La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

El aroma a aceite de oliva virgen, ajo dorándose lentamente y orégano fresco flotaba en el aire de la cocina. Matilde se movía por ella preparando musaka , y el rítmico sonido del cuchillo picando cebolla era la única banda sonora de la estancia.

Sentada en una silla, con una taza de té que apenas había tocado y envuelta en la bata de seda, estaba Katerina. Supuestamente, seguía en fase de convalecencia, pero la forma en que tamborileaba los dedos sobre la mesa delataba una energía que nada tenía que ver con la de una mujer enferma.

Matilde dejó el cuchillo a un lado, se limpió las manos en el delantal y echó un vistazo rápido hacia el pasillo, asegurándose de que nadie pudiera escucharla. Luego, se inclinó sobre la mesa, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro cargado de intriga.

—A las siete y cuarto de la mañana —murmuró, con los ojos brillando—. Cuando el sol apenas estaba asomando por el horizonte, yo iba a cambiar las toallas de los baños de arriba y lo he visto.

Katerina detuvo el tamborileo de los dedos al instante. Se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambas, con la taza de té olvidada.

—¿Has visto qué? Vamos, Matilde, no me dejes a medias, que mi corazón no está para misterios.

—A Ulises —respondió ella, saboreando cada sílaba—.

Saliendo de la habitación de Aria. Y déjame decirte, Katerina, que no llevaba precisamente cara de haber estado discutiendo sobre qué deberías tomarte para curarte el resfriado.

Iba descalzo, con la camisa a medio abrochar y una sonrisa que...

bueno, que yo no le veía desde que tenía siete años y robaba galletas de esta misma cocina.

—¿En serio?

Matilde afirmó varias veces con la cabeza.

—Sí.

Los ojos de Katerina se iluminaron con la intensidad de un faro en plena tormenta. Una sonrisa de triunfo, amplia y descarada, se dibujó en su rostro, borrando de un plumazo cualquier rastro de la anciana frágil que había estado interpretando durante los últimos dos días.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó, dando una palmada sobre la madera que hizo tintinear las cucharillas—. ¿Tú crees que han pasado la noche juntos? Dime que sí, Matilde. Dime que mi nieto, ese cabezota con la inteligencia emocional de una estatua de mármol, por fin ha entrado en razón.

Matilde soltó una carcajada baja y cómplice, volviendo a su tabla de cortar para empezar a picar las berenjenas.

—Me atrevería a decir que sí. Y diría que toda la noche.

Katerina dejó escapar un suspiro, llevándose una mano al pecho. La expresión de su rostro solo expresaba satisfacción.

—¡Lo sabía! Sabía que esa chica era exactamente lo que Ulises necesitaba. Alguien que no se deje intimidar por sus ceños fruncidos, sus gruñidos y sus aires de lobo solitario atormentado. Aria tiene suficiente chispa para incendiar todas sus tormentas.

—Desde luego, el plan ha salido a la perfección —dijo Matilde, echando las cebollas a la sartén.

El chisporroteo llenó la cocina, mezclándose con las risas de ambas—.

Tengo que admitir que cuando me dijiste que ibas a fingir un resfriado para obligarlo a venir a Ítaca y encerrarlo aquí un par de días con Aria, pensé que habías perdido el juicio.

—A grandes males, grandes remedios —replicó Katerina, agitando la mano en el aire—.

Ulises es un adicto al trabajo. Si no lo sacaba de su hábitat natural, si no lo «obligaba» a convivir bajo el mismo techo que Aria, jamás se habría dado cuenta de lo que tenía delante de las narices. Mi tos del martes merecía un Óscar.

—O dos —bromeó Matilde, removiendo el sofrito con una cuchara de palo—. Aunque casi me dio la risa cuando te vi toser agarrada al cabecero de la cama. Eres una actriz extraordinaria, Katerina.

—La verdad es que Hollywood se ha perdido a una leyenda conmigo —bromeó Katerina.

Rio orgullosa, pero pronto su expresión se torció en una mueca de fastidio. Miró hacia el ventanal, donde el jardín trasero se extendía bañado por el sol, lleno de buganvillas y árboles y plantas de todas las clases.

—Ha merecido la pena, por supuesto que sí.

Ver que todo ha salido como lo planeamos lo compensa —murmuró Katerina, frunciendo el ceño—.

Pero, por Dios, qué suplicio ha sido. Llevo dos días encerrada en esa maldita habitación, fingiendo que no puedo dar dos pasos sin ahogarme.

¡No he podido salir al jardín! —exclamó—.

Mis hortensias deben estar preguntándose si las he abandonado.

Menos mal que le encargué a Aria que regara todo.

Matilde se echó a reír con ganas, negando con la cabeza.

—El sacrificio del amor, Katerina. Tus hortensias sobrevivirán, pero Ulises necesitaba ese empujón. Además, ahora que se ha ido corriendo a Atenas por esa emergencia de la empresa, ya puedes «milagrosamente» empezar a sentirte mejor.

—Sí, desde luego. Ulises quería que todavía estuviera en reposo, pero esta tarde volveré a mi jardín —dijo Katerina, con los ojos chispeando de picardía—. Me pondré el sombrero de paja, cogeré la regadera y regaré mis pobres hortensias.

Matilde asintió, bajando el fuego de la sartén para que la cebolla terminara de pocharse lentamente. El aroma dulce y caramelizado inundó la cocina, creando una atmósfera aún más cálida y hogareña.

—Pero dime una cosa, Katerina —dijo—. ¿Tú crees que esto irá a más? Quiero decir... ¿Crees que ese obtuso nieto tuyo se dará cuenta de que Aria es la mujer ideal para él?

—¡Tiene que ir a más! —afirmó ella, golpeando suavemente la mesa con la mano, hablando más por puro anhelo que por verdadera certeza—.

Me niego en rotundo a aceptar que mi actuación estelar se quede en un simple romance de una noche.

¡Yo no he fingido un resfriado casi terminal para nada!

Exijo resultados. Necesito boda, bisnietos…

—Y en serio —dijo Matilde.

Katerina se encogió de hombros. Su rostro adoptó una expresión seria.

—Solo el tiempo lo dirá, Matilde. Ya sabes cómo es Ulises. Pero... —Sonrió ligeramente— no creo que Aria sea una chica fácil de olvidar. Tiene demasiada luz. Es de esas personas que dejan huella. Y él lleva demasiado tiempo a oscuras.

—Bueno, entonces, paso a paso, Katerina. Como tú misma dijiste, Roma no se construyó en un día, y las corazas de Ulises tampoco se van a desmoronar por completo en una sola noche, por muy mágica que haya sido —dijo Matilde.

Katerina levantó la taza y dio por fin un sorbo a su té, que ya estaba tibio.

—Supongo que tienes razón. Pero escúchame bien —añadió, bajando la voz—, tenemos que andar con pies de plomo a partir de ahora. Aria es una chica lista. Como se dé cuenta de que todo esto ha sido una trampa orquestada por nosotras...

—Habla por ti, yo solo soy tu humilde cómplice —la interrumpió Matilde con sorna, apuntándola con la cuchara de palo.

—Tú eres tan culpable como yo —bromeó Katerina.

Matilde rio.

—Sí, tienes razón. Aria no tiene un pelo de tonta y sus ojos lo captan todo. Si te ve esta tarde saltando por el jardín con la regadera, el sombrero de paja y la energía de una veinteañera, va a sumar dos y dos.

Katerina abrió mucho los ojos, horrorizada ante la sola idea de ser descubierta.

—Cierto, cierto. Si descubre que todo ha sido para empujar a Ulises a sus brazos, igual hace las maletas y no le volvemos a ver el pelo.

Seré sutil —decidió Katerina, asintiendo para sí misma, ya planificando su próxima puesta en escena—.

Saldré al jardín, sí, pero arrastrando un poco los pies.

Tal vez tosa un par de veces frente a los rosales cuando ella esté cerca.

Le diré que el sol del Jónico tiene propiedades curativas y que me está devolviendo la vitalidad poco a poco.

—Me parece un plan excelente, digno de tu talento —aprobó Matilde, volviendo a sus fogones con una sonrisa que se abría de oreja a oreja—. Una recuperación milagrosa, pero progresiva. No vaya a ser que la chica nos descubra el pastel antes de tiempo y se nos arruine el final feliz.