La Odisea II · Odiseo · Ogigia #2
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II · Odiseo · Ogigia #2

Sentado al timón, sin dormir apenas, guiado por las estrellas que ella me enseñó a leer, las Pléyades y el Boyero, y la Osa, que gira siempre en el mismo sitio y no se baña nunca en el océano.

El viento es suave y constante, como prometió.

El mar está tranquilo. Y cada noche, a la luz de la luna, saco el cuchillo y hago una marca en el timón. Esta vez sí las cuento.

El día dieciocho aparecen las montañas en el horizonte. Sombrías, azuladas, como un escudo tumbado sobre el mar. Tierra. Tierra de verdad. Ítaca no tiene esos picos, lo sé, pero aquello es tierra, y los hombres de la tierra tienen barcos, y los barcos van a todas partes.

Me echo a reír. Me río como no me reía desde Troya, a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás, y las lágrimas me corren por la cara y se mezclan con la sal que me cubre la barba.

Entonces el cielo se oscurece.

Ninguna nube basta para algo así. Se ha apagado el cielo entero, como si alguien hubiera echado un manto negro sobre el mundo.

El viento cambia de golpe. Sopla del este, del sur, del oeste, del norte, todos a la vez, y la balsa gira sobre sí misma como una peonza.

El mar se levanta. Olas del tamaño de un templo, verdes, espumosas, rugientes, que caen sobre mí con un ruido de ciudad que se derrumba.

Conozco esta ira. Huele a enemigo.

Hace diez años cegué a un cíclope en una cueva.

Le clavé una estaca de olivo en el único ojo y la giré como se gira una barrena, y cuando escapé con mis hombres, en lugar de huir en silencio, le grité mi nombre desde el barco.

Mi nombre verdadero. Mi padre, mi isla. Porque no podía soportar que no supiera quién le había vencido.

Porque el orgullo me quemaba más que el miedo.

El cíclope era hijo de Poseidón.

Una ola barre la cubierta. Me arranca el timón de las manos.

Me lanza por la borda. Me hundo, me hundo, me hundo, con las ropas empapadas que ella me dio y que pesan como una losa, la ropa limpia y perfumada que huele a cedro.

Trago agua. Los pulmones me arden. Pataleo hacia la luz que ya no existe.

Salgo a la superficie escupiendo, me agarro a la balsa, me arrastro sobre ella, y otra ola la parte en dos como se parte un pan.

Me quito la túnica. Me quito todo. Me quedo desnudo, agarrado a un tronco, y el mar me zarandea como un perro zarandea una rata.

Y entonces, entre la espuma, veo a la mujer.

Está sentada en el tronco que tengo delante, con el agua hasta la cintura, y no se mueve con las olas. Tiene el pelo mojado y blanco y una cara que me parece conocida, la cara de alguien que murió hace tiempo. En la mano sostiene un velo.

—Átatelo —dice. Su voz se oye por encima del rugido del mar como si me hablara al oído—. Átatelo a la cintura y suelta el tronco. Nada. Cuando llegues a tierra, arrójalo de vuelta al agua sin mirar atrás.

Me tiende el velo. Lo tomo. Es suave, frío, ligero como una telaraña.

Pienso en otro velo. En una muchacha de dieciséis años sentada en un carro, en el camino de Amiclas, cubriéndose la cara mientras su padre lloraba. Pienso en que nunca le pregunté por qué lo hizo. En que, durante veinte años, he dado por hecho que la respuesta era yo.

Me ato el velo a la cintura. Suelto el tronco.

Nado dos días y dos noches.

No los recuerdo. Sé que nadé porque no me hundí.

Sé que en algún momento las olas me lanzaron contra unas rocas y me desgarraron la piel de las manos y del pecho, porque todavía tengo las cicatrices.

Sé que encontré la desembocadura de un río y le recé al río como se reza a un dios, y el río calmó su corriente y me dejó pasar.

Sé que me arrastré hasta la orilla y me desaté el velo con los dedos entumecidos y lo arrojé al agua sin mirar.

Y sé que me quedé tumbado boca abajo en la arena, desnudo, con la mejilla contra el barro, y pensé que me iba a morir.

Pensé en ella. En sus manos sobre el telar. En su voz, que ya no recordaba bien. En su cuello.

Luego me arrastré hasta un bosquecillo de olivos, me cubrí con hojas secas como se cubre una brasa para que no se apague, y dormí.

Me despiertan unas risas.

Risas de muchachas, agudas, despreocupadas. Un chapoteo de agua. Algo que rebota contra el suelo, una pelota quizá. Abro los ojos. Tengo la boca llena de tierra y el cuerpo entero cubierto de costras de sal, como un pez olvidado al sol.

Las risas se acercan. Alguien corre hacia los olivos.

Me incorporo sobre un codo. Estoy desnudo. Apesto. Tengo la barba llena de algas, el pelo pegado a la cara, las manos en carne viva. Soy exactamente lo que parezco. Un monstruo que el mar ha escupido.

Las ramas se apartan.

Es una muchacha. Dieciséis años, quizá menos. Lleva una túnica blanca recogida en la cintura y el pelo oscuro suelto sobre los hombros. Viene corriendo detrás de una pelota, y la pelota ha rodado hasta mis pies.

Se detiene en seco. Me mira.

No grita. Eso es lo primero que me sorprende.

Detrás de ella, a lo lejos, las otras muchachas chillan y se dispersan por la playa como gaviotas.

Ella no. Ella se queda quieta, con los puños apretados junto a los costados, y me mira fijamente, con los ojos muy abiertos.

Así me miró una vez otra muchacha de su edad en un patio de Esparta.

—¿Estás muerto? —pregunta.

Abro la boca para contestar y descubro que no sé la respuesta.