CAPÍTULO 59
El ritual de los regalos había llegado a su fin, culminando con una montaña de papel de envolver brillante, lazos de seda y un reloj suizo que Aria había guardado en su caja, con la misma rapidez que si estuviera escondiendo algo de contrabando.
El ambiente en el jardín de la mansión era una delicia de risas, copas tintineantes y los últimos éxitos de la música pop internacional que se escuchaban a través de los altavoces que había instalado Yiannis.
Fue entonces cuando Matilde, con la solemnidad de un sacerdote en plena ceremonia, hizo su gran entrada.
Llevaba entre las manos una tarta de limón y merengue, fresquita para el tiempo estival, cubierta de virutas de lima.
Las velas, estratégicamente colocadas, iluminaban su rostro, que sonreía de oreja a oreja.
—¡Abrid paso, abrid paso, que viene la obra maestra! —anunció Matilde, depositando la tarta sobre la mesa principal con sumo cuidado.
Katerina, elegante como siempre con uno de sus vestidos, dio una palmada entusiasmada, con los ojos brillando de alegría.
—¡Oh, Matilde, te has superado! —exclamó, antes de girarse hacia Aria y agarrarla por los hombros para posicionarla frente a la tarta, como si la estuviera preparando para un lanzamiento de penalti—.
Venga, cariño. El momento de la verdad ha llegado.
Tienes que pedir un deseo. Y nada de desear la paz en el mundo, que eso está muy visto, y no sirve para mucho, a juzgar cómo están muchos países —dijo, con su incombustible sentido del humor ácido—. Pide algo para ti.
—Y sopla fuerte que, si queda una sola vela encendida, el deseo se lo lleva el diablo, o eso decía mi abuela —añadió Matilde, guiñándole un ojo.
Aria se echó a reír, sintiendo el calor de las pequeñas llamas en el rostro y el aroma embriagador a limón.
Miró a su alrededor. Estaban sus amigas, estaba Katerina, estaba Matilde, estaba Yiannis...
Incluso Ezio estaba allí, acechando como un halcón con traje de diseño. Aria cerró los ojos un segundo.
«¿Un deseo? —pensó—. Que Ezio deje de mirarme como si fuera una inversión en la bolsa muy atractiva —bromeó para sí misma. El champán ya debía de estar haciendo de las suyas—. O mejor aún, que esta noche no se acabe nunca.»
Con una sonrisa pícara dibujada en los labios, Aria se inclinó sobre la tarta. Apoyó las manos en el borde de la mesa, cogió aire, llenando sus pulmones hasta el tope e inflando las mejillas, dispuesta a desatar un vendaval sobre aquellas velas. Pero no iba a dejar ninguna encendida.
Estaba a un segundo de exhalar cuando una voz cortó el aire.
Era una voz profunda, grave y con esa textura aterciopelada que hace que las vibraciones se sientan directamente en la base de la columna vertebral.
—Espero no llegar demasiado tarde.
Aria se quedó petrificada. Literalmente. Con los pulmones llenos de aire, las mejillas infladas como un pez globo y los labios fruncidos a un centímetro de la llama más cercana.
El jardín entero pareció detenerse. La canción Houdini de Dua Lipa, como si estuviera sincronizada con el destino, terminó en ese preciso instante, dejando un silencio repentino en el que solo se escuchaba el canto de las chicharras y el murmullo de las olas del mar.
Todos los rostros se giraron hacia el otro extremo del jardín, allí donde las sombras de los árboles se encontraban con la luz de las guirnaldas de luces. Y de entre esas sombras, emergió él.
Ulises.
Si alguien hubiera querido escribir la definición exacta de entrada triunfal, habría tomado notas en ese momento.
Ulises avanzaba por el césped verde como si fuera el mismísimo Odiseo regresando a las costas de Ítaca después de la Guerra de Troya, solo que este Odiseo no llevaba harapos ni cicatrices de batalla, sino un traje negro hecho a medida que se ajustaba a su cuerpo con una precisión casi insultante.
Llevaba una camisa negra y una corbata del mismo color.
Todo al negro. Un dios del inframundo moderno, oscuro, magnético y letalmente atractivo, que acababa de materializarse en medio de una fiesta de cumpleaños.
«¿Cómo demonios ha llegado?», fue el primer pensamiento coherente que logró cruzar la mente colapsada de Aria.
No habían oído nada. Ni el rugido del motor, ni el batir de las aspas. Claro que, con la música a todo volumen en los altavoces, las risas de Xanna y el alboroto general, un helicóptero militar podría haber aterrizado en el tejado y nadie se habría enterado.
Mientras Ulises caminaba hacia la mesa, algunas mandíbulas se cayeron al suelo.
Las reacciones no se hicieron esperar. A unos metros de distancia, Ezio, que hasta hacía un segundo se creía el macho alfa del lugar gracias al reloj suizo que le había regalado a Aria, tensó la mandíbula.
Su sonrisa se transformó en una mueca agria, y apretó los labios en una línea, destilando unos celos tan palpables que casi se podían embotellar y vender.
Su momento de gloria acababa de ser aplastado por un hombre vestido de negro que ni siquiera se había despeinado al bajar del helicóptero.
Pero el verdadero espectáculo estaba junto a Aria.
Xanna y Dora, que sostenían sus copas de champán, se habían quedado patidifusas.
Dora tenía los ojos tan abiertos que parecía haber visto un fantasma, mientras que Xanna, la siempre locuaz y descarada Xanna, tenía la boca ligeramente entreabierta, mirándolo con una expresión de absoluto embobamiento.
Si Ulises les hubiera pedido en ese momento que le transfirieran sus ahorros, ambas lo habrían hecho sin pestañear.
Era, a falta de una palabra mejor y menos usada, un dios. Un dios, en su caso, griego.
Y luego estaba Aria.
Aria seguía inclinada sobre la tarta, a medio soplar, incapaz de soltar el aire que tenía en los pulmones. El corazón le dio un vuelco tan salvaje que temió que se le saliera por la boca y saltara a la mesa, encima de las velas aún sin soplar. La sorpresa la había paralizado por completo.
Él había dicho que no vendría.
Él estaba en Atenas.
Él era el CEO ocupado que no tenía tiempo para fiestas de cumpleaños un martes.
Y, sin embargo, estaba allí.
Ulises se detuvo al otro lado de la mesa, justo frente a ella.
La luz dorada de las velas iluminaba las facciones angulosas de su rostro, proyectando sombras que lo hacían parecer aún más inalcanzable.
Sus ojos, verdes y penetrantes, se clavaron directamente en los de Aria, ignorando a Katerina, a Matilde, a Ezio, y a sus amigas.
En ese instante, para Ulises, el resto del jardín simplemente dejó de existir.
La miró con una intensidad que hizo que a Aria le temblaran las rodillas bajo el vestido.
—Felicidades, Aria.
Aria por fin dejó escapar el aire de los pulmones, en un suspiro tembloroso, que hizo parpadear peligrosamente las llamas de las velas, pero sin llegar a apagarlas.
El corazón le latía a un ritmo frenético, loco, como si los altavoces del jardín vibraran dentro de su caja torácica.
Trató de recomponerse, de poner esa expresión de despreocupación que tan bien le había funcionado minutos antes con sus amigas, pero frente a Ulises, sus defensas parecían hechas de papel de fumar.
—Gracias —logró decir, aunque la voz le salió un poco aguda. Carraspeó, intentando recuperar algo de mesura—. Yo... quiero decir, ¿qué haces aquí?
Ulises delineó en los labios una media sonrisa, uno de esos gestos asimétricos que no llegaban a mostrar los dientes pero que tenían el poder de derretir glaciares.
De derretir a Aria. Se metió una mano en el bolsillo del pantalón, destilando una tranquilidad pasmosa frente al caos interno que sentía Aria.
—Te pido disculpas por la hora —dijo, con esa voz profunda que parecía acariciar el aire—. He tenido mucho trabajo. Unas reuniones de última hora se han alargado más de lo previsto y no… he podido escaparme antes.
Katerina, que observaba la escena con la mirada afilada y chispeante, como si estuviera viendo su comedia romántica favorita en primera fila, al escucharlo, entrecerró los ojos.
«Eso es mentira», pensó.
Ulises no era un hombre al que las reuniones le retuvieran contra su voluntad, él era quien decidía cuándo empezaba y cuándo terminaba el mundo. Pero ya daba igual. Estaba allí, vestido como el mismísimo pecado original, y eso era lo único que importaba.
Katerina dio un paso al frente, rompiendo la burbuja de tensión con su habitual desenvoltura (y humor negro).
—Bueno, cariño, no has llegado tarde de milagro —bromeó, dándole un golpecito cariñoso en el brazo a Ulises—. Pero un minuto más y te habría tocado comerte las migas y fregar los platos.
El murmullo de la risa recorrió el grupo.
Matilde intercambió una mirada cómplice con Katerina.
Que finalmente Ulises hubiera ido a la fiesta de cumpleaños de Aria significaba tanto.
Katerina le guiñó un ojo. Xanna y Dora no dejaban de mirar a Ulises, sonriendo.
El único que no compartía el momento era Ezio.
El abogado, relegado a un segundo plano, apretaba la mandíbula con tanta fuerza que parecía a punto de astillarse una muela.
Su costoso reloj suizo había quedado eclipsado por la simple presencia de Ulises.
Ulises aceptó la broma de su abuela sin hacer ningún comentario, pero sus ojos volvieron de inmediato a Aria.
—Creo que he interrumpido algo importante —dijo, señalando la tarta con un leve gesto de la barbilla—. Todavía no has apagado las velas. Venga. Vuelve a pedir un deseo y sopla.
Aria notó que una ola de calor le subía por el cuello.
Cerró los ojos con fuerza. Ya no necesitaba pensar en un deseo; el universo, o el destino, o quienquiera que estuviera al mando esa noche, ya se lo había concedido trayendo a Ulises al jardín.
Aún así, formuló un pequeño anhelo silencioso, tomó aire de nuevo y, esa vez sí, sopló con todas sus fuerzas.
Las llamas se extinguieron casi al mismo tiempo, elevando al aire finos hilos de humo blanco con olor a cera quemada.
El jardín estalló en aplausos y vítores. Matilde se apresuró a retirar las velas para empezar a cortar porciones de tarta del tamaño de un ladrillo.
Pasada la algarabía inicial, la atención se dispersó.
Katerina arrastró a Ezio hacia Yiannis para hablar de algún tema legal pendiente, y Xanna y Dora, demostrando ser las mejores amigas del mundo, se evaporaron estratégicamente hacia la mesa de los cócteles, no sin antes lanzarle a Aria un guiño nada sutil.
De repente, el bullicio pareció alejarse, y Aria y Ulises se encontraron envueltos en un oasis de intimidad en medio de la fiesta.
Aria se frotó los brazos, consciente de la brisa... o tal vez de la proximidad de Ulises. Él dio un paso más hacia ella, acortando la distancia hasta que Aria pudo percibir el aroma de su colonia que, como casi siempre, le nublaba el sentido común.
Fue entonces cuando Aria se dio cuenta de que Ulises llevaba algo en la mano izquierda, pegado al costado. Era una carpeta, de tapas negras y textura rugosa.
Ulises levantó la carpeta y se la tendió.
—Espero que te guste —dijo, en un tono mucho más bajo, casi un susurro que solo ella podía escuchar.
Aria tomó la carpeta. Pesaba poco, pero en sus manos se sentía como si sostuviera un bloque de plomo. Miró a Ulises, buscando alguna pista, pero su rostro había vuelto a su habitual expresión inescrutable, aunque no apartaba la vista de ella.
Con dedos temblorosos, Aria desató el fino cordón elástico que mantenía la carpeta cerrada y abrió la tapa.
Se quedó muerta. El aire abandonó sus pulmones por segunda vez en la noche, pero en aquella ocasión no fue por sorpresa, sino por un shock absoluto y arrollador.
Dentro de la carpeta, sobre un papel, había un retrato. Su retrato.
Estaba hecho a bolígrafo. Trazos finos, precisos, en tinta negra, que capturaban no solo sus facciones, sino su esencia.
Estaba dibujada riendo, con la cabeza ligeramente ladeada, los ojos achinados por la diversión y un mechón de pelo rebelde cayéndole sobre la frente.
Era un dibujo de una técnica exquisita, lleno de luces y sombras sutiles creadas con el espacio en blanco del papel. Era vibrante. Estaba vivo.
Aria flipó. Flotó en un estado de incredulidad absoluta. No era solo porque el dibujo fuera una obra de arte, que lo era. Era por lo que significaba.
Ella conocía la historia. Sabía que Ulises había sido un artista brillante.
Sabía que el dibujo y la pintura eran su mayor pasión, su refugio.
Y también sabía que, en la universidad, Ulises había guardado sus lápices en un cajón, había enterrado su vocación bajo toneladas de responsabilidad y se había puesto un traje de chaqueta para tomar las riendas de la empresa familiar.
Llevaba años, muchísimos años, sin dibujar una sola línea.
Había sacrificado su alma de artista en el altar del deber.
Que él hubiera vuelto a coger un bolígrafo... Que el primer dibujo que hacía en años, rompiendo ese bloqueo autoimpuesto, fuera para ella...
El pecho de Aria se contrajo con una emoción tan intensa que le escocieron los ojos.
Una lágrima traicionera amenazó con asomar, pero la contuvo parpadeando rápidamente.
Levantó la vista del papel y miró a Ulises.
Él la observaba en silencio, esperando su reacción, con la mandíbula ligeramente tensa.
—Ulises... —susurró Aria. Apenas le salían las palabras. Tenía un nudo en la garganta del tamaño de una nuez—. Es... es precioso. Es increíble.
Volvió a mirar el retrato, incapaz de apartar la vista de aquellos trazos que hablaban de un talento inmenso y de un tiempo que él le había dedicado solo a ella.
Pasó la yema del dedo índice rozando el borde del papel, como si temiera que la imagen fuera a desvanecerse. O como si todo fuera un sueño.
—Gracias —consiguió decir por fin, alzando de nuevo el rostro hacia él, con el corazón desbocado y el alma en un puño—. De verdad, Ulises. Gracias.