La Odisea III · Penélope · El arado
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III · Penélope · El arado

Mando llamar a Melanto a mediodía, cuando los pretendientes duermen la borrachera y el palacio se queda quieto como un animal saciado.

Viene sin prisa. Se detiene en el umbral de la puerta rota, que Euriclea ha apuntalado con una tranca, y espera a que le diga que pase. Es la primera vez en dos años que espera algo de mí. Lleva el pelo recogido con una cinta roja que no le he dado yo.

—Siéntate.

No se sienta. Se queda de pie junto al telar, con las manos cruzadas sobre el vientre, y mira la urdimbre desnuda con una expresión que no consigo descifrar.

—¿Cuánto te ha pagado?

—Nada.

—Entonces lo hiciste por Eurímaco.

Se le escapa una risa corta, amarga, que no tiene nada de muchacha.

—Eurímaco no sabe ni atarse las sandalias sin que alguien le diga cómo, señora. Vos lo sabéis.

La miro con más atención. Tiene una marca en la muñeca izquierda, medio oculta por la manga. Cinco sombras violetas en fila, pequeñas, muy juntas. Las huellas de unos dedos largos que han apretado más de lo necesario.

—Antínoo —digo.

Melanto se cubre la muñeca con la otra mano. Es un gesto instintivo, rápido, y en cuanto lo hace se da cuenta de que la ha delatado más que cualquier palabra.

—Me dijo que si no le traía algo que valiera la pena, se lo contaría a Eurímaco. Lo de… —Se interrumpe. Traga saliva—. Lo de otro hombre. No importa quién.

—Importa.

—No a vos.

Tiene razón. Hace tiempo que he dejado de preguntarme qué pasa por las noches en los cuartos de las criadas.

Hay doce muchachas en esta casa que duermen con los pretendientes.

Algunas por gusto, otras por miedo, otras porque han aprendido que un hombre borracho y satisfecho pega menos.

Yo lo sé y las dejo hacer, porque no tengo fuerza para impedirlo y porque cada muchacha en la cama de un pretendiente es un pretendiente menos rondando la mía.

Nunca lo he dicho en voz alta. Me avergüenza la frialdad de ese cálculo, y me avergüenza aún más lo bien que me ha funcionado.

—Vete —le digo.

Melanto no se mueve.

—Señora. Lo que dijo esta mañana. Lo de vuestro esposo…

—¿Qué sabes?

—Nada. —Demasiado rápido. Se muerde el labio—. Nada, os lo juro por mi madre.

Su madre murió de fiebres hace seis inviernos.

La enterré yo, con mis propias manos, porque Dolio estaba en el campo y nadie más quiso tocar el cadáver.

Melanto lo sabe. Por eso lo ha dicho. Es una niña que miente muy mal y que acaba de descubrir que en esta casa ya no queda nada sagrado sobre lo que jurar.

—Vete —repito.

Esta vez obedece.

Hay un recuerdo que no me deja dormir desde hace veinte años, y es el único en el que mi marido parece loco.

Telémaco tenía un mes. Dormía en una cesta de mimbre junto a mi cama, y yo todavía no había aprendido a dormir con él cerca, me despertaba con cada suspiro suyo, con cada gorgoteo, convencida de que se ahogaba.

Esa mañana había salido al patio con él en brazos porque el sol era suave y la nodriza decía que la luz de la mañana endurece los huesos de los niños.

Vi llegar el barco desde la terraza. Velas negras.

Proas pintadas con ojos. Supe quién era antes de que bajase nadie, porque no había otra flota en el mar con tanto oro en los escudos.

Agamenón. El hermano del marido de Helena.

Mi prima se había ido a Troya con un príncipe de ojos pintados, y ahora todos los hombres que habían jurado sobre el caballo descuartizado tenían que cumplir su palabra.

Todos. También el que había inventado el juramento.

Cuando los embajadores subieron hasta el palacio, Odiseo estaba en el campo.

Lo encontraron en la ladera que baja hacia el mar, arando.

Había uncido al mismo yugo un buey y un asno, dos animales que no pueden tirar juntos porque caminan a ritmos distintos, y el arado iba dando tumbos, cortando surcos torcidos, y él sembraba detrás con la mano.

Sembraba sal. La sacaba a puñados de un saco que llevaba colgado del hombro y la arrojaba sobre la tierra abierta, cantando una canción sin sentido, con un gorro de fieltro de campesino calado hasta las cejas.

Yo bajé detrás de los embajadores. Me quedé en el linde del campo, con Telémaco en brazos, y lo miré hacer.

Y supe que no estaba loco. Lo supe con la misma certeza con que sé que el mar es salado.

Conocía ya la manera en que él se movía cuando mentía, esa lentitud de los hombros, esa exageración de cada gesto, como la de un mal actor en una fiesta de la vendimia.

Lo supe y no dije nada. Porque yo tampoco quería que se fuera.

Uno de los embajadores también lo supo.

Se llamaba Palamedes. Era un hombre delgado, de manos finas y ojos muy claros, uno de esos hombres que inventan cosas; decían que había enseñado a los griegos a contar con los dedos y a jugar a los dados y a poner guardias por turnos durante la noche.

Miró el arado, miró la sal, miró a mi marido. Luego se volvió hacia mí.

No me pidió permiso. No dijo una palabra. Me arrancó a Telémaco de los brazos con un solo movimiento, limpio, como quien arranca una flor, y antes de que yo pudiera gritar ya estaba en mitad del campo y dejaba a mi hijo en el suelo, en el surco, delante de la reja.

El buey y el asno siguieron avanzando.

No recuerdo haber gritado. Euriclea dice que sí, que grité como una bestia, que se me oyó desde el puerto.

Yo solo recuerdo el ruido del arado cortando la tierra, ese chirrido áspero de bronce contra piedra, y la cara de mi hijo, que no lloraba, que miraba el cielo con los ojos muy abiertos y agitaba los puños.

Odiseo tiró de las riendas.

Los animales se desviaron. La reja pasó a un palmo de la cabeza del niño. Y mi marido se quedó inmóvil en mitad del campo, con el saco de sal colgando del hombro y el gorro torcido, y miró a Palamedes.

Nunca en mi vida he visto a nadie mirar así a otro hombre.

No había rabia en esa mirada. Había algo mucho más frío, algo parecido a la paciencia de un campesino que planta un olivo sabiendo que no lo verá dar fruto hasta dentro de muchos años.

Palamedes le sostuvo la mirada un momento.

Luego sonrió, con esa sonrisa de hombre listo que acaba de ganar una partida, y se dio la vuelta.

Corrí hasta mi hijo. Lo cogí. Estaba lleno de tierra y de sal y se reía.

Nueve años después llegó a Ítaca un mercader de Eubea con una carga de aceite y una historia.

Contaba que en el campamento de los aqueos, bajo las murallas de Troya, habían apedreado a un traidor.

Un hombre muy listo, de manos finas, que había enseñado a los griegos a contar.

Le habían encontrado oro troyano enterrado bajo el suelo de su tienda y una carta del rey Príamo agradeciéndole sus servicios.

Juraba que era inocente mientras le llovían las piedras.

Nadie le creyó. Había sido otro jefe, un isleño, quien descubrió el oro.

Un hombre que conocía muy bien el arte de esconder cosas.

El mercader contaba la historia como quien cuenta una curiosidad, entre trago y trago, en el patio de mi casa. No sabía quién era yo.

Esa misma noche no pude dormir. Me quedé sentada en la cama del olivo, en la oscuridad, con las manos sobre las rodillas, y esperé a sentir horror.

No llegó.

Llegó otra cosa. Un calor lento, espeso, que me subía desde el vientre y me llenaba el pecho.

Pensé en la reja de bronce pasando a un palmo de la cabeza de mi hijo.

Pensé en la sonrisa de Palamedes. Pensé en mi marido cavando un hoyo de noche bajo una tienda ajena, con las manos llenas de oro enemigo, paciente, meticuloso, nueve años después.

Y me descubrí sonriendo en la oscuridad, con la misma sonrisa que escondí bajo el velo en el camino de Amiclas.

Esa noche comprendí que lo amaba. Bondad, en él, hubo poca siempre. Lo que yo amaba era su memoria de piedra, su astucia, esa manera suya de guardar una deuda durante nueve años sin que se le enfriara.

La última noche antes de que Odiseo se fuera no dormimos.

Él estaba tumbado de espaldas en la cama del olivo, desnudo, con un brazo bajo la nuca, y yo tenía la cabeza apoyada en su pecho y oía su corazón, lento, tranquilo, el corazón de un hombre que no teme a nada o que ha decidido no temer. Habíamos hecho el amor dos veces.

La primera fue como una pelea de animales.

Entró en la alcoba sin decir palabra, todavía con el polvo del puerto en las piernas, y me arrancó el peplo del hombro con tanta prisa que el broche saltó y rodó bajo la cama.

No me besó. Me mordió la boca. Yo le clavé las uñas en la nuca y le tiré del pelo hacia atrás hasta verle la garganta, y se la mordí también, y él gruñó y me empujó contra el tronco del olivo.

Recuerdo la corteza pulida contra la espalda, sus manos abiertas sobre mis nalgas, levantándome del suelo como si no pesara nada.

Recuerdo que le rodeé la cintura con las piernas y que lo sentí entrar en mí de una sola vez, duro, sin cuidado, y que grité, y que no fue de dolor.

Nos movimos contra la madera con una rabia sin rastro de ternura, cada embestida era una acusación por el año que venía, por los diez, por los veinte que ninguno de los dos podía imaginar todavía.

Me dejó en las caderas la marca de los dedos durante una semana.

Yo le dejé la espalda abierta en diez surcos rojos que se llevó de recuerdo a Troya.

La segunda fue mucho peor. Fue en la cama, despacio, él encima, sosteniendo su peso en los codos para verme la cara.

No hablábamos. Se movía dentro de mí con una lentitud que dolía más que la prisa de antes, y me miraba a los ojos todo el tiempo, sin parpadear, como si quisiera aprenderse de memoria cada gesto que yo hacía al acercarme al final.

Y retrasó el final todo lo que pudo, como si quisiera detener el tiempo en ese momento de unión de nuestras carnes.

Cuando llegué, no aparté la mirada. Él tampoco.

Y en esa quietud, en esos ojos abiertos, sellamos nuestra despedida.

—Escucha —dijo más tarde, en la oscuridad.

—No.

—Escucha, Penélope.