EPÍLOGO
Un año después
Había pasado un año exacto.
Trescientos sesenta y cinco días desde que el mundo de Ulises había dejado de girar sobre el eje de su trauma para empezar a orbitar alrededor de una mujer que, contra todos los pronósticos, había conseguido derribar sus muros a base de paciencia, sonrisas y una terquedad admirable.
El jardín de la mansión estaba irreconocible, transformado en un escenario que parecía sacado de un sueño estival.
Katerina, por supuesto, había tirado la casa por la ventana.
Había cascadas de rosas blancas y buganvillas enredadas en los arcos de piedra, sillas de madera blanca perfectamente alineadas sobre el césped inmaculado, y el mar brillando al fondo como el mejor de los telones.
Todo el pueblo estaba allí, desde el panadero hasta la dueña de la mercería, creando un murmullo alegre y expectante.
En una esquina, bajo la sombra de uno de los olivos más viejos, un cuarteto de cuerdas tocaba una pieza ligera y chispeante de Mozart, poniendo la banda sonora perfecta a la brisa cálida de la tarde.
Y en el altar, de pie frente a un arco floral que amenazaba con darle alergia, estaba Ulises. Fiel a su naturaleza, estaba quejándose de casi todo.
—Este esmoquin es un instrumento de tortura medieval —gruñó, por quinta vez en los últimos diez minutos, tirando del cuello de la camisa—. ¿De qué está hecho? ¿De esparto? Me estoy asando. Y hay demasiada gente. ¿Por qué hemos invitado a tanta gente? Ni siquiera conozco al tipo de la tercera fila.
A su lado, Tobías, que era el padrino de boda, soltó una carcajada por lo bajo. Tobías lucía su traje con naturalidad, somo si hubiera nacido para posar en la portada de una revista.
—Es seda italiana hecha a medida, Ulises, y cuesta más que el coche de ese tipo de la tercera fila —se burló, dándole una palmada en el hombro—.
Y no es el calor, amigo mío. Estás sudando porque estás nervioso.
Mírate, el Ogro de la Colina temblando ante la idea de que algo pueda salir mal. O de que la novia le deje plantado.
—Aria no me va a dejar plantado —replicó Ulises, fulminándolo con la mirada, aunque sus manos, entrelazadas a la espalda, estaban rígidas como tablas—. Es que... ¿cuánto tarda una mujer en ponerse un vestido de novia? Llevamos aquí una eternidad.
—Tranquilo, gruñón. Las obras de arte llevan su tiempo —dijo Tobías.
Antes de que Ulises pudiera soltar otra queja sobre la puntualidad, o sobre cualquier otra cosa, la música del cuarteto cambió.
Las notas rápidas de Mozart se desvanecieron para dar paso a una melodía más lenta, dulce y solemne.
El murmullo de los invitados se apagó de golpe, sustituido por el crujido de las telas y los suspiros colectivos al ponerse todos en pie.
Primero aparecieron Dora y Xanna, las damas de honor. Llevaban vestidos vaporosos en un tono azul lavanda que contrastaba con el entorno. Ambas caminaban por el pasillo central con sonrisas que amenazaban con darles la vuelta a la cabeza.
Xanna le guiñó un ojo a Tobías al pasar. Él le devolvió el guiño, y Dora le dedicó a Ulises una sonrisa radiante, casi diciéndole con la mirada «al final caíste».
Después apareció ella.
Aria surgió al final del pasillo del brazo de su madre, Eleni. El parecido entre ambas era asombroso. Eleni tenía los mismos ojos expresivos, de color avellana, y la misma forma de sonreír, como si fuera un reflejo del futuro que le esperaba a Ulises, un futuro cálido y precioso.
Pero Ulises no estaba mirando a Eleni. Sus ojos se clavaron en Aria. Y, de repente, el universo entero se detuvo.
Llevaba un vestido de líneas sencillas, pero de una elegancia sobrecogedora, que se adaptaba a su figura como si hubiera sido tejido con luz de luna.
Su melena castaña caía en suaves ondas sobre la espalda, adornada con pequeñas flores blancas, y su sonrisa...
Dios, su sonrisa era un faro enorme en medio de la oscuridad.
Ulises dejó de respirar. Literalmente. Sus manos cayeron a los costados, sus hombros perdieron toda la tensión, y su cerebro, normalmente una máquina analítica e imparable, se quedó en blanco.
Se olvidó del calor, del traje de seda italiana, de la multitud y del tipo de la tercera fila. Solo existía ella. Aria.
Tobías, al notar el silencio sepulcral de su amigo, giró la cabeza.
Al ver la expresión de absoluto embobamiento en el rostro de Ulises (la boca ligeramente entreabierta, los ojos muy abiertos, la devoción innegable escrita en cada facción de su rostro), tuvo que apretar los labios para no soltar una risa en medio de la ceremonia.
—Quién te ha visto y quién te ve —susurró, inclinándose hacia él—. Nadie ha conseguido nunca dejarte mudo, solo Aria. Admiro a esa mujer —bromeó.
Ulises ni siquiera parpadeó. Ni siquiera le mandó al infierno. Estaba completamente hipnotizado.
En la primera fila, la emoción estaba servida.
Katerina era un mar de lágrimas. Lloraba con una felicidad tan abrumadora que el rímel resistente al agua estaba empezando a rendirse.
A su lado, Matilde, que siempre presumía de ser una mujer de hierro, sollozaba abiertamente, mientras le pasaba un pañuelo de papel a Katerina y usaba otro para sonarse la nariz con poca elegancia.
Detrás de ellas, Yiannis observaba la escena.
El chófer mantenía su postura erguida y sus manos entrelazadas, pero sus ojos brillaban con una humedad inusual.
Ver a Ulises, el niño atormentado que había visto crecer, convertido en un hombre capaz de amar y ser amado de esa manera, le llenaba el pecho de un orgullo silencioso y profundo.
Cuando Aria llegó al altar, Eleni le dio un beso en la mejilla y entregó su mano a Ulises. El tacto de la piel de Aria contra la suya fue como un chispazo que devolvió a Ulises a la realidad, pero a una realidad que era mucho mejor que cualquier sueño.
—Estás... —intentó decir, con la voz ronca—. No tengo palabras.
—Tú sin palabras. Eso sí que es un milagro —susurró Aria, con los ojos brillantes de emoción.
La ceremonia comenzó. El oficiante, un hombre mayor con una voz monótona y una clara afición por los discursos largos, empezó a hablar sobre el amor, el compromiso, las olas del mar y las raíces de los árboles. Pasaron cinco minutos. Luego diez.
Ulises, que había estado mirando a Aria a los ojos como si fuera su salvavidas, empezó a recuperar su esencia. Cambió el peso de una pierna a otra. Miró de reojo al oficiante. ¿Es que no tenía pensado acabar nunca?
Finalmente, llegó el momento crucial.
—Ulises, ¿quieres recibir a Aria como tu legítima esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de tu vida?
Ulises presionó las manos de Aria entre las suyas. La miró con una intensidad que hizo que le temblaran las piernas. Todo el amor, toda la devoción que sentía por ella estaban concentrados en ese instante.
—Sí, quiero —dijo, con voz firme y profunda, para que lo escuchara hasta el último invitado.
Pero entonces, sin poder evitarlo, bajó un poco el tono y añadió con su característico ceño fruncido—: Y más vale que nos besemos ya, porque si este hombre sigue hablando de las raíces de los árboles, me voy a derretir en este traje.
Aria no pudo evitar echarse a reír. El sonido se extendió por el jardín, contagiando a los invitados más cercanos. Lo adoraba. Adoraba a aquel hombre gruñón, impaciente e imperfecto que estaba a punto de ser su marido.
—Yo también quiero —dijo Aria, aún riendo, tirando de las solapas del odiado traje de seda italiana para acortar la distancia entre ellos.
El oficiante, un poco desconcertado por la interrupción, carraspeó.
—Puede besar a la novia.
Ulises no se lo pensó dos veces. Envolvió la cintura de Aria con los brazos, atrayéndola hacia sí con una posesión tierna y desesperada, y la besó.
Fue un beso maravilloso, rotundo y apasionado, que arrancó una ovación atronadora de todos los presentes, sobre todo de Dora y Xanna; un silbido gamberro de Tobías y un nuevo mar de lágrimas de Katerina.
A Eleni también se le escapó alguna lágrima que otra. A fin de cuentas, su hija se casaba. Y con un hombre que estaba segura de que la iba a hacer feliz.
Y mientras la música del cuarteto volvía a elevarse, alegre y triunfal, Ulises supo que, a pesar del traje, del calor y de la multitud, aquel era, sin lugar a duda, el mejor día de su vida.