La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 62 #2
92%

CAPÍTULO 62 #2

Las palabras cayeron sobre Aria como una losa de hielo.

Antes de que pudiera procesar el asco y el terror que le provocaba esa frase, Ezio tiró con fuerza, acortando la distancia entre ambos.

Se abalanzó sobre ella, aplastando el cuerpo de Aria contra el suyo.

El olor a alcohol y a su colonia, una fragancia que antes le resultaba familiar y hasta cierto punto reconfortante, ahora le revolvió el estómago, provocándole náuseas.

Ezio intentó besarla a la fuerza, buscando su boca con una avidez repugnante.

Aria cerró los labios, girando el rostro bruscamente, sintiendo la humedad de la boca de él resbalar por su mejilla y su mandíbula.

El asco le dio fuerzas. Con un grito ahogado de repulsión, Aria levantó las manos, las apoyó en el pecho de Ezio, y lo empujó con toda la fuerza que fue capaz de reunir, al mismo tiempo que le propinaba un rodillazo a ciegas.

Ezio soltó un gruñido de dolor y aflojó el agarre lo suficiente para que Aria pudiera zafarse. Ella retrocedió a trompicones. El pecho le subía y le bajaba de forma agitada, hasta que su espalda chocó contra la pared.

Ezio se recuperó rápidamente. Se frotó el muslo, mirándola con unos ojos que ahora ardían con una furia oscura y llena de resentimiento.

—Por tu propio bien, te aconsejo que te relajes y que no se te ocurra contar una sola palabra de lo que va a pasar aquí esta noche —dijo.

Su tono se volvió sibilante, venenoso. La amenaza implícita en sus palabras hizo que a Aria se le helara la sangre en las venas.

La intención en su mirada era inconfundible.

Dios.

—Estás loco... —susurró, con la voz rota por el terror—. Cuando Ulises se entere...

Ezio soltó una carcajada seca. El sonido áspero rebotó en las paredes de la habitación.

—¿Ulises? —se burló, dando un paso lento hacia ella, disfrutando del poder que ejercía sobre su miedo—.

¿A quién crees que va a creer Ulises? ¿A ti?

No eres más que el capricho del momento, Aria.

La putilla de turno con la que se está divirtiendo.

¿O me creerá a mí? Un reputado abogado, un hombre de negocios respetable, su igual.

Alguien que fue su amigo durante la adolescencia.

Aria negó con la cabeza, las lágrimas de impotencia empezando a nublarle la vista.

—Además, le diré que fuiste tú. Siempre se me ha dado bien mentir —continuó Ezio, saboreando cada palabra, tejiendo una red de manipulación y mentiras diseñada para aplastar el ánimo de Aria—.

Le diré que me provocaste. Que llevas buscándome, insinuándote desde que nos conocemos.

Que esta noche, borracha y despechada porque él no te prestaba suficiente atención, me rogaste que subiera a tu habitación.

¿Quién va a dudar de la palabra de un hombre intachable frente a la de una mujer histérica?

La angustia inundó el pecho de Aria como una marea negra y opresiva. La perversidad de Ezio, su capacidad para retorcer la realidad, la dejó sin aliento.

—¡Eres un monstruo! —le gritó. La rabia se mezcló con el miedo—. ¡Él no te creerá! ¡Ulises me conoce!

—¡No te conoce nadie! —bramó Ezio, perdiendo los estribos ante la mención de Ulises—. Solo llevas aquí unas cuantas semanas.

La discusión se rompió. La paciencia de Ezio se evaporó por completo.

Con un rugido gutural, volvió a lanzarse sobre ella.

Aria intentó esquivarlo, pero él era demasiado grande, demasiado pesado.

Las manos de Ezio se cerraron sobre su vestido.

Hubo un sonido desgarrador, el ruido inconfundible de la fina tela cediendo ante la fuerza bruta.

Ezio tiró hacia abajo con violencia, rasgando el vestido por la parte delantera, rompiéndolo desde el escote hasta la cintura.

Al hacerlo, sus dedos, tensos como garras, arañaron sin piedad la piel de Aria. Ella soltó un grito agudo de dolor al sentir el escozor ardiente en el cuello y el escote, donde las uñas de él habían dejado surcos rojos y sangrantes.

Aprovechando su aturdimiento por el dolor, Ezio la agarró por los hombros y la empujó.

Aria cayó de espaldas sobre la cama, rebotando contra el colchón.

Antes de que pudiera intentar incorporarse, el peso de Ezio cayó sobre ella, inmovilizándola.

Sus rodillas apresaron las piernas de Aria, y una de sus manos le inmovilizó ambas muñecas por encima de la cabeza.

Aria se retorcía, intentaba darle patadas, intentaba morderle, pero la diferencia de fuerza era abismal. Entonces, escuchó el sonido metálico de la hebilla del cinturón. Ezio, con la mano que le quedaba libre, había empezado a desabrocharse el pantalón.

Un terror frío y paralizante se apoderó de Aria. Era el fin.

Con los pulmones ardiendo y la garganta en carne viva, Aria reunió todo el aire que le quedaba y gritó. Gritó con una fuerza desgarradora, un alarido de puro terror y desesperación, pidiendo auxilio, aunque en su mente sabía que la música del jardín ahogaría su voz, que nadie iría a salvarla.

—¡Suéltame! ¡No te atrevas a tocarme, hijo de puta! —exclamó.

—Relájate y disfruta. No va a ser tan malo. Igual hasta te gusta —se burló Ezio.

—No, no… —decía con voz agonizante Aria. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin parar.

Pero de pronto, el peso aplastante que la asfixiaba desapareció de golpe.

Fue tan repentino que Aria apenas pudo procesarlo.

Unas manos inmensas, fuertes como tenazas de acero, habían agarrado a Ezio por la parte posterior del cuello y los hombros.

Con una fuerza descomunal, casi sobrehumana (o eso le parecía a Aria en ese momento), tiraron de él hacia atrás, arrancándolo de encima de Aria y lanzándolo por los aires.

Ezio se estrelló contra el suelo con un golpe violento.

Aria se encogió sobre sí misma en la cama, temblando incontrolablemente, agarrando los jirones de su vestido para cubrirse el pecho lleno de arañazos. Levantó la vista, con los ojos abiertos de par en par y llenos de lágrimas.

Allí, de pie junto a la cama, bloqueando la luz de la lámpara como un dios vengativo descendido de los cielos, estaba Ulises.

Su pecho subía y bajaba con una respiración pesada.

Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, eran dos pozos de oscuridad, ardiendo con una furia asesina que helaba la sangre.

No llevaba la chaqueta del traje, y los músculos de sus brazos y hombros estaban tensos bajo la camisa negra, listos para destrozar a quien fuera.

Ulises miró a Ezio, que gemía en el suelo intentando incorporarse, y su voz resonó en la habitación, baja, rasposa y cargada de una promesa letal:

—Como la toques un solo pelo, te mato.