La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

El estridente sonido de las sirenas cortó la noche, rompiendo por fin la tensión asfixiante que reinaba en la mansión. Las luces rojas y azules de los coches patrulla destellaron a través de los ventanales. En cuestión de segundos, el pasillo se llenó de pasos pesados y voces autoritarias.

Cuando los agentes de policía irrumpieron en la habitación, la escena hablaba por sí sola.

Ulises, con la respiración controlada pero los músculos aún tensos como cables de acero, se apartó lentamente, permitiendo que los oficiales tomaran el relevo. Levantaron a Ezio del suelo sin ninguna delicadeza.

El abogado, con el traje arrugado, el rostro magullado y cubierto de un sudor frío, intentó balbucear una defensa ininteligible, pero sus palabras murieron en la garganta al escuchar el inconfundible y metálico sonido de las esposas cerrándose en torno a sus muñecas.

Mientras los agentes lo empujaban hacia la puerta, Ulises dio un paso al frente, interponiéndose en su camino. Su imponente figura bloqueó la salida durante unos instantes. La mirada que le dirigió a Ezio despedía fuego.

—No vuelvas a acercarte a Aria, a mi abuela ni a esta casa —advirtió. Su voz sonó baja, grave y áspera, vibrando con una promesa que iba mucho más allá de una simple amenaza—. Si lo haces, no habrá policía en el mundo que llegue a tiempo para salvarte.

Ezio, humillado, despojado de su máscara de respetabilidad y arrastrado por los agentes como un vulgar delincuente, giró el rostro para fulminar a Ulises con una mirada cargada de odio y resentimiento.

Pero no dijo nada. Desapareció por el pasillo, tragado por la oscuridad y por el murmullo de los agentes.

Poco a poco, la habitación comenzó a vaciarse.

Katerina, haciendo acopio de esa fortaleza inquebrantable que la caracterizaba, guio a la policía y al resto de los presentes hacia el piso de abajo para tomar las declaraciones pertinentes.

Dora y Xanna, reacias a separarse de Aria, le dieron un último abrazo, prometiéndole que estarían abajo, por si las necesitaba.

La puerta se cerró con un suave chasquido, dejando tras de sí un silencio sepulcral y abrumador.

Ya todo estaba más tranquilo, pero para Ulises, la tormenta apenas comenzaba en su interior.

Se giró lentamente hacia la cama. Aria seguía allí, envuelta en la pashmina que Dora le había dejado, temblando.

Se acercó a ella con la cautela de quien se aproxima a un animal herido.

Al arrodillarse frente a Aria y fijar la vista en su rostro, el corazón se le encogió en un puño.

Vio las lágrimas secas y las nuevas que amenazaban con derramarse por sus mejillas, vio el miedo de todo lo que había pasado en sus pupilas dilatadas.

Su mirada descendió hacia el cuello y el escote asomando bajo la tela de la pashmina.

Estaban surcados por arañazos enrojecidos, de los que emergían gotas de sangre. Marcas de violencia. Marcas de unas manos que habían intentado arrebatarle lo que le pertenecía solo a ella.

A Ulises le hirvió la sangre. Una furia incandescente y salvaje le quemó las entrañas. Tuvo que cerrar los ojos unos segundos y tragar saliva para no golpear la pared hasta destrozarse los nudillos. Pero no podía permitirse perder el control ahora, Aria lo necesitaba.

Se levantó un momento para ir al baño que tenía la habitación y regresó con un pequeño botiquín y una toalla humedecida en agua tibia.

Volvió a arrodillarse frente a Aria. Con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la violencia que acababa de ejercer sobre Ezio, Ulises apartó un mechón de pelo castaño de su rostro.

—Déjame... déjame limpiarte —murmuró, con la voz ronca.

Aria asintió, incapaz de articular palabra, hipnotizada por la infinita ternura que había en los ojos verdes del hombre que la miraba.

Ulises comenzó a pasar la toalla húmeda por los arañazos del cuello con toques ligeros, casi como si temiera romperla. El roce frío del agua contrastaba con el calor de los dedos rozando su piel.

Mientras la curaba, el muro de contención que Ulises había construido a su alrededor comenzó a resquebrajarse. Apretó los dientes.

—Te juro que lo hubiera matado —dijo de pronto. No era una exageración, era una confesión de la verdad. Tal cual. Sus ojos se clavaron en los de Aria, brillantes por una emoción contenida—. Si llego a entrar un segundo más tarde... te juro por mi vida que lo habría matado con mis propias manos.

Aria levantó la mano y la posó sobre la de él, deteniendo su movimiento. El tacto de su piel contra la de Ulises fue como una chispa en la oscuridad.

—Lo sé —contestó, con un susurro frágil pero firme.

Ulises bajó el brazo. Agachó la cabeza, apoyando la frente sobre las rodillas de Aria. Sus hombros anchos subían y bajaban con la respiración agitada.

—Si te hubiera hecho algo... Joder... —La voz se le rompió.

La simple imagen mental de lo que podría haber ocurrido, del dolor que Aria habría sufrido, lo golpeó con la misma fuerza de un huracán. Un miedo visceral que no sentía desde el día en que perdió a su familia, se apoderó de él.

Algo se agitó en lo más profundo de su pecho.

Una barrera invisible, construida a base de traumas, miedos y negaciones, se derrumbó por completo, dejando al descubierto una verdad que ya no podía, ni quería, seguir ocultando. Levantó el rostro y la miró.

Ya no había escudos.

Ya no había el hombre atormentado e inaccesible.

Solo estaba él.

—Me importas demasiado, Aria. —Las palabras brotaron de sus labios solas, sin esfuerzo, sin pensarlas, como si hubieran estado esperando toda la vida en la punta de su lengua para que las pronunciara—.

Yo… no puedo seguir escondiendo lo que siento por ti.

—La miró a los ojos—. Estoy enamorado de ti. Ya no puedo seguir negándolo.

Aria dejó de respirar. Sus ojos se abrieron de par en par, alucinada.

Pero alucinada de verdad. El tiempo pareció detenerse.

En medio de la pesadilla, de la habitación destrozada y el eco del terror, aquellas palabras resonaron como un conjuro mágico, iluminando la oscuridad.

¿Ulises? ¿El Ogro de la Colina, el que se negaba a tener sentimientos, acababa de decirle que estaba enamorado de ella?

—Ulises... yo... —intentó decir Aria, pero el nudo en la garganta se lo impidió.

—He sido un estúpido —continuó él, acercándose más, tomando el rostro de Aria entre sus manos grandes y cálidas.

Sus pulgares le acariciaron las mejillas con una devoción absoluta—.

He estado ciego, Aria. He intentado negarme mil veces que me había enamorado de ti.

Me aterraba sentir, me aterraba la idea de que pudieras importarme tanto que perderte me destruyera...

Pero ha sido imposible. —Esbozó una sonrisa triste, cargada de ironía hacia sí mismo—.

¿Cómo se puede tapar el sol con un solo dedo?

—se preguntó—. Tú eres mi sol, Aria. Has traído luz a una vida que solo conocía sombras.

Y hoy... hoy casi dejo que esa luz se apague por mi cobardía.

Las palabras de Ulises tocaron el fondo del corazón de Aria. La tensión, el miedo, la adrenalina y ahora, ese amor abrumador y puro, fueron demasiado para ella. El dique se rompió y comenzó a llorar. Eran lágrimas de liberación, de una felicidad tan profunda que dolía.

—Yo también estoy enamorada de ti —consiguió decir, aferrándose a las muñecas de Ulises, mirándolo a través del velo de las lágrimas—. Te quiero tanto...

El rostro de Ulises se transformó. Una mezcla de alivio y adoración suavizó sus facciones. Con una ternura que chocaba con su imponente físico, se inclinó hacia ella. Sus pulgares enjugaron las lágrimas que resbalaban por las mejillas de Aria, atrapándolas antes de que cayeran.

Luego, con una delicadeza exquisita, acercó sus labios a su rostro.

Le besó una lágrima en la mejilla izquierda.

Luego, otra en la mejilla derecha. Besó suavemente sus párpados cerrados, calmando el llanto con el roce cálido de su boca, transmitiéndole todo el amor, la seguridad y la protección que las palabras no alcanzaban a expresar.

Aria cerró los ojos, dejándose envolver por su calor, por el olor amaderado de su piel y la firmeza de sus brazos.

El aire en la habitación, que hasta hacía unos minutos había sido irrespirable, espeso y cargado de terror, de repente parecía haber cambiado de densidad.

Olía a lluvia fresca, a amor y, curiosamente, a las notas amaderadas de la colonia de Ulises mezcladas con el aroma antiséptico de los productos del botiquín.

Ulises la miró a los ojos, esos ojos de color avellana que aún brillaban por las lágrimas recientes, y ya no pudo contenerse más.

La distancia entre los dos, que durante tanto tiempo él mismo se había encargado de mantener a base de muros y excusas absurdas, se desvaneció por completo.

Buscó su boca con veneración, dándole a Aria el tiempo y el espacio para retroceder si lo deseaba.

Pero ella no lo hizo, al contrario, se inclinó hacia él.

Fue un beso suave, tierno, desprovisto de la urgencia salvaje de las veces anteriores. Era un beso que sabía a disculpas, a consuelo y a un «estoy aquí y no me voy a ir».

Los labios de Ulises rozaron los de Aria con una delicadeza infinita, explorando la suavidad de su boca como si temiera romperla.

Para Aria, el contacto fue como una descarga eléctrica que le recorrió la espina dorsal, borrando de un plumazo el frío y el miedo que Ezio le había dejado en el cuerpo.

Durante un instante, el mundo exterior dejó de existir.

Solo estaban ellos dos, respirando el mismo aire.

Cuando se separaron, apenas unos milímetros, las frentes de ambos se quedaron apoyadas la una contra la otra. Ulises dejó escapar un suspiro, cerrando los ojos.

—Perdóname —murmuró, con la voz ronca, acariciando la línea de la mandíbula de Aria con el pulgar—. Perdóname por haber sido tan idiota todo este tiempo. Por hacerte dudar, por alejarme... He sido un puto cobarde.