La Odisea VII · Penélope · El mendigo
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VII · Penélope · El mendigo

Mi hijo vuelve a casa y no me abraza. Se deja abrazar, que es muy distinto.

Se queda rígido en mitad del patio, con los brazos colgando, mientras yo le rodeo el cuello y le beso las mejillas y los ojos y el pelo, que huele a humo de leña y a cerdo.

Euriclea llora a nuestro lado. Las criadas se asoman a las puertas.

Y Telémaco espera, paciente, a que su madre termine, como se espera a que escampe.

Cuando lo suelto me mira. Tiene los ojos de su padre en la cara de su abuelo. Nunca lo había visto tan claro como ahora, con esa expresión nueva que no le conozco, una dureza que parece haberle salido en estos pocos días como le sale la barba a un muchacho de la noche a la mañana.

—Lo sé todo —dice.

Me quedo helada.

—Lo de la emboscada —añade—. Lo del estrecho. Eumeo me lo contó. Gracias, madre.

Lo dice con corrección, sin calor, con la cortesía que se le debe a un anfitrión por la cena. Luego se aparta y sube la escalera hacia sus habitaciones sin volverse. Me quedo en el patio mirándole la espalda y comprendo que no se refería solo a la emboscada.

Melanto lo ha contado. En la cocina, en los establos, en las fuentes. La reina y el de Duliquio, bajo los perales. Y las palabras han viajado por la isla como viaja el humo con el viento, hasta llegar a la majada de un porquero y a los oídos de mi hijo.

No voy a explicárselo. Tampoco sabría.

Antínoo vuelve esa misma tarde.

Oigo el barco antes de verlo. Los remos golpeando el agua con rabia, sin ritmo, como golpea un hombre que ha perdido la paciencia.

Salgo a la terraza y lo veo entrar en el puerto, y lo veo a él, en la popa, con la cara gris de cansancio y de sal, cinco días de vigilancia en un islote pelado esperando un barco que nunca pasó.

Sube al palacio sin cambiarse. Entra en la sala grande con el manto empapado y las sandalias cubiertas de barro, cruza entre las mesas, llega hasta el pie de la escalera. Levanta la cabeza. Me busca en la galería.

Me encuentra.

No dice nada. No hace falta. Nos miramos a través de toda la altura de la sala, él abajo y yo arriba, y en su cara leo exactamente lo que él lee en la mía.

Sabe que he sido yo. No sabe cómo, pero lo sabe.

Y yo sé que lo sabe, y él sabe que yo lo sé, y entre nosotros se tiende algo tenso y brillante como un hilo de araña al sol.

Sonríe.

Es la sonrisa de un hombre que acaba de decidir que el juego ha dejado de ser un juego.

El mendigo llega al día siguiente, con Eumeo.

Lo veo desde la ventana de mi cuarto. Un viejo encorvado, calvo, apoyado en un bastón nudoso, con un zurrón agujereado colgado del hombro por una cuerda. Se detiene en el patio, junto al estercolero donde se amontonan el estiércol de las mulas y de los bueyes antes de llevarlo a los campos.

Sobre el estercolero hay un perro.

Argos. El perro de mi marido. Lo crió él mismo, a biberón, con leche de cabra, antes de irse a la guerra, y nunca llegó a cazar con él.

Hubo un tiempo en que los jóvenes lo sacaban a correr ciervos y liebres por los montes, y no había animal que se le escapara.

Ahora es un saco de huesos cubierto de garrapatas, tumbado en la basura porque nadie le ha dicho que se levante.

Lleva años sin moverse de ahí. Lo mantengo vivo con restos que le echo a escondidas.

El perro levanta la cabeza.

Lo veo. Juro por todos los dioses que lo veo. El perro levanta la cabeza por primera vez en meses y mira al mendigo. Mueve la cola. Apenas un temblor, un golpe débil contra el estiércol. Intenta levantarse y no puede. Baja las orejas.

El mendigo se detiene. Se lleva la mano a la cara, como si le hubiera entrado polvo en un ojo. Luego sigue caminando sin mirar atrás, y entra en la casa.

Argos deja caer la cabeza. Y ya no la levanta.

Me quedo mucho rato en la ventana, con las manos apretadas en el alféizar, mirando el cuerpo inmóvil del perro en el estercolero.

En la sala el mendigo pide limosna de mesa en mesa, como es costumbre. Telémaco le da pan y carne con sus propias manos. Algunos pretendientes le dan algo por no quedar mal delante de los demás. Otros se ríen de él.

Cuando llega a Antínoo, se detiene.

Yo estoy en la galería, detrás de la columna, donde nadie me ve. Veo al mendigo inclinarse ante él con la mano tendida. Oigo su voz, una voz ronca, gastada, con acento de Creta, que cuenta una historia de piratas y de Egipto y de hambre. Y veo cómo Antínoo lo mira, de arriba abajo, con asco.

No le da nada. Coge el escabel que tiene a los pies y se lo arroja.

El escabel le da en el hombro derecho, junto a la nuca. Un golpe seco que resuena en toda la sala. Cualquier viejo habría caído al suelo. El mendigo no se mueve. Se queda quieto como una roca, con la cabeza gacha, y solo sacude la cabeza en silencio, despacio, como quien toma nota.

Luego se da la vuelta y se va a sentar en el umbral.

Hay un silencio incómodo en la sala. Incluso a los pretendientes les ha parecido demasiado.

Alguien murmura que podría ser un dios disfrazado, que los dioses recorren a veces las ciudades con aspecto de extranjeros para ver quién cumple la ley y quién no.

Antínoo se encoge de hombros y pide más vino.

Yo no puedo apartar los ojos del mendigo.

Hay algo en la manera en que se ha quedado quieto.

Al atardecer llega otro mendigo. Iro. Todos lo conocen; es un gorrón enorme y blando que vive de hacer recados a los pretendientes y comerse sus sobras, y que no soporta la competencia. Se planta delante del viejo en el umbral y le ordena que se largue. Lo amenaza con romperle los dientes.

Los pretendientes se levantan de las mesas, entusiasmados. Por fin algo que ver. Antínoo propone una apuesta: el vencedor se llevará un vientre de cabra relleno de sangre y grasa y comerá en la sala para siempre.

El mendigo se levanta. Despacio. Se desata los harapos y se los ciñe a la cintura para tener libres las piernas.

Y yo contengo la respiración.

Tiene unos muslos enormes. Recios, llenos de músculo, marcados de viejas cicatrices.

Los hombros anchos, los brazos gruesos, el pecho velludo, la espalda cruzada de marcas que parecen caminos en un mapa.

Ningún viejo tiene ese cuerpo. Ningún mendigo.

Ese cuerpo ha remado y ha combatido y ha trabajado la madera durante toda una vida, y lo han castigado, y se ha curtido con el castigo como el cuero al sol.

Siento un calor súbito en el vientre. Un calor vergonzoso, animal, que me baja entre los muslos y me sube después por el pecho hasta encenderme la cara.

Me agarro a la columna con las dos manos.

Me imagino ese pecho velludo bajo mis palmas, el peso de esos muslos abriendo los míos, esas manos llenas de nudos cerrándose sobre mi nuca.

Me imagino el olor a estiércol y a sudor y no me da asco.

Los pezones se me endurecen bajo el peplo y cruzo los brazos, horrorizada, como si alguien en la sala pudiera verlo.

Es un mendigo. Un vagabundo sucio que duerme en el suelo.

Y yo lo miro como no he mirado a ningún hombre en veinte años, ni siquiera a Anfínomo bajo los perales.

Iro lanza el primer puñetazo. El mendigo lo recibe en el hombro sin inmutarse. Luego le devuelve uno, uno solo, bajo la oreja, y oigo crujir los huesos desde la galería. Iro cae como un saco. Escupe sangre y dientes. Patalea en el suelo como un buey degollado.

El mendigo lo agarra por el pie. Lo arrastra por el vestíbulo, por el patio, hasta la puerta. Lo deja sentado contra el muro, con un bastón en la mano, como un espantapájaros.

—Quédate aquí —le dice— y ahuyenta a los perros y a los cerdos.

Los pretendientes aplauden y se ríen a carcajadas.

Anfínomo le lleva al mendigo dos panes en una bandeja y le tiende una copa de oro, y le desea buena suerte.

El mendigo lo mira a los ojos mucho rato.

Luego le dice algo en voz baja, algo que no alcanzo a oír, y Anfínomo se queda muy pálido y se aleja con la cabeza gacha.

Esa noche bajo a la sala.

Me he arreglado. Me he bañado, me he frotado la piel con aceite perfumado, me he puesto el peplo azul oscuro y los pendientes de ámbar. Me he dejado la cara descubierta, como la otra noche. Bajo con dos criadas, una a cada lado, y me detengo junto a la columna.

Los pretendientes se quedan mudos. Varios se levantan. Oigo a Eurímaco decir algo sobre mi belleza, con la voz espesa de vino.

—Mi belleza —le contesto— la destruyeron los dioses el día en que mi marido embarcó para Troya.

Y luego les recuerdo cómo se ha cortejado siempre a una mujer de linaje. Que un pretendiente que se precie trae bueyes y ovejas para el banquete de la novia, y regalos espléndidos, en lugar de comerse la hacienda ajena sin pagar nada.

Les da vergüenza. Lo veo en sus caras. Mandan a sus criados a sus barcos y a sus casas, y al rato vuelven con los brazos cargados.

Antínoo me regala un peplo bordado con doce broches de oro.

Eurímaco, un collar de ámbar. Otros me dan pendientes, diademas, cintas.

Anfínomo no me regala nada; no se atreve a acercarse.

Mientras las criadas suben los regalos a mis habitaciones, miro hacia el umbral. El mendigo está sentado en el suelo, con la espalda contra el marco de la puerta, y me mira.

Sonríe.

Es una sonrisa pequeña, apenas un pliegue en la comisura de la boca, que desaparece enseguida. La sonrisa de un hombre que acaba de ver a alguien hacer una jugada que admira.

Me quedo sin aire.

Cuando los pretendientes se van a dormir, mando llamarlo.

Me siento junto al fuego del hogar, en mi sillón de plata y marfil con la piel de oveja encima.

Mando que le pongan un taburete delante, a una distancia prudente.

Melanto trae la leña y lo insulta al pasar, lo llama viejo asqueroso y le dice que se largue de la casa antes de que lo echen a golpes.

Él la mira sin contestar. Yo la despido con una frase que la hace enrojecer hasta las orejas.

Luego nos quedamos solos, con Euriclea en un rincón, hilando.