La Odisea IV · Odiseo · La hechicera
30%

IV · Odiseo · La hechicera

La muchacha se llama Nausícaa y es hija de un rey.

Me lo dice con la barbilla alta, desde una distancia prudente, mientras yo me cubro las partes con una rama de olivo arrancada a toda prisa.

Le hablo desde lejos, sin acercarme, porque sé lo que parezco y sé lo que hacen los hombres como yo con las muchachas solas en las playas, lo he visto hacer demasiadas veces.

Le pido ropa. Le pido que me indique el camino a la ciudad.

Le digo que es tan hermosa como la palmera joven que vi una vez junto al altar de Apolo en Delos, y lo digo con la cortesía con que se habla a una hija, a una sobrina, sin otra intención que la de no asustarla.

Me da una túnica de su hermano y aceite para lavarme.

Me lavo en el río, lejos de ella y de sus criadas, y me froto la sal de la espalda y de los hombros hasta que la piel me escuece.

Cuando vuelvo vestido, con el pelo peinado, me mira de otro modo.

Hay en su cara una curiosidad que conozco bien.

La he visto en otras muchachas, en otros tiempos. Me hace sentir viejo y cansado.

—Mi padre te ayudará —dice—. Pero no entres conmigo en la ciudad.

La gente murmura. Espera en el bosque de Atenea hasta que yo haya llegado a casa, y luego pregunta por el palacio de Alcínoo.

Cualquier niño sabrá decírtelo. Y cuando entres, no vayas a mi padre.

Arrodíllate ante mi madre. Es ella quien decide.

Obedezco. Cuando cruzo el umbral del palacio de los feacios, con sus muros de bronce y sus perros de oro y plata que guardan la puerta, voy directo a la reina Arete y me abrazo a sus rodillas.

La reina me mira desde arriba. Tiene los ojos de mi madre. Siento algo que se me rompe dentro y no sé muy bien qué es.

Los feacios me dan de comer y de beber. Me dan un baño caliente y un lecho con mantas de púrpura.

Organizan juegos en mi honor, y uno de sus jóvenes, un muchacho engreído con los brazos llenos de músculos inútiles, se burla de mí y me llama mercader, hombre de cuentas y de fletes, y yo tomo un disco de piedra más pesado que ninguno de los que han lanzado ellos y lo arrojo tan lejos que se pierde entre los árboles. Nadie vuelve a burlarse.

Por la noche hay banquete. El aedo, un viejo ciego llamado Demódoco, toma la lira y canta.

Canta la caída de Troya.

Canta el caballo de madera, el vientre hueco lleno de hombres, la noche en que lo metieron dentro de las murallas.

Canta el silencio dentro de la madera, el olor a sudor y a miedo, el roce de las armaduras.

Canta cómo Helena rodeó el caballo tres veces imitando las voces de nuestras esposas, llamándonos por nuestros nombres, y cómo tuve que tapar la boca de Anticlo con las dos manos para que no contestara, y apreté hasta que dejó de moverse.

Eso no lo canta Demódoco. Eso lo sé yo.

Canta la matanza. Los hombres degollados en sus camas. Las mujeres arrastradas por el pelo. El niño de Héctor, el pequeño Astianacte, arrojado desde lo alto de la muralla porque alguien dijo que el hijo de un héroe crece para vengarse, y los reyes asintieron, y alguien tuvo que hacerlo.

Me cubro la cara con el manto. Lloro como una mujer que llora sobre el cuerpo de su marido, con la cabeza gacha y los hombros sacudidos, sin poder parar. Alcínoo lo ve. Hace callar al aedo. Se inclina hacia mí desde su trono.

—Extranjero —dice—, llevas dos días en mi casa y todavía no nos has dicho tu nombre. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué lloras al oír la historia de Troya?

Me seco la cara. Miro a los feacios, sus caras gordas y satisfechas, sus copas de oro, sus mujeres enjoyadas. Un pueblo que no ha conocido nunca la guerra. Que vive en el fin del mundo, protegido por el mar.

—Soy Odiseo —digo—, hijo de Laertes. Todos los hombres me conocen por mis engaños.

Y empiezo a contar.

Les cuento lo que quieren oír. Casi todo.

Les cuento que al salir de Troya el viento nos llevó a Ismaro, la ciudad de los cicones, y que la saqueamos.

No les cuento lo que hicimos con las mujeres.

Les cuento los lotófagos, la flor dulce que hace olvidar, los hombres que tuve que arrastrar atados hasta los barcos, llorando, porque ya no querían volver a casa.

Les cuento el cíclope, la cueva, el vino, la estaca.

Les cuento que le dije que me llamaba Nadie.

Se ríen con eso, los feacios. Golpean las mesas con las copas.

Les cuento el odre de Eolo, en el que estaban encerrados todos los vientos menos uno.

Les cuento que navegábamos ya a la vista de Ítaca, que veía las hogueras de los pastores en las laderas, que me dormí al timón después de nueve días en vela, y que mis hombres abrieron el odre creyendo que dentro había oro.

Les cuento que los vientos nos devolvieron al principio, como una mano que barre las fichas de un tablero.

Les cuento a los lestrigones, los gigantes que partieron nuestros barcos a pedradas y ensartaron a mis hombres con arpones como se ensarta a los atunes, y se los llevaron a casa para cenar.

Once naves perdí en ese puerto. Solo se salvó la mía, porque la había amarrado fuera, en la bocana, lejos de los demás.

Porque yo desconfío siempre. Porque yo siempre dejo una salida.

Luego me callo.

La sala espera. Alcínoo tiene la copa a medio camino de la boca. La reina Arete me mira con esos ojos que no son de mi madre y se le parecen tanto.

—¿Y después? —pregunta la reina.

Después vino Eea. Después vino ella.

La isla de Eea tiene la forma de una mujer tumbada. Lo pensé la primera vez que la vi desde el barco, al amanecer, con la niebla enredándose en los bosques de las laderas: una mujer de costado, con la cadera alzada y los pechos hacia el cielo, dormida sobre el agua.

Mandé a Euríloco con veintidós hombres a explorar.

Volvió solo, al atardecer, corriendo, con la cara blanca, incapaz de articular palabra.

Cuando por fin pudo hablar nos contó que habían encontrado una casa de piedra pulida en un claro del bosque, rodeada de lobos y leones que no atacaban, que se frotaban contra las piernas de los hombres como perros que piden caricias.

Que dentro se oía cantar a una mujer mientras tejía.

Que ella les abrió la puerta y les invitó a entrar, y todos entraron menos él, que sospechó algo y se quedó fuera, escondido. Que esperó y esperó, y ninguno salió.

Lo que salió, al anochecer, fue una piara de cerdos.

Euríloco me suplicó que huyeramos. Que abandonásemos a los otros y nos hiciéramos a la mar esa misma noche.

Tomar la decisión habría sido sencillo; la he tomado otras veces.

He abandonado a hombres en playas ajenas, en campos de batalla, en el vientre de un caballo.

Pero esos eran mis cerdos, y la mujer que los había hecho cerdos me los había robado, y eso no podía consentirlo.

Fui solo.

En el camino me salió al paso un joven. Hermoso, con el bozo apenas asomándole sobre el labio, con una vara de oro en la mano.

Supe quién era por las sandalias. Me dio una raíz negra con una flor blanca como la leche y me dijo que la comiera antes de beber nada de lo que ella me ofreciera.

Me dijo que, cuando ella me tocase con su vara, desenvainara la espada y me lanzara sobre ella como para matarla. Me dijo también lo que pasaría después.

—Te invitará a su lecho —dijo el dios, y se le escapó una sonrisa de muchacho—. No te niegues. Pero hazla jurar primero que no te hará daño. Si no, cuando estés desnudo, te arrancará la hombría.

Circe me abrió la puerta ella misma.

No se parecía en nada a Calipso. Donde Calipso era blanca y fría como el mármol, Circe era morena y cálida, con el pelo negro y rizado recogido en lo alto de la cabeza y los brazos cargados de brazaletes que tintineaban cuando se movía.

Tenía los ojos amarillos. Amarillos de verdad, como los de los lobos que dormitaban en su patio.

Su hermano era el rey de Cólquide. Su padre era el Sol.

Me hizo sentar en un trono tachonado de plata con un escabel a los pies.

Me preparó una bebida en una copa de oro, queso, harina de cebada, miel verde, vino de Pramno, y mezcló con todo ello un polvo que sacó de una cajita de marfil.

Lo hizo delante de mí, sin esconderse, mirándome a los ojos. Me tendió la copa.

Bebí.

Ella alzó la vara y me tocó con ella en el hombro.

—Ahora ve a la porqueriza —dijo con voz dulce— y túmbate con tus amigos.

No pasó nada.

Vi cómo lo comprendía. Vi cómo la seguridad se le escurría de la cara como el agua de una roca.

Y antes de que pudiera moverse ya tenía la espada fuera y me había lanzado sobre ella, y la tiré contra el suelo de piedra, y le puse el filo de bronce en la garganta, justo bajo la mandíbula, donde late la sangre.

No gritó. Se agarró a mis rodillas. Me miró desde abajo con esos ojos de loba, y en ellos vi miedo, y vi algo más que no era miedo, algo que se le encendía despacio como se enciende una brasa cuando se sopla.

—Eres Odiseo —susurró—. El de los mil engaños. Me dijeron que vendrías. Me lo dijo hace años el dios de la vara de oro, y yo no le creí.

No contesté. Apreté un poco más. Una gota de sangre le brotó bajo el filo y le corrió por el cuello, oscura, lenta, hasta perderse entre los pechos.

—Guarda la espada —dijo ella, sin apartar los ojos de los míos—. Vamos a mi cama. Vamos a unirnos en amor y en lecho y a confiar el uno en el otro.

—Jura —le dije.

—¿Qué?

—Jura por los dioses que no me harás daño. Que no tramarás nada contra mí. Que devolverás a mis hombres su forma.

Se rió. Tumbada en el suelo, con mi espada en la garganta y su sangre corriéndole por el pecho, se echó a reír con una risa ronca, profunda, que me subía por el brazo a través del bronce.

Y juró.

No les cuento a los feacios lo que pasó después.

Les digo que me quedé un año en Eea. Que Circe devolvió a mis hombres su forma humana y que salieron de la porqueriza más jóvenes y más altos que antes, y lloraban y me abrazaban.

Que comimos carne en abundancia y bebimos vino dulce durante doce lunas enteras.

No les cuento que esa primera noche no llegamos a la cama.

Deslicé el filo de la espada desde el cuello hasta su pecho, extendiendo la sangre del corte que le había hecho.

No se la limpió. Se desató el peplo delante de mí, sin apartar los ojos de los míos, lo dejó caer sobre las losas y se quedó desnuda con los brazaletes y nada más, con su piel dorada a la luz de los braseros.

Tenía un cuerpo de mujer hecha, ancho de caderas, de pechos pesados y rosados en la punta, y la piel le olía a hierbas machacadas, un olor que me mareó más que su pócima.

Me cogió la mano con la que había sostenido la espada y se la llevó a la garganta, a la herida, y me hizo apretar.

—Así —dijo—. Si vas a tenerme, tenme así.

La tumbé sobre la piel de león que había delante del trono.

Me clavó los talones en la espalda. Me desató el cinturón con los dientes, y cuando me tuvo desnudo me miró con esos ojos de loba y se relamió, y me empujó hacia atrás, y se montó encima de mí.

Recuerdo el tintineo de los brazaletes a cada vaivén de sus caderas.

Recuerdo sus uñas en mi pecho, abriéndome la piel.

Recuerdo que me agarró del pelo y me obligó a mirar cómo me cabalgaba, y que se reía, una risa ronca que le subía desde el vientre, y que al llegar al final echó la cabeza hacia atrás y aulló, y en el patio le contestaron los lobos.

Luego me dio la vuelta. O yo a ella. Ya no lo sé.

No les cuento que Circe me enseñó cosas que ninguna mujer me había enseñado.

Que conocía el cuerpo de un hombre tan bien como sus hierbas, qué raíz calma y cuál enloquece, dónde apretar para que el placer se vuelva casi insoportable y cuánto tiempo sostenerlo al borde antes de dejarlo caer.

Que no había en ella nada de la ternura de Penélope ni de la posesión asfixiante de Calipso, que con ella la cama era un campo de batalla donde ninguno de los dos quería rendirse y ninguno se rendía nunca.

Que nos despertábamos a media noche buscándonos a ciegas, sin hablar, y amanecíamos con marcas de dientes que ninguno recordaba haber dejado, y ella se reía y me mordía los dedos hasta hacerme sangre.

No les cuento que hubo semanas enteras en que no pensé en Ítaca. Ni una vez.

Tampoco les cuento que fueron mis hombres quienes tuvieron que recordarme quién era.

Que un día Euríloco me esperó a la puerta del dormitorio, al amanecer, y me agarró del brazo con una fuerza que no le conocía y me preguntó si ya me había olvidado de mi mujer.

Que yo estuve a punto de matarlo por decirlo.

Que la mano se me fue sola al cuchillo y que fue él quien me la sujetó.

Esa noche le dije a Circe que me iba.

Estaba sentada frente al telar, de espaldas a mí. Tejiendo, como siempre, con esa lanzadera de oro que cantaba al pasar entre los hilos. No se volvió.

—Lo sé —dijo.

—No vas a impedirlo.

—No. —Pasó la lanzadera. Otra vez. Otra—. Juré, ¿recuerdas? Nunca rompo un juramento, Odiseo. Es la única virtud que tengo.

Me acerqué. Le puse las manos en los hombros. Estaban rígidos, fríos. Ella siguió tejiendo.

—No llegarás a Ítaca por el mar —dijo—. No todavía. Antes tienes que bajar a la casa de Hades y de la terrible Perséfone. Tienes que hablar con el alma de Tiresias, el adivino ciego de Tebas. Solo él puede decirte el camino.

Sentí que se me helaba la sangre. Ningún hombre vivo ha bajado nunca al Hades.

—¿Por qué?

Circe dejó la lanzadera. Se volvió despacio, en el taburete, y me miró desde abajo, con los ojos del primer día, cuando tenía mi espada en el cuello.

—Porque allí hay alguien que te espera desde hace años —dijo—. Y tú ni siquiera sabes que ha muerto.

La sala de los feacios está en silencio. Las antorchas se han consumido hasta la mitad. Nadie bebe.

—¿Quién? —pregunta Nausícaa desde el fondo, con la voz muy fina. Su madre la mira con reproche, pero la muchacha no baja los ojos—. ¿Quién te esperaba entre los muertos?

Me quedo mirando la copa. El vino es rojo oscuro, casi negro. Tiene el color de la sangre de los carneros que degollé junto a la fosa, en la orilla del océano, para que los muertos bebieran y pudieran hablar.

Pienso en todas las sombras que se acercaron a beber. Pienso en la primera que reconocí.

Y pienso en otra, la que vino después, la que no esperaba ver allí, la que me dijo cosas sobre Penélope que llevo diez años tratando de olvidar.