La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

Las miradas de los presentes giraban frenéticamente entre los rostros de Ulises y Aria, y ese agarre firme, indudable y escandalosamente íntimo de sus manos entrelazadas. Para todos los que conocían a Ulises, la imagen de esos dedos cruzados parecía haberles dejado en shock.

Fue Katerina quien rompió el hechizo. Como matriarca indiscutible y reina del drama por excelencia, no podía permitir que un momento de tal magnitud pasara sin su respectiva banda sonora.

Dio un paso al frente, con los ojos como platos, señalando las manos unidas como si acabara de descubrir la piedra filosofal.

—¡¿Qué significan esas manos?! —preguntó, sin poder contenerse, con la voz vibrando con una mezcla de exigencia, histeria contenida y una esperanza casi infantil.

Ulises se detuvo en el último escalón. Lejos de soltar a Aria o de mostrarse incómodo, afianzó un poco más su agarre. La miró de reojo, notando el leve rubor en sus mejillas, y luego devolvió la vista a su abuela con una calma pasmosa y una sonrisa que rara vez dejaba ver.

—Lo que estás pensando —respondió. Su tono fue ligero, jovial, cargado de una picardía deliciosa que flotó en el aire como confeti.

Katerina se volvió, literal y figuradamente, loca.

Se llevó ambas manos a las mejillas, soltando un grito ahogado que rápidamente se transformó en una exclamación. Parecía a punto de pedir que trajeran champán, fuegos artificiales y una banda de música.

—¡No me lo puedo creer! ¡Por fin! —exclamó, alzando las manos al techo del vestíbulo como si estuviera recibiendo una bendición divina—. ¡Dios bendito, lo que me ha costado! Años de vida, canas nuevas, úlceras... ¡Menos mal que mi plan ha salido finalmente bien!

El entusiasmo de Katerina era tan contagioso como un bostezo, pero esa última frase cayó en el vestíbulo con el peso de un yunque. El buen rollo y la atmósfera de comedia romántica sufrieron un frenazo en seco.

Aria y Ulises, en una sincronía perfecta que demostraba lo bien que ya se complementaban, fruncieron el ceño al mismo tiempo. La sonrisa de Ulises se borró, reemplazada por una expresión de sospecha.

—¿Qué plan? —preguntó, entrecerrando los ojos hacia su abuela.

Su mente analítica de repente empezó a atar cabos sueltos de las últimas semanas. Las «casualidades», las cenas sorpresa, las veces que Aria y él terminaban a solas…

—Sí, ¿qué plan? —dijo Aria, ladeando la cabeza.

A un par de metros de distancia, Matilde, que había sido la cómplice silenciosa, la ejecutora en la sombra y la confidente de todas las maquinaciones maquiavélicas de Katerina, se tensó.

Con la rapidez de un francotirador, Matilde fulminó a Katerina con una mirada que habría hecho retroceder a un ejército espartano.

«Cierra-la-boca», decía esa mirada.

Katerina, dándose cuenta de que con la emoción del momento había hablado de más, parpadeó rápidamente. El pánico cruzó sus ojos antes de que su mente racional tomara el control. Agitó la mano en el aire con un gesto teatral, como si estuviera espantando a una mosca molesta.

—Oh, nada, nada... —canturreó, forzando una risa nerviosa—. A veces ya no sé lo que digo. La edad, el estrés de la noche, la policía... ¡Chocheo, queridos, chocheo!

Aria y Ulises intercambiaron una mirada llena de escepticismo. Ninguno de los dos se creía una sola palabra. Conocían muy bien a Katerina… y a Matilde. Pero antes de que Ulises pudiera abrir la boca para hacer más preguntas, un torbellino de brazos, perfume y exclamaciones se abalanzó sobre ellos.

Dora y Xanna no aguantaban un segundo más. Fueron las primeras en romper filas para darles la enhorabuena. Se lanzaron sobre Aria, envolviéndola en un abrazo a tres bandas que casi la hace perder el equilibrio.

—¡Ay, Dios mío! ¡Qué emocionante! —chilló Dora, apretando a Aria mientras daba saltitos en el sitio—. ¡Es igual que en las películas!

—Enhorabuena —añadió Xanna, separándose un poco para mirarla a los ojos, radiantes de felicidad—. Mírate, estás preciosa. ¡El amor te sienta fenomenal!

Aria se echó a reír con un sonido burbujeante y lleno de luz. Se sentía inmensamente feliz, y ver a sus amigas tan pletóricas por ella le hacía más feliz aún. Las abrazó de vuelta con fuerza, agradeciendo en silencio tenerlas a su lado.

Mientras las chicas celebraban su propio aquelarre de alegría, Matilde se acercó a Ulises. Siempre directa y sonriente, se plantó frente a él. Lo miró de arriba abajo, asintió con aprobación y soltó un resoplido divertido.

—Ya era hora, muchacho —aseveró.

Sin pedir permiso, acortó la distancia y le dio un abrazo contundente y maternal. Ulises, un poco rígido al principio, terminó relajándose y le devolvió el gesto con una suave sonrisa.

Acto seguido, Matilde se giró hacia Aria. Ella también quería darle la enhorabuena.

—Ven aquí, preciosa —le dijo, envolviéndola en un abrazo cálido que olía a lavanda y a hogar—. Te mereces toda la felicidad del mundo. Los dos os la merecéis.

Yiannis, que había estado observando toda la escena desde un discreto segundo plano, con las manos entrelazadas a la espalda, dio un paso al frente. Su rostro tenía una sonrisa amplia y sincera.

—Mis más sinceras felicitaciones, señor Diakos. Señorita Shaw —dijo, con una leve y elegante inclinación de cabeza—. Es, sin duda, la mejor noticia que esta casa ha recibido en mucho tiempo.

Ulises sintió que el pecho se le expandía de una forma a la que no estaba acostumbrado.

Miró a su alrededor. Vio a su abuela fingiendo demencia temporal, a Matilde sonriendo; a las amigas de Aria alborotando el ambiente y a Yiannis compartiendo su alegría.

Luego miró a Aria, que le devolvió la mirada con los ojos brillantes y una sonrisa que podría haber iluminado Ítaca entera.

—Gracias —dijo Ulises, y su voz sonó profunda, sincera y cargada de emoción—. Gracias a todos.

—Sí, muchísimas gracias —añadió Aria, volviendo a buscar la mano de Ulises para entrelazar sus dedos otra vez.