VI · Odiseo · Los muertos y las sirenas
Cavé la fosa con la espada, un codo de largo y otro de ancho, en la orilla del río de las lágrimas, donde no llega nunca el sol.
Vertí leche y miel, vino dulce, agua. Esparcí harina blanca. Luego degollé los carneros, un macho y una hembra, negros los dos, y dejé que la sangre cayera en el hoyo, espesa, humeante, y el olor subió por el aire gris como sube el olor de una cocina en invierno.
Y vinieron.
No sé contaros cómo eran. Los feacios me miran esperando que se lo cuente, y no sé.
Eran sombras sin ser sombras, con la forma de los hombres y de las mujeres que habían sido y nada de su peso.
Salieron de la niebla a cientos, a miles, novias muertas antes de la boda, viejos, doncellas, guerreros con las armaduras todavía manchadas y las heridas abiertas, y todos gemían con un sonido que no he vuelto a oír nunca y que todavía me despierta algunas noches, un sonido parecido al de los murciélagos en el fondo de una cueva.
Todos querían beber.
Me planté junto a la fosa con la espada desnuda y no dejé que se acercara ninguno. Tiresias tenía que beber primero. Así me lo había dicho Circe.
La primera sombra que reconocí fue la de Elpénor, el más joven de mi tripulación, un muchacho tonto que se había emborrachado la última noche en Eea, se había dormido en el tejado y, al oír el ruido de la partida, se había levantado de golpe y se había caído.
Se había roto el cuello. Ni siquiera lo habíamos echado de menos.
Ahora me suplicaba que volviera a enterrarlo, que no dejara su cuerpo sin llorar y sin tumba.
Se lo prometí. Le prometí cualquier cosa. No me importaba.
Porque detrás de él, entre la niebla, había visto una cara.
Mi madre se llamaba Anticlea. La dejé en Ítaca viva, fuerte, con el pelo apenas veteado de gris, riéndose en la terraza con Penélope mientras yo cargaba los barcos. Me abrazó en el muelle y me dijo que volviera pronto y que no me hiciera el valiente.
Ahora estaba allí. Entre los muertos. Quieta, con las manos cruzadas sobre el vientre, mirándome desde lejos con los ojos vacíos.
No la dejé acercarse. No podía. Tiresias tenía que beber primero. La vi llorar sin lágrimas al otro lado de la fosa, la vi alargar hacia mí unas manos que no eran manos, y yo le apunté con la espada. A mi madre. Le apunté con la espada para que no bebiera.
Tiresias llegó al fin, apoyado en un bastón de oro, con los ojos blancos. Bebió. Luego habló.
Me dijo que Poseidón me odiaba por lo que le había hecho a su hijo.
Que volvería a casa tarde y mal, en nave ajena, después de perder a todos mis compañeros.
Que encontraría desgracias en mi casa, hombres soberbios que se comían mi hacienda y cortejaban a mi mujer.
Que los mataría. Con engaño o a las claras, pero los mataría a todos.
—Y después —dijo el adivino, y me pareció que sonreía con su boca sin labios—, cuando creas que has terminado, tendrás que irte otra vez.
—¿Adónde?
—Tierra adentro. Con un remo al hombro. Caminarás hasta que llegues a un pueblo de hombres que nunca han visto el mar, que no conocen las naves ni comen la comida con sal.
Y allí, cuando un caminante te pregunte por qué llevas una pala de aventar al hombro, clavarás el remo en la tierra y harás sacrificio a Poseidón.
Solo entonces podrás volver. Y la muerte te llegará fuera del mar, suave, cuando seas viejo, rodeado de pueblos felices.
No le pregunté si ella estaría allí. En ese final. No me atreví.
Después dejé beber a mi madre.
Bebió despacio, arrodillada junto a la fosa, y cuando levantó la cabeza me reconoció. Lo vi en su cara. Vi cómo la sangre le devolvía el recuerdo, cómo los ojos se le llenaban de algo que se parecía a la vida.
—Hijo —dijo—. ¿Cómo has venido a este lugar sombrío estando vivo?
Le pregunté cómo había muerto. Si fue una enfermedad larga. Si fue Ártemis con sus flechas dulces, que matan sin dolor.
Negó con la cabeza.
—Fue la añoranza —dijo—. Te esperé tanto que se me acabó la vida esperando. Tu dulzura, Odiseo, tu ingenio, tu forma de reírte. Eso fue lo que me mató.
Intenté abrazarla. Tres veces. Tres veces se me escapó de los brazos como el humo, como un sueño al despertar, y las tres veces sentí que el pecho se me partía en dos.
—Mi mujer —le dije al fin, con la voz rota—. Dime de ella. ¿Sigue en casa? ¿Guarda mi hacienda? ¿O se ha casado con el mejor de los aqueos?
Mi madre me miró largamente.
—Se queda en tu casa —dijo—. Con el corazón sufrido. Pasa las noches y los días llorando.
Eso es lo que me dijo. Cada palabra. Y yo me lo he repetido mil veces en estos años, en Ogigia, en la roca, marcando rayas en la piedra. Se queda en tu casa. Llora de noche.
Pero mi madre murió cuando yo llevaba once años fuera. Lo que me dijo de Penélope era verdad hace diez años. No me dijo nada de lo que vino después. No podía.
Vinieron más. Reinas, esposas de dioses, madres de héroes. Los feacios quieren nombres y yo les doy nombres, Tiro, Antíope, Alcmena, Epicasta, que se casó con su propio hijo sin saberlo. Vino Agamenón.
Agamenón, rey de reyes, el hombre más poderoso de Grecia, lloraba como un niño.
Bebió la sangre de la fosa con ansia, a lengüetazos, como un perro.
Me contó que había vuelto de Troya cargado de gloria y de oro, con Casandra, la hija de Príamo, como esclava en su cama.
Que su esposa, Clitemnestra, lo recibió con los brazos abiertos.
Que le preparó un baño. Que cuando estaba en la bañera, desnudo, confiado, le echó una red por encima, y su amante, Egisto, entró con un hacha.
—Nos degollaron como a bueyes en el pesebre —dijo—. A mí y a todos mis hombres. Y ella, la perra, ni siquiera me cerró los ojos mientras bajaba al Hades.
Me agarró del brazo. Su mano era fría como la hierba de un cementerio al amanecer.
—No te fíes de ninguna mujer, Odiseo. Ni de la tuya. Ya sé que Penélope es prudente y tiene buen juicio. Todos lo dicen. También lo decían de la mía. Vuelve a tu casa en secreto, disfrazado, que nadie sepa que has llegado. Y prueba a todos antes de fiarte de nadie.
Lo solté. Me limpié la mano en el manto, como si me la hubiera manchado.
Y luego vino la última.
No la esperaba. No había pensado en él en diez años, y cuando pensaba en él era con una satisfacción tranquila, la del campesino que ha arrancado de raíz una mala hierba. Palamedes. El de las manos finas. El que me quitó a mi hijo de los brazos de su madre y lo dejó en un surco delante de un arado.
Todavía tenía las marcas de las piedras en la cara. Una le había hundido la sien. Otra le había partido la boca.
No le dejé beber. Me miró desde el otro lado de la fosa con esos ojos claros que ya no veían nada y aun así me vio.
—Ella lo sabe —dijo.
Los muertos no deberían poder hablar sin beber sangre. Él habló. O quizá fui yo quien lo oí dentro de mi cabeza, con su voz, que no había olvidado.
—Tu mujer. Lo del oro bajo mi tienda. Lo supo hace diez años, por boca de un mercader borracho. —Sonrió con su boca partida—. ¿Quieres saber qué hizo? Se rió, Odiseo. Sola, a oscuras, en tu cama del olivo. Se rió de gusto.
—Mientes.
—Los muertos no mienten. No tenemos nada que ganar.
—Se acercó al borde de la fosa. Olía a tierra removida—.
Te casaste con una mujer que se alegra de un asesinato.
Que admira la paciencia de un hombre que espera nueve años para vengarse.
¿Y de verdad crees que ella, tu alumna, te ha esperado veinte años con las manos limpias?
¿Que no ha aprendido a esperar a su manera?
¿Que no ha sonreído a nadie, en la oscuridad, pensando en lo que podría conseguir con esa sonrisa?
Le lancé la espada. Atravesó la sombra sin encontrar nada y se clavó en el barro. Palamedes se rió, y la risa se deshizo en la niebla como se deshace la espuma en la arena, y ya no estaba.
Huí. Corrí hasta el barco sin mirar atrás, con los muertos gimiendo a mi espalda, y ordené a mis hombres que remaran.
Las sirenas cantan con la voz que uno más desea oír. Eso no lo sabía Circe, o no me lo dijo.
Me até al mástil. Tapé los oídos de mis hombres con cera blanda amasada entre los dedos, y les ordené que si yo pedía que me soltaran, me ataran más fuerte. El mar estaba liso como una lengua. No había viento. Los remos entraban y salían del agua sin ruido.
Y entonces oí a Penélope.
No cantaba. Hablaba. Muy cerca, junto a mi oído, con la voz que tenía a los dieciséis años en la habitación de Pilos, esa voz firme que temblaba solo al final de las frases.
Ven, decía. Ven. Ya no tienes que seguir. Ya no tienes que volver. Aquí lo sabrás todo. Lo que hice mientras estabas lejos. A quién miré. A quién dejé que me mirara. Lo que pensé las noches en que no pensaba en ti. Ven y te lo contaré. Te lo contaré todo y ya no tendrás que imaginarlo.
Grité. Tiré de las cuerdas hasta que se me clavaron en la carne. Supliqué a mis hombres, les ordené, les amenacé con la muerte si no me soltaban, les ofrecí todo el oro de Troya. Euríloco y Perímedes se levantaron de los bancos y me ataron más fuerte, tal como yo les había mandado.
Nunca les he perdonado que me obedecieran.
Porque quería saberlo. Por encima de volver, por encima de vivir, quería saber. Y cuando pasamos de largo, cuando la voz se apagó detrás de nosotros como se apaga una hoguera en la playa, sentí un vacío tan grande que me dejé caer contra el mástil, colgado de las cuerdas, y lloré.
El resto lo cuento deprisa, porque los feacios están cansados y porque yo también lo estoy.
Escila, la de las seis cabezas, que sacó seis hombres de mi barco a la vez, como un pescador saca peces con la caña, y los devoró en la boca de su cueva mientras me llamaban por mi nombre y alargaban las manos.
Caribdis, que se traga el mar tres veces al día y lo vomita tres veces.
La isla del Sol, donde mis hombres, muertos de hambre, mataron las vacas sagradas mientras yo dormía.
La carne que mugía en los asadores. Las pieles que se arrastraban solas por el suelo. El rayo de Zeus.