CAPÍTULO 63
El eco de la amenaza de Ulises aún vibraba en el aire pesado de la habitación, pero Ezio, cegado por la humillación, la rabia y la adrenalina, no estaba dispuesto a quedarse en el suelo.
Con un gruñido gutural que sonó más animal que humano, se apoyó en las manos y se impulsó hacia arriba.
Su rostro, antes pálido, en aquel momento estaba inyectado en sangre, desfigurado por una ira irracional.
Sin mediar palabra, cerró el puño y se abalanzó sobre Ulises, lanzando un golpe ciego y desesperado directo a su mandíbula.
Pero Ulises ni siquiera parpadeó. Con una destreza calculada, apenas movió la cabeza y los hombros a un lado. El puño de Ezio cortó el aire vacío, y el propio impulso de su ataque fallido lo hizo trastabillar hacia adelante, dejándolo expuesto y en una posición patética.
Aria, encogida en la cama y temblando de pies a cabeza mientras se aferraba a los jirones del vestido roto, observaba la escena con el corazón latiéndole en la garganta.
Ezio recuperó el equilibrio a duras penas, girándose para encarar de nuevo a Ulises. Su pecho se movía agitado. Al ver la inquebrantable calma en los ojos verdes de su oponente, la frustración estalló en forma de veneno.
—¿Qué te crees? —escupió, con una sonrisa desquiciada asomando a los labios—. Te crees el puto gallo del corral, ¿verdad? El salvador. El macho alfa.
Ulises no se movió, pero la tensión en los músculos de su cuello y sus brazos delataba que era un depredador a punto de saltar. Ezio, ignorando el peligro inminente, decidió cruzar la última línea roja.
—Vas por la vida de hombre atormentado, de alma oscura y misteriosa —se burló, alzando la voz, escupiendo las palabras como cuchillos—.
¡Pobre Ulises! ¡Qué tragedia! Llorando por los rincones porque sus papás y su hermanita mayor se mataron en un accidente.
¿Crees que eso te da derecho a mirarnos a todos por encima del hombro?
¿Crees que tu dolor te hace mejor que yo?
¡No eres más que un jodido amargado que utiliza su tragedia para dar lástima a niñatas como ella!
Aria ahogó un sollozo, horrorizada por la crueldad gratuita de aquellas palabras. Sabía lo mucho que esa herida sangraba en el interior de Ulises. Había tenido que pasar una verdadera odisea hasta que lo rescataron en mitad del mar cuando la avioneta donde viaja su familia tuvo el accidente.
La temperatura en la habitación pareció caer en picado. Los ojos de Ulises se oscurecieron hasta convertirse en dos abismos insondables. No hubo gritos por su parte, ni pérdida de control. Solo una frialdad letal.
—Yo no tengo la culpa… —comenzó, con una voz tan baja y rasposa que casi hacía vibrar los cristales—… de que tú no seas más que un mediocre, un frustrado y un malnacido que necesita forzar a una mujer para sentirse un hombre.
El insulto, certero y devastador, rompió el último hilo de cordura de Ezio. Con un rugido, volvió a lanzarse contra Ulises, enzarzándose en una pelea cuerpo a cuerpo.
Ezio soltó un par de golpes salvajes, logrando rozar el pómulo de Ulises, pero la diferencia física y de habilidad era enorme.
Ulises esquivó el siguiente embate, bloqueó el brazo de Ezio con un golpe seco, y le propinó un rodillazo directo al estómago.
Ezio se dobló sobre sí mismo, escupiendo saliva y buscando aire.
Antes de que pudiera caer al suelo, Ulises lo agarró por las solapas de la camisa y la pechera de la chaqueta con ambas manos.
Con una fuerza brutal, lo levantó en vilo y lo estampó contra la pared más cercana.
El impacto hizo temblar los cuadros que había colgados.
Ulises acercó su rostro al de Ezio, inmovilizándolo.
—Escúchame bien, escoria, porque solo lo voy a decir una vez —siseó, clavando su mirada asesina en los ojos aterrorizados de Ezio, que boqueaba como un pez fuera del agua—.
Como vuelvas a acercarte a ella... como te atrevas siquiera a respirar el mismo aire que Aria, a mirarla o a pronunciar su nombre...
te juro por la memoria de mi familia que te mato.
Y no será rápido. ¿Me has entendido? No respondo de lo que te haré.
Ezio, pálido como un fantasma y paralizado por el terror, apenas pudo asentir.
En ese preciso instante, la puerta de la habitación, que había quedado entreabierta durante el forcejeo, se abrió de par en par.
—¿Qué es todo este escándalo? —La voz autoritaria de Katerina rompió la tensión del cuarto. Su rostro mostraba una expresión de confusión. ¿Qué estaba pasando?
Se quedó petrificada en el umbral. Los ojos, enmarcados en las arrugas de los años, recorrieron la escena a una velocidad de vértigo.
Vio la lámpara volcada en el suelo, vio a Ulises acorralando a un magullado Ezio contra la pared con intenciones homicidas, y finalmente, su mirada se posó en la cama.
Allí estaba Aria, pálida, llorando en silencio, con el pelo revuelto, el cuello y el escote surcados por feos arañazos rojos, y aferrando desesperadamente con ambas manos los restos de su vestido, rasgado por la mitad hasta la cintura.
—¡Dios santo! —exclamó Katerina, llevándose una mano temblorosa al pecho, sintiendo que el corazón se saltaba un latido—. ¿Qué ha pasado aquí? Aria, cariño... ¿Qué significa esto?
Ulises no soltó a Ezio. Solo giró ligeramente la cabeza hacia la puerta. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse, y su voz, aunque controlada, destilaba un asco absoluto.
—Significa que este malnacido ha intentado violar a Aria —aseveró, sin paños calientes, dejando que la cruda realidad cayera con todo su peso—. Y si yo no llego a entrar por esa puerta a tiempo, lo habría conseguido.
Katerina soltó un jadeo ahogado, un sonido de horror y repulsión, mientras las lágrimas acudían a sus ojos y el mundo parecía desmoronarse a su alrededor.