La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 61
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CAPÍTULO 61

Aria seguía atrapada en un bucle mental del que no parecía querer salir.

Sus ojos iban del papel a Ulises, y de Ulises al papel, como si estuviera presenciando un número de magia y tratara de descubrir dónde estaba el truco.

Pero no había truco. Solo tinta, talento y una vulnerabilidad que el empresario griego llevaba años escondiendo bajo trajes de tres mil euros.

—No me mires así, por favor —murmuró Ulises, rompiendo el silencio con una sonrisa que intentaba ser casual, aunque la tensión en sus hombros lo delataba—.

Sé que estoy un poco oxidado. Probablemente las proporciones del lado izquierdo estén mal, y la luz...

bueno, digamos que la iluminación de mi despacho no es la de un estudio de arte renacentista.

Aria soltó una risilla de incredulidad. Un sonido limpio que flotó sobre la música que seguía sonando de fondo en los altavoces. ¿Oxidado? El dibujo era una puta obra maestra.

—¿Oxidado? Ulises, esto... esto es... —Aria no encontró la palabra exacta en el diccionario, así que hizo lo que mejor se le daba, dejarse llevar por el instinto.

Sin pensarlo dos veces, sin importarle que estuvieran en medio de un jardín lleno de gente, sin importarle el protocolo, los espacios personales, o el hecho de que él fuera el Ogro de la Colina, el CEO más temido de Europa, Aria cerró la carpeta de golpe, dio un paso al frente y se lanzó a sus brazos.

Fue un abrazo de impacto total. Aria rodeó el cuello de Ulises con ambos brazos, apretándose contra él con una fuerza que desmentía su complexión menuda.

Durante un instante, Ulises se quedó rígido como una de las estatuas de mármol del Partenón.

Sus brazos se quedaron suspendidos en el aire, a medio camino entre la sorpresa y una especie de pánico escénico.

No estaba acostumbrado a que lo abrazaran en esas circunstancias.

La gente solía darle la mano, inclinar la cabeza o, en el caso de sus rivales, huir en dirección contraria.

Pero entonces, el inconfundible aroma a flores y cítricos de Aria inundó sus sentidos, y la calidez de su cuerpo derritió la última capa de hielo que le quedaba.

Con un suspiro casi inaudible que sonó a rendición, Ulises subió los brazos y la rodeó por la cintura, devolviéndole el abrazo.

La apretó contra su pecho con una firmeza protectora, hundiendo momentáneamente el rostro en su pelo.

Fue un instante fugaz, íntimo, un paréntesis en medio del bullicio.

Cuando Aria fue consciente de lo que había hecho, se separó de Ulises, con las mejillas teñidas de un favorecedor tono carmesí, pero sin soltar la carpeta negra.

Ulises, recuperando su máscara de imperturbabilidad, se tiró de los bordes de la chaqueta hacia abajo, como si se la estuviera reajustando.

En cuestión de segundos, el oasis de intimidad se convirtió en la plaza del pueblo en hora punta. Xanna y Dora aparecieron por detrás de Aria, con copas de champán en la mano.

—¿Por qué tienes esa cara, Aria? ¿Qué te ha regalado? —preguntó Xanna, estirando el cuello como una jirafa curiosa—. ¿Las llaves de un yate? ¿Una isla en el caribe?

—Mejor que eso —dijo Aria, con una sonrisa radiante.

Abrió la carpeta y giró el retrato para que todos lo vieran.

Xanna parpadeó tres veces seguidas, Dora casi se tiró el champán encima, y Katerina... Katerina se llevó una mano al pecho, soltando un pequeño jadeo.

—Dios mío… —susurró, acercándose al dibujo. Sus ojos, normalmente llenos de un brillo pícaro, se suavizaron por la emoción. Miró a Ulises, que de repente parecía encontrar muy interesante el césped del jardín—. Ulises... ¿has vuelto a dibujar?

—Solo era un garabato para pasar el rato. No hagamos un suceso extraordinario de esto —replicó él, utilizando su tono más diplomático y quitándole hierro al asunto con un gesto elegante de la mano.

—¿Un garabato? —saltó Xanna, señalando el papel con su uña pintada de negro—. ¡Si parece que va a empezar a hablar en cualquier momento! ¿Cómo… como puedes tener esa sensibilidad artística? Joder, es injusto para el resto de los mortales.

—Yo estoy flipando —dijo Dora, negando con la cabeza—. O sea, ¿este dibujo lo has hecho tú? ¿Escondes a un Da Vinci bajo el traje?

Las risas estallaron a su alrededor. Atraídos por el alboroto, Matilde y Yiannis se asomaron por encima de los hombros de las chicas para admirar la obra. Los murmullos de asombro y los halagos no se hicieron esperar.

—Es una maravilla, Ulises. Tienes un don. Siempre lo has tenido —dijo Matilde en tono maternal.

—Gracias, Matilde —contestó él.

—La luz en los ojos es espectacular —comentó Yiannis.

Ulises aceptaba los cumplidos con una sonrisa, pero su mirada volvía una y otra vez a Aria, que contemplaba el retrato como si fuera el tesoro más valioso del mundo.

El único que no parecía disfrutar del ambiente era Ezio.

El abogado se había quedado al margen del círculo, con los brazos cruzados y una copa de champán que agarraba con tanta fuerza que el cristal amenazaba con romperse.

Miraba el retrato con el ceño fruncido, como si el papel le debiera dinero.

Su carísimo regalo de repente le parecía tan emocionante como el manual de instrucciones de una lavadora.

—No está mal —masculló por lo bajo, en un intento patético de salvar su orgullo—. Aunque el bolígrafo es una técnica un poco... amateur, ¿no creéis?

Nadie le hizo el menor caso.

Katerina se acercó a Ulises y, sin previo aviso, le dio un sonoro beso en la mejilla.

—Me alegro tanto de que hayas vuelto a dibujar, cariño —le susurró al oído, para que solo él la escuchara—. Y me alegro aún más de la musa que has elegido.

Ulises sonrió, y miró de nuevo a Aria, que estaba con una sonrisa de oreja a oreja comentando algo del retrato a Xanna y a Dora, iluminando el jardín entero.

«Sí —pensó Ulises—. Es la musa perfecta.»

El jardín de la mansión se había convertido en un ecosistema propio, un mar de risas, copas de cristal chocando y el ritmo de la música pop que salía de los altavoces.

Aria, sin embargo, sentía que flotaba en su propia burbuja.

Todavía aferraba la carpeta negra contra su pecho con la fuerza de un dragón custodiando su tesoro más preciado.

Sin ser conscientes de ello, Aria y Ulises se apartaron unos pasos del bullicio, buscando refugio cerca de las buganvillas de la pérgola. Ulises estaba a su lado con esa elegancia felina tan suya, con una mano metida en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo una copa de champán.

—Gracias por venir —comenzó Aria, girándose para mirarle a los ojos.

El resplandor de las tiras de luces que adornaban algunos de los olivos se reflejaba en las pupilas dilatadas de Ulises, dándoles un brillo especial—.

Sé que odias este tipo de eventos y que probablemente preferirías estar revisando algún informe o absorbiendo una empresa de la competencia —dijo, con su humor habitual.

Ulises le dio un sorbo al champán y arqueó una ceja fingiendo indignación.

—Me ofendes profundamente, Aria —dijo—. Pero, seamos sinceros. Si no hubiera aparecido en la fiesta de tu cumpleaños, mi abuela habría contratado a un sicario para matarme. O peor aún, me habría envenenado el café alguna mañana con cianuro. Sabes que es una mujer de recursos. No me la puedo jugar.

Aria no pudo evitar dejar escapar una carcajada, y echó la cabeza hacia atrás. Ulises sintió que algo se aflojaba en su pecho al escucharla. Joder, era un sonido adictivo.

—Tiene sentido. La supervivencia es lo primero —dijo Aria, sonriendo de oreja a oreja—. Pero, bromas aparte... gracias por molestarte en venir, y también por el retrato. No tengo palabras.

Aria bajó la mirada hacia la textura rugosa de la carpeta, trazando el borde con la yema del dedo. De repente, el tono ligero dio paso a una intimidad mucho más profunda.

—Sé lo que esto significa, Ulises —continuó, con la voz un poco más suave, casi un murmullo que se coló por debajo de la música—.

Sé que llevabas años sin coger un lápiz para dibujar.

Que lo habías dejado guardado en un cajón junto con...

bueno, con muchas otras cosas. Que hayas roto ese bloqueo, que hayas decidido volver a hacerlo, y que encima haya sido para mí...

Es el mejor regalo que me han hecho en la vida. Y no lo digo por quedar bien.

—Sé que no lo dices por quedar bien —afirmó Ulises.

La observó en silencio durante unos segundos y Aria le sostuvo la mirada.

—Digamos que el papel en blanco ya no me daba tanto miedo si el objetivo era capturar tu sonrisa —confesó él, con una naturalidad que hizo que a Aria le diera un vuelco el corazón.

—Pues te ha quedado perfecto. —Aria apretó la carpeta aún más contra su pecho, justo en el momento en el que Matilde pasaba a su lado, haciendo equilibrios con otra bandeja llena de copas de champán que se tambaleaban peligrosamente.

Aria dio un respingo, cubriendo la carpeta con ambos brazos como si fuera un escudo humano.

—Vale, se acabó —dijo, en tono preocupado—.

Este jardín es una zona de guerra ahora mismo.

Hay demasiado alcohol por ahí, demasiada gente gesticulando con entusiasmo y demasiadas posibilidades de que mi obra de arte acabe oliendo a Moët & Chandon.

No pienso permitir que una gota de champán lo arruine.

—¿Qué vas a hacer? ¿Llamar a un furgón blindado? —preguntó Ulises.

—No es mala idea. Pero de momento, voy a subir a mi habitación a guardarlo. Lo meteré en un cajón, bajo llave y, si es necesario, le pondré un sistema de alarmas —dijo Aria, dando un paso hacia atrás en dirección a la imponente fachada de la casa—. Vuelvo en dos minutos.

—Vale —dijo Ulises—. Pero no tardes, o Katerina me obligará a bailar la conga.

Aria no pudo imaginarse a Ulises Diakos bailando la conga. Lo intentó, pero no, no pudo.

Le dedicó una última sonrisa, se giró sobre sus talones y se encaminó hacia las puertas francesas que daban al interior de la mansión.

Lo que Aria no sabía, ni Ulises notó desde su posición, era que no eran los únicos inmersos en la conversación que habían mantenido.

A escasos metros de allí, oculto a medias por la sombra de una de las fuentes del jardín, Ezio había estado observando toda la escena.

Tenía la mandíbula tan apretada que los músculos del rostro parecían a punto de sufrir un calambre.

En su mano derecha, la copa seguía intacta, pero sus nudillos estaban blancos por la fuerza con que la estaba agarrando.

Había escuchado cada palabra. Había visto la forma en que Aria miraba a Ulises, como si hubiera inventado la penicilina e Internet en la misma tarde.

Y, sobre todo, se había dado cuenta de cómo su propio regalo, su carísimo reloj suizo, se hundía en la irrelevancia más absoluta frente a un trozo de papel pintarrajeado con bolígrafo.

Entrecerró los ojos, y sintió que una mezcla tóxica de celos y orgullo herido le quemaba el estómago. Vio a Aria desaparecer por las puertas de cristal, alejándose de la luz del jardín para adentrarse en los silenciosos pasillos de la casa.

Sin pensarlo, movido por un impulso oscuro que ni él mismo se molestó en analizar, dejó su copa de champán sobre una de las mesas y, con pasos cautelosos para que no lo vieran, se separó de la fuente.

Como una sombra desprendiéndose de la noche, esquivó a los invitados y se deslizó hacia el interior de la mansión, siguiendo el rastro de Aria escaleras arriba.