La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

El tiempo se detuvo en aquella habitación destrozada, donde el eco de la música que llegaba desde el jardín trasero parecía una burla macabra, una disonancia grotesca frente a la pesadilla que acababa de pasar.

Katerina, la matriarca siempre serena y dueña de sí misma, había envejecido diez años en un solo segundo. Sus ojos, fijos en Ezio, pasaron del estupor a una decepción tan profunda que resultaba dolorosa de presenciar. Dio un paso hacia el interior de la estancia, sin vacilar.

—Ezio... —murmuró, y su voz, normalmente firme, tembló, cargada de una fragilidad inusual—. ¿Cómo... Cómo has podido hacer algo así?

Ezio, aún inmovilizado contra la pared por las manos de Ulises, desvió la mirada durante una fracción de segundo, incapaz de sostener el peso de la decepción de Katerina.

Pero ella no había terminado. El dolor en su pecho se estaba transformando rápidamente en una indignación que le quemaba dentro como si tuviera fuego.

—Te abrí las puertas de esta casa —comenzó a decir, elevando el tono, mientras las lágrimas de rabia e incredulidad brillaban en sus ojos—.

Te di mi confianza. Eres el abogado de la familia, el hombre encargado de proteger nuestros intereses.

¡Te conozco desde que eras un adolescente!

Te he visto crecer, te he visto correr por estos mismos pasillos jugando con Ulises cuando no erais más que unos críos...

Te consideraba parte de nosotros. ¿Y así es como nos pagas?

¿Atacando a una mujer bajo mi propio techo? ¡Eres un monstruo!

Acorralado, sintiendo que el cerco se cerraba sobre él y que su intachable reputación se desmoronaba en pedazos, el instinto de supervivencia más rastrero se apoderó de Ezio.

El pánico lo volvió imprudente. Con el rostro perlado de un sudor frío y la respiración entrecortada, intentó aferrarse a la mentira que había ensayado minutos antes.

—¡Katerina, por favor, tienes que escucharme!

—suplicó, con una voz aguda y patética, intentando zafarse inútilmente del agarre de Ulises—.

¡Las cosas no son lo que parecen! ¡Ha sido ella!

¡Aria me ha provocado! Lleva insinuándose y buscándome desde el mismo día que la conocí... ¡Me rogó que subiera!

No pudo decir una palabra más.

El impacto fue brutal. Ulises, cuyos músculos se habían tensado hasta el límite de lo humano al escuchar la ponzoña salir de los labios de Ezio, lo estampó contra la pared con una violencia aterradora.

El golpe sacudió un cuadro cercano que terminó cayendo al suelo con un estrépito de cristales rotos.

A Ezio se le escapó todo el aire de los pulmones en un gemido.

Ulises pegó su rostro al de Ezio. Sus ojos eran puro fuego negro, una tormenta de furia homicida contenida por un hilo invisible de cordura. El brazo de Ulises presionaba la clavícula de Ezio, impidiéndole moverse.

—No te atrevas —le advirtió entre dientes. Su voz no fue un grito, sino un siseo bajo, gutural y escalofriante, mucho más letal que cualquier alarido—. No te atrevas a ensuciar su nombre con tu asquerosa boca. Una palabra más... una sola sílaba más, y te juro que te arranco la lengua.

El ruido del cuadro al romperse y los gritos ahogados habían atraído la atención de los invitados al pasillo. De repente, el umbral de la puerta se llenó de rostros pálidos y confundidos. Dos figuras se abrieron paso con desesperación. Eran Dora y Xanna.

Al entrar en la habitación y ver la escena, la lámpara volcada, Ulises sometiendo a Ezio, a Katerina con lágrimas en los ojos y, sobre todo, a Aria encogida en la cama, temblando, con el vestido hecho jirones y la piel arañada, el horror las paralizó durante un instante.

Pero el instinto protector fue más fuerte.

—¡Aria! —gritaron casi al unísono.

Ignorando a Ulises y a Ezio, Dora y Xanna corrieron hacia la cama.

Se arrojaron sobre el colchón, sentándose una a cada lado de Aria.

Dora, con lágrimas ya brotando de los ojos, se quitó rápidamente la pashmina de seda que llevaba sobre los hombros y cubrió con ella el torso desnudo y arañado de Aria, ocultando su ropa rasgada.

Xanna, por su parte, rodeó los hombros de Aria con los brazos, atrayéndola hacia su pecho con una fuerza feroz, como si quisiera escudarla del resto del mundo con su propio cuerpo.

—Cielo santo, Aria... ¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño? —preguntó Dora, con la voz rota por el llanto, acariciando la melena enmarañada de su amiga con manos temblorosas.

Aria, que hasta ese momento había mantenido el miedo encapsulado en su garganta, sintió que el calor de sus amigas rompía el dique de sus emociones.

Se aferró a la cintura de Xanna y a la mano de Dora, sollozando, pero al mismo tiempo, una extraña sensación de alivio comenzó a inundar su pecho.

Miró a sus amigas, luego miró la amplia espalda de Ulises, que seguía erguido como un muro impenetrable entre ella y su agresor.

—Ahora sí —susurró Aria, con la voz ronca y frágil, pero firme—. Ahora sí estoy bien.

Dora y Xanna la abrazaron aún más fuerte, formando un caparazón impenetrable de amor y sororidad a su alrededor, meciéndola suavemente mientras le susurraban palabras de consuelo.

Cerca de la puerta, observando la escena muda de espanto, estaba Matilde.

Se había llevado ambas manos a la boca, ahogando una exclamación.

Sus ojos, desorbitados, iban de la figura patética de Ezio a la vulnerabilidad de Aria en la cama.

Estaba tan horrorizada que ni siquiera podía articular palabra.

El impacto de ver la verdadera naturaleza de un hombre que todos habían considerado respetable la había dejado paralizada.

Fue entonces cuando Katerina se irguió. Toda la fragilidad, toda la decepción y el dolor que había mostrado unos minutos antes se evaporaron, dando paso a una autoridad férrea, fría e implacable.

La matriarca de la familia tomó el control absoluto de la situación.

Su postura se volvió rígida, su barbilla se alzó con dignidad, y cuando habló, su voz resonó en la habitación con una seriedad y una dureza que nadie, ni siquiera Ulises, le había escuchado jamás.

—Yiannis —dijo, sin apartar sus ojos centelleantes de Ezio.

El chófer, que había llegado tras Dora y Xanna y observaba la escena con el rostro pálido, pero manteniendo la compostura profesional, dio un paso al frente.

—Sí, señora.

—Llama a la policía. Ahora mismo —ordenó Katerina, pronunciando cada palabra con una claridad que cortaba como el cristal—. Y diles que envíen una patrulla de inmediato. Este miserable va a pagar por cada lágrima que ha derramado Aria. Va a pagar por lo que ha intentado hacer.

—Enseguida, señora —respondió Yiannis.

Sin perder un segundo, sacó el teléfono del bolsillo interior de su chaqueta, marcó el número de emergencias y se llevó el móvil a la oreja, alejándose un poco de la habitación para dar la dirección con precisión.

Al escuchar la palabra «policía», el pánico de Ezio alcanzó su punto álgido.

La realidad de la situación, la inminente destrucción de su carrera, su vida y su libertad, lo golpeó con la fuerza de un tren.

En un acto de desesperación, intentó moverse.

Se retorció bruscamente, tratando de zafarse del agarre de Ulises y escapar por la puerta.

Pero fue un intento inútil.

Ulises, cuyos reflejos estaban agudizados por la adrenalina y la rabia, percibió el cambio en la musculatura de Ezio antes siquiera de que este iniciara la posible huida.

Con un movimiento fluido y devastador, Ulises giró su cuerpo, agarró a Ezio por el cinturón y el cuello de la camisa, y lo arrojó boca abajo contra el suelo.

Antes de que Ezio pudiera siquiera intentar levantarse, Ulises plantó la rodilla con todo su peso entre los omóplatos del abogado, inmovilizándolo con fuerza contra la alfombra, y retorciéndole el brazo en la espalda con una dolorosa llave que le arrancó un grito.

—De aquí no te mueves —afirmó Ulises, mirándolo desde arriba—. Tú y yo vamos a esperar a la policía. Juntos.