La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 58 #2
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CAPÍTULO 58 #2

—Sois unas perras —soltó Aria, entrecerrando los ojos con una falsa mirada asesina—.

Unas perras traidoras y manipuladoras. ¿Cómo habéis sido capaces de mirarme a la cara toda la semana y no soltar ni prenda?

¡Si hasta te quejaste de que hoy tenías que quedarte hasta tarde en la librería haciendo inventario, Dora!

Dora carcajeó, llevándose una mano al pecho. Se había puesto un vestido vaporoso que ondeaba con la brisa, dándole un aire de ninfa del bosque que contrastaba con su risa pícara.

—¡Era una sorpresa, tonta! —se defendió, dándole un empujoncito cariñoso en el hombro—. Si te llego a dar la más mínima pista, con lo lista que eres, lo habrías descubierto todo.

—De verdad, chicas, gracias —dijo Aria, rebajando el tono de broma durante un segundo para dejar asomar una agradecimiento cálido y sincero—. Significa muchísimo para mí que estéis aquí. Sé que es martes, que mañana trabajáis...

Xanna, que estaba dando buena cuenta de un canapé de salmón ahumado con la elegancia de una duquesa y el apetito de un leñador, agitó la mano libre en el aire para restarle importancia. Con su vestido rojo ajustado y su habitual desparpajo, Xanna era un huracán de sinceridad sin filtros.

—Ay, por favor, Aria, no te pongas sentimental que se me corre el rímel —replicó, tragando y dándole un sorbo a su copa—.

A ver, seamos sinceras, no nos habríamos perdido esto por nada del mundo.

¿Te crees que la oportunidad de colarnos en la mansión Diakos y beber champán que cuesta más que mi alquiler se presenta todos los días?

Yo ya he hecho fotos hasta de los pomos de las puertas para subirlas a Instagram.

Aria no pudo reprimir una carcajada. Sabía de sobra que Xanna bromeaba (bueno, en parte, lo de las fotos de los pomos probablemente fuera cierto), y que ambas habrían ido a celebrar su cumpleaños, aunque hubiera sido en el descampado detrás de la gasolinera del pueblo.

Pero le encantaba esa forma que tenía Xanna de quitarle hierro a las cosas.

—Es que, fíjate en esto, tía —continuó Xanna, abriendo los brazos para abarcar la inmensidad del jardín iluminado, las estatuas de mármol y la piscina que brillaba al fondo—. Esto no es una casa, es una ciudad propia. Si me pierdo yendo al baño, por favor, mandad un equipo de rescate.

—Es espectacular, la verdad —coincidió Dora, suspirando mientras miraba hacia la imponente fachada de piedra de la mansión—. Aunque, hablando de vistas espectaculares... —Dora bajó la voz a un susurro conspiratorio y le dio un codazo a Xanna—. ¿Dónde está el dueño del castillo?

Xanna chasqueó la lengua.

—Eso digo yo. Es una pena que no podamos alegrarnos la vista con el buenorro de Ulises. Yo venía mentalizada para verle pasear con uno de esos trajes de tres piezas que le quedan como si se los hubieran pintado encima.

El nombre de Ulises hizo que el estómago de Aria diera un pequeño e inoportuno vuelco. Intentó mantener la expresión neutra, componiendo una máscara de indiferencia que esperaba que resultara convincente. Le dio un sorbo al champán.

—No ha venido —dijo por fin, encogiéndose de hombros con una ligereza estudiada—. Está en Atenas, o en algunos de sus viajes de negocios. Ya sabéis cómo es esto. Es el CEO de una multinacional, no tiene tiempo para venir a un cumpleaños un martes por la noche.

Dora, que tenía una sensibilidad especial para detectar el cambio en los tonos de voz de las personas, ladeó la cabeza y le dedicó una mirada de empatía.

—Bueno, él se lo pierde —dijo, rodeando la cintura de Aria con un brazo—. Nosotras somos mucho mejor compañía que cualquier amargado con traje, por muy guapo que sea.

—¡Así se habla! —secundó Xanna, levantando su copa—. Si el Ogro de la Colina no quiere venir a probar la tarta, más para nosotras. Nosotras vamos a celebrar tu cumpleaños como te mereces.

Aria sonrió, notando que el pequeño nudo de decepción que sentía en el pecho se aflojaba gracias al cariño de sus amigas. Iba a responder, dispuesta a proponer un brindis por la amistad y los canapés gratis, cuando una voz profunda sonó por la espalda.

—Señoritas. Espero no interrumpir un cónclave demasiado secreto.

Las tres se giraron.

Allí estaba Ezio. Llevaba un traje azul marino, el pelo perfectamente engominado hacia atrás y una sonrisa que él probablemente consideraba arrebatadora, pero que a Aria en aquel momento le parecía un poco a la de un tiburón a punto de morder a alguien.

—Ezio —dijo Aria, manteniendo la cortesía.

Xanna, a su lado, enarcó una ceja, evaluando al abogado con descaro de arriba abajo.

—Aria. —Ezio dio un paso al frente, ignorando olímpicamente a Dora y a Xanna, y le tendió una pequeña caja rectangular forrada en terciopelo negro—. No quería dejar pasar la oportunidad de darte mi regalo personalmente. Feliz cumpleaños.

—Aria, vamos a por más champán —dijo Xanna, antes de alejarse junto a Dora.

—Vale —contestó ella.

Ya a solas con Ezio, Aria parpadeó, sorprendida.

No esperaba un regalo suyo. No se conocían tanto como para que él le regalara nada.

Cogió la caja con cierta vacilación, sintiendo el peso del objeto que había en su interior.

Al abrirla, un destello plateado le hizo entrecerrar los ojos.

Era un reloj. Y no un reloj cualquiera; era una pieza de relojería suiza, delicada, elegante, con pequeñas esferas que parecían diamantes incrustados en la correa.

—Ezio... esto es... —Aria tragó saliva, abrumada. Ese reloj tenía que costar mucho dinero—. Es demasiado. No puedo aceptar algo tan caro, de verdad, yo...

—Bobadas —la cortó Ezio, con un gesto de la mano, acercándose un paso más, invadiendo sutilmente el espacio personal de Aria—. Para una mujer tan excepcional, solo lo mejor. Además, es una minucia. Quería que tuvieras algo que estuviera a la altura de tu belleza esta noche.

Aria sintió que las mejillas se le sonrojaban, y no precisamente por el halago.

La intensidad de la mirada de Ezio había empezado a incomodarle últimamente.

Era ese tipo de galantería pesada, antigua, que te obligaba a sonreír por educación mientras por dentro buscabas la salida de emergencia más cercana.

—Te lo agradezco muchísimo, Ezio, de verdad. Es precioso —dijo, cerrando la caja con un chasquido rápido, como si temiera que el reloj fuera a morderla—. Pero no hacía falta.

—Claro que hacía falta —insistió él, bajando un poco el tono de voz para hacerlo sonar más íntimo, lo cual solo consiguió que Aria diera un imperceptible paso hacia atrás—.

Estás absolutamente deslumbrante hoy. Ese vestido resalta...

bueno, resalta todo lo que tiene que resaltar —dijo, mirándola de arriba abajo—.

Es un crimen que alguien tan guapa esté escondida en esta casa —añadió.

¿Qué coño quería decir eso?

A unos pasos de distancia, Xanna tosió de repente, un sonido que sonó sospechosamente parecido a un «madre mía». Dora se mordió el labio inferior, mirando a Aria con las cejas levantadas, como preguntándole si necesitaba que la rescataran.

Aria dejó escapar una risita nerviosa, restándole importancia con un gesto rápido de la mano.

—Son los focos del jardín, Ezio, que hacen milagros con cualquiera. Y el maquillaje, claro. Pura chapa y pintura —dijo.

—No seas modesta, Aria. La belleza natural no se puede fingir.

—Ezio se inclinó un poco más, sonriendo con todos los dientes, en un claro ejemplo de no saber leer a Aria.

Era el típico tío que, sin recibir ninguna señal, se creía que era un regalo para las mujeres—.

Y te aseguro que yo tengo muy buen ojo para apreciar las obras de arte.

«Qué pesad o », pensó Aria.

Tenía la sensación de que el aire empezaba a faltarle.

Necesitaba salir de aquel atolladero antes de que Ezio le ofreciera llevarla a París en su jet privado o algo igualmente incómodo.

¿Cuándo había pasado de ser un chico con el que se podía hablar de libros a convertirse en un plasta?

Su cerebro trabajó a toda máquina buscando una excusa plausible.

Miró por encima del hombro de Ezio hacia la mesa de bebidas.

—Matilde me está haciendo señas. Creo que quiere darme su regalo —dijo.

Ezio parpadeó, desconcertado por el cambio brusco de tema.

—Voy a ver qué quiere —añadió Aria con prisa en la voz—. Muchísimas gracias otra vez por el reloj, eres muy amable.

Y sin darle tiempo a Ezio a articular una sola palabra más de su repertorio de halagos de saldo, Aria echó a andar a zancadas hacia el otro lado del jardín, huyendo de la zona de peligro con la agilidad de quien escapa de un campo de minas.