La Odisea
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I · Penélope · El sudario
Deshago el sudario a la luz de una sola lámpara. Con dos, la claridad se colaría por las rendijas de la puerta y alguien, abajo, levantaría la vista.
Hilo a hilo. La lana cruda se resiste bajo las uñas y todavía guarda el calor de la tarde, cuando la tejí delante de todos con la cabeza gacha y el gesto manso de una nuera piadosa.
Tres inviernos llevo con este lienzo. Tres inviernos avanzando un palmo cada día y retrocediendo el mismo palmo cada noche, como la marea que entra y sale de la bahía de Forcis sin que la roca se entere de nada.
Abajo alguien canta mal una canción de remeros. Un jarro revienta contra las losas y nadie se agacha a recoger los pedazos. Mañana los barrerán las criadas, o no los barrerá nadie, y el palacio seguirá oliendo a vino agrio y a sebo quemado. Huele así desde hace años.
Son ciento ocho. Los conté una noche de insomnio, asomada a la galería, con la minucia del ladrón que cuenta las ovejas de un rebaño ajeno antes de robarlo.
Cincuenta y dos vinieron de Duliquio, con sus seis sirvientes.
Veinticuatro de Same. Veinte de Zacinto.
Doce de aquí, de Ítaca, hijos de hombres que besaron las manos de mi marido y se sentaron a su mesa cuando él era rey y yo apenas una muchacha espartana que no sabía decir cabra en el habla de la isla.
Me llaman reina cuando quieren algo. El resto del tiempo me llaman ella.
Tiro de una hebra más larga que las otras y el tejido cede con un suspiro. Se me escapa una sonrisa. Hay un placer muy bajo, casi carnal, en destruir despacio lo que los demás creen que estás construyendo para ellos.
—Señora.
No me vuelvo. Conozco la voz de Euriclea como conozco el crujido de mi propia puerta. La vieja entra sin hacer ruido, cierra, se queda un momento con la espalda pegada a la madera como si esperase que alguien empujara desde fuera.
—Deberías estar dormida —le digo.
—Y vos también.
—Yo tengo trabajo.
Se acerca, mira el telar, el montón de lana deshecha que se acumula a mis pies como el pelo cortado de una esclava. Tiene los ojos húmedos. Siempre los tiene, ahora; la edad le ha vuelto la mirada acuosa, pero yo sé distinguir cuándo es la vejez y cuándo es miedo.
—Melanto no ha bajado a la despensa —dice—. La he buscado en la cocina, en el patio, en el cuarto de las muchachas. No está.
Mis dedos se detienen.
Melanto. La hija de Dolio, a la que crié casi como a una hija, a la que enseñé a peinarse y a tejer y a no bajar los ojos ante nadie. Ahora baja los ojos solo ante Eurímaco, en cuyo lecho duerme tres noches de cada cinco, y a mí me mira como se mira a una vaca vieja que ya no da leche.
—Estará con él.
—Eurímaco se ha retirado temprano, borracho. Lo he visto salir con dos de los de Same. Solo.
Entonces sí me vuelvo.
—¿Cuánto hace?
—Desde que se encendieron las antorchas de la sala.
Miro la puerta. Miro el telar, la herida blanca que le he abierto esta noche, el lienzo vuelto a su esqueleto de urdimbre.
Pienso en la escalera de servicio que sube desde la cocina, en el pasillo que rodea mis habitaciones, en la grieta que hay junto al gozne desde que un pretendiente la golpeó con el hombro hace dos inviernos buscando mi cama.
Pienso en una muchacha agachada ahí fuera, con el ojo pegado a la madera.
—Vete —le digo a Euriclea—. Por la otra puerta.
—Señora…
—Vete.
Cuando se marcha, apago la lámpara con dos dedos.
Me quedo a oscuras, de pie, escuchando. El canto de abajo se ha convertido en una discusión de borrachos sobre quién tiene mejores caballos.
El viento empuja contra los postigos. Y en el pasillo, tan leve que podría ser un ratón, se oye algo parecido a unos pies descalzos alejándose.
No corro tras ella. Una reina que persigue a una criada en camisón por los pasillos de su casa ha perdido ya la guerra. Me siento en el taburete, en la oscuridad, y dejo que el frío me suba por los tobillos.
Y, como todas las noches en que tengo miedo, pienso en él.
Tenía dieciséis años la primera vez que lo vi, y lo odié enseguida.
Esparta estaba llena de reyes ese verano.
Habían venido por mi prima Helena, que caminaba entre ellos como camina el fuego entre la paja seca, y todos la miraban con esa cara de perro que pone un hombre cuando cree que lo que desea le pertenece por derecho.
Yo estaba detrás de ella. Siempre estaba detrás de ella.
Era el lugar que me correspondía, la sombra de una llama.
Él no miraba a Helena.
Eso fue lo primero que noté y lo primero que no le perdoné.
Estaba apoyado en una columna del patio de mi tío Tindáreo, con los brazos cruzados, más bajo que los demás y más ancho, con el pelo rojizo quemado por la sal y una cicatriz fresca en el muslo que llevaba al aire como otros llevan un brazalete de oro.
No miraba a Helena. Miraba a los pretendientes de Helena.
Los estudiaba uno a uno, con los ojos entornados.
Así calcula un pastor cuántos lobos rondan el redil y por qué lado atacará cada uno.
Y luego, cuando terminó con ellos, me miró a mí.
No fue una mirada larga. No hubo en ella nada de lo que las muchachas cuentan en los telares, ningún fuego, ningún rubor. Me miró como se mira una puerta que nadie ha pensado en abrir. Luego sonrió con media boca y volvió a lo suyo.
Esa noche me enteré de que había sido él quien sugirió a mi tío el juramento.
Todos los pretendientes jurarían sobre los trozos de un caballo sacrificado defender al elegido, fuera quien fuera, contra cualquiera que intentase arrebatarle a Helena.
Así nadie se atrevería a iniciar una guerra por despecho.
Mi tío, agradecido, le preguntó qué quería a cambio de la idea.
Él dijo mi nombre.
No había hablado conmigo. No sabía si me gustaban los higos o si sabía leer las estrellas o si tenía los dientes podridos. Había decidido como decide un general qué colina ocupar, y había pedido la colina.
Mi padre, Icario, se negó. Era un hombre que me amaba de un modo pegajoso y asfixiante, con ese amor de los padres que no soportan la idea de que su hija tenga una vida detrás de una puerta que ellos no pueden abrir.
Para no ofender a nadie, organizó una carrera.
El que ganara me tendría. Estaba seguro de que el isleño de piernas cortas perdería.
Odiseo ganó por tres cuerpos. Llegó a la meta sin resuello, con el pie izquierdo sangrando porque había corrido descalzo sobre las piedras del camino.
No se detuvo. Cruzó la línea, cruzó la multitud, cruzó el patio entero hasta llegar a mí, que estaba sentada junto a mi madre con un velo sobre el regazo.
Se agachó. Me tomó la barbilla con dos dedos sucios de polvo y me obligó a levantar la cara.
—Ya está —dijo, como quien cierra un trato por un buey.
Le escupí. No sé de dónde saqué el valor; nunca en mi vida había escupido a nadie.
Le cayó en la mejilla, junto a la comisura de la boca.
Mi madre ahogó un grito. Él no se limpió.
Se quedó mirándome con una atención nueva, la misma con que había estudiado a los pretendientes de Helena, y yo sentí, con un horror que todavía hoy me sube por la nuca, que acababa de ganarme su respeto y que eso era mucho peor que su deseo.
—Bien —murmuró—. Me alegro de que muerdas.
Mi padre siguió el carro durante media mañana.
Corría detrás de nosotros por el camino de Amiclas, con la túnica recogida, llorando como no llora un rey, suplicándome que volviera, que nos quedáramos a vivir en Esparta, que Ítaca era una roca pelada en el fin del mundo donde las cabras se morían de sed.
Odiseo detuvo los caballos.
Se bajó del carro, se quedó de pie en el camino con las riendas en la mano y no me miró. Miró a mi padre, que se acercaba jadeando, y luego miró el horizonte, hacia el oeste, hacia el mar que yo todavía no había visto nunca.
—Elige —me dijo sin volverse—. Si bajas del carro, te dejo aquí y no te buscaré. No me volverás a ver. Si te quedas, no te soltaré jamás. Ni cuando me odies. Ni cuando yo esté muerto.
Me temblaban las manos. Mi padre ya estaba casi junto a la rueda. Podía ver el sudor de su frente y sus ojos enrojecidos, esos ojos que me habían vigilado desde la cuna.
Tomé el velo del regazo y me cubrí la cara.
Mi padre se detuvo en seco. Entendió antes que nadie. Se quedó inmóvil en mitad del camino, con los brazos colgando, mientras Odiseo subía de nuevo al carro y restallaba las riendas. No me volví a mirarlo. Nunca le he contado a nadie que, bajo el velo, yo sonreía.
La primera noche, en Pilos, en una habitación prestada que olía a resina y a caballo, le pregunté por qué yo.
Estaba sentado en el borde de la cama, desatándose las sandalias. Tardó en contestar. Tenía las manos llenas de cortes pequeños, de heridas viejas, y las movía con una lentitud deliberada, como si cada gesto fuese una decisión.
—Porque todos miraban a tu prima —dijo al fin— y tú mirabas a todos. Estabas contando cuántos eran. Igual que yo.
—Eso no es… —empecé, y me callé, porque tenía razón.
Se volvió. Con la luz del candil tenía la cara partida en dos, una mitad dorada y la otra negra.
—Te voy a llevar a una casa que construí yo —dijo—.
Hay un olivo en el centro de la alcoba. Es un árbol vivo, con raíces que llegan a la roca.
Corté la copa y tallé el tronco hasta hacer de él el pie de la cama, y levanté las paredes alrededor.
Nadie puede mover ese lecho sin arrancar el árbol.
Nadie sabe que existe, aparte de mí y de una esclava que me ayudó a tallarlo. Ahora lo sabrás tú.
Se inclinó hacia mí. Olía a sudor y a polvo del camino y a algo metálico que no supe identificar entonces y que ahora sé que era el olor de un hombre que ha matado.
—Nadie más dormirá en esa cama, Penélope. Si alguna vez otro hombre se acuesta en ella, lo sabré. Aunque esté al otro lado del mundo. Y lo mataré.
—¿Y a mí?
Sonrió. Fue una sonrisa torcida y cansada, sin rastro de broma.
—Todavía no lo he decidido.
Debí de palidecer, porque me acarició la mejilla con el dorso de los dedos, muy despacio, justo donde yo le había escupido horas antes.
—¿Y si eres tú quien comparte otro lecho? —pregunté. La voz me salió más firme de lo que esperaba.
Se quedó quieto. Me miró largamente, y por primera vez vi en sus ojos algo parecido a la duda.
—Entonces tendrás derecho a hacer conmigo lo que yo haría contigo.
Lo dijo como quien firma un tratado de paz entre dos reinos.
Esa noche no me tocó. Durmió en el suelo, junto a la puerta, con el puñal bajo la mano.
Yo me quedé despierta hasta el amanecer mirando su espalda, las cicatrices que la cruzaban como caminos en un mapa, y comprendí que me había casado con un hombre que no dejaría nunca de estar en guerra.
Tardé mucho más en comprender que yo tampoco.
Amanece sobre Ítaca con un cielo sucio, del color de la leche cortada.
Me he dormido sentada, con la cabeza contra el travesaño del telar.
Me despierta el ruido. Un tropel de pies en la escalera grande, voces de hombres, carcajadas, alguien que golpea el pasamanos con un bastón.
Me pongo en pie y me aliso el pelo con las manos y ya sé, antes de que se abra la puerta, lo que va a pasar.
La puerta no se abre. Revienta.
El primero en entrar es Antínoo.
Siempre es el primero. Es el hijo de Eupites, el hombre que una vez huyó a Ítaca perseguido por los tesprotos y a quien mi marido dio asilo y le salvó la vida cuando el pueblo quería despedazarlo.
Antínoo lo sabe. Todos lo saben. Y, sin embargo, se sienta cada noche en el sitio de Odiseo, bebe de su copa, mira a su mujer.
Es alto, de hombros estrechos y manos muy blancas, con la cara de un muchacho hermoso y los ojos de un hombre que ha aprendido a disfrutar del miedo ajeno.
Tiene la voz suave. Es lo que más me asusta de él. Nunca grita.
Detrás entran Eurímaco, con los ojos hinchados de la borrachera, y Anfínomo, que baja la mirada al verme en camisón, y media docena más cuyos nombres no me he molestado en aprender. Y al final, pequeña, envuelta en un manto que no es suyo, con el pelo suelto y la barbilla alta, entra Melanto.
No me mira. Mira el suelo. Mira la lana deshecha que todavía cubre las losas junto al telar.
Antínoo se agacha. Toma un puñado de hebras entre los dedos, las alza hacia la luz de la ventana, las deja caer despacio, una a una, como quien deja caer las monedas que le ha robado a un mendigo.
—Tres años —dice.
No contesto.
—Tres años, Penélope. Nos hiciste esperar tres años por una mortaja para un viejo que todavía no se ha muerto. Y nosotros esperamos. Como hombres de honor. —Se incorpora. Se sacude las manos contra el muslo—. Tres años tomando por idiotas a los mejores hombres de las islas.
—Nadie os obligó a quedaros.
Mi voz suena bien. Clara, firme, casi aburrida. He tenido mucho tiempo para practicarla.
Eurímaco suelta una carcajada que se le rompe a medio camino. Anfínomo carraspea. Antínoo, en cambio, sonríe, y se acerca, y se acerca más, hasta que puedo oler el vino de anoche en su aliento y ver una pequeña costra junto al labio, donde se ha cortado afeitándose.
—Lo terminarás —dice en voz baja, solo para mí—. Tienes hasta la luna nueva. Terminarás el sudario de Laertes delante de todos, en la sala grande, a la luz del día, y el día que cortes el último hilo bajarás la escalera y elegirás marido.
—¿Y si no?
—Si no, elegiremos nosotros. —Se inclina todavía más. Sus labios casi me rozan la oreja—. Y te aseguro que no será una votación.
Siento un frío que empieza en el vientre y me sube por la garganta. No me muevo. Me han enseñado, la vida me ha enseñado, que ante un perro que enseña los dientes no se retrocede nunca.
—Mi marido… —empiezo.
—Tu marido está muerto.
—No lo sabes.
Antínoo se aparta. Me observa con la cabeza ladeada, la mirada que se reserva a un animal herido que todavía intenta levantarse.
Luego se vuelve hacia los otros, les hace un gesto con la barbilla.
Salen en tropel, con risas y codazos. Melanto es la última.
En el umbral se detiene y por fin me mira, y en su cara hay algo que no esperaba encontrar.
Hay miedo. Un miedo espantoso y desnudo, el de una niña que ha hecho algo que no se puede deshacer.
Antínoo se queda. Cierra la puerta rota tras ellos lo mejor que puede.
Estamos solos.
Cruza la habitación sin prisa. Pasa junto al telar y roza con los dedos la urdimbre desnuda, que vibra como las cuerdas de una lira. Se detiene junto a la ventana. Fuera, el mar está gris y liso como una hoja de bronce sin pulir.
—Sé que está muerto —dice sin volverse—. Sé dónde. Sé cómo.
Se me para el corazón. Literalmente, lo siento detenerse entre dos latidos, como un pie que no encuentra el peldaño en la oscuridad.
Antínoo se vuelve. Sonríe con toda la boca.
—Y el día que bajes esa escalera, Penélope, te lo contaré. En nuestra cama.