CAPÍTULO 60
Dos horas antes
A las ocho de la tarde, exactamente sesenta minutos antes de que diera comienzo la fiesta de cumpleaños de Aria, el despacho de la última planta de Diakos Corporation era un remanso de sombras y silencio.
Ulises no había encendido las luces. Ni siquiera se había molestado en ir a casa para cambiarse, aunque, para ser justos, su impecable traje negro, combinado con la camisa y la corbata oscuras, ya le daba ese aire de deidad griega contemporánea que no necesitaba retoques.
El problema no era su vestuario. El problema era su cabeza.
Ulises, el hombre capaz de desmantelar corporaciones rivales antes del desayuno y de negociar contratos multimillonarios sin que se le alterara el pulso, llevaba más de media hora comportándose como un tigre enjaulado.
Primero se había sentado en su imponente sillón de cuero detrás del escritorio.
Había durado exactamente tres minutos. El cuero crujía con cada uno de sus suspiros de frustración.
Luego, había decidido que el sofá de diseño minimalista al otro lado de la estancia sería un lugar mejor para ignorar el reloj.
Se equivocó. Desde el sofá, el tictac del reloj de pared parecía burlarse de él.
Finalmente, había optado por la posición clásica del CEO atormentado. De pie, con las manos en los bolsillos, frente a los inmensos ventanales de cristal que iban del suelo al techo.
Atenas se extendía a sus pies, un mar de luces doradas y blancas que comenzaban a parpadear en la cálida noche griega. A lo lejos, la Acrópolis se erguía iluminada, majestuosa e inmutable. Ulises la contempló con los ojos entrecerrados, debatiéndose internamente.
—¿Ir o no ir? Esa es la maldita cuestión.
Había dicho que no iría. Se había escudado en la vieja y confiable excusa del exceso de trabajo.
Y técnicamente, tenía trabajo. Podía revisar los informes trimestrales de la filial en Londres.
Podía leerse los contratos de la nueva absorción empresarial.
Podía hacer mil cosas mucho más productivas que presentarse en un jardín lleno de gente ruidosa, globos y canapés.
Pero la imagen de Aria se colaba en su mente. Aria riendo. Aria con ese brillo desafiante en los ojos. Aria rodeada de sus amigas, de Katerina, de Matilde... y de Ezio.
Ulises tensó la mandíbula al pensar en el abogado. Se imaginó a Ezio paseándose por el jardín con su sonrisa de anuncio de dentífrico, tratando de acaparar la atención de Aria con anécdotas legales que a nadie le importaban.
Se iba a volver loco.
Él era un hombre adulto, racional y pragmático. Pero la idea de quedarse allí, en la oscuridad, mientras Aria soplaba las velas rodeada de otras personas, le producía un nudo en el estómago que no encontraba forma de deshacer.
Con un suspiro de rendición, Ulises se apartó del ventanal. Ya estaba decidido. El sentido común había perdido la batalla por goleada.
—Pero no tengo regalo —se lamentó.
Se quedó pensando unos segundos.
Caminó con paso decidido hacia el cuadro abstracto detrás del que estaba la caja fuerte. Ulises introdujo el código numérico con dedos rápidos y mecánicos.
El pesado mecanismo de acero hizo un pequeño ruido y la puerta se abrió.
Ulises ignoró toda la documentación que contenía en su interior. Su mano fue directamente hacia la sencilla carpeta negra que descansaba sobre las pilas de papeles legales.
La sacó con un cuidado. La abrió allí mismo, bajo la tenue luz que se filtraba desde la ciudad.
El retrato le devolvió la mirada.
Ulises se quedó inmóvil, observando los trazos de bolígrafo negro.
Había pasado horas trabajando en él, redescubriendo la fricción de la punta sobre el papel blanco, recordando cómo se sentía traducir una emoción en líneas y sombras.
Había capturado la risa de Aria, ese mechón rebelde, la luz de sus ojos color avellana.
Era lo más honesto que había hecho en años.
—¿Y si se lo doy?
Sorprendentemente, la idea no le desagradaba. Al contrario, le provocaba una chispa de anticipación, una adrenalina vibrante y ligera que hacía mucho tiempo que no sentía.
Tomó una bocanada de aire.
—Espero que te gusten los regalos hechos a mano, Aria —murmuró para sí mismo.
Cerró la carpeta, asegurando el cordón elástico. Empujó la puerta de la caja fuerte hasta que el mecanismo se bloqueó de nuevo y devolvió el cuadro a su sitio.
Ulises se ajustó la chaqueta del traje, se pasó una mano por el pelo para asegurarse de que cada mechón estaba en su lugar, y se colocó la carpeta bajo el brazo izquierdo con naturalidad.
Salió del despacho, dejando atrás la oscuridad y las dudas. Cruzó el pasillo desierto hacia el ascensor y pulsó el botón del último piso. Las puertas metálicas se cerraron y el elevador comenzó su rápido ascenso hacia la azotea del edificio.
Cuando las puertas volvieron a abrirse, el viento cálido de la noche ateniense le golpeó el rostro. Allí, en el centro del helipuerto, iluminado por balizas azules y blancas, descansaba su helicóptero privado listo para despegar.
Abrió la puerta y se introdujo en su interior de un salto. El suave y rítmico zumbido de las aspas llenó el aire.
El helicóptero empezó a ganar altura y Ulises miró hacia el horizonte.