CAPÍTULO 54
El zumbido del aire acondicionado era el único sonido constante en el despacho de la última planta del edificio de Diakos Entreprises en Atenas.
Fuera, la ciudad era un tapiz de luces anaranjadas y faros de coches atrapados en el tráfico nocturno, pero dentro, la atmósfera estaba cargada con la adrenalina de una crisis recién resuelta.
Ulises se frotó los ojos con el pulgar y el índice, sintiendo que el cansancio se acumulaba bajo sus párpados.
Habían pasado las últimas cinco horas lidiando con una brecha de seguridad en los servidores principales de la empresa.
Un ataque coordinado que había amenazado con exponer datos financieros confidenciales, pero que, gracias a la eficiencia paranoica de Ulises y a la brillantez de Tobías (y del equipo informático y de seguridad), había sido contenido, neutralizado y desactivado.
Tobías, fiel a su naturaleza, no parecía haber librado una batalla cibernética de alto riesgo.
Estaba desparramado en una de las sillas de diseño frente al escritorio de Ulises, con la corbata aflojada, el cuello de la camisa desabrochado y una bolsa de pistachos que había sacado de la máquina del pasillo.
Lanzaba los frutos secos al aire y los atrapaba con la boca, sin fallar ni una sola vez.
—Y con esto, mi querido y tiránico jefe, los servidores vuelven a ser una fortaleza inexpugnable —anunció, atrapando un pistacho con un chasquido de dientes—. Deberías darme un bono. O unas vacaciones pagadas en las Maldivas. O ambas cosas. Sí, ambas suenan a justicia.
Ulises parpadeó, mirando la pantalla de su ordenador sin ver realmente las líneas de código verde que confirmaban que el sistema estaba limpio.
Su mente, traicionera y desobediente, no estaba en los servidores, ni en los hackers, ni en las cuentas de la empresa.
Estaba a cientos de kilómetros de allí, en Ítaca.
Estaba enredada en sábanas revueltas, en el olor a salitre y flores, y en el recuerdo de una piel suave que había ardido bajo sus manos.
—Ulises. Tierra llamando al comandante Diakos. —La voz de Tobías cortó sus pensamientos.
Una cáscara de pistacho rebotó contra el impecable nudo de la corbata de Ulises.
Él parpadeó, sacudiendo la cabeza, y fulminó a su amigo con la mirada.
—¿Acabas de tirarme una cáscara de pistacho encima, Tobías?
—Llevo hablándote un minuto entero sobre mi merecido aumento de sueldo y unas vacaciones pagadas en las Maldivas y estás mirando esa pantalla como si estuvieras descifrando Matrix, pero con la mirada vacía —señaló él, inclinándose hacia delante y apoyando los codos en la mesa.
Sus ojos azules, siempre risueños, en ese momento brillaban con la agudeza de un águila—.
Y no es la primera vez hoy. Te has equivocado en dos contraseñas esta tarde.
Tú. Ulises Diakos. El hombre que recuerda el número de la Seguridad Social de todos sus empleados. ¿Qué te pasa?
—No me pasa nada. Estoy cansado. Ha sido un día largo —mintió Ulises, con la voz tan tensa que parecía a punto de romperse. Empezó a apilar carpetas perfectamente alineadas, buscando refugio en el orden.
Tobías soltó una carcajada seca, negando con la cabeza.
—A otro perro con ese hueso. Ese ceño fruncido no es de «estoy cansado por el trabajo», básicamente porque tú no te cansas de trabajar —matizó—.
Ese ceño es de «mi mundo perfectamente estructurado se está yendo a la mierda».
—Tobías entrecerró los ojos, analizando la rigidez de los hombros de su amigo, el tic casi imperceptible en su mandíbula—.
Acabas de volver de Ítaca. Tu abuela está bien, me lo has dicho tú mismo.
Así que solo queda una variable en la ecuación de tu isla. Aria.
El nombre de Aria hizo que los dedos de Ulises se detuvieran sobre una carpeta. Fue una pausa de apenas un segundo, pero para un observador experto como Tobías, que no se le escapaba ni una, fue como si hubieran encendido luces de neón parpadeantes.
—No seas ridículo —escupió Ulises, retomando su tarea con el doble de velocidad—. Aria está haciendo su trabajo.
—¿Os habéis vuelto a besuquear en la playa a la luz de la luna, bajo las estrellas? —se medio burló Tobías—. Vamos, dime qué ha pasado en esa isla, Ulises.
Ulises dejó caer la carpeta sobre la mesa de cristal con un golpe sordo.
Se levantó de la silla, sintiendo que el despacho se encogía a su alrededor, y caminó hacia el ventanal panorámico.
Atenas brillaba a sus pies, pero él sentía que estaba cayendo al vacío.
La presión en su pecho era insoportable.
Era un hombre de lógica, de control absoluto, y lo que había sucedido en Ítaca desafiaba todas las leyes de su universo.
Necesitaba decirlo en voz alta. Necesitaba que alguien le dijera que era un error estadístico, un fallo en el sistema que podía solucionarse con un parche.
—Me he acostado con ella —soltó.
La frase sonó ronca, como si la hubiera arrancado de su garganta contra su voluntad.
El silencio fue tan absoluto que Ulises pensó que Tobías se había atragantado con un pistacho. Al girarse, vio a su Jefe de finanzas con la boca ligeramente abierta, la bolsa de frutos secos olvidada en el regazo y los ojos abiertos como platos.
—Santa madre de todos los Dioses del Olimpo —susurró Tobías, poniéndose en pie lentamente, como si estuviera presenciando un milagro—. Te has tirado a la cuidadora insolente.
—No lo digas así —gruñó Ulises, pasándose una mano por la cabeza—. Suena... vulgar, y no fue así. Fue... fue...
—¿Épico? ¿Glorioso? ¿Como si un rayo de Zeus te hubiera partido en dos? —Tobías ya estaba sonriendo, con una sonrisa de oreja a oreja, deslumbrante y llena de una ironía que a Ulises le dieron ganas de estrangularlo.
—Tobías…
—¡Lo sabía! —lo cortó él—. Sabía que esa chica iba a ser tu perdición desde el momento en que me dijiste que te había contestado en la entrevista.
—Es un desastre, Tobías —confesó Ulises, dejándose caer en uno de los sofás de cuero, frotándose las sienes—.
No sé qué me pasa con ella. Es exasperante, testaruda, me saca de mis casillas constantemente.
No sigue mis normas. Y, sin embargo... no pude resistirme.
Estábamos discutiendo, como casi siempre, y de repente la estaba besando.
Y después... Dios, Tobías, no puedo pensar con claridad.
No puedo concentrarme. La veo en cada maldita esquina de esta oficina.
Tobías caminó hacia el minibar, sirvió dos vasos de whisky y le tendió uno a Ulises. Lo necesitaba, por lo de Aria y por el día tan largo que habían tenido. Se sentó a su lado, dándole una palmada condescendiente en el hombro.
—Ulises, amigo mío, hermano de mi alma. Lo que te pasa no es un misterio médico. No es un virus troyano en tu cerebro. No estás rayando la locura. Estás enamorado. Ya te lo he dicho en otra ocasión, y me reitero, aunque tú te reíste de mí.
Ulises casi escupió el whisky. Lo miró con auténtico terror.
—Y yo me reitero en que no. Absolutamente no. Eso es absurdo. Es química. Biología básica. Tensión acumulada. Lujuria. Llámalo como quieras, pero no es... eso. Yo no me enamoro, Tobías. Joder, te lo he dicho un millón de veces. No tengo tiempo ni capacidad para enamorarme.
—Claro, claro. Lujuria —se burló Tobías, dando un sorbo a su bebida—. Por eso estás aquí, en Atenas, a punto de sufrir un ictus porque no puedes dejar de pensar en ella. Por eso te has equivocado en las contraseñas. Porque es solo «biología básica».
—Es la cuidadora de mi abuela. Es temporal. Somos de mundos distintos —enumeró Ulises, aferrándose a sus argumentos como un náufrago a una tabla. Argumentos tontos, por otro lado. Ninguno tenía peso suficiente como para ser un verdadero argumento.
—Eres un idiota —replicó Tobías, con cariño—.
Un idiota muy rico y muy guapo, pero un idiota, al fin y al cabo.
Escúchame bien, cíborg. Tienes un problema muy grave si no admites lo que sientes.
Porque si sigues negándolo, si intentas meter a Aria en una de tus cajitas de Excel bajo la etiqueta de «error temporal» —dijo, utilizando la jerga de Ulises—, la vas a perder.
Y te aseguro que no vas a poder sacártela de la cabeza en lo que te queda de vida.
Te va a perseguir como un fantasma. Día y noche. Noche y día.
Ulises apretó la mandíbula, mirando el líquido ámbar en su vaso. Las palabras de Tobías lo golpearon como si fueran un martillo.
—No puedo permitirme perder el control, Tobías. Mi vida es orden. Ella es el caos.
—El caos es exactamente lo que necesitas para estar vivo, Ulises. Piénsalo. —Tobías apuró su vaso y se levantó, ajustándose la chaqueta con un movimiento ágil—. Me voy. Tengo una cita con una rubia de piernas infinitas que no trabaja para mí ni cuida a mi abuela, lo cual simplifica mucho las cosas.
—¿Sabes que eres un hijo de puta? —dijo Ulises, fulminándolo con la mirada.
—Sí —respondió Tobías sin inmutarse—. Descansa, jefe. Y, hazte un favor, deja de luchar contra la corriente. Te vas a ahogar.
Cuando la puerta se cerró tras Tobías, el silencio volvió a adueñarse del despacho, pero esa vez era un silencio atronador, cargado de preguntas sin respuesta. Ulises se quedó inmóvil durante unos largos minutos.
«Estás enamorado», había dicho Tobías.
La palabra le producía vértigo.
Dejó el vaso vacío sobre la mesa auxiliar y caminó hacia el cuadro abstracto que ocultaba la caja fuerte empotrada en la pared. Tecleó la combinación de ocho dígitos con movimientos automáticos. El pesado mecanismo de acero hizo clic y la puerta se abrió con un suspiro.
Dentro había documentos confidenciales, discos duros encriptados, contratos por valor de millones de euros. Pero Ulises ignoró todo eso. Su mano fue directamente hacia una carpeta plana de cartón negro que descansaba en el estante inferior.
La sacó con cuidado, como si fuera una reliquia antigua y frágil, y la llevó hasta su escritorio. La abrió.
Allí estaba. El retrato a bolígrafo de Aria.
Todavía estaba sin terminar; los bordes se difuminaban en trazos rápidos y nerviosos, pero a pesar de que el rostro estaba a la mitad...
era inconfundible. Ulises había captado a la perfección la curva de sus labios, la rebeldía de su cabello cayendo sobre los hombros, y, sobre todo, la intensidad desafiante y luminosa de sus ojos.
Había capturado esa chispa de insolencia que tanto le irritaba y que, secretamente, tanto le fascinaba.
Trazó la línea de su mejilla en el papel con la yema del dedo índice, sintiendo el ligero roce de la tinta del bolígrafo. Su pecho se contrajo. El nivel de detalle del dibujo, la forma en que su memoria había guardado cada imperfección perfecta del rostro de Aria, lo delataba.
«Tienes un problema muy grave si no admites lo que sientes». En su cabeza resonó la voz de Tobías.
Ulises suspiró. Fue un sonido sonoro y derrotado que se perdió en la inmensidad del despacho.
Cerró la carpeta con suavidad, protegiendo el retrato de la luz, y caminó de vuelta a la caja fuerte.
Colocó el dibujo en su interior, junto a los secretos más valiosos de su imperio, y cerró la pesada puerta de acero, bloqueando el mecanismo.
Podía encerrar el dibujo bajo mil llaves, bajo una combinación de mil dígitos, podía tirarlo al mar, si quería, pero, en aquel momento, no había caja fuerte en el mundo capaz de proteger el corazón de Ulises Diakos de Aria.