La Odisea III · Penélope · El arado #2
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III · Penélope · El arado #2

Me incorporé sobre un codo. Afuera, en el puerto, los hombres cargaban los barcos a la luz de las antorchas. Se oían sus voces, el golpe de las ánforas contra la madera, el relincho de un caballo.

—Si no vuelvo —dijo—, cuida de mi padre. Cuida de mi madre. Y cuando al niño le salga la barba, cásate con quien quieras y vete de esta casa.

—No.

—Lo harás.

—No lo haré. —Le tomé la cara entre las manos.

Le apreté la mandíbula con los dedos, fuerte, como él me había apretado a mí la barbilla en el patio de Esparta—.

Me dijiste que no me soltarías jamás. Ni cuando estuvieras muerto.

Pues yo tampoco. ¿Me oyes? Si te mueres en Troya, iré a buscarte al Hades y te sacaré de allí a rastras.

Se quedó callado mucho rato. Luego se echó a reír, bajito, contra mi mano.

—Eres peor que yo.

—Soy exactamente como tú. Por eso me elegiste.

Al amanecer le puse el manto de púrpura doble que había tejido para él durante el invierno.

Se lo sujeté al hombro con un broche de oro que mi padre me dio el día de mi boda, sin saber que se lo estaba regalando al hombre que me robaba.

En el broche había un perro que sujetaba con las patas delanteras a un cervatillo moteado, y el cervatillo se debatía, y el perro lo miraba con los dientes clavados en su cuello.

Estaba tan bien labrado que parecía que el cervatillo iba a escaparse en cualquier momento. Pero nunca lo hacía.

Le gustaba ese broche. Decía que se parecía a nosotros. Nunca le pregunté cuál de los dos era el perro.

Telémaco se ha ido.

Me lo dice Euriclea al atardecer, llorando, retorciéndose las manos.

Se ha ido de noche, en un barco prestado, con veinte remeros y un anciano de Mentor que nadie ha visto subir a bordo.

Le ha hecho jurar a la vieja por todos los dioses que no me diría nada hasta pasados doce días, para que no llorase, para que no me estropeara la cara.

—Ha ido a Pilos —solloza—. A preguntarle al viejo Néstor por su padre. Y después a Esparta, a ver a Menelao.

Mi hijo tiene veinte años. Hace tres días se plantó en la asamblea, delante de todos los hombres de Ítaca, y les exigió que echaran a los pretendientes de su casa.

Arrojó el cetro al suelo. Lloró de rabia.

Los ancianos bajaron la mirada y nadie se movió, y Antínoo se levantó despacio y dijo que la culpa era mía, de su madre, la mujer astuta que llevaba tres años tomándoles el pelo con un telar.

Mi hijo tiene veinte años y se ha ido al mar sin despedirse de mí, igual que su padre.

No lloro. Euriclea llora por las dos.

Esa misma noche, Médonte, el heraldo, sube a mi habitación con la cara gris.

Es un hombre gordo y timorato que sirve la mesa a los pretendientes porque no tiene valor para otra cosa, pero hace un momento ha oído algo que le ha dado el valor que le faltaba.

Antínoo y veinte hombres van a salir en un barco rápido.

Esperarán a mi hijo en el estrecho, entre Ítaca y Same, junto al islote de Ásteris, donde hay un puerto doble y los barcos que vuelven del Peloponeso tienen que pasar a la fuerza.

Lo esperarán. Y cuando pase, lo matarán.

Bajo a la sala grande sin velo.

Lo hago a propósito. Una mujer de mi rango no se muestra jamás ante hombres que no son de su familia sin cubrirse el rostro. Pero esta noche quiero que me vean. Quiero que me vean la cara entera, los ojos, la boca, las arrugas finas que me han salido junto a los párpados en estos veinte años.

Me detengo junto a la columna que sostiene el techo. Las antorchas chisporrotean. El olor a carne asada y a vino derramado me sube por la garganta. Se hace el silencio poco a poco. Así se apaga el ruido de una bandada de pájaros cuando pasa la sombra de un halcón.

—Antínoo —digo.

Él está en el sitio de mi marido. Levanta la copa hacia mí.

—Mi reina.

—Tu padre llegó a esta isla huyendo —le digo, y mi voz llena la sala sin que tenga que alzarla—.

El pueblo quería matarlo porque se había unido a unos piratas para saquear a nuestros aliados.

Iban a arrancarle el corazón y a quedarse con sus tierras.

Mi marido se interpuso. Lo protegió con su cuerpo.

Le salvó la vida. Y tú, el hijo de ese hombre, te comes su casa, cortejas a su esposa y planeas asesinar a su hijo.

Nadie se mueve. Nadie bebe. Anfínomo baja los ojos. Eurímaco se pone muy rojo y abre la boca para decir algo, pero Antínoo le pone una mano en el brazo sin mirarlo.

—Nadie va a hacerle daño a Telémaco —dice Eurímaco al fin, con voz de muchacho asustado—. Te lo juro por Zeus. Mientras yo viva, nadie le pondrá la mano encima. Telémaco es el más querido de mis amigos.

Miente. Lo sé yo y lo saben todos los que están en la sala. Me doy la vuelta y subo la escalera sin volver la cabeza.

Antínoo sube una hora más tarde.

No golpea la puerta. Aparta la tranca con el pie, entra, la vuelve a colocar. Euriclea duerme en la antecámara; la oigo roncar al otro lado de la cortina. Él también la oye. Sonríe.

—Has estado magnífica —dice—. De verdad. Ahí abajo. Casi me conmueves.

—Sal de mi habitación.

—Enseguida. —Se sienta en mi taburete, junto al telar, como si fuera suyo—.

Vengo a proponerte un trato, Penélope. El barco sale mañana al amanecer.

Puedo ir en él. O puedo quedarme en tierra con un dolor de estómago muy oportuno, y sin mí los demás no se atreverán.

Tu hijo volverá sano y salvo, con su barba rala y su cetro y sus rabietas.

—¿A cambio de qué?

No contesta. Me mira. Me mira de arriba abajo, muy despacio, como se mira una casa que se está pensando en comprar.

Siento su mirada en los tobillos, en las caderas, en la curva de los pechos bajo el camisón.

Siento que me desnuda capa a capa sin tocarme y hay algo en esa lentitud, en esa calma, que me revuelve por dentro de un modo que no quiero nombrar.

Hace veinte años que nadie me mira así. Me odio por darme cuenta.

—Mi marido está vivo —le digo.

Antínoo suspira. Se lleva la mano al pecho, a los pliegues de la túnica, y saca algo pequeño envuelto en un trozo de lino. Lo deja sobre la mesa, junto a la lámpara. Lo desenvuelve con dos dedos, sin prisa, con la ceremonia de quien entrega un regalo de bodas.

El oro brilla a la luz de la llama.

Un perro. Un cervatillo moteado entre sus patas. Los dientes del perro clavados en el cuello del animal, que se debate y no escapa nunca.

Me fallan las rodillas. Me agarro al borde de la mesa. La habitación entera gira a mi alrededor, lenta, como el agua de un remolino.

—Lo compré en Same, a un mercader fenicio —dice Antínoo, suavemente—. Lo sacó del cuello de un ahogado, en una playa de Tesprotia. Un hombre de pelo rojizo con una cicatriz en el muslo.

Se levanta. Se acerca. Me roza la mejilla con el dorso de los dedos, justo donde él me la rozaba.

—Tienes hasta mañana al amanecer para decidir si quieres enterrar a tu marido o a tu hijo.