CAPÍTULO 56 #2
—Ay, perdón. —Matilde se inclinó también sobre la mesa, entrando de lleno en la dinámica conspiratoria de Katerina—. ¿Qué tienes pensado? ¿Una cena elegante? ¿Un almuerzo en el jardín?
—Una fiesta sorpresa por la tarde-noche —sentenció Katerina, saboreando las palabras como si fueran un caramelo, mientras elegía con cuidado el siguiente esqueje que iba a plantar—.
Quiero que no se espere absolutamente nada.
Esa niña lleva semanas trabajando como una mula y soportando este calor infernal sin quejarse...
—Y sus resfriados de mentira —apuntó Matilde.
—Así es, y mis resfriados de mentira —repitió Katerina—. Necesita un poco de alegría, de música, de gente de su edad.
—Una sorpresa... —murmuró Matilde, asintiendo lentamente con la cabeza, con la mente ya calculando proporciones de harina y azúcar—. Me encanta. ¿A quién invitamos?
—He pensado en algo íntimo, pero animado. Voy a encargarle a Yiannis que haga de mensajero. Le diré que se ponga sus gafas de sol oscuras, que le hacen sentirse como un espía de película, y que invite a Dora y a Xanna, las amigas que Aria ha hecho en el pueblo.
—Sí, Dora es la chica que trabaja en la librería y Xanna es camarera en La Gaviota .
—Esas chicas son un torbellino, le darán mucha vida al asunto, y estoy segura de que a Aria le encantará que estén en su fiesta de cumpleaños. Se lleva muy bien con ellas.
—Yiannis estará encantado de ser el mensajero. Cualquier excusa es buena para pasearse por el pueblo con el coche grande y hacerse el misterioso —comentó Matilde con una sonrisa irónica.
—Sí, es verdad —dijo Katerina—. También voy a invitar a Ezio. Aria y él se llevan bien.
—¿A alguien más?
Katerina se detuvo, dejando la pequeña pala de jardinería a un lado. Con cuidado, acarició las hojas de la planta recién sembrada. Su expresión se volvió un poco más calculadora, como una jugadora de póker a punto de lanzar su mejor carta.
—Sí. Voy a llamar a Ulises. Quiero que esté aquí —dijo.
Matilde dejó de picar las almendras.
—¿Ulises? —repitió, con un tono que destilaba escepticismo—.
Estaría muy bien que viniera, así afianzaría lo que pudiera haber entre él y Aria, pero ¿crees de verdad que va a venir a su fiesta de cumpleaños?
¿Una fiesta sorpresa, con globos y amigas del pueblo?
—Lanzó al aire—. Desde que se fue por aquel problema en la empresa, después de lo de su resfriado, y de que yo le viera salir de la habitación de Aria, no ha vuelto.
Katerina alzó la barbilla, con una sonrisa felina asomando a los labios, sin importarle la mancha de tierra que se acababa de dejar en la mejilla al apartarse un mechón de pelo.
—Le obligaré si es necesario. Soy su abuela —comenzó—. Tengo el poder de la culpa de mi lado, Matilde, y no dudaré en usarlo. Le diré que me duelen las articulaciones o que me queda poco tiempo en esta tierra. Siempre funciona.
Matilde puso los ojos en blanco con cariño.
—Tú tienes la salud de un roble y él lo sabe perfectamente. Además, no puedes utilizar la excusa del resfriado otra vez, o terminarán pillándote —le recordó.
Katerina suspiró, perdiendo un poco de la pose teatral tan característica suya. Sus dedos juguetearon distraídamente con un montoncito de turba húmeda.
—Lo sé, lo sé. Esa excusa puede volverse en mi contra —dijo.
Se mordisqueó el labio de abajo—. La verdad es que no tengo ni idea de si vendrá.
Ya sabes cómo es. Es más impredecible que el viento del Jónico.
Seguramente me pondrá la excusa del trabajo, me dirá que tiene una fusión empresarial en Tokio o que la bolsa de Nueva York colapsará si él se toma un canapé.
Pero voy a intentarlo. Siento que... —Katerina hizo una pausa, buscando las palabras exactas, con la mirada fija en las raíces que acababa de cubrir—.
Siento que a Aria le gustaría que estuviera aquí y que le vendría bien.
No sé qué pasó entre ellos, pero ella está apagada desde que Ulises se fue.
—Yo también le he notado más apagada.
—¿Sabes qué creo, Matilde? —dijo Katerina.
—¿Qué?
—Que pasaron la noche juntos, ya me entiendes, que se acostaron, pero él no ha vuelto a dar señales de vida.
Matilde tenía un sexto sentido para detectar ese tipo de cosas.
—Yo también lo llevo pensando desde hace unos días —dijo—y, sinceramente, si ese es el motivo, no creo que Ulises venga.
Katerina tomó una bocanada de aire.
—Yo tampoco, pero como te he dicho, tengo que intentarlo.
—Bueno, a ti no hay nada que se te resista —afirmó Matilde con un tono optimista en la voz.
Katerina no pudo evitar sonreír.
—Sí, soy Katerina Diakos. Terca como una mula —dijo.
—Venga Ulises o el mismísimo Primer Ministro, aquí no va a faltar comida —anunció Matilde, dándose una palmada en los muslos—.
Yo me encargo de todo el menú. Prepararé esos canapés de hojaldre con queso feta y espinacas que tanto le gustan a Aria, y los rollitos de berenjena.
Y también me encargaré de la tarta, por supuesto.
—¿Qué tarta tienes en mente? —preguntó Katerina, con los ojos brillando de anticipación golosa, mientras regaba el esqueje con una pequeña jarrita de agua.
—Algo fresco, que con este calor el chocolate es un suicidio. Una tarta de limón y merengue. Ligera, chispeante, dulce, pero con un toque ácido. Como Aria.
Katerina sonrió, encantada con la metáfora y con el plan en general. Contempló su obra de jardinería sobre la mesa y asintió satisfecha.
—Perfecto, Matilde. Es un plan perfecto. Ahora, tenemos que hacer el juramento de silencio. Si en algún momento, mientras estamos preparando la fiesta estos días, Aria entra por la puerta y nos pilla, le diremos que estábamos hablando de... de la poda de los olivos.
—De la poda de los olivos —repitió Matilde, guiñando un ojo a Katerina y volviendo a coger su cuchillo para seguir picando las almendras. Las necesitaba para su próximo guiso. Sonrió—. Será la mejor fiesta que esta casa haya visto en años, Katerina. Te lo garantizo.
—No tengas ninguna duda, Matilde —dijo ella.