La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 65 #2
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CAPÍTULO 65 #2

Aria lo miró y, para sorpresa del propio Ulises, una sonrisa brotó de sus labios. Fue un gesto liberador, chispeante, que iluminó las sombras que aún quedaban en la habitación.

—No tengo nada que perdonarte, Ulises —respondió.

Llevó una mano al pelo oscuro de él, enredando los dedos en los mechones de la nuca—.

Entiendo perfectamente por qué estabas tan cerrado al amor.

Después de lo que pasó con tu familia...

de todo ese dolor... es normal que construyeras una fortaleza a tu alrededor.

Cada persona tiene sus tiempos. Y todos son respetables.

Ulises enarcó las cejas, mirándola con una mezcla de asombro y devoción.

¿Cómo podía ser tan comprensiva? Acababa de pasar por una de las experiencias más aterradoras de su vida, y ahí estaba, consolándolo a él, entendiendo sus demonios mejor que él mismo.

La admiración le ensanchó el pecho hasta que casi le dolió.

—Eres la chica más jodidamente genial del planeta —soltó, negando con la cabeza.

A Aria se le escapó una pequeña carcajada. Escuchar a Ulises, el hombre del traje impecable, de las listas interminables, de los gruñidos y el perpetuo ceño fruncido, decir una frase como «jodidamente genial», era… raro. Sí, era raro.

—Y tú... —replicó ella, dándole un golpecito juguetón en el pecho con el dedo índice—… eres el hombre más jodidamente complicado del planeta. Que lo sepas. No te creas que te vas a librar de esa etiqueta tan fácilmente.

—Lo asumo. Y lo merezco —admitió Ulises, esbozando por fin una sonrisa, una de esas sonrisas raras y escasas que a Aria le aflojaban las rodillas—. Prometo intentar simplificarme. Un poco. No esperes milagros en el primer mes.

Ambos compartieron una mirada cómplice, dulce, sintiendo cómo la tensión abandonaba definitivamente sus cuerpos.

Se sonrieron el uno al otro durante un rato.

Sin embargo, la sonrisa de Ulises se fue desvaneciendo lentamente, dando paso a su habitual expresión protectora y seria.

Sus ojos escanearon el rostro de Aria, buscando cualquier rastro de dolor.

—Aria, ¿estás bien? —bajó el tono de voz, volviéndose grave—. De verdad.

Aria le sostuvo la mirada. El miedo había desaparecido y en su lugar había una calidez que resultaba reconfortante, una calidez que le daba Ulises. Le echó los brazos alrededor del cuello, acortando la distancia entre ellos de nuevo, y lo abrazó con fuerza.

—Sí —susurró contra su cuello—. Ahora sí.

Ulises no dudó ni un segundo. Respondió al abrazo rodeando la cintura de Aria con sus fuertes brazos, atrayéndola hacia su pecho con una firmeza que la hizo sentir la mujer más segura del universo.

Hundió el rostro en su melena y tomó una bocanada de aire, aspirando su aroma, dejando que la realidad de tenerla entre sus brazos lo calara.

Tras unos segundos que parecieron horas, Ulises se separó a regañadientes.

—Aún no he terminado de curarte —le recordó, volviendo a coger el botiquín. Sacó un pequeño bote de povidona iodada y una gasa—. Esto va a escocer un poco. Si te duele, puedes insultarme. Tienes permiso.

—Oh, créeme, si me duele, lo haré —bromeó Aria, levantando ligeramente la barbilla para darle acceso.

Ulises aplicó el antiséptico sobre los arañazos del cuello y el escote.

Sus toques eran tan ligeros como el aleteo de una mariposa, asegurándose de no provocarle más dolor del estrictamente necesario.

Cuando terminó, sopló suavemente sobre la piel para aliviar el escozor, un gesto tan íntimo y tierno que a Aria se le encogió el corazón.

—Gracias —dijo, mirándolo con los ojos brillantes.

Ulises guardó el bote en el botiquín y cerró la tapa. Se giró hacia Aria y le acarició la mejilla con el dorso de la mano.

—No tienes que darme las gracias por nada. Nunca.

El silencio que gravitó segundos después sobre sus cabezas fue cómodo. Un silencio en el que se entendía todo. Sin embargo, aquella burbuja no podía durar para siempre. El mundo real los esperaba abajo.

—Supongo que deberíamos salir —sugirió Aria, ajustándose la pashmina que Dora le había prestado para cubrirse—. Katerina, Matilde, las chicas... Yiannis. Deben de estar histéricos pensando en qué está pasando aquí arriba.

—Probablemente mi abuela ya esté planeando cómo deshacerse del cuerpo de Ezio si la policía no hace bien su trabajo —comentó Ulises, en un tono irónico y seco que hizo sonreír a Aria—. Sí, será mejor que bajemos.

Ambos se pusieron en pie. Aria se alisó la falda del vestido como pudo, respirando hondo para prepararse para el interrogatorio y las miradas de preocupación que sabía que recibiría. Estaba a punto de dar un paso hacia la puerta cuando sintió la mano grande y cálida de Ulises envolver la suya.

Se giró, sorprendida.

Ulises había entrelazado sus dedos con los de ella. Su agarre era firme, seguro, una declaración de intenciones en toda regla. No iba a soltarla. No iba a esconderse más.

—¿Listo? —preguntó Aria, sintiendo que una sonrisa traviesa pugnaba por salir.

—Más que nunca —respondió Ulises, abriendo la puerta.

Caminaron juntos por el pasillo y comenzaron a descender la gran escalera de la mansión.

En el vestíbulo, el ambiente era un hervidero de nervios.

Katerina daba instrucciones a Yiannis en voz baja; Matilde se abanicaba frenéticamente con una revista, pálida como el papel; y Dora y Xanna caminaban en círculos, mordiéndose las uñas.

El sonido de los pasos en la escalera hizo que todos se callaran de golpe y levantaran la cabeza al unísono.

Lo primero que vieron fue a Aria, con la pashmina sobre los hombros, despeinada, pero con una expresión extrañamente serena y luminosa.

Lo segundo que vieron fue a Ulises, caminando a su lado con la postura de un gladiador romano, pero con una relajación en los hombros que nadie le había visto en años.

Y lo tercero que vieron... fueron sus manos.

Firmemente entrelazadas. Con los dedos cruzados. Piel contra piel.

Dora dejó caer el bolso al suelo con un golpe seco.

Xanna abrió la boca, incapaz de articular sonido alguno.

Matilde dejó de abanicarse, congelada en el sitio.

Yiannis arqueó una ceja, permitiéndose una levísima y casi imperceptible sonrisa de satisfacción.

Y Katerina... Katerina simplemente se quedó mirándolos, parpadeando lentamente, como si estuviera procesando un fallo en la Matrix.