La Odisea II · Odiseo · Ogigia
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II · Odiseo · Ogigia

La isla huele a cedro y a tuya, a humo dulce, a fruta que se pudre sin que nadie la recoja. Siete años llevo respirando este olor y todavía me revuelve el estómago cada mañana, con la insistencia del perfume de una mujer a la que no se ama.

Me siento en la roca de siempre. La piedra tiene ya la forma de mis nalgas; la he gastado como el agua gasta un peldaño.

Delante, el mar. Detrás, la cueva, los álamos negros, las cuatro fuentes que corren en cuatro direcciones, las viñas cargadas, los prados de violetas y apio silvestre donde anidan los halcones.

Todo lo que un hombre podría desear. Un jardín de los dioses.

No hay un solo barco.

Con la punta del cuchillo marco otra raya en la peña.

Son tantas que ya no caben; las primeras están borradas por el viento y la sal, y las últimas se montan unas sobre otras como los dientes de un tiburón.

Hace mucho que dejé de contarlas. Las hago porque la mano necesita hacer algo mientras la cabeza se pudre.

A veces, cuando el sol cae de lado y el agua se vuelve de cobre, me parece ver una vela en el horizonte. Me levanto. Grito. Agito los brazos como un loco. Nunca hay nada. Solo el reflejo, o un ave, o las ganas.

—Ya estás otra vez aquí.

No la he oído llegar. Nunca la oigo. Camina descalza sobre la hierba como camina la niebla, y cuando quiero darme cuenta ya está detrás de mí, con una mano en mi nuca, los dedos enredados en mi pelo, esos dedos largos y fríos que huelen a resina.

—Estoy donde me has dejado.

—Estás donde quieres estar. Podrías estar en mi cama. En el prado. Podrías estar nadando en la ensenada, que el agua está tibia. Eliges esta roca.

—Elijo mirar hacia casa.

Calipso ríe bajito. Tiene una risa muy grave para una mujer, una risa que parece salir de la tierra y no de la garganta.

Se sienta a mi lado en la peña y el peplo se le abre sobre el muslo, un muslo que no ha visto nunca el sol del mediodía ni ha conocido el trabajo, blanco y perfecto como el de las estatuas de marfil que vi una vez en el templo de Troya antes de que la ciudad ardiera.

—Casa —repite, y saborea la palabra como un vino extranjero—. ¿Sabes qué es tu casa, Odiseo? Una roca en el mar donde las cabras comen ortigas. Una mujer vieja. Un hijo que no te conoce.

—No es vieja.

—Lo será. Lo es ya. —Me pasa un dedo por la mejilla, por la barba entrecana—. Como tú. Mira. Aquí tienes una cana nueva. La vi anoche, mientras dormías.

Le aparto la mano. Lo hago con suavidad, porque he aprendido lo que cuesta hacerlo de otro modo.

El primer año le rompió la muñeca a una de sus sirvientas porque la muchacha me sonrió al servirme el vino.

No lo hizo con rabia. Lo hizo despacio, mirándome a mí, como quien enseña a un perro nuevo dónde está el límite del patio.

—Déjame ir.

No contesta. Se lo he pedido tantas veces que ya ni siquiera se molesta en negarse. Se levanta, se sacude la arena del peplo, se aleja hacia la cueva. Antes de desaparecer entre los álamos se vuelve.

—Esta noche habrá cordero —dice—. Y te quiero lavado.

Hay cosas que un hombre no cuenta nunca. Ni a su mujer, ni a su hijo, ni a los compañeros con los que ha compartido el agua podrida del fondo de un odre.

No cuenta que llega un momento en que el cuerpo deja de pertenecerle.

Al principio me resistí. Llegué a Ogigia medio muerto, agarrado a una quilla después de que Zeus partiera mi último barco con un rayo y el mar se tragara a los últimos hombres que me quedaban.

Nueve días a la deriva. Cuando me sacaron del agua tenía los labios reventados, los ojos cegados por la sal y las manos tan abiertas por el roce de la madera que se me veía el hueso de los nudillos.

Ella me curó. Me limpió las heridas con sus propias manos, me dio de comer ambrosía con una cuchara de oro, me cantó mientras yo deliraba.

Y la primera noche que pude tenerme en pie, me llevó a su lecho.

Me negué. Le hablé de mi esposa. Ella me escuchó con una paciencia infinita, asintiendo, con la cabeza apoyada en la mano, y cuando terminé me dijo que lo entendía.

A la mañana siguiente no había comida en la mesa. Ni agua en las jarras. Las fuentes de la isla, las cuatro, se habían secado.

Aguanté cinco días.

No me enorgullezco de esto. Tampoco me avergüenzo tanto como debería.

He hecho cosas peores para sobrevivir, y otras muchísimo peores sin necesidad ninguna.

Lo que me avergüenza es lo que vino después, cuando el hambre ya no era la excusa.

Lo que me avergüenza son las noches en que no me negué.

Las noches en que el deseo me subió por las piernas como sube la fiebre y me encontré buscándola en la oscuridad, con los dientes apretados, odiándola y odiándome, y ella se reía contra mi cuello con esa risa de tierra, porque sabía exactamente qué pasaba en mi interior.

—Buscas olvidarla —me dijo una vez, después, con el pelo derramado sobre mi pecho—. A mí no me has buscado nunca. Y cada vez que consigues olvidarla un rato, la odias un poco. Por haberte dejado conseguirlo.

Tiene razón a menudo, la diosa. Es lo peor de ella.

Esa noche hay cordero, como prometió. Asado con tomillo, con higos abiertos y miel.

Las sirvientas lo traen en bandejas de plata y se retiran sin levantar la vista.

Calipso come poco. Me mira comer a mí con la cabeza apoyada en el puño.

Así mira una madre a un hijo enfermo que por fin recupera el apetito.

—Ha venido alguien hoy —dice.

Dejo el hueso en el plato.

—Un mensajero —sigue ella—. Con sandalias de oro y cara de haber corrido mucho sin haber sudado nunca. Conoces el tipo.

Conozco el tipo. Se me cierra la garganta.

—¿Qué quería?

—A ti. —Sonríe sin alegría—. En el Olimpo se aburren, Odiseo.

Llevan siete años sin mirar hacia aquí y de pronto alguien se ha acordado de que tienes una esposa y un reino y unos pretendientes que se están comiendo tu hacienda.

Atenea ha llorado. Zeus ha decidido. Y yo tengo que obedecer, porque así funcionan las cosas entre nosotros.

Los dioses varones se acuestan con quien quieren, mortales o no, y nadie les dice nada.

Si una diosa se queda con un hombre, el cielo entero se escandaliza.

No sé qué decir. Siete años esperando esta noche y ahora que ha llegado me siento vacío, como un odre que se ha vaciado de golpe y aún guarda la forma del vino.

—Te ayudaré a construir una balsa —dice ella—. Te daré hachas, barrena, tela para la vela. Te daré agua y vino y pan para el viaje. Te mandaré un viento favorable. Me lo han ordenado y lo haré bien, porque no sé hacer las cosas mal.

—Calipso…

—Pero antes vas a escucharme.

Se levanta. Rodea la mesa. Se arrodilla junto a mi silla y me toma la cara entre las manos, y por primera vez en siete años sus ojos no son de piedra. Hay algo en ellos que se parece mucho a la súplica.

—Quédate. No porque te obligue. Quédate porque quieras quedarte.

Te haré inmortal. No envejecerás nunca. No morirás nunca.

No volverás a tener hambre ni frío, no volverás a ver morir a un amigo, no volverás a matar a nadie.

Serás como yo. Estaremos juntos cuando el mar se seque y las montañas se hundan.

La miro. Es tan hermosa que duele mirarla. Lo ha sido siempre, y yo lo he odiado siempre.

—Ella envejecerá —le digo—. Tendrá arrugas en las manos. Se le caerán los dientes. Morirá.

—Sí.

—Quiero estar allí cuando pase.

Calipso me suelta. Se queda arrodillada en el suelo, mirando mis manos sobre la mesa, y no dice nada durante mucho tiempo. Luego se pone en pie muy despacio, como si le pesara el cuerpo por primera vez.

—¿Sabes lo que es peor, Odiseo? —dice—. Que ni siquiera sabes si ella te espera.

Veinte años. Una mujer joven y sola, en un palacio lleno de hombres.

¿De verdad crees que ha dormido sola todas esas noches?

¿Que nadie le ha calentado la cama? ¿Que no se ha reído de ti, del tonto que se fue a la guerra por la mujer de otro?

Lo dice para herirme. Lo sé. Y aun así me hiere, porque ella también lo sabe.

—Si alguien ha dormido en mi cama —le contesto, y me sorprende la calma de mi propia voz—, lo mataré.

—¿Y a ella?

No contesto. Calipso sonríe. Es la primera sonrisa verdadera que le veo en toda la noche.

—Ah —dice—. Eso es lo que me gusta de ti.

Se desata el broche del hombro. El peplo cae.

—Una última noche —dice—. Me la debes. Luego te daré el hacha.

Tardo cuatro días en construir la balsa.

Talo veinte árboles con el hacha de bronce de doble filo que ella me da, álamos y abetos que se secaron hace tiempo y flotan bien.

Los desbasto, los alineo, los perforo con la barrena, los ensamblo con clavijas y trabazones.

Levanto una cubierta con tablones gruesos, un mástil, una verga, un timón.

Trenzo mimbre por los costados para que las olas no barran la cubierta.

Calipso me trae tela para la vela y la coso yo mismo, puntada a puntada, con las manos que hace siete años no hacen nada útil.

Trabajo desde el amanecer hasta que no veo. Duermo en la playa, junto a la balsa, y ella no me llama. Ni una sola vez. La veo a veces, de lejos, en la boca de la cueva, con los brazos cruzados, mirándome como una reina mira el barco que se lleva a un rehén que ella ha tenido que devolver.

El quinto día al amanecer me trae ella misma los odres. Uno de vino negro, otro de agua, un saco de cuero con provisiones. Me baña en la fuente, me viste con ropas limpias que huelen a cedro. No dice nada mientras lo hace. Sus manos son más lentas que nunca.

Cuando termino de cargar la balsa, me vuelvo para despedirme y ya no está.

Me quedo un momento de pie en la arena, esperando. Luego empujo la balsa hacia el agua.

Diecisiete días navego.