CAPÍTULO 51 #2
No fue un beso de película romántica, dulce y ensayado.
Fue una colisión. Fue pura combustión espontánea.
Ulises la besó con una mezcla de frustración, hambre y un deseo tan animal que le hizo gruñir contra sus labios.
Toda la tensión acumulada de los últimos días, cada mirada furtiva, cada roce accidental, explotó en ese instante.
Aria se quedó rígida durante un segundo, paralizada por la sorpresa del impacto.
Pero entonces, la lógica también la abandonó.
Con un suspiro que Ulises se bebió entero, ella abrió los labios, dándole acceso, y enredó sus manos desesperadamente en su pelo, atrayéndolo hacia sí para borrar cualquier milímetro de distancia que pudiera quedar entre sus cuerpos.
Ulises soltó un sonido ronco, casi gutural, al sentir la respuesta de ella.
Una de sus manos subió desde la cintura de Aria hasta su nuca, acariciando su piel, mientras la otra se aferraba a su cadera, apretándola contra él.
La besó más profundo, más fuerte, saboreando la ironía y la insolencia que tanto le desquiciaban, devorándola como si fuera el oxígeno que le había faltado durante días.
El mundo exterior desapareció. Las discusiones, la sensatez, las reglas, la caballerosidad...
todo se desintegró contra aquella pared.
Solo existía el calor entre los dos, el choque de las lenguas, el ritmo acelerado de las respiraciones mezclándose, y la certeza de que ninguno de los dos iba a ser capaz de parar.
Se besaron, y se besaron, perdiéndose el uno en el otro, mientras la tarde caía sobre Ítaca.
«Por fin —pensó Aria, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies—. Ya era hora de que el «señor Control Absoluto» perdiera los papeles.»
Y vaya si los estaba perdiendo.
Ulises, el hombre que planificaba hasta los minutos que tardaba en tomarse el café, la agarró por la cintura con una posesividad que la dejó sin aliento. Sin romper el beso, la alzó en vilo.
El instinto de Aria fue inmediato, enroscó las piernas alrededor de sus caderas, aferrándose a su cuello como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio.
—Si me dejas caer, te juro que le digo a la policía que fue un intento de asesinato —murmuró contra sus labios, con la respiración entrecortada, incapaz de contener esa chispa irónica incluso cuando sentía que el corazón le iba a estallar.
—Cállate, Aria. Por una vez en tu vida, cállate —gruñó Ulises, aunque la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa antes de volver a devorar su boca.
Avanzaron por el pasillo en una coreografía torpe y desesperada. Ulises caminaba a ciegas, guiándose por puro instinto hacia la primera puerta abierta que encontró: la habitación de Aria. Chocaron ligeramente contra el marco de madera.
—Ese ha sido mi hombro, bruto —rio ella. Fue una risa baja y ronca que a Ulises le sonó a gloria.
—Te lo compensaré con un centenar de besos —respondió él, dándole una patada a la puerta para cerrarla a sus espaldas con un golpe seco que resonó en la habitación.
La oscuridad del cuarto solo estaba rota por la luz de la luna que se filtraba por las cortinas, iluminando la enorme cama hacia la que Ulises se dirigió sin dudar. Se dejaron caer sobre el colchón en una maraña de extremidades, ropa arrugada y respiraciones agitadas.
Ulises quedó sobre ella, sosteniendo su peso en los brazos para no aplastarla, pero mirándola con unos ojos tan oscuros y encendidos que Aria sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal.
La atmósfera se volvió densa, cargada de una anticipación que erizaba la piel.
Ulises le mordisqueó el labio inferior, antes de ir bajando la boca para trazar con los labios la línea del cuello, el hombro, la clavícula, dejando una estela de besos lentos y embriagadores.
Aria soltó un suspiro tembloroso cuando él encontró ese punto exacto bajo su mandíbula. La sensación de la boca de Ulises sobre su piel era un cortocircuito directo a su cerebro. Adiós a la ironía. Adiós a las frases ingeniosas. Adiós a la cordura.
La ropa empezó a sobrar con una urgencia casi cómica.
Ulises se deshizo de su camisa con tirones impacientes, haciendo saltar algún botón que rodó por el suelo (un detalle del que se preocuparía mañana, o tal vez nunca).
Aria, por su parte, se deshizo de la blusa con una agilidad que demostraba que, en ese momento, ambos compartían exactamente el mismo nivel de desesperación.
Cuando la piel desnuda de ambos finalmente entró en contacto, fue como si alguien hubiera encendido una cerilla en una habitación llena de pólvora. El contraste de la piel cálida y suave de Aria contra el torso firme y ardiente de Ulises los hizo jadear a los dos.
Ulises trazó el contorno de la cintura de Aria, sus manos grandes y expertas memorizaban cada curva, cada estremecimiento que le provocaba.
Estaba completamente fascinado con ella. El olor a flores y cítricos que antes lo irritaba ahora era su oxígeno. La besó de nuevo, aquella vez de forma más profunda, más lenta, saboreando el momento en el que el deseo se convertía en algo abrumador.
Aria le devolvía cada caricia con la misma intensidad. Sus manos recorrían la espalda de él, clavando ligeramente las uñas en su piel, atrayéndolo más hacia sí, como si quisiera borrar cualquier resquicio de distancia entre los dos.
La pasión que había estado hirviendo a fuego lento durante días bajo capas de control e indiferencia fingida estalló, como una bomba nuclear.
—Eres… joder, Aria, no tengo palabras —murmuró Ulises, con la voz rasposa, casi irreconocible, mirándola desde arriba mientras se deshacían de lo poco que les quedaba de ropa.
—¿He conseguido dejar sin palabras a Ulises Diakos? —consiguió decir ella, regalándole una sonrisa ladeada.
—Sin ninguna —respondió él, antes de que Aria tirara de su cuerpo hacia abajo de nuevo.
Ulises le besó la curva suave del pecho, lamiendo después el pezón y haciendo que Aria se arqueara contra su boca.
—Ulises… te necesito dentro —susurró. No podía aguantarse las ganas.
—Aria, no voy a correr —siseó él—, quiero que los momentos que vas a vivir esta noche duren, para que puedas atesorar cada uno de ellos.
No voy a precipitar nada. No es así como deseo que pase entre nosotros, no contigo.
Voy a saborear cada paso, despacio. Eso es lo que planeo para esta noche. Saborearte de arriba abajo.
Aria jadeó. Sabía lo que significaban aquellas palabras. Ulises le regalaría esa noche, pero no habría ninguna más. Él se lo había dejado claro en la playa. No era un hombre de compromisos ni de relaciones sentimentales.
Sin embargo, el deseo del momento pudo más.
Quería dejarse llevar, sin pensar en las consecuencias.
Sin pensar en que, por la mañana, al despertar, él se habría ido.
Quería saber qué se sentía al estar con un hombre que, con una simple caricia, le volvía el mundo del revés, y convertía todo lo racional en un caos.
A partir de ahí, el sentido común la abandonó por completo.
La habitación se llenó de suspiros, de piel contra piel, de sábanas enredadas y de un calor sofocante.
Ulises demostró que su necesidad de control podía transformarse en una devoción absoluta por hacerla perder la cabeza.
Cada beso, cada roce, cada movimiento estaba cargado de una intensidad tórrida que dejaba a Aria sin aliento, arqueando la espalda y aferrándose a él como si fuera lo único real en el mundo.
Aria alzó las caderas y apretó su sexo contra la erección de Ulises. Él gimió. En respuesta, se apretó contra ella, frotándose arriba y abajo.
Metió la mano entre sus braguitas y se dio cuenta de que Aria ya estaba húmeda. Ella jadeó de placer. Ulises se inclinó y cubrió sus labios. Aria le devolvió el beso y le succionó la lengua mientras él seguía acariciando su sexo.
Durante un rato, Ulises trazó círculos alrededor del clítoris. Aria se estremeció una y otra vez hasta que un fuerte orgasmo la sacudió de arriba abajo. Sintió que las piernas eran de goma, y dio gracias a Dios por estar tumbada en la cama, porque si no, se hubiera caído.
Ulises le besó la suave piel de la tripa. Después, su lengua encontró el ombligo y los dientes mordisquearon la línea que ascendía hasta los pechos. Aria continuaba tan encendida que apenas podía soportarlo.
La erección de Ulises se agitó y Aria sintió que la tensión volvía a acumularse entre sus muslos. Lo quería dentro de ella, empapado de sus jugos.
Las braguitas y los calzoncillos terminaron de desaparecer entre gemidos.
Aria separó las piernas, Ulises se tumbó sobre ella, con un preservativo que había sacado de la cartera y que se había puesto, y la penetró. Hasta el fondo. Llenando por completo su interior.
—Joder… —jadeó Aria.
Ulises comenzó a moverse, primero despacio, para que Aria fuera acostumbrándose a su miembro. Después de un rato, aceleró las embestidas.
Y se perdieron el uno en el otro, en la fricción de la piel, en el ritmo frenético y en la deliciosa forma en que sus cuerpos parecían haber sido diseñados para encajar.
Cuando la ola de placer finalmente rompió sobre ellos, fue con una fuerza que los dejó a ambos jadeando, aferrados el uno al otro, con los corazones latiendo al unísono en el silencio de la habitación.
Minutos después, cuando las respiraciones empezaron a normalizarse, Ulises se dejó caer a un lado, atrayendo a Aria hacia su pecho. Ella apoyó la mejilla en su hombro, trazando círculos con los dedos sobre su piel húmeda por el sudor.