La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

El contraste entre el bullicio del jardín y el silencio de la habitación era abismal. A través de los gruesos cristales del ventanal, la música llegaba apenas como un murmullo lejano y amortiguado.

Aria respiró hondo, disfrutando de esa momentánea paz, y caminó hacia la gran cómoda de caoba que dominaba una de las paredes.

Abrió el cajón inferior, apartó con cuidado un par de jerséis de punto y depositó la carpeta negra en el fondo, acariciando la cubierta por última vez antes de cerrarlo.

Quería asegurarse de que el retrato estuviera a salvo, lejos de cualquier accidente.

Satisfecha, se alisó la falda del vestido y se dio media vuelta para volver a la fiesta.

El corazón le dio un vuelco tan violento que sintió el latido en la garganta. Ahogó un pequeño grito, retrocediendo por instinto hasta chocar contra la madera de la cómoda.

Ezio estaba en la habitación.

De pie, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. La luz tenue de la lámpara del techo proyectaba sombras sobre su rostro, endureciendo sus facciones, desdibujando al abogado amable y siempre dispuesto que Aria creía conocer.

Había algo profundamente perturbador en su postura, una rigidez antinatural.

Pero lo que hizo que a Aria se le erizara el vello de la nuca fue su mirada.

Sus ojos, normalmente serenos, tenían un brillo febril, oscuro y extraño.

Era una expresión fría, casi depredadora, que Aria jamás había visto en él.

Y, por alguna razón que su instinto ya estaba descifrando, le heló la sangre.

—¿Ezio? —La voz le tembló un poco, maldiciéndose internamente por ello—. Dios, me has dado un susto de muerte. ¿Qué haces aquí?

Él no se movió. Ni siquiera parpadeó. El silencio se alargó en la habitación, volviéndose espeso. Aria sintió que el aire de repente pesaba demasiado, que costaba respirarlo.

—¿Cómo es posible? —dijo Ezio por fin. Su tono era bajo, carente de cualquier inflexión, como si hablara consigo mismo.

—¿El qué? —preguntó Aria.

—¿Que se te ilumine de esa manera la cara por un puto garabato hecho con bolígrafo, y que el reloj que te he regalado, una pieza exclusiva que me ha costado días conseguir, apenas te haya arrancado una sonrisa de cortesía?

Aria frunció el ceño, desconcertada por la hostilidad que albergaban sus palabras. La incomodidad empezó a transformarse en una alarma silenciosa.

—Ezio, ¿de qué estás hablando? —intentó sonar calmada, racional, aunque sus manos buscaron el borde de la cómoda—. Te he dado las gracias por el reloj, es precioso. Pero son regalos distintos, de personas distintas. No se trata del valor económico, se trata de...

—¿De qué se trata, Aria? —la interrumpió él, descruzando los brazos y dando un paso lento hacia ella. El olor a alcohol y a algo amargo, como bilis reprimida, flotó en el aire—. ¿Del valor sentimental? ¿Del gran esfuerzo que le ha supuesto al atormentado Ulises Diakos mancharse las manos de tinta?

Aria tragó saliva.

La presencia de Ezio, que siempre había sido un lugar seguro, en aquel momento se sentía invasiva, tóxica. No le gustaba cómo la miraba, no le gustaba el tono de su voz, y definitivamente no le gustaba estar a solas con él en la habitación.

—No voy a discutir eso contigo, y menos ahora —dijo Aria, irguiendo la barbilla, intentando recuperar el control de la situación—. Estás sacando las cosas de quicio. Voy a volver al jardín. Los invitados me esperan.

Avanzó con paso firme hacia la puerta, dispuesta a pasar por su lado sin mirarle.

Pero justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral, la mano de Ezio salió disparada como un resorte.

Sus dedos se cerraron alrededor del brazo de Aria con una fuerza brutal, clavándose en su piel.

Antes de que ella pudiera reaccionar, él dio un tirón violento y la empujó hacia atrás.

Aria tropezó, perdiendo el equilibrio, y tuvo que dar varios pasos torpes hacia el centro de la habitación para no caer al suelo. El pánico estalló en su pecho.

—¡Ezio! —gritó, con la voz aguda por el miedo y la indignación, frotándose el brazo donde ya empezaba a palpitarle la marca de sus dedos—. ¿Pero qué te pasa? ¿Qué crees que estás haciendo? ¡No vuelvas a tocarme!

Ezio cerró la puerta a su espalda con un golpe seco que resonó como un trueno en la habitación. Una sonrisa torcida, desprovista de cualquier humor, de cualquier amabilidad, asomó a sus labios.

—¿Qué creo que estoy haciendo? —repitió, pronunciando las palabras con desprecio—. Intentar que abras los ojos de una vez. Das pena, Aria. ¿Te crees que no me doy cuenta? ¿Te crees que no veo cómo le miras? Estás enamorada de él. Estás perdidamente enamorada de Ulises.

Aria sintió que el rostro le ardía, pero el miedo la mantenía alerta.

—Eso no es asunto tuyo —replicó, con la voz temblorosa pero firme—. Déjame salir. Ahora mismo.

Pero Ezio la ignoró, acercándose un paso más. Su rostro estaba contorsionado por una mezcla de asco y burla.

—¿Qué te piensas, Aria? ¿Eh? —se mofó, alzando las manos en un gesto teatral—. ¿Te piensas que lo va a dejar todo por ti? ¿Que de repente va a descubrir el amor verdadero y se va a convertir en un hombre de familia? ¿Por ti? ¿Crees que vas a ser tú la que redima su oscuro corazón?

—¡Cállate! —estalló Aria, incapaz de soportar el veneno en sus palabras.

—¡No, escúchame! —rugió Ezio, perdiendo por completo la compostura—.

¡Los hombres como Ulises no se redimen! ¡No cambian!

Es un témpano de hielo, un sociópata con traje a medida.

Está demasiado roto como para sentir nada por nadie, y mucho menos por ti.

Solo eres su juguete nuevo, una distracción hasta que se aburra y te tire a la basura.

Aria sintió un nudo en la garganta, pero la furia empezó a ganarle terreno al miedo. No iba a permitir que Ezio hablara así de Ulises.

—No tienes ni idea de cómo es Ulises —escupió, mirándole con un desprecio que nunca pensó que sentiría por Ezio—. No sabes nada de él. Y desde luego, no sabes nada de mí. Ulises tiene más humanidad en un solo dedo de la que tú estás demostrando tener ahora mismo.

La defensa de Aria fue como echar gasolina al fuego. El rostro de Ezio se enrojeció y las venas del cuello se le marcaron de forma grotesca.

—¡Yo siempre he estado aquí! —gritó, golpeándose el pecho—. ¡Yo te he cuidado, yo te he apoyado! ¡Te he dado todo lo que un hombre puede dar, y tú me tratas como a un puto perrito faldero mientras te abres de piernas para un cabrón que no da un euro por ti!

Aria se quedó paralizada. Las palabras la golpearon con la fuerza de una bofetada. El asco le revolvió el estómago.

—¿De qué estás hablando? —preguntó, con la voz convertida en un susurro horrorizado—.

Ezio, tú y yo solo hemos tenido unas cuantas conversaciones, nada más.

¿De dónde te sacas que me has cuidado? ¿Que me has apoyado?

—Aria pensó muy seriamente si Ezio estaba bien de la cabeza.

¿De dónde se estaba sacando esas cosas? ¿En qué realidad paralela vivía?

—. Entre tú y yo solo ha habido amistad.

Siempre lo he dejado claro. Siempre te he visto como a un amigo.

La palabra pareció romper algo definitivo dentro de Ezio. Su expresión pasó de la rabia a una frialdad absoluta, una calma muerta que daba mucho más miedo que sus gritos. Soltó una carcajada seca, áspera, que rasgó el silencio de la habitación.

—¿Amistad? —repitió, saboreando la palabra como si fuera veneno—. ¿Te crees que he invertido todo este tiempo, todo este esfuerzo, todo este dinero, por amistad ? Qué ingenua eres, Aria. Qué estúpida y patética eres.

Aria retrocedió un paso más, chocando de nuevo contra la cómoda. El aire se le atascó en los pulmones. Mientras miraba a Ezio, al hombre impecable, educado y amable con el que hablaba de libros, la venda cayó de sus ojos de forma brutal. No había confusión, no había malentendidos.

Estaba encerrada en su propia habitación con un lobo que había llevado la piel de cordero durante tanto tiempo que ella misma le había abierto la puerta del redil. Y ahora, el lobo había enseñado los dientes. Y de qué manera.

El aire de la habitación se había vuelto irrespirable, denso y pesado, como si la gravedad se hubiera multiplicado por mil de golpe.

El pánico, frío y punzante, comenzó a trepar por la espina dorsal de Aria, paralizando por un instante sus músculos.

La respiración se le aceleró, convirtiéndose en jadeos cortos y superficiales.

Tenía que salir de allí. El instinto de supervivencia tomó el control.

Aria hizo un movimiento brusco, un intento desesperado de esquivar el cuerpo de Ezio y alcanzar el pomo de la puerta.

Pero él fue más rápido. Con unos reflejos que denotaban una fuerza que jamás habría imaginado en él, Ezio alargó el brazo y la agarró violentamente por la muñeca, tirando de ella hacia atrás con tanta brusquedad que el hombro de Aria crujió.

—¡Suéltame! —gritó, forcejeando, intentando clavar los talones en el suelo.

Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, buscando una salida. Sus ojos volaron hacia el gran ventanal de la habitación.

«La ventana», pensó.

Pero la esperanza murió antes de nacer siquiera.

Su dormitorio daba al jardín delantero de la inmensa propiedad, una zona desierta a esas horas.

La fiesta, la música, los invitados, Ulises...

todos estaban en la parte trasera. La música y el agua de las fuentes resonaban lo suficientemente alta como para ahogar cualquier grito que ella pudiera emitir hacia el jardín vacío.

Estaba completamente sola. Aislada en su propia habitación.

Ezio notó la dirección de su mirada y una sonrisa torcida, desprovista de cualquier rastro de humanidad, deformó sus facciones.

—No tienes dónde ir, Aria —murmuró, con una voz inquietantemente calmada que contrastaba con la violencia de su sujeción—. He sido paciente. Pero se acabó la caridad. Es hora de cobrarme lo que me corresponde.