.

No sé cuánto tiempo. Lloro como se derrite la nieve en las montañas cuando sopla el viento del este, sin ruido, sin parar, con la cara entre las manos. El mendigo me mira llorar sin moverse. No me consuela. Tiene los ojos secos, fijos, duros como el cuerno o el hierro, y eso me asusta más que nada.

Cuando me calmo, llamo a Euriclea.

—Lávale los pies a este hombre —le digo—. Tiene la edad de tu amo. Quizá tu amo tenga ahora los pies así, y las manos, en alguna tierra lejana.

Euriclea trae una palangana de cobre, agua fría y agua caliente. El mendigo se aparta del fuego, se vuelve hacia la sombra, y yo veo el gesto y lo entiendo antes de que termine de hacerlo. No quiere que la luz le dé en las piernas.

La vieja se arrodilla. Le toma el pie. Le sube el agua por la pantorrilla, por la rodilla, por el muslo.

Y se detiene.

La veo quedarse inmóvil, con la mano sobre la piel del mendigo. La veo soltar el pie, que cae en la palangana y la vuelca, y el agua se derrama por el suelo y se mete bajo mi sillón. La veo levantar la cara hacia él, con la boca abierta, con los ojos llenos de lágrimas, a punto de gritar.

Y veo la mano del mendigo cerrarse sobre su garganta.

Rápida. Silenciosa. Precisa como la de un halcón. Una mano enorme que abarca todo el cuello de la vieja y aprieta lo justo para que no pueda emitir un sonido. La atrae hacia sí. Le dice algo al oído, muy bajo, y ella asiente con los ojos desorbitados.

Luego la suelta. Euriclea se queda arrodillada, jadeando, con las manos en el cuello. No me mira.

Yo no me he movido. No he dicho nada. Estoy sentada en mi sillón de plata y marfil, con las manos quietas en el regazo y la cara vuelta hacia el fuego, exactamente como si no hubiera visto nada.

Como si la diosa me hubiera desviado la mente hacia otra parte, como dirán después los aedos cuando canten esta noche.

Pero lo he visto todo. Y él sabe que lo he visto. Lo sé por la forma en que su espalda se ha puesto rígida, a mi lado, en la penumbra. Como un lobo que ha olido algo en el viento y todavía no sabe si es presa o cazador.

Ninguno de los dos dice nada.

—Tuve un sueño —le digo cuando Euriclea se ha llevado la palangana—. Quiero que me lo interpretes.

—Te escucho, señora.

—Tengo veinte gansos en el patio. Veinte.

Los cuido yo misma, comen trigo remojado en agua de mi mano y me alegro al verlos.

En el sueño bajaba del monte un águila enorme, de pico curvo, y les rompía el cuello a todos.

Los dejaba amontonados por el patio, muertos.

Y yo lloraba. Lloraba a gritos en el sueño, y las mujeres aqueas se reunían a mi alrededor para consolarme.

Hago una pausa. Lo miro.

—Luego el águila se posaba en la viga del techo. Y me hablaba con voz de hombre. Me decía que no llorase. Que los gansos eran los pretendientes y ella era mi marido, que había vuelto.

El mendigo me mira durante mucho rato.

—No hay otra forma de interpretarlo, señora —dice al fin—. El propio sueño te lo ha dicho.

—Los sueños mienten.

—Algunos.

Me levanto. Me aliso el peplo. El agua que se derramó de la palangana me moja los pies descalzos, fría.

—Mañana es fiesta de Apolo —le digo—. Mañana voy a sacar el arco de mi marido.

El que le regaló Ífito en Mesenia, siendo muy joven.

Nadie lo ha tensado desde que se fue. Voy a clavar en el suelo de la sala doce hachas de hierro en hilera, con los anillos de los mangos alineados, como las clavaba él para practicar.

Y el que tense el arco y haga pasar una flecha por los doce anillos, se casará conmigo. Y me iré con él de esta casa.

Lo digo mirándolo a los ojos. Cada palabra. Muy despacio.

Él no aparta la mirada.

—No lo retrases, señora —dice—. Odiseo estará aquí antes de que esos hombres consigan tensar la cuerda.

—Eso dicen todos.

Me doy la vuelta. Subo la escalera. En el primer peldaño me detengo y hablo sin volverme, en voz baja, tan baja que solo él, en toda la sala vacía, puede oírme.

—Si mi marido volviera esta noche, extranjero, ¿sabes lo que le diría?

No contesta. Lo oigo respirar en la penumbra.

—Que llega tarde —le digo—. Y que mañana elegiré marido.