VI · Odiseo · Los muertos y las sirenas #2
Y después nadie. Solo yo, agarrado a una quilla, nueve días a la deriva, hasta Ogigia.
Me callo. La sala de Alcínoo está en silencio.
—Mañana —dice el rey al fin, y su voz suena ronca— tendrás un barco. Mis mejores remeros te llevarán a casa.
Duermo durante todo el viaje. Un sueño profundo, sin sueños, parecido a la muerte. Cuando despierto estoy tumbado en una playa, envuelto en una manta de lino, rodeado de los regalos de los feacios, trípodes, calderos, mantos, oro. El barco ya no está. Hay niebla. No sé dónde estoy.
No la reconozco.
Veinte años soñando con esta tierra y, cuando la piso, no la reconozco.
Maldigo a los feacios. Creo que me han engañado, que me han abandonado en una isla cualquiera para quedarse con mi oro.
Cuento los trípodes para ver si me han robado alguno.
Hay una desesperación ridícula en ese gesto, un rey contando calderos en una playa desierta, y lo sé mientras lo hago y no puedo parar.
Luego la niebla se levanta, y veo el olivo.
Un olivo de hojas anchas en lo alto de la cala. Y a su lado, la gruta de las ninfas, con sus dos entradas. Y más allá, el monte Nérito, cubierto de bosque, con su cumbre agitada por el viento.
Me arrodillo. Beso la tierra. La tierra sabe a polvo y a tomillo y a sal.
Estoy en casa.
Lo demás ocurre como en los sueños, cuando uno sabe lo que va a pasar un instante antes de que pase.
Me unto la cara con ceniza. Me afeito la cabeza con el filo del cuchillo, a trozos, hasta hacerme sangre.
Me visto con los harapos de un pastor que encuentro secando al sol en un vallado, una túnica rota, un manto sucio que huele a humo y a oveja, un zurrón agujereado.
Me curvo. Aprendo a cojear. Me dejo los ojos entornados, legañosos, hasta que el viento me los enrojece.
Ningún hombre de Ítaca reconocería en este viejo al rey que se fue.
Camino hasta la majada de Eumeo. Los perros se me echan encima y el viejo porquero los espanta a pedradas y me hace pasar y me da pan y carne y vino y un sitio junto al fuego.
No me reconoce. Me habla de su amo, de lo bueno que era, de lo mucho que lo echa de menos.
Le miento. Le digo que soy cretense, que he conocido a Odiseo, que volverá pronto.
Se enfada conmigo. Dice que todos los mendigos dicen lo mismo.
Tiene razón. Yo también lo diría.
La segunda noche se abre la puerta de la majada y entra mi hijo. Eumeo lo abraza llorando, lo besa en la cabeza y en los ojos como se besa a un hijo que vuelve de la muerte, y antes del alba se echa el manto por los hombros y sale hacia el palacio sin explicarme a qué.
Lo reconozco al instante. No lo he visto desde que tenía un mes y lo reconozco sin dudar, con la certeza con que uno reconoce su propia mano.
Es alto, más alto que yo, flaco, con la barba rala y los ojos de su madre y la manera de moverse de mi padre.
Trae el pelo revuelto por el viento y una espada al cinto que no sabe llevar.
Me levanto para cederle el asiento. Me dice que no, que me quede, que los huéspedes son sagrados.
No sé cuánto tiempo puedo aguantar sin tocarlo.
Aguanto hasta que nos quedamos solos. Luego dejo que lo vea.
No sé contarlo de otra manera. Me quito los harapos y me pongo una túnica limpia de Eumeo, y me lavo la ceniza de la cara, y me pongo de pie en la puerta, a la luz del fuego, y dejo que me vea tal como soy. Viejo. Marcado. Su padre.
Él retrocede. Cree que soy un dios. Tarda mucho en creerme, y yo lo entiendo, porque yo tampoco me creería.
Y cuando por fin me cree, se me echa encima y me abraza, y lloramos los dos a gritos, como lloran las águilas a las que un campesino les ha robado los polluelos del nido antes de que aprendan a volar.
Después, cuando ya no nos quedan lágrimas, le pregunto por los pretendientes. Cuántos son. Quiénes. Dónde duermen. Cuántas armas hay en la sala. Me lo cuenta todo.
Luego le pregunto por su madre.
Telémaco tarda en contestar. Mira el fuego.
—Mi madre ha estado sola veinte años, padre.
No es una respuesta. Lo sabe él y lo sé yo.
Eumeo vuelve al anochecer del día siguiente. Viene sin aliento, con la cara colorada, y lo primero que hace es mirarme a mí. Luego mira a Telémaco. Luego vuelve a mirarme.
No le hemos dicho quién soy. Todavía no. Pero el viejo me mira de un modo nuevo, como si algo hubiera empezado a moverse dentro de él.
—La reina sabe que habéis vuelto —le dice a Telémaco—. Se alegró tanto que lloró.
Y luego, mientras se sienta junto al fuego y se quita las sandalias, dice como de pasada, como se cuenta un chisme de cocina para llenar el silencio:
—En palacio no se habla de otra cosa. Esa zorra de Melanto va diciendo por ahí que hace tres días vio a la reina en el huerto de los perales, a escondidas, con un hombre. Con uno de ellos.
Telémaco se pone en pie de un salto. Tira el taburete.
Yo no me muevo. Me quedo sentado, con las manos en las rodillas, mirando las brasas. Siento que algo muy frío me sube por la espalda, vértebra a vértebra. Así sube el agua por la bodega de un barco que se hunde.
—¿Con quién? —pregunto.
Mi voz suena tranquila. Eumeo me mira con extrañeza. Un mendigo no debería tener esa voz.
—Mentiras de criada —dice—. No hay que hacerle caso.
—¿Con quién?
El viejo traga saliva.
—Con Anfínomo —dice—. El de Duliquio. El único de ellos que no es mala gente.