CAPÍTULO 52
El primer rayo de sol del amanecer se filtró por el hueco de las cortinas, trazando una línea azulada y cálida justo sobre el rostro de Ulises.
En cualquier otra circunstancia, su primer instinto habría sido gruñir, maldecir y, sobre todo, ya que estaba despierto, ejecutar la maniobra de evasión táctica que llevaba perfeccionando desde sus veintitantos.
Vestirse en silencio y huir de la escena del crimen antes de que la otra persona abriera los ojos.
Pero esa vez no lo hizo.
Ulises parpadeó, ajustando los ojos a la luz, y se dio cuenta de dos cosas.
La primera: le dolían músculos que ni siquiera sabía que tenía, un recordatorio físico y glorioso de la maratón de la noche anterior.
La segunda: Aria estaba a su lado, medio enredada en las sábanas blancas, con el pelo convertido en un nido de pájaros salvaje y una pierna estratégicamente cruzada sobre la cadera de él.
Y lo más sorprendente de todo era que Ulises no sentía la más mínima urgencia por salir corriendo.
De hecho, se descubrió a sí mismo acomodándose mejor contra las almohadas, observando cómo el pecho de Aria subía y bajaba con una respiración tranquila.
Aria se removió, arrugó la nariz con un gesto casi infantil y abrió un ojo, espiándolo a través de la maraña de pelo castaño.
—Si me estás mirando con cara de arrepentimiento, te juro que te tiro por el balcón —murmuró, con la voz ronca por el sueño y, seamos sinceros, por los gritos ahogados de la madrugada.
Ulises soltó una carcajada baja, un sonido profundo que vibró en su pecho y que hizo que Aria abriera el otro ojo, repentinamente más despierta.
—Buenos días a ti también, encanto —respondió él, pasándole una mano por el pelo para apartárselo de la cara—. Y no, no es arrepentimiento. Estaba calculando mentalmente cuántos cafés necesito para volver a sentir las piernas.
Aria sonrió. Un gesto perezoso y felino que le iluminó el rostro entero. Se estiró como un gato bajo el sol, sin importarle lo más mínimo que la sábana resbalara, dejando al descubierto la curva de su pecho y la piel salpicada de pequeñas marcas rojizas.
Ulises tragó saliva. El instinto era volver a empujarla contra el colchón y follarla hasta quedarse sin aliento, pero su cerebro, ese aguafiestas profesional, decidió que era el momento perfecto para hacer acto de presencia.
El ambiente era ligero, cálido, y flotaba un buen rollo innegable entre ellos.
Habían cruzado una línea, sí, pero el mundo no se había acabado.
Sin embargo, Ulises sentía la necesidad imperiosa de dejar las cosas claras.
Su maldito sentido de la responsabilidad (o su miedo crónico al compromiso, dependiendo de a qué psicólogo le preguntaras) le exigía hablar.
—Aria... —empezó, cambiando el tono. La sonrisa se suavizó, volviéndose un poco más seria—. Lo de anoche...
Aria dejó caer la cabeza hacia atrás contra la almohada y soltó un suspiro exagerado, poniendo los ojos en blanco con una comicidad que desarmó a Ulises por completo.
—Oh, no. Ya está aquí. El discurso —dijo, levantando una mano para detenerlo como si fuera un guardia de tráfico—. Por favor, dime que no vas a soltarme la perorata del lobo solitario.
—No es una perorata —protestó Ulises, frunciendo el ceño, aunque no pudo evitar que una chispa de diversión bailara en sus ojos verdes—. Es la verdad. Y quiero ser honesto contigo porque... bueno, porque te respeto demasiado.
Aria se apoyó sobre un codo, sosteniéndose la cabeza con la mano, y lo miró con una mezcla de ternura y burla.
—A ver, dispara. Te escucho —dijo.
Ulises suspiró, pasándose una mano por la cara.
—Hablo en serio, Aria. Eres increíble. Lo de anoche fue...
joder, fue espectacular. Pero tú y yo sabemos cómo soy.
Sigo pensando lo mismo que en la playa. No estoy hecho para tener relaciones sentimentales.
No funciono así. Soy un tipo roto, tengo demasiado equipaje emocional, y tú...
tú eres luz, eres brillante. Te mereces algo mucho mejor que alguien que no sabe ni cómo cuidarse a sí mismo, y mucho menos a otra persona.
Se quedó en silencio, esperando la reacción. Esperaba decepción, tal vez un reproche, o incluso que ella intentara convencerlo de lo contrario con el clásico «yo puedo arreglarte».
Pero Aria no era una mujer clásica. En ningún aspecto.
Sonrió.
—Ulises, no he estado planeando elegir el color de las cortinas de nuestra futura casa mientras dormías —comenzó —.
Sabía perfectamente lo que estaba haciendo anoche —dijo—.
Sabía que esto era un regalo de una noche.
Una noche increíble, tórrida y que probablemente me deje agujetas hasta pasado mañana, sí, pero solo una noche.
Soy lo suficientemente adulta como para separar el sexo del amor.
Me gustas, te tenía ganas, me tenías ganas. Punto y final.
Ulises la miró.
Una oleada de admiración lo invadió. Pensó en todas las veces que él mismo había complicado las cosas, con sus miedos, con sus barreras. Y allí estaba ella, simplificando el universo entero con una sonrisa.
«Hasta en esto es mejor que yo», pensó, sintiendo una punzada de algo que se parecía sospechosamente al orgullo... y quizá a una pequeñísima, minúscula e inconfesable decepción de que ella no quisiera atarlo.
—Eres... —Ulises negó con la cabeza, riendo por lo bajo—. Eres una maldita fuerza de la naturaleza, Aria.
Ella esbozó una sonrisa.
—Creo que será mejor que nos levantemos, antes de que Matilde o Katerina se den cuenta de lo que ha pasado —dijo.
—Sí, es una buena idea.
Ulises se inclinó, cerrando la distancia entre ellos, y le cogió el rostro entre las manos con una suavidad que contrastaba con la pasión de la noche anterior.
Le dio un beso en los labios. No fue un beso apresurado, ni un beso de despedida triste. Fue un beso cálido, profundo.
Al separarse, le acarició la mejilla con el pulgar una última vez antes de apartar las sábanas y levantarse de la cama. Recogió sus pantalones del suelo y se los puso, mientras Aria lo observaba con descaro.
El cuerpo de Ulises Diakos bien valía un monumento. O dos. Santo Dios.
—Nos vemos en el desayuno —dijo Ulises a modo de despedida.
—Nos vemos en el desayuno —repitió Aria, dedicándole una última mirada.
Ulises giró el pomo y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
En cuanto escuchó el suave clic , Aria lanzó un suspiro y se dejó caer de espaldas contra el colchón. Se giró lentamente, abrazando la almohada en la que Ulises acababa de estar recostado, y hundió el rostro en ella con una sonrisa perezosa.
Olía a él, a una mezcla embriagadora de esencias amaderadas, sábanas revueltas y ese magnetismo que parecía desprender por los poros. Su cuerpo entero vibraba con un letargo delicioso, cada músculo recordándole con punzadas placenteras la absoluta locura en la que se habían sumergido durante horas.
No quería pensar. Se negaba en rotundo a encender el interruptor de su cerebro. Quería quedarse ahí, suspendida en aquella burbuja de algodón y endorfinas, saboreando el eco de las manos de Ulises sobre su piel y el calor fantasma de sus besos.
Muy en el fondo, en ese rincón silencioso de su pecho que normalmente mantenía bajo llave, conocía perfectamente la verdad.
Por supuesto que deseaba mucho más que una sola noche de pasión desenfrenada, lo quería todo, con sus miedos, sus corazas y su absurda cabezonería.
Pero en ese preciso instante, Aria decidió que el futuro y sus consecuencias no estaban invitados a la fiesta.
Ya habría tiempo para lidiar con la realidad.
Hoy no. Hoy solo pensaba en permitirse el lujo de sonreír al techo como una tonta, estirarse entre las sábanas como una gata satisfecha y deleitarse, segundo a segundo, con el recuerdo de la mejor noche de su vida.
La habitación de Katerina olía a una mezcla de eucalipto y manzanilla.
El sol entraba a raudales por los ventanales abiertos, trayendo consigo la brisa salada del mar.
Aria estaba inclinada sobre la mesilla, sirviéndole el desayuno con una sonrisa que, por mucho que intentara disimular, amenazaba con delatarla.
Aún sentía un cosquilleo fantasma en la piel, un eco vibrante de la noche anterior que la hacía suspirar internamente cada vez que pensaba en lo que había ocurrido entre Ulises y ella.
Él estaba de pie junto a los pies de la enorme cama con dosel. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta básica de algodón negra que hacía resaltar sus ojos y que se ajustaba a sus hombros dejando ver su anchura. Parecía relajado, pero la mirada que le dirigía a su abuela era de advertencia.
—Ni se te ocurra destaparte, yiayá —le ordenó Ulises.
Katerina rodó los ojos con tal fuerza que Aria temió que se mareara.
—Deja de tratarme como si fuera una reliquia de cristal a punto de hacerse añicos —protestó Katerina, apartando las sábanas de un manotazo—. Es solo un resfriado. Además, hoy ya no tengo fiebre, así que me voy a levantar. Esta cama me está robando la juventud que me queda —bromeó.
Aria se echó a reír.
—Entonces, ¿ya te encuentras mejor? —preguntó.
—Oh, sí. Un refriado no iba a acabar conmigo —respondió Katerina, deslizando las piernas fuera de la cama y buscando sus zapatillas con los pies.
Katerina ya se había cansado de fingir. No podía salir al jardín y llevaba varios días sin cuidar de sus plantas.
No quería imaginarse cómo estarían algunas de ellas.
Las malas hierbas crecían como lo que eran, malas hierbas.
Además, Ulises y Aria ya habían pasado suficiente tiempo juntos como ella quería.
—Me encuentro perfectamente —continuó—. Necesito aire fresco, un buen desayuno y que dejéis de mirarme como si fuera a morirme en cualquier momento.
—El desayuno ya está listo —anunció Aria, pasándole el vaso de zumo de naranja.
Katerina lo tomó, se lo llevó a los labios y dio un trago. En ese momento sonó el teléfono de Ulises.
Lo sacó del bolsillo trasero de su pantalón con un suspiro de resignación. Al ver la pantalla, su expresión cambió. Era Tobías. ¿Qué querría a esas horas?
—Es Tobías —dijo, mirando a Aria y a su abuela a modo de disculpa antes de descolgar—. Dime, Tobías.
Aria se quedó observándolo, fascinada por la transformación que había sufrido. Era como ver a Clark Kent entrar en una cabina telefónica. La postura de Ulises se enderezó, su mandíbula se tensó ligeramente y su voz bajó, adoptando ese tono cortante y autoritario que usaba en las salas de juntas.
—¿Cómo que el servidor principal se ha caído? —preguntó Ulises, empezando a caminar de un lado a otro de la habitación, esquivando los muebles que había en ella—. No, no me digas que están trabajando en ello, dime en cuánto tiempo estará solucionado. ¿Y los inversores japoneses?
Katerina, ya de pie y ajustándose una bata de seda sobre los hombros, negó con la cabeza.
—Hombres de negocios —murmuró con un susurro teatral—. Siempre creyendo que el mundo dejará de girar si ellos no están detrás de su escritorio dando órdenes.
Aria sonrió, aunque no podía apartar la vista de Ulises.
Lo observó pasarse la mano por el pelo, despeinándolo justo en el mismo lugar donde ella había enredado sus dedos la noche anterior.
Era una dicotomía deliciosa. Sí, lo era.
El hombre que unas horas atrás le besaba el cuello hasta hacerle perder el sentido, ahora estaba discutiendo sobre protocolos de seguridad cibernética e inversiones millonarias.
«Y lo peor de todo —admitió Aria para sí misma—, es que esta versión mandona y estresada también me resulta increíblemente atractiva. Joder, no tengo remedio. ¿Qué voy a hacer?»
—Escúchame, Tobías, no firmes absolutamente nada hasta que yo lo lea —ordenó Ulises, deteniéndose frente al ventanal, mirando hacia el mar, pero sin verlo realmente—. Sí. De acuerdo. Prepara una junta de crisis. Llegaré lo antes posible.
Colgó la llamada y se quedó un segundo en silencio, apretándose el puente de la nariz. Cuando se giró hacia Aria y hacia su abuela, su expresión era una mezcla de frustración y disculpa.
—Problemas en la empresa, supongo —aventuró Katerina.
Ulises asintió, guardando el teléfono.
—Ha habido una brecha de seguridad en los servidores de la sede central y los inversores están a punto de entrar en pánico. Tobías está haciendo malabares, pero... —Suspiró, mirando primero a su abuela y luego deteniendo su mirada en Aria—. Tengo que volver a Atenas. Ahora mismo.
Katerina hizo un gesto de desdén con la mano, restándole importancia al asunto mientras levantaba su taza de café.
—Pues ve a salvar tu imperio. Yo ya estoy bien —dijo.
Ulises se acercó a su abuela para darle un beso en la mejilla.
—Yo también te quiero, yiayá . Prométeme que no te pondrás a podar los olivos hoy.
—No prometo nada. Largo de aquí —le espetó Katerina, aunque le dio unas palmaditas cariñosas en la mejilla.
Ulises se volvió hacia Aria.
—Cuida de ella —dijo.
—Tranquilo. Ve a patear traseros a Atenas y a salvar los servidores —respondió Aria con su habitual sentido del humor—. Yo me quedaré aquí, asegurándome de que Katerina no organice partidas de bingo clandestinas mientras no estás.
Ulises dejó escapar una pequeña risa.
—Vale.
Después de una última mirada, Ulises se dio media vuelta y salió de la habitación.