La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

El martes amaneció con la luz dorada típica del Mediterráneo y un teléfono que parecía haber cobrado vida propia. Desde las ocho de la mañana, el móvil de Aria no había dejado de sonar, emitir pitidos, vibrar y reproducir su tono de llamada con una insistencia casi de locura.

Su madre había sido la primera, cantándole un «Cumpleaños feliz» ligeramente desafinado pero lleno de amor, seguida de sus tías, sus primas, primos y un desfile de viejas amigas que le recordaron anécdotas que ella creía (y esperaba) felizmente olvidadas, pero que no lo estaban.

Bueno, por lo menos le sirvieron para echarse unas risas.

Aria sentía que flotaba en una nube de cariño.

Sin embargo, al bajar a la planta principal de la mansión, el día parecía transcurrir con la más absoluta y decepcionante normalidad.

Katerina estaba enfrascada en sus plantas, Matilde en sus comidas, y nadie parecía recordar qué día era.

Aria, con esa mezcla de madurez y resignación que la caracterizaba, decidió que no pasaba nada.

Al fin y al cabo, era un martes laborable como otro cualquiera.

Lo que Aria no sabía era que, a sus espaldas, la mansión era una olla a presión de secretismo y conspiración.

A media tarde, Katerina la interceptó en el pasillo con una lista escrita a mano que parecía un pergamino antiguo.

—Aria, cariño, necesito que me hagas un favor inmenso —dijo, ajustándose las gafas con un suspiro—. Matilde está ocupadísima y yo tengo un principio de dolor de cabeza. Necesito que vayas al pueblo. Hay que comprar algunas cosas urgentemente.

Aria parpadeó, mirando la lista.

—¿Extracto de vainilla? ¿Hilo dental? ¿Crema para los callos de la farmacia? —enumeró—. Katerina, ¿en serio necesitas todo esto hoy? —le preguntó, porque la lista era realmente interminable.

—Por supuesto —respondió ella con una naturalidad pasmosa—. Así no habrá que bajar el resto de la semana. Pero no te preocupes, Yiannis te va a llevar. Ya le he avisado. Tómate tu tiempo, no hay prisa. De hecho, si quieres, date un paseo. Respira.

Y así, Aria se vio metida en el asiento trasero del coche, conducido por un Yiannis que, misteriosamente, parecía haber olvidado cómo pisar el acelerador. El trayecto al pueblo, que normalmente tomaba diez minutos, se convirtió en una odisea a veinte kilómetros por hora.

—Yiannis, ¿le pasa algo al motor? —preguntó Aria, viendo cómo un ciclista los adelantaba por la derecha.

—El motor está perfecto. Es solo que... quiero que disfrute del paisaje. Ítaca está precioso hoy, ¿no cree? —respondió el chófer, mirándola por el espejo retrovisor con una sonrisa.

—Sí, claro —dijo Aria.

Suspiró, apoyando la mejilla en la ventanilla.

La tarde se convirtió en una especie de yincana.

Yiannis insistió en acompañarla a cada uno de los recados, debatiendo con el farmacéutico durante veinte minutos sobre las propiedades de la crema para los callos, y luego obligando a Aria a sentarse en una terraza a tomar un café helado porque «se sentía un poco mareado».

Mientras tanto, en el jardín trasero de la mansión, el caos organizado había alcanzado su punto álgido.

Las guirnaldas de luces leds parpadeaban entre las ramas de los árboles, creando un dosel de estrellas artificiales.

Matilde estaba colocando las bandejas de los canapés sobre la mesa, mientras Dora y Xanna, daban saltitos de emoción, cuchicheando y recolocando los regalos sobre una mesa adornada con manteles de color oro.

Ezio observaba la escena con una copa de champán en la mano y su habitual traje impoluto, aunque se había aflojado la corbata. Y es que el calor no perdonaba a nadie.

—Katerina, si alguien tropieza con esos cables de luz y se rompe un tobillo, que conste en acta que te lo advertí —comentó con ironía.

—Oh, cállate, Ezio, y bébete el champán. Si alguien se rompe un tobillo, lo demandaremos por arruinar la fiesta —replicó Katerina, paseando la mirada hacia el helipuerto por enésima vez.

Su sonrisa flaqueó un poco. El sol ya se había puesto, el cielo se teñía de un azul índigo profundo, y el helipuerto seguía vacío. No había rastro del helicóptero de Ulises. Katerina apretó los labios.

«Maldito muchacho testarudo», pensó, sintiendo una punzada de decepción.

Había albergado la esperanza de que, bajo aquella coraza de hombre de negocios implacable, su nieto tuviera el sentido común de aparecer. Pero el reloj avanzaba inexorable y la esperanza de Katerina se iba desinflando como un globo mal atado.

A las nueve menos diez, el teléfono de Yiannis vibró. Era un WhatsApp de Matilde:

«¡Todo está listo! ¡Tráela ya!»

—Bueno, señorita Shaw, creo que ya es hora de volver —anunció Yiannis, levantándose de la silla de la cafetería con una agilidad repentina que contradecía su supuesto mareo.

Al menos el trayecto de vuelta no fue tan exasperante como el de ida.

Cuando por fin llegaron a la mansión, el reloj marcaba las nueve en punto. La casa estaba extrañamente a oscuras.

—Qué raro... ¿Se habrá ido la luz? —murmuró Aria, frunciendo el ceño, mientras salía del coche con un par de bolsas de la mano.

—Seguro que Katerina está en el jardín trasero. La temperatura es ideal a estas horas —improvisó Yiannis, empujándola suavemente por los hombros hacia el sendero que bordeaba la casa.

Aria caminó hacia la parte trasera, con Yiannis detrás de ella como un guardaespaldas. El sonido de la grava crujiendo bajo sus sandalias era lo único que rompía el silencio. Dobló la esquina del seto de jazmines y, de repente...

¡ZAS!

El jardín entero se iluminó de golpe, bañado en un resplandor dorado.

—¡SORPRESA! —gritaron varias voces al unísono.

Aria dio un respingo tan grande que la bolsa de la farmacia estuvo a punto de salir volando. Las dejó en el suelo y se llevó ambas manos a la boca, abriendo los ojos de par en par.

Estaban todos. Matilde, con una sonrisa de oreja a oreja; Dora y Xanna, que corrieron hacia ella chillando de alegría; Ezio, levantando su copa a modo de saludo; y Katerina, radiante, abriendo los brazos de par en par.

—¡Feliz cumpleaños! —exclamó, avanzando para envolverla en un abrazo con olor a perfume caro y cariño sincero.

—Yo... vosotros... Pero ¿qué es todo esto? —balbuceó Aria, sintiendo que un nudo de emoción le apretaba la garganta. Lágrimas de felicidad empezaron a asomar por las comisuras de los ojos—. ¡Me habéis engañado! ¡Ahora entiendo lo de Yiannis y su mareo!

Giró el rostro hacia atrás y miró al chófer por encima del hombro, que se limitó a sonreír.

Las risas estallaron en el jardín. Dora y Xanna se abalanzaron sobre ella, llenándola de besos y abrazos, mientras Matilde se acercaba para darle un achuchón maternal.

—Te mereces esto y mucho más, tesoro —le susurró Matilde, acariciándole la mejilla.

El ambiente era mágico, chispeante, lleno de una energía vibrante que hacía que el aire pareciera cargado de magia. La música de fondo empezó a sonar suavemente, y Ezio se acercó para ofrecerle una copa de champán.

—Felicidades, Aria. Como asesor legal de esta familia, te aconsejo encarecidamente que te bebas esto y te comas el trozo más grande de tarta —bromeó, guiñándole un ojo.

Aria rio, y el sonido resonó en el jardín. Se sentía inmensamente feliz, abrumada por el cariño de aquella gente que se había convertido en su familia.

Pero entonces, mientras daba un sorbo al champán y sus ojos recorrían el jardín iluminado, su mirada hizo un barrido involuntario, casi instintivo.

Pasó por la mesa de los regalos, por el viejo roble, por la figura de Yiannis que se estaba uniendo al grupo...

y se detuvo en las sombras del helipuerto.

Nada.

Su corazón dio un pequeño vuelco, un latido discordante en medio de la sinfonía de alegría.

Lo buscó entre los invitados, detrás de Ezio, cerca de la puerta de la cocina, por si salía de la casa.

Pero Ulises no estaba. El hombre de los trajes hechos a medida, la mirada intensa y los gruñidos, no había ido. No estaba en su fiesta de cumpleaños.

Aria tragó saliva, sintiendo una minúscula punzada de decepción.

«¿Qué esperabas? —se regañó a sí misma en silencio, obligándose a mantener la sonrisa intacta en la cara—. Es el dueño de un imperio. No va a cancelar su vida para venir a comer tarta contigo. No seas idiota.»

—¿Aria? ¿Estás bien, cariño? —preguntó Katerina, que la observaba con esos ojos astutos que parecían leerle el alma. Ella también había notado la ausencia, y su tono contenía un matiz de comprensión.

—Sí, perfectamente —respondió Aria rápidamente, alzando la barbilla y forzando que la sonrisa llegara a sus ojos. Y era verdad, o al menos quería que lo fuera. Estaba rodeada de luz, de música y de gente que la quería—. Es que... es la sorpresa más bonita que me han dado nunca.

—¿Te ha gustado?

—Me ha encantado. —Aria miró hacia la mesa donde estaban los canapés—. ¡Vamos a probar esos canapés! —dijo.

Katerina sonrió y Aria se dejó arrastrar por ella hacia la mesa. No iba a permitir que la ausencia de Ulises apagara las luces de su noche. Aunque, en el fondo, supiera que una pequeña parte de su corazón se había quedado mirando hacia el helipuerto.

El jardín trasero de la mansión Diakos se había transformado en un escenario sacado de una película de esas que dan buen rollo desde el principio y que te dejan con un buenísimo sabor de boca.

Las tiras de luces led titilaban entre las ramas de los olivos centenarios, y la suave brisa nocturna arrastraba el aroma dulzón de los jazmines, las buganvillas y el champán.

Aria, con una copa de cristal tallado en una mano y una sonrisa que le empezaba a dar agujetas en las mejillas, arrinconó a sus dos mejores amigas cerca de la mesa de los canapés. Dora y Xanna la miraron con esa inocencia fingida que solo las verdaderas culpables saben poner.