La Odisea V · Penélope · El pretendiente
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V · Penélope · El pretendiente

No voy a su habitación. Me quedo toda la noche sentada frente a la mesa, con el broche en la palma de la mano, y lo miro hasta que me duelen los ojos.

Lo giro hacia la llama. Lo acerco. Lo alejo.

Paso la yema del pulgar por el lomo del perro, por las manchas del cervatillo, por el cierre del alfiler, y cada vez que lo toco siento la piel de mi marido debajo, el calor de su hombro a través de la lana.

Euriclea se despierta en mitad de la noche y me encuentra así.

No pregunta. Me trae un chal y me lo echa sobre los hombros y se sienta en el suelo, junto a mis pies, como hacía cuando yo era una recién casada que lloraba de añoranza por Esparta.

Al rato vuelve a dormirse con la cabeza apoyada en mi rodilla.

Hacia la hora en que cantan los primeros gallos, cuando la llama de la lámpara ya es una lengua azul y temblorosa, le doy la vuelta al broche.

Y me echo a reír.

No puedo evitarlo. Es una risa sin ruido, que me sacude los hombros y me llena los ojos de lágrimas, y Euriclea se despierta sobresaltada y me mira como si me hubiera vuelto loca. Quizá sí. Quizá me he vuelto loca de alivio.

La noche antes de que él se fuera, mientras dormía, desprendí el broche del manto que le tenía preparado.

Con la punta de una aguja de tejer grabé en el reverso, en el oro blando, junto al cierre, un dibujo diminuto.

Un telar. Dos palos verticales, uno horizontal, cuatro hilos.

Una tontería de muchacha. No se lo dije nunca.

Quería que llevara algo mío encima sin saberlo, como se lleva un amuleto cosido en el dobladillo.

El reverso de este broche está liso. Limpio. Perfecto.

Es una copia.

—Señora…

—Tráeme el arcón de cedro —le digo—. El pequeño. El que está debajo de las mantas de invierno.

Lo abro con manos que no me obedecen. Dentro guardo las cosas que no he querido que nadie vea en veinte años.

Un rizo de pelo de Telémaco cuando era bebé.

Una tablilla de cera con una carta que Odiseo me escribió desde Áulide, antes de zarpar hacia Troya, y que se ha ido borrando con el calor de los veranos hasta que ya no se lee.

Un cuchillo pequeño con mango de hueso. Y, envuelto en un paño, un molde de cera.

Hace seis años, cuando Telémaco cumplió catorce, quise regalarle una copia del broche de su padre.

Llamé a un orfebre de Zacinto, le describí la pieza, le dejé modelarla en cera siguiendo mis indicaciones, retocándola yo misma durante días hasta que quedó perfecta.

Luego me arrepentí. Me pareció una crueldad colgarle al cuello de mi hijo el recuerdo de un hombre al que no conocía.

Pagué al orfebre, guardé el molde y no volví a pensar en ello.

El paño está aquí. El molde, no.

—Melanto —dice Euriclea, en voz muy baja.

No contesto. Cierro el arcón. Me quedo con las manos apoyadas en la tapa, respirando despacio, sintiendo cómo el alivio se enfría y se convierte en otra cosa, algo duro y afilado que me asienta los pies en el suelo.

Antínoo miente sobre el broche. Luego miente sobre el ahogado. Luego miente sobre mi marido.

Pero no sobre el barco.

El barco sale al amanecer. Lo veo desde la terraza, una sombra alargada deslizándose por la bahía con los remos brillando al sol como las patas de un ciempiés.

Veinte hombres a bordo. Antínoo en la popa, de pie, con el manto azotado por el viento.

No se vuelve a mirar el palacio. No le hace falta. Sabe que lo estoy mirando.

No he acudido a su cama y él ha cumplido su amenaza. Es lo único honrado que le he visto hacer.

Me quedan, calculo, cuatro días. Pilos está a dos días de navegación con buen viento; Esparta, a otros dos por tierra.

Si Telémaco ha hecho lo que dijo, si ha visitado a Néstor y luego a Menelao, estará volviendo ahora mismo o lo hará pronto.

Y pasará por el estrecho. No hay otro camino para un barco que venga del Peloponeso.

Tendría que saberlo. Tendría que saber que hay un puerto doble junto al islote de Ásteris donde veinte hombres pueden esconder una nave y esperar.

Telémaco tiene veinte años y no sabe nada de emboscadas. Su padre nunca estuvo aquí para enseñarle.

Necesito a alguien que conozca la vigilancia.

Quién estará de guardia, desde dónde, a qué hora se relevan.

Necesito a alguien que vaya a buscar a mi hijo antes de que llegue al estrecho y le diga que desembarque por el otro lado de la isla, en la costa norte, donde los acantilados caen a pico sobre el mar y no hay puerto.

Necesito a uno de ellos.

Anfínomo pasea cada tarde por el huerto de los perales, detrás de las caballerizas, cuando los demás juegan a los dados en el patio.

Lo sé porque lo he visto desde mi ventana muchas veces, solo, con las manos a la espalda, deteniéndose de vez en cuando a mirar un fruto o a apartar con el pie una piedra del sendero.

Es de Duliquio, hijo de un rey al que llaman Niso, un hombre rico y bondadoso que cría caballos.

Tiene treinta años, quizá alguno más. Tiene la voz grave y habla poco.

En tres años nunca le he visto levantar la mano a una criada, ni tirar un hueso a un mendigo, ni reírse de los chistes de Antínoo.

Es el único de ellos que me mira como se mira a una mujer. Los demás me miran como se mira a un reino.

Lo espero bajo el peral más viejo, el que plantó Laertes el año en que nació Odiseo. Llevo un manto oscuro con capucha y el pelo recogido. Cuando aparece por el sendero, se detiene en seco. Tarda un momento en reconocerme.

—Mi señora.

—No me llames así.

—Penélope, entonces.

Nadie dice mi nombre en esta casa. Lo he oído tan poco en veinte años que casi me sorprende escucharlo. Me suena ajeno, como la propia voz cuando se ha estado mucho tiempo callada.

—Quieren matar a mi hijo.

Se le ensombrece la cara. Baja la vista al suelo.

—Lo sé. Me opuse. Hablamos en el patio la noche antes de que saliera el barco y dije que derramar sangre de reyes es una cosa terrible, que antes deberíamos consultar a los dioses. Nadie me escuchó. Antínoo dijo que los dioses no hablan desde hace años en Ítaca.

—Necesito saber cómo van a vigilar el estrecho.

Me mira. Tiene los ojos castaños, muy claros, con pestañas largas como las de una muchacha. Entiende enseguida lo que le estoy pidiendo y entiende también lo que le costaría si alguien llegara a saberlo.

—Si se lo digo a alguien…

—No se lo dirás a nadie. Me lo dirás a mí.

Se queda callado mucho rato. Un mirlo canta en las ramas del peral. Oigo, a lo lejos, las voces del patio, las carcajadas, el ruido de los dados contra la piedra. Anfínomo se acerca un paso. Otro. Está tan cerca que huelo su piel, un olor limpio a aceite de oliva y a cuero.

—Tienen hombres apostados en los dos picos del islote —dice en voz baja—. Se relevan al mediodía y al anochecer. Cuando cae la noche, el barco sale del puerto y patrulla el canal con los remos amortiguados. Nadie puede pasar sin que lo vean.

—Por el estrecho, no. ¿Y por el norte?

—Nadie vigila el norte. Es imposible desembarcar allí.

—Nada es imposible.

Me mira con una especie de asombro. Luego sonríe, y es una sonrisa triste y dulce, la de un hombre que acaba de comprender algo que no quería comprender.

—Eres igual que él —dice—. Eso dicen los viejos. Que eres igual que tu marido.

—Lo sé.

—Yo no lo conocí. Tenía diez años cuando se fue a Troya.

—Lo sé también.

—Nunca me he sentado en su silla —dice—. Nunca he bebido de su copa. Nunca he tocado a ninguna de tus criadas. Nunca he dicho de ti nada que no diría delante de ti.

No contesto. Tiene razón. En tres años, es el único de ciento ocho del que puedo decir eso.

Y entonces alarga la mano y me toca la cara.

Es una caricia muy ligera. Apenas la yema de dos dedos resbalando por la mejilla, desde el pómulo hasta la comisura de la boca. Temblorosa. Casi de disculpa. Una caricia que pide permiso a cada paso y que, si yo me apartase, se retiraría enseguida sin rencor.

No me aparto.

Me digo que es por mi hijo. Me digo que necesito que este hombre me sea leal, que necesito que siga contándome cosas, que una mujer sola en un palacio lleno de lobos tiene que usar las armas que tiene.

Me lo digo muy bien, con palabras ordenadas, mientras siento cómo el calor de su mano me baja por el cuello hasta el pecho y se me queda allí, latiendo.

Hace veinte años que nadie me toca.

Veinte años de dormir sola en una cama tallada en un olivo vivo.

Veinte años de manos que solo han tocado lana y ruecas y la cabeza de un niño que ya no quiere que lo toquen.

Veinte años sin que nadie me roce la cintura al pasar, sin sentir el peso de un brazo sobre el vientre en la oscuridad, sin el calor de otro aliento en la nuca.

Mi cuerpo lo sabe. Mi cuerpo lleva la cuenta mejor que yo.

Anfínomo se inclina. Me besa.

Al principio es un beso torpe, casi de muchacho.

Sus labios son suaves y tiemblan. Luego abro la boca sin pensarlo y él suelta un sonido bajo, un gemido que parece de dolor, y el beso cambia.

Me rodea la cintura con los brazos y me aprieta contra el tronco del peral, y la corteza se me clava en la espalda a través del manto y no me importa.

Siento su cuerpo entero contra el mío, el pecho, el vientre, la dureza de su deseo contra mi cadera, y en lugar de apartarme me arqueo hacia él.

Su mano sube por mi costado y se detiene bajo el pecho, dudando.

Soy yo quien la cubre con la mía y la empuja hacia arriba.

Me acaricia a través de la lana con una reverencia que me afloja las rodillas, y yo le muerdo el labio y le hundo los dedos en el pelo, y por un momento no pienso en nada.

Por un momento soy solo piel y boca y sangre que corre deprisa, y no hay telar ni sudario ni broche falso ni hijo en el mar, y me agarro a sus hombros como el náufrago se agarra a la tabla.

Después pienso en la cama del olivo.

En las raíces que bajan hasta la roca. En la voz de un hombre en una habitación de Pilos que olía a resina, diciendo que lo sabría aunque estuviese al otro lado del mundo.

Me aparto. Anfínomo me suelta enseguida, como si se hubiera quemado. Tiene la cara encendida, los ojos húmedos, la boca entreabierta.

—Perdóname —dice—. Penélope, yo…

—No ha pasado nada.

—Sí ha pasado.

—No. —Me ajusto la capucha. Me tiemblan las manos y las escondo bajo el manto—. Y si alguna vez vuelve a pasar, te arrepentirás.

Me mira. Espera que suavice lo que acabo de decir con una sonrisa o una caricia. No lo hago. Me doy la vuelta y me alejo por el sendero entre los perales y no me vuelvo, y sé que se queda allí, bajo el árbol que plantó el padre de mi marido, mirándome hasta que desaparezco.

No sé si lo que le he dicho es una amenaza o una advertencia. Tampoco sé a quién pensaba yo, al decirlo, que tendría que temer.

Esa noche mando a buscar a Eumeo, el porquero.

Es un hombre viejo, flaco y tostado por el sol, que vive en una majada en el extremo sur de la isla, junto a la Peña del Cuervo.

Fue hijo de un rey, dicen, secuestrado de niño por unos piratas fenicios y vendido a Laertes a cambio de un puñado de bronce.

Odiseo lo quería como a un tío. Nunca ha subido al palacio desde que llegaron los pretendientes. Dice que el olor le quita el hambre.

Viene de noche, dando un rodeo, y entra por la puerta de la cocina.

Le digo lo que necesito. No hace preguntas.

Tiene un sobrino que es pescador y conoce cada roca de la costa norte, cada gruta, cada cala escondida, y tiene una barca ligera que puede llegar a Pilos en un día y medio si el viento no cambia.

—Telémaco tiene que desembarcar en la costa norte —le digo—. Y luego subir a pie hasta tu majada. No debe venir a palacio. Que nadie sepa que ha vuelto.

—Se hará, señora.

Se va antes del amanecer.

Y empiezo a esperar.

Tres días.

Tres días de fingir que tejo, sentada en la sala grande, a la vista de todos, con las criadas a mi alrededor y el sudario de Laertes creciendo palmo a palmo en el telar mientras los pretendientes que se han quedado en tierra comen y beben y apuestan cuántos días faltan para la luna nueva.

Tres días en que Melanto no se atreve a mirarme a la cara.

Tres días en que Anfínomo no se atreve a mirarme de ninguna otra forma.

Tres noches sin dormir.

La tercera noche, poco antes del alba, oigo pasos en la escalera de servicio. Pasos lentos, de hombre viejo. Me levanto antes de que lleguen a la puerta.

Es Eumeo. Viene cubierto de polvo, con las sandalias rotas. Tiene los ojos muy brillantes a la luz de la lámpara que llevo en la mano.

—Está en la majada —dice—. Vuestro hijo. Desembarcó en la cala de las gaviotas anoche, con la marea. Sano y salvo. Antínoo sigue esperando en el estrecho como un pescador que no sabe que el pez ya se ha escapado.

Me llevo la mano a la boca. Me apoyo en el marco de la puerta.

—Gracias —susurro—. Gracias, Eumeo. Gracias.

El viejo asiente. No se va. Se queda en el umbral, retorciendo entre las manos el gorro de piel, y hay en su cara algo que no consigo leer. Algo entre el miedo y la alegría, como el gesto de quien ha visto un prodigio y no sabe si contarlo.

—Hay algo más, señora.

—¿Qué?

—En la majada. Desde hace dos días. Un extranjero. Un mendigo viejo, lleno de harapos, con la cabeza calva y los ojos legañosos. Llegó pidiendo pan y fuego y le di ambas cosas, como manda Zeus con los mendigos. —Traga saliva—. Dice que viene de Creta. Dice que conoció a vuestro esposo.

La lámpara tiembla en mi mano. La llama se inclina hacia un lado, se estira, casi se apaga.

—Muchos vienen diciendo eso —le digo—. Muchos mendigos. Por un manto y una comida caliente te juran que lo vieron ayer en el mercado.

—Lo sé. Y así se lo dije. —Eumeo me mira a los ojos—. Pero cuando vuestro hijo entró en la majada, anoche, el mendigo se levantó para cederle el asiento junto al fuego. Y lo miró.

—¿Y qué?

El viejo porquero tarda en contestar. Cuando lo hace, la voz le sale rota.

—Que yo he visto esa mirada antes, señora. La vi hace veinte años, en el campo de la ladera, cuando un hombre desvió un arado para no matar a un niño.