CAPÍTULO 56
El calor en Ítaca aquella tarde era una entidad física, un abrazo espeso y pegajoso que convertía el aire en una sopa invisible.
Aria estaba sentada en una de las tumbonas de madera de la piscina, con las piernas estiradas y un vaso de té helado. Las chicharras cantaban con una estridencia que rozaba la histeria colectiva.
Justo cuando estaba considerando seriamente si meter la cabeza en la nevera de la cocina sería motivo de despido, su teléfono sonó sobre la mesa de al lado, vibrando peligrosamente cerca del borde. Lo cogió antes de que se cayera al suelo y se hiciera añicos.
Era su madre.
Aria esbozó una ligera sonrisa, deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el móvil a la oreja.
—¡Aria, mi niña! —La voz de Eleni entró como un torbellino por el auricular—. ¿Cómo está la futura cumpleañera?
Aria amplió la sonrisa, suavizando las facciones de su rostro.
—Hola, mamá —la saludó—. Sobreviviendo. Aunque si me derrito y me convierto en un charco de sudor antes del martes, te dejaré en herencia mi colección de libros y mi chaqueta vaquera favorita —bromeó.
Eleni soltó una carcajada al otro lado de la línea.
—¡Exagerada! Siempre has sido muy dramática con el verano. Pero dime, ¿cómo estás? ¿Cómo te trata la isla? ¿Y la señora Diakos? ¿Sigue igual de amable?
—Katerina es un sol, mamá, de verdad. Me reitero en todo lo que te he dicho de ella en nuestras llamadas.
Es la abuela que todo el mundo querría tener, si las abuelas vinieran con un manual de sarcasmo avanzado y una afición desmedida por la jardinería —respondió Aria, dándole un sorbo al té helado.
El hielo chocó contra el cristal con un tintineo refrescante—. Todo está bien. Muy tranquilo.
—Tranquilo... —dijo Eleni, repitiendo la palabra en un tono cantarín—.
Bueno, más te vale ir preparándote, porque en unos días cumples veintisiete años, jovencita.
Veintisiete. Estás a un suspiro de los treinta.
A tu edad, yo ya te tenía a ti correteando por la casa y destrozando las macetas. Y a veces hasta comiéndote la tierra.
—Mamá, por favor, no me saques el reloj biológico a pasear con este calor, que se le van a derretir las manecillas —dijo Aria en tono distendido, pasándose una mano por la nuca húmeda.
—No te saco nada a pasear, solo digo que el tiempo vuela. ¿Vas a hacer algo especial? ¿Te darán el día libre, al menos? Ese jefe tuyo, el estirado de Atenas... Ulises, ¿te dejará respirar el día de tu cumpleaños, o te pedirá que midas el césped con una regla para cortarlo?
El nombre. Ulises.
Fue como si el aire de repente se volviera irrespirable, atrapándose en los pulmones de Aria. Su corazón dio un vuelco traicionero y estúpido, latiendo con una fuerza que no tenía nada que ver con la cafeína del té helado.
«El estirado de Atenas.»
Si su madre supiera. Si Eleni tuviera la más mínima idea de que ese hombre de trajes oscuros, mirada de hielo y modales de dictador romano había sido el protagonista de la noche más tórrida, caótica y absolutamente perfecta de toda su vida.
Involuntariamente, la mente de Aria viajó hacia el recuerdo de aquellas sábanas revueltas.
Recordó el peso del cuerpo de Ulises sobre el suyo, la forma en que sus manos, siempre tan controladas y precisas, habían recorrido su piel con una urgencia desesperada, como le habían acariciado cada centímetro.
Recordó el sabor de su boca, el sonido ronco de su voz susurrando su nombre en la oscuridad mientras se corría, despojado de toda su armadura de magnate implacable.
Aria tragó saliva.
Se había acostado con su jefe.
Se había acostado con Ulises Diakos.
Y lo peor, lo verdaderamente catastrófico, no era el acto en sí.
Lo peor era la resaca emocional. Se había dado cuenta, con el terror de quien ve venir un tren sin frenos, de que estaba más enamorada de él de lo que creía.
De que estaba profundamente enamorada del Ogro de la Colina.
La huella que había dejado en ella no era superficial, no era pasajera, se le había grabado en los huesos.
—¿Aria? ¿Sigues ahí o ya te has derretido? —La voz de Eleni la sacó bruscamente de su ensoñación.
—Sí, sí, sigo aquí —se apresuró a decir Aria, aclarándose la garganta, intentando que su voz sonara normal y no como la de una mujer al borde de un ataque de pánico—.
Y no, no creo que Ulises me ponga a medir el césped.
Seguramente estaré con Katerina, comeremos algo rico que hará Matilde y ya está.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Eleni poseía ese radar maternal, esa antena parabólica invisible capaz de detectar cambios de frecuencia en el tono de voz de su hija a kilómetros de distancia.
—Aria... —empezó, y la broma había desaparecido—. Te noto rara.
—¿Rara? ¿Yo? Para nada.
—Sí, rara. Estás... apagada —afirmó Eleni—. Como si te faltara chispa. Normalmente a estas alturas de la conversación ya me habrías contado tres anécdotas graciosas sobre Katerina o te habrías quejado de la humedad. ¿Qué pasa, mi amor? ¿Estás triste? ¿Te sientes sola en esa isla tan grande?
Aria cerró los ojos y apoyó el cristal frío del vaso contra su mejilla.
«No estoy sola, mamá. Estoy acompañada contantemente por el fantasma de un griego testarudo que no sale de mi cabeza ni aunque me arranque la cabeza.»
—No, mamá, te lo prometo. No estoy triste —mintió Aria, forzando una risa ligera que esperaba que sonara convincente—. Es solo... el calor.
—¿El calor?
—Sí, el calor. Te juro que está a punto de derretirme las neuronas.
Hoy el termómetro marca treinta y nueve grados a la sombra, mamá.
A la sombra. Siento que, si respiro muy fuerte, voy a exhalar fuego como un dragón.
Me tiene completamente agotada, me consume la energía.
Apenas he dormido bien estos días por culpa del bochorno.
Era una verdad a medias. No había dormido bien, cierto, pero el bochorno no venía del clima, sino del recuerdo constante de unas manos fuertes y unos ojos verdes clavados en los suyos mientras subía y bajaba sobre ella.
Eleni suspiró, y Aria pudo imaginarla asintiendo comprensivamente en la cocina de su casa.
—Ay, mi niña. Es verdad que este verano está siendo criminal.
Tienes que hidratarte mucho, ¿me oyes? Bebe agua, nada de refrescos azucarados.
Y dile a la señora Diakos que encienda el aire acondicionado, que para algo esa familia tiene dinero para comprar media Grecia.
No tienes por qué sufrir como una mártir.
Aria soltó una carcajada, mucho más real, sintiendo que el nudo en el estómago se aflojaba. Su madre había mordido el anzuelo. Mejor, no quería preocuparla.
—Se lo diré, mamá. Le exigiré que ponga la casa a temperatura de pingüino.
Eleni también rio.
—Sí, eso. Bueno, te dejo descansar, que si estás tan aplatanada por el calor necesitas una siesta. Te llamaré el martes para cantarte el cumpleaños feliz a grito pelado, ¿entendido?
—Entendido. Gracias, mamá. Te quiero.
—Y yo a ti, mi amor. ¡Bebe agua! —Y con esa última orden, Eleni colgó.
Aria bajó el teléfono y lo dejó sobre la mesa. A su alrededor, el jardín seguía igual de inmutable, bañado por el sol implacable de la tarde. Se pasó ambas manos por el rostro, dejando escapar un suspiro. Había esquivado la bala con su madre, pero no podía mentirse a sí misma.
Miró hacia el horizonte, donde el mar Jónico brillaba como un zafiro líquido, y pensó en Ulises. Pensó en su ceño fruncido, en su exasperación cuando ella le llevaba la contraria, y en cómo todo eso se había desvanecido en la oscuridad de su habitación.
—Maldito calor... —murmuró para sí misma, enjugándose el sudor de la frente con la mano—. Y maldito Ulises Diakos. —Volvió a coger el vaso de té helado y dio un trago.
Aquella tarde, el ventilador de techo de la cocina giraba perezosamente, cortando el aire cálido con un zumbido hipnótico.
Katerina estaba sentada a la gran mesa rústica, que había sido temporalmente invadida por un pequeño ejército de macetas de barro, sacos de tierra húmeda y tijeras de podar.
Con la espalda recta como el mástil de un barco y las manos hundidas en el sustrato, acomodaba con mimo unos delicados esquejes de buganvilla.
Frente a ella, Matilde, pelaba almendras con la habilidad del mejor chef, ignorando la tierra que amenazaba con invadir su territorio.
Katerina se inclinó hacia adelante, sacudiendo un poco de tierra de los dedos, y bajó la voz un par de octavas, adoptando el tono como si estuviera a punto de revelar la ubicación del Santo Grial.
—Matilde, querida, tenemos una misión de vital importancia —susurró, con los ojos brillando con esa chispa traviesa que los años no habían logrado apagar, mientras presionaba la tierra alrededor de un tallo verde.
Matilde detuvo el cuchillo en el aire, levantó una ceja y miró a su jefa por encima de las gafas de lectura, que a veces ya se tenía que poner para ver mejor.
—¿A quién hay que enterrar en el jardín, Katerina? Sabes que mi espalda ya no está para cavar hoyos profundos —dijo en tono de broma.
Katerina soltó una fuerte carcajada que rebotó contra los azulejos de aire mediterráneo, esparciendo sin querer unas migajas de turba sobre la madera de la mesa.
—Oh, por favor, si tuviera que enterrar a alguien le pediría a Yiannis que alquilara una excavadora. No, es algo mucho mejor. Y menos ilegal. En unos días es el cumpleaños de nuestra querida Aria. Veintisiete añitos, ¡quién los pillara! —exclamó—. El caso es que quiero prepararle una fiesta.
Los ojos de Matilde se iluminaron de inmediato. Dejó el cuchillo sobre la tabla de cortar y se limpió las manos en el delantal. Aria se había ganado el corazón de todos en la casa con su sonrisa fácil y su infinita paciencia.
—¡Me parece una idea estupenda! —prorrumpió, elevando la voz, antes de que Katerina le hiciera un gesto frenético con la mano manchada de tierra para que bajara el volumen.
—Shhh… va a ser una sorpresa —dijo Katerina.