CAPÍTULO 55
El tintineo de la campanilla de latón de La Gaviota sonó, anunciando la llegada de Aria al refugio con aroma a granos de café tostado y canela.
El local estaba en plena ebullición, bastante más animado que la última vez que se habían reunido allí.
El murmullo constante de las conversaciones se entrelazaba con el siseo rítmico y vaporoso de la máquina de café.
Aria se quedó un segundo en el umbral, dejando que el aire acondicionado le acariciara el rostro, que sentía inusualmente acalorado.
Aquel día le había pedido a Yiannis, el chófer de Katerina, que la bajara al pueblo. Estaban en plena hora de calor y bajar dándose un paseo no era algo que le apeteciera. Básicamente porque podría darle una lipotimia o un golpe de calor.
Sentía el estómago lleno de mariposas (aunque parecían murciélagos hambrientos), y tenía una sonrisa tonta en los labios que llevaba toda la mañana intentando borrar sin éxito. Se moría de ganas de contar a Dora y Xanna lo que había pasado con Ulises.
Al fondo, Xanna iba de un lado a otro con una bandeja repleta de refrescos y porciones de tarta de chocolate, moviéndose con la agilidad de una gimnasta olímpica y la energía de alguien que se ha bebido tres cafés solos dobles. Sin embargo, al ver a Aria entrar, sus ojos se iluminaron.
—Hey, Aria, hola —la saludó.
Aria levantó la mano mientras se acercaba.
—Hola, Xanna. ¿Qué tal está la tarde? —le preguntó, dándole un par de besos en las mejillas.
—Hasta arriba, con este calor, la gente mata por un refresco.
Aria miró a su alrededor.
—Ya veo.
A unos metros de Xanna, Dora ya estaba sentada en su taburete habitual de la barra, completamente abstraída del caos que la rodeaba, inmersa en la lectura del último libro de Ana Vasileiou que ella misma le había recomendado a Aria semanas atrás.
Aria caminó hacia la barra, arrastrando los pies un poco más de lo normal, intentando ganar tiempo para ordenar el caos de su cabeza. Tomó aire, llenando sus pulmones del olor a azúcar tostado, y se sentó en el taburete libre junto a Dora.
—Hola, Dora —la saludó.
Dora salió de su ensimismamiento y levantó el rostro del libro. Sonrió.
—Hola, cariño —dijo, rodeando el cuello de Aria con el brazo y dándole un beso en la mejilla.
—¿Atrapada en los mundos de Ana Vasileiou? —preguntó Aria.
—No lo sabes bien, esto es un vicio, no soy capaz de parar —contestó Dora.
—Pues vas a tener que hacer un alto.
Dora miró a Aria con el ceño fruncido.
—¿Por qué?
Xanna no tardó ni un minuto en despachar las mesas, dejó la bandeja vacía sobre la encimera de acero inoxidable con un golpe seco, y se acercó a ellas, apoyando ambas manos en la barra con una expresión de expectación en el rostro casi depredadora.
—Porque tengo que contaros algo —soltó Aria, sin preámbulos, incapaz de retenerlo un segundo más.
Xanna entrecerró los ojos, inclinando la cabeza hacia un lado mientras observaba su rostro.
—Esa cara... —murmuró, chasqueando la lengua—. Esa cara es de salseo del bueno. De los que hacen historia. Tiene que ver con el Ogro de la Colina, ¿a que sí? —preguntó, destilando intuición.
Dora marcó la página por la que se llegaba con un marcapáginas de cartón ilustrado y cerró el libro.
Observó a Aria a través de los cristales de sus inconfundibles gafas de pasta roja.
Analizó el ligero pero delator rubor en sus mejillas, el brillo febril y diferente en los ojos, y la forma en la que sus dedos jugueteaban con el asa de su bolso de tela, como si quisiera arrancarla.
—Te has acostado con él —aseveró. Lo dijo con la misma naturalidad, calma y aplomo con la que le pediría a Xanna un vaso de agua con hielo.
El tiempo pareció detenerse. El trapo húmedo que Xanna acababa de coger para limpiar la barra resbaló de sus dedos.
—¡¿Quéee?! —El grito resonó con tanta fuerza que cortó el bullicio del local. De fondo solo se oía la música indie del hilo musical.
Al menos media docena de clientes giraron la cabeza hacia la barra al unísono, mirándolas con una mezcla de curiosidad y susto.
Desde la cocina, la puerta batiente se abrió de golpe y Mirta, la dueña del local, asomó la cabeza con el ceño tan fruncido que parecía que sus cejas iban a fusionarse en una sola.
Xanna, dándose cuenta del espectáculo, levantó una mano a modo de disculpa hacia la clientela, encogiéndose de hombros con una sonrisa culpable, y se inclinó rápidamente sobre la barra, acercándose a Aria. Bajó el volumen, sí, pero la intensidad de su mirada podría haber fundido plomo.
—¡¿Te has tirado a Ulises Diakos?! —susurró a gritos, con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a salir de las órbitas—. ¡Madre del amor hermoso, Aria! ¡Santa Virgen del Jónico!
Aria se tapó la cara con ambas manos, sintiendo que sus mejillas ardían con si fueran ascuas de una hoguera, pero asintió despacio.
Un movimiento afirmativo que desató un gritito ahogado por parte de Xanna.
Luego, Aria separó los dedos índice y corazón para mirar con auténtica estupefacción a Dora a través de la rendija que había formado.
—Pero... ¿por qué lo sabes? ¿Cómo has podido adivinarlo tan rápido, Dora? —preguntó, bajando las manos y mirándola como si fuera una bruja con poderes telepáticos—. ¡Ni siquiera he abierto la boca! ¡Apenas he dicho «hola»!
Dora se encogió de hombros con elegancia, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz con un dedo, y esbozando una sonrisilla de suficiencia que habría puesto celoso al mismísimo Sherlock Holmes.
—Aria, por favor, es pura lógica —explicó—. Es difícil resistirse a un hombre como él. Tanta tensión acumulada, tantas miradas, tanto roce accidental, los besos en la playa... eso tenía que estallar por algún lado. Era cuestión de tiempo. Sois una bomba de relojería hecha de hormonas.
—Vale, pensaré eso y no que eres bruja —repuso ella.
—Venga, desembucha, suéltalo todo. ¿Cómo fue? Queremos detalles. Todos —atajó Dora.
Aria soltó un largo suspiro, rindiéndose a la evidencia de que no podía ocultarles absolutamente nada a ese par de sabuesos. Agarró una servilleta de papel y empezó a despedazarla, nerviosa. No podía estarse con las manos quietas.
—Fue... intenso —comenzó, bajando la voz al máximo para asegurarse de que solo ellas pudieran escucharla—. La mejor noche de mi vida.
—Wooow —susurraron Dora y Xanna.
—Estábamos discutiendo. Le eché en cara que no le daba suficiente independencia a Katerina, que la trataba como si fuera una muñeca de porcelana a punto de romperse y no la dejaba respirar ni tomar sus propias decisiones.
Él se puso a la defensiva, ya sabéis cómo es...
puro orgullo, terquedad y con un ego del tamaño del Partenón.
Empezamos a alzar la voz, a invadir el espacio del otro, y la cosa se calentó muchísimo...
—Sigue, sigue, por lo que más quieras, no te pares ahora —la apremió Xanna, que estaba apoyada sobre la barra, aunque parecía estar a punto de trepar por la mismísima Aria para no perderse ningún detalle.
—El caso es que, en medio de la explosión de la discusión, cuando yo estaba a punto de gritarle otra barbaridad sobre su carácter de mierda...
me agarró. —Aria tragó saliva al recordarlo, sintiendo un escalofrío recorriéndole la espalda—.
Me empujó contra la pared del salón y me besó.
Me besó como si se acabara el mundo. Y bueno...
ya os imagináis el resto. Una cosa llevó a la otra, nos metimos en mi habitación, la ropa empezó a sobrar, y... terminamos haciéndolo.
Dora soltó un suspiro soñador, apoyando la barbilla en la palma de la mano, con la mirada perdida en algún punto de la cafetería.
—Como en las películas románticas —murmuró, con los ojos brillando—. De enemigos a amantes. La tensión enemies to lovers en su máximo esplendor, ejecutada a la perfección. Es un cliché maravilloso. Te juro que pagaría por leer ese capítulo.
—Sí, bueno, un cliché de una sola noche, que quede claro —se apresuró a aclarar Aria, sacudiendo la cabeza para intentar poner los pies en la tierra, y recordar la solemne promesa que se había hecho a sí misma de proteger su corazón bajo siete llaves—.
Ha sido una noche de pasión alucinante y nada más.
Sé perfectamente quién es él y quién soy yo.
No me voy a montar castillos en el aire ni a comprar un vestido de novia.
Volvió a dejarme claro que sigue pensando lo mismo que me dijo en la playa.
—¿Lo de que no es un hombre para ti y que te mereces algo mejor que él? —recordó Xanna.
—Sí.
Xanna y Dora intercambiaron una mirada.
—¿Y qué tal lo llevas? —preguntó Dora.
Aria alzó los hombros.
—Sabía lo que había, chicas. Él lo ha dejado claro desde el primer momento —dijo—.
Es un cabrón, pero no lo ha sido conmigo, así que no puedo culparle de nada.
—Xanna le pasó la mano por la espalda, consolándola—.
Pero, oye... —Aria no pudo evitar que una sonrisa pícara apareciera en sus labios—...
que me quiten lo bailao . Porque, madre mía, cómo baila.
—¡Di que sí, joder! —exclamó Xanna, radiante de orgullo, como si Aria acabara de ganar el premio Nobel—. Además, no te quites mérito. Una noche de sexo salvaje con Ulises Diakos no es cualquier cosa. Has escalado y conquistado el mismísimo Monte Olimpo, aunque solo haya sido por unas horas.
—¿Así que fue un buen polvo? —preguntó Dora.
—¿Bueno? Buenísimo —contestó Aria.
—Pues eso es lo importante —dijo Dora—. Porque hay tíos que no saben satisfacer a una mujer.
—Eso es verdad, mi ex, sin ir más lejos —habló Xanna.
Aria giró el rostro hacia ella.
—Un día nos tienes que hablar de tus ex.
Xanna puso los ojos en blanco.
—Pues vamos a necesitar un fin de semana entero, chocolate y un psicólogo, porque acabareis traumatizadas.
Aria y Dora se echaron a reír.
—¿Tan malos fueron? —dijo Aria.
—Ufff… no lo sabes bien.
Xanna soltó una carcajada ronca, vibrante y contagiosa, y le dio una palmada en el brazo a Aria que casi la desestabilizó y la mandó de bruces contra el suelo.