CAPÍTULO 57
La cocina se había transformado en algo parecido al cuartel general de una operación militar encubierta, si los militares en cuestión estuvieran armados con mangas pasteleras, rollos de papel crepé de colores pastel y una cantidad indecente de queso feta.
El aire olía a vainilla, a limón recién rallado y a la inconfundible fragancia de la conspiración.
Porque otra cosa no, pero en Villa Penélope no había semana que no hubiera una conspiración.
Matilde, con un delantal que a esas alturas del día ya parecía un lienzo de arte abstracto, batía unas claras de huevo con la misma energía que si estuviera exorcizando demonios. A su lado, Katerina inspeccionaba una guirnalda de luces como si se tratara de un collar de diamantes.
—Si ponemos esto en el tronco y las ramas del olivo grande, le dará un toque mágico —murmuró Katerina, desenredando el cable—. Matilde, ¿cuántas botellas de champán dijo Yiannis que traería?
—Suficientes para que los invitados acaben bailando sirtaki sobre la mesa —bromeó Matilde sin dejar de batir, con la respiración un poco agitada, pero con una sonrisa de oreja a oreja—. Y he escondido los globos en la despensa, detrás de las latas de tomate en conserva. Aria nunca busca ahí.
Katerina rio encantada.
—Perfecto. Todo marcha sobre ruedas. Solo me falta atar un pequeño y testarudo cabo suelto. —Dejó la guirnalda de luces sobre la mesa, se limpió las manos y sacó su teléfono móvil del bolsillo. Lo desbloqueó—. Es hora de llamar a las altas esferas.
A varios cientos de kilómetros de allí, Ulises miraba la pantalla de su ordenador con el ceño fruncido.
El aire acondicionado sonaba con un murmullo aséptico, manteniendo la temperatura en unos perfectos y gélidos veintiún grados.
Estaba a punto de enviar un correo electrónico a su equipo de marketing cuando su teléfono vibró sobre la mesa.
Al ver el identificador de llamadas, Ulises se preocupó.
—Hola, abuela. ¿Estás bien? —preguntó casi sin respirar.
Katerina puso los ojos en blanco.
—Claro que estoy bien, ¿por qué no habría de estarlo? —dijo.
—No sé, últimamente entre la infección de orina y el resfriado…
—Eso son solo achaques de la edad, ya los sufrirás tú cuando llegues. Claro, si es que llegas…
—Abuela, ¿qué quieres?
—Te llamo para invitarte a un evento social de primer nivel. Exclusivo. Al que solo se puede acudir con invitación —anunció Katerina con voz enfática.
Ulises se recostó en el sillón ergonómico de cuero, girando un bolígrafo de plata entre los dedos.
—Si es otra de esas galas benéficas donde intentas emparejarme con las hijas o nietas de tus amigas del club, la respuesta es no.
—Oh, por favor, que desconsiderado eres.
Pero no, no es eso. —Katerina bajó la voz, adoptando un tono teatral y misterioso que hizo que Ulises arqueara una ceja, aunque ella no pudiera verlo—.
Es una fiesta sorpresa. El martes por la noche.
Para Aria. Es su cumpleaños y le estamos preparando algo muy especial con sus amigas del pueblo. Tienes que venir.
El bolígrafo de plata resbaló de los dedos de Ulises y cayó sobre el escritorio.
El tiempo pareció detenerse un segundo en el interior del despacho.
«¿El cumpleaños de Aria?».
Ulises parpadeó, sintiendo que el cerebro le patinaba. No tenía ni idea de que era su cumpleaños. Una punzada extraña le atravesó el pecho. De repente, la imagen de Aria apareció en su mente con una claridad pasmosa.
Y ahí estaba el problema. El gran, inmenso e inexplicable problema.
Ulises tragó saliva, sintiendo que el nudo de la corbata le apretaba.
Lo que sentía por Aria estaba cruzando una línea peligrosa.
Si iba a esa fiesta, si la veía sonreír rodeada de luces, si la veía feliz y sorprendida...
, emocionada, estaba perdido. Su instinto de supervivencia se activó con luces rojas de emergencia.
«No vayas. Aléjate. Corta por lo sano antes de que sea tarde.»
—No... no sabía que era su cumpleaños. Qué bien. Felicítala de mi parte —dijo finalmente, esforzándose por mantener la voz en un tono neutro, casi aburrido, mientras el pulso le iba a mil por hora.
—¿Felicítala de mi parte? —repitió Katerina, y Ulises pudo visualizar perfectamente cómo su abuela se ponía en jarras—. Ulises Diakos, no soy un servicio de mensajería. Se lo dirás tú mismo cuando llegues el martes por la tarde. Habrá tarta de limón y merengue.
—Abuela, no puedo ir —soltó él, tratando de buscar un buen argumento—. Es martes. Mitad de semana. Al día siguiente tengo que trabajar. Tengo responsabilidades, reuniones, una empresa que dirigir. No puedo simplemente coger el helicóptero y plantarme allí para comer tarta y tirar confeti.
Se oyó un bufido al otro lado de la línea. Era Matilde, de fondo, que no perdía detalle. Katerina retomó la palabra con indignación.
—¡Por el amor de Dios, Ulises! Eres el dueño de la empresa.
El CEO, el jefe supremo, el gran kahuna, o como demonios os llaméis ahora...
No tienes que pedirle permiso a nadie. Si quieres tomarte un miércoles libre, te lo tomas.
Y si alguien se queja, lo despides. O mejor, lo traes a podar mis olivos.
—La empresa no funciona así, abuela —replicó Ulises, frotándose la sien, donde empezaba a palpitar una pequeña migraña—. No puedo cancelar una junta directiva porque haya globos en tu jardín. Sería poco profesional. Irresponsable.
—Irresponsable es perderse los momentos de alegría por estar mirando informes de mil páginas en la pantalla del ordenador, querido nieto.
Un poco de champán y buena compañía te quitarán ese color cetrino de vampiro oficinista que se te está poniendo —contraatacó Katerina, con la agilidad de una esgrimista.
—Pero ¿qué…?
—Además —lo interrumpió Katerina, ignorando su posible protesta—, Aria se alegrará mucho de verte. Trabaja muy duro y se merece que todos estemos el día de su cumpleaños felicitándola.
La mención de que Aria se alegraría de verle fue como un dardo envenenado directo a sus defensas. Ulises cerró los ojos con fuerza.
—Me es completamente imposible ir, abuela —insistió, endureciendo el tono, levantando un muro entre él y Katerina—. Tengo la agenda cerrada. Felicítala de mi parte, si quieres. O no. Pero no voy a asistir.
El silencio que hubo después de la rotunda negativa de Ulises duró exactamente tres segundos.
En el despacho, Ulises exhaló, creyendo ingenuamente que había ganado la batalla.
En la cocina, sin embargo, Matilde detuvo las varillas de batir y dio un paso atrás, persignándose mentalmente.
Conocía esa mirada en los ojos de Katerina.
Era la mirada de una emperatriz a punto de ordenar que rodaran cabezas.
Katerina se irguió, alisando su delantal con una lentitud deliberada que habría aterrorizado a cualquier miembro de la junta directiva de su nieto.
—Escúchame bien, Ulises Diakos —comenzó.
Su voz había perdido cualquier rastro de dulzura de abuela, ahora sonaba como el acero envuelto en terciopelo—.
No te estaba sugiriendo incluirte en la lista de invitados.
Te estaba informando de tu itinerario para el martes por la noche. Vas a venir a esta fiesta.
Ulises, a cientos de kilómetros de distancia, sintió que la silla ergonómica de tres mil euros de repente le quedaba pequeña. Se aflojó el nudo de la corbata, sintiendo un calor repentino que desafiaba el impecable sistema de climatización de su edificio inteligente.
—Abuela, por favor —replicó, intentando inyectar en su tono toda la autoridad de un CEO, aunque sonó parecido a un adolescente acorralado—.
No puedes darme órdenes. Ya no tengo diez años para que me obligues a asistir a la fiesta de cumpleaños de nadie bajo la amenaza de dejarme sin postre.
Soy un hombre adulto. Dirijo un imperio naviero.
—Y yo soy tu abuela —disparó Katerina, con la precisión de un francotirador—.
La misma mujer que te limpiaba los mocos cuando llorabas porque te raspabas las rodillas.
La misma que te enseñó a atarte los zapatos.
Así que me importa un comino si diriges un imperio financiero o un puesto de limonada en la esquina.
Para mí, sigues siendo mi nieto, y cuando tu abuela te dice que hay una fiesta y que tienes que venir, tú te pones tu mejor traje y apareces.
Ulises se frotó la cara con la mano, emitiendo un gruñido.
La imagen de Aria, con aquella sonrisa que amenazaba con desmoronar todas sus barreras, volvió a asaltarle.
Ir a esa fiesta era un suicidio. Si la veía soplar las velas, si la veía reír, iba a terminar haciendo algo estúpido, como besarla.
O algo romántico, como invitarla a cenar. O peor, admitir que le importaba.
—Es una locura, Katerina —intentó razonar, usando su nombre de pila en un intento desesperado de igualar las fuerzas—. Tengo una videoconferencia con Tokio a las ocho de la mañana del miércoles.
—Oh, perdona, señor —ironizó Katerina, paseándose por la cocina, mientras Matilde se tapaba la boca para ocultar la risa—. ¿Acaso no tienes un helicóptero que sabes pilotar y que te traerá y te llevará en poco más de una hora?
—Abuela…
—¡Pues entonces ya está! —canturreó Katerina, sin dejarle hablar, saboreando la victoria—.
Mira, cariño, sé que te encanta hacerte el duro y fingir que tu corazón es un témpano de hielo que solo bombea café negro y dividendos.
Pero Aria es importante. Es importante para mí, es importante para esta casa, y, aunque te niegues a admitirlo, sé…
que te cae bien. —Katerina no quería ahondar más en qué podía o no sentir Ulises para que no saliera definitivamente corriendo—. Se merece que estemos todos —añadió.
El golpe bajo de la culpa aterrizó justo en el centro del pecho de Ulises.
Maldita fuera.
—Abuela... —empezó, tratando de lanzar una nueva excusa.
—No hay «abuela» que valga —lo cortó Katerina, implacable—.
Te espero el martes. A las nueve de la noche en punto.
Ni un minuto más tarde, o le diré a Matilde que le dé tu porción de tarta al perro del vecino.
Y Ulises... —añadió—. No se te ocurra aparecer con las manos vacías.
Cómprale un regalo bonito. Algo que no grite «le pedí a mi secretaria que lo comprara en el duty-free».
Algo con alma. Nos vemos el martes, querido.
Y sin darle tiempo a articular una sola palabra más, Katerina colgó.
El silencio llenó el otro lado de la línea.
Ulises se quedó mirando la pantalla del móvil apagada durante un minuto entero, con la boca ligeramente entreabierta.
Había negociado fusiones multimillonarias con magnates del petróleo que daban menos miedo que su abuela armada con un teléfono y una fiesta sorpresa.
Dejó caer la cabeza sobre el escritorio, escuchando el suave golpe de su frente contra la superficie.
Mientras tanto, en la cocina bañada por el sol, Katerina dejó el móvil sobre la encimera como si acabara de desactivar una bomba y salvar el mundo. Se giró hacia Matilde, con una expresión seria en el rostro.
Matilde, que ya no se molestaba en disimular, se apoyó en la encimera y se echó a reír.
—Ay, Katerina... Pobre muchacho —dijo.
Katerina soltó un bufido, cogiendo una uva del frutero y llevándosela a la boca.
—Pobre muchacho, mis narices. Ese chico es de lo que no hay. —Negó con la cabeza—. Se cree que me chupo el dedo, Matilde. «Tengo que trabajar, tengo reuniones, tengo, tengo, tengo…» ¡Tonterías!
—Desde luego, cuando se pone terco, es igualito a ti —comentó Matilde, volviendo a encender la batidora a velocidad baja, mientras el aroma a vainilla parecía intensificarse en la cocina—. Pero vendrá, ya lo verás.
Katerina hizo una mueca con la boca. Ella no estaba tan convencida.
—Yo no estoy tan segura, Matilde —dijo, cogiendo el rollo de papel crepé—. Conozco a Ulises. Si se le ha metido en la cabeza que no va a venir… lo más probable es que no venga. —Chasqueó la lengua.
—Bueno, mantendremos la esperanza hasta el último momento —la animó ella.
—No nos que más remedio que esperar —dijo Katerina—. Ahora, pásame las tijeras. Tenemos una fiesta que decorar y hemos de ir adelantando trabajo para que luego no se nos junte todo.