La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 67
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CAPÍTULO 67

La mañana siguiente amaneció con una luz distinta. El sol bañaba la gran terraza de piedra de la mansión con un resplandor cálido de color oro, y la brisa marina que subía desde la costa llevaba el aroma a salitre y a vegetación, mezclándose a la perfección con el olor a café recién hecho.

Ulises estaba sentado en la mesa de hierro forjado, vestido con una camisa de lino negro de manga corta y unos pantalones oscuros. Sostenía su taza de café negro entre las manos, pero no estaba bebiendo, simplemente miraba al horizonte, perdido en sus pensamientos.

Por primera vez en años, la tensión que solía habitar en sus hombros había desaparecido.

Sentía una ligereza inusual en el pecho, una especie de paz que le resultaba ajena, desconocida, pero que era profundamente adictiva.

Recordaba la suavidad de la piel de Aria, el calor de su mano entrelazada con la suya, el sexo que había tenido durante la noche, y una sonrisa involuntaria, pequeña, asomó a sus labios.

El sonido de unos pasos lo sacaron de su ensoñación.

Katerina irrumpió en la terraza con el rostro rebosante de felicidad.

Parecía haber rejuvenecido más de una década durante la noche (y sobre todo después de lo que había pasado con Ezio).

Detrás de ella caminaba Matilde, empujando un carrito de servicio con el desayuno, con una expresión de diversión contenida. También parecía feliz.

—¡Buenos días, sol de mi vida! —exclamó Katerina, tomando asiento frente a Ulises con una agilidad sorprendente para su edad. Sus ojos, del mismo color que los de Ulises, chispeaban con una intensidad deslumbrante—. Qué mañana tan bonita, ¿verdad? El aire huele a victoria. Y a amor, por supuesto.

Matilde comenzó a servir el desayuno en silencio. Zumo de naranja recién exprimido, tostadas, mermelada casera y más café. Katerina apenas le prestó atención a la comida, toda su concentración estaba fija en su nieto.

—Entonces... —comenzó a decir, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos bajo la barbilla, con una sonrisa colmada de expectación—. ¿Para cuándo la boda?

Ulises casi se atragantó con el sorbo de café que acababa de dar. Tosió levemente, bajó la taza y miró a su abuela, arqueando una ceja. A pesar de la sorpresa, la sonrisa no abandonó su rostro.

—No corras tanto, yiayá , todo a su tiempo —respondió, en un tono suave, pero divertido.

Su abuela no cambiaba. No lo haría nunca.

Katerina frunció el ceño, impaciente, y agitó una mano en el aire, como era su costumbre.

—Tonterías. El tiempo es un lujo que a mi edad no se puede desperdiciar. Además, te casarás con Aria, ¿no? —preguntó, entrecerrando los ojos, buscando cualquier atisbo de duda en él.

Ulises sostuvo su mirada. En su interior, la respuesta era un rugido ensordecedor, una certeza absoluta que le calaba hasta los huesos.

Claro que quería casarse con ella. Quería darle el mundo entero, quería despertar cada mañana de su vida viendo cómo la luz del sol se enredaba en su pelo.

Pero también sabía que acababan de dar el primer paso en su relación y que las cosas (las relaciones sentimentales) requerían tiempo.

—Por supuesto que quiero casarme con ella —admitió. Su voz sonó relajada y estaba cargada de una sinceridad que hizo que Matilde, al fondo, sonriera con ternura—. Pero acabamos de empezar. Quiero hacer las cosas bien.

—Oh, mi niño... —suspiró Katerina, llevándose una mano al pecho, visiblemente emocionada—.

Es que me hace tanta ilusión. El matrimonio es algo tan maravilloso cuando encuentras a la persona adecuada.

Mírate, por fin vas a tener lo que tuvieron tus padres.

Un amor perfecto, una unión inquebrantable...

—dijo—. Porque esa animadversión tuya hacia el matrimonio estaba empezando a preocuparme —bromeó con su habitual humor ácido.

El ambiente en la terraza cambió drásticamente.

Fue como si una nube negra hubiera ocultado el sol de golpe.

La sonrisa de Ulises se borró, sus facciones se endurecieron y la mandíbula se le tensó.

El eco de la palabra «perfecto» resonó en su cabeza como un cristal rompiéndose.

Bajó la mirada hacia sus manos, que descansaban sobre la mesa, apretando levemente los puños.

Katerina notó el cambio de actitud en él. Dejó caer la mano sobre la mesa.

—¿Ulises? ¿He dicho algo malo? —preguntó.

Ulises guardó silencio durante unos largos segundos.

El sonido de las olas rompiendo a lo lejos llenó el vacío.

Matilde, intuyendo que la conversación iba a adentrarse en terreno pantanoso, dio un paso atrás, dispuesta a retirarse, pero Ulises levantó una mano para detenerla.

No le importaba que ella lo escuchara. Matilde era familia.

Ulises levantó la vista y miró a su abuela a los ojos. Había un dolor antiguo y profundo en su mirada, una herida que nunca había dejado que nadie viera.

—El matrimonio de mis padres no era perfecto, abuela —dijo, con una voz tan baja y controlada que resultaba escalofriante—. Estaba muy lejos de serlo.

Katerina parpadeó, desconcertada. Una risa nerviosa se escapó de sus labios.

—¿Qué dices, cariño? Si se adoraban. Siempre estaban juntos, siempre sonriendo en las fiestas...

—Eran apariencias, yiayá . Solo una fachada para la prensa y la sociedad —la interrumpió Ulises, sintiendo cómo el peso de tantos años de silencio empezaba a asfixiarle.

Decidió que ya era hora de soltar el último secreto, el ultimo silencio—.

A puerta cerrada, no dejaban de pelear. Era un infierno.

Gritos, reproches, frialdad... Se hacían daño constantemente.

Katerina se quedó de piedra. El color abandonó su rostro, dejándola pálida como el mármol. Sus manos temblaron levemente sobre la superficie de la mesa.

—No... no es posible. Yo lo habría notado... —murmuró, negando con la cabeza, resistiéndose a creer que la imagen idílica de su hijo estaba construida sobre una mentira.

—Eran muy buenos ocultándolo frente a ti, y frente a todo el mundo —continuó Ulises, tragando saliva, obligándose a revivir el recuerdo que había forjado su frialdad—. El día que tuvimos el accidente de avioneta... no fue algo fortuito, abuela.

Ulises hizo una pausa, tomando aire. El pecho le dolía al verbalizarlo.

—Estaban discutiendo. Era una pelea muy fuerte.

Mi madre le estaba echando en cara algo a mi padre, algo sobre algún sitio donde no quería ir, gritándole en plena cabina.

Él se giró para responderle, perdió la concentración...

y perdió el control de la avioneta. Por supuesto, la tormenta que había no ayudó.

El silencio que sobrevoló la terraza después de aquella revelación fue devastador.

Katerina se llevó ambas manos a la boca para ahogar un sollozo.

Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas arrugadas.

Todo su mundo, la memoria sagrada de su hijo, acababa de romperse, de saltar por los aires.

De repente, todo cobraba sentido para ella.

El rechazo visceral de Ulises al compromiso, su frialdad, su negativa a enamorarse, su obsesión por el control...

Todo venía de ahí. Del terror a repetir la historia que le había arrebatado a su familia.

—Dios mío... —susurró, con la voz entrecortada—. ¿Por qué? ¿Por qué no me lo has contado nunca, Ulises? ¿Por qué has cargado con esto tú solo todos estos años?

Ulises la miró con una ternura infinita, la misma ternura con la que miraba a Aria.

—Porque quería protegerte —respondió con simpleza—. Habías perdido a tu hijo, a tu nuera, a tu nieta… El dolor ya era insoportable. No quería que sufrieras más destruyendo el recuerdo que tenías de él. De ellos. Preferí que pensaras que fueron felices hasta el último segundo.

Katerina no pudo soportarlo más. Emocionada, se levantó de la silla, rodeó la mesa y se acercó a su nieto.

Ulises se puso en pie justo a tiempo para recibirla en sus brazos.

Katerina se aferró a él, escondiendo el rostro en su pecho, llorando no solo por el hijo que había perdido, por la nuera que había perdido, por la nieta que había perdido, sino por el niño que había tenido que crecer demasiado rápido, tragándose su propio trauma para protegerla a ella.

Incluso para proteger a esa familia que ya no estaba.

—Has tenido que sufrir tanto... —sollozó, acariciándole la espalda con manos temblorosas, sintiendo la tensión acumulada en los músculos de Ulises—. Mi pobre niño...

Ulises cerró los ojos y apoyó la barbilla en la cabeza de su abuela. La abrazó con fuerza, sintiendo que, al compartir aquel secreto, una cadena invisible que le oprimía el pecho se rompía para siempre.

—Es algo que ya ha pasado, abuela —dijo, con voz firme y tranquilizadora, acariciándole el pelo plateado—. Ya pasó. Estoy bien.

Se quedaron así unos minutos, meciéndose levemente, sanando heridas que llevaban décadas supurando en silencio. Matilde, desde su rincón, se enjugó una lágrima con el delantal.

Poco a poco, Katerina se separó de Ulises. Sacó un pañuelo de encaje del bolsillo de su pantalón y se secó las lágrimas, respirando hondo para recuperar la compostura. Miró a su nieto a los ojos, y su mirada estaba llena de comprensión y de un amor desmesurado. Le acarició la mejilla con ternura.

—Ahora lo entiendo todo —murmuró, esbozando una débil sonrisa—. Entiendo tu miedo. Entiendo tus muros. Y por eso... por eso más que nunca me alegra que hayas encontrado a una persona como Aria.

Ulises la escuchó atentamente, sintiendo cómo solo oír su nombre le aceleraba el pulso de una forma reconfortante.

—Ella es perfecta para ti, Ulises —continuó Katerina, plenamente convencida de ello—.

Eres un hombre tan complicado, has estado tan atormentado por todo lo que pasaste siendo un niño...

Necesitabas a alguien con su luz, con su empatía.

Alguien que no se asustara de tus sombras, que estuviera dispuesta a encender una vela en ellas.

Las palabras de su abuela resonaron en el interior de Ulises, encajando a la perfección con todo lo que él mismo sentía.

Pensó en la noche anterior, en cómo Aria lo había perdonado sin dudarlo, en cómo había entendido sus tiempos y sus miedos sin juzgarlo.

La oscuridad de su pasado ya no parecía tan amenazante si ella estaba a su lado.

Sonrió. Fue una sonrisa amplia, libre de fantasmas, que dejó ver la fila de dientes, y le iluminó el rostro.

—Yo también pienso que Aria es perfecta para mí —dijo.