La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 51
77%

CAPÍTULO 51

La habitación de Katerina parecía el escenario de una tragedia griega de bajo presupuesto, y ella era la indiscutible actriz principal. Recostada contra el cabecero de la cama, Katerina dejó escapar una tos débil.

—Tiene treinta y ocho con ocho, es más fiebre que ayer —dijo Ulises.

Katerina, siguiendo con su plan, había vuelto a meter el termómetro en la infusión de manzanilla que le había llevado Matilde, pero se le había ido la mano y lo había dejado más tiempo del necesario.

—Seguro que con el paracetamol se baja —comentó Aria.

—¿Y si no es así? —dijo Ulises—. Creo que lo mejor es que llame al médico —añadió.

La alarma saltó en el cerebro de Katerina.

—¿Qué médico ni que nada? —soltó con su habitual humor negro—. Aria tiene razón, con el paracetamol que me he tomado, la fiebre va a ir bajando. Por supuesto, no se lo había tomado, lo había escondido debajo de las almohadas.

Aria le acomodó la colcha.

Ulises observaba la escena con la mandíbula tan apretada que le dolían los dientes.

—Si fuera por ti, yiayá , no llamaríamos al médico ni aunque te hubiera dado un infarto —dijo.

—Ya sabes que no me gustan los matasanos.

—No son matasanos, son quienes nos curan. Y tú, Aria, no deberías darle razón. Mi abuela necesita que la vea un médico.

—¿Para qué? ¿Para que me diga que me tome paracetamol y agua? —intervino Katerina.

—Es que tienes que beber mucha agua, tener reposo absoluto, y nada de visitas —dijo Ulises.

—¡¿Qué?! ¿Te has vuelto loco? —gruñó Katerina.

Aria se giró hacia él, con una ceja enarcada. Llevaba unos vaqueros cortos y una camiseta que dejaba uno de los hombros al descubierto de una forma que a Ulises le parecía muy sexy .

—Ulises, es un simple resfriado. Y dudo mucho que necesite dieta líquida. Hace diez minutos me ha pedido que le suba un trozo de baklava .

—¡Porque está delirando por la fiebre! —replicó él, dando un paso hacia la cama.

Pero la verdad era otra. La verdad, la que le carcomía por dentro y le tenía los nervios destrozados, no tenía absolutamente nada que ver con la temperatura corporal de su abuela, ni con su resfriado. Tenía que ver con Aria.

Estaba perdiendo la cabeza por ella. Cada vez que Aria sonreía, cada vez que le llevaba la contraria con esa chispa desafiante en los ojos, Ulises sentía que el control férreo que siempre había mantenido sobre su vida se desmoronaba.

Y ahora, verla allí, inclinada sobre la cama, con el cuello al descubierto y ese maldito perfume de flores y cítricos flotando en el ambiente cerrado de la habitación... era demasiado.

Su irritabilidad no era preocupación médica, era frustración sexual. Sí, eso es lo que era. Estaba furioso porque no podía dejar de mirarle la boca, porque la cercanía de ella en la habitación a media luz le estaba volviendo loco y odiaba no tener el control de la situación.

—No estoy delirando —dijo Katerina, tosiendo otra vez, tapándose la boca con un pañuelo de papel para ocultar lo que sospechosamente parecía una sonrisa—. Aria tiene razón. Eres muy buen nieto, pero me estás dando jaqueca.

—¿Lo ves? —dijo Aria.

Ulises cerró los ojos un instante, luchando por mantener a raya el impulso irracional de agarrarla por la cintura allí mismo y callarla a besos. Cuando los volvió a abrir, sus pupilas estaban dilatadas.

—Aria —dijo, con una voz tan grave y contenida que hizo que ella parpadeara, sorprendida—. ¿Puedes salir al pasillo un momento, por favor?

—¿Para qué? —preguntó Aria.

—Tenemos que hablar. A solas. Sin molestar a mi abuela —dijo Ulises.

Katerina soltó un suspiro dramático y cerró los ojos.

—Sí, por favor, id a discutir fuera. Y cerrad la puerta. Que haya paz en esta casa.

Aria dudó un instante, pero la intensidad en la mirada de Ulises no le dejó margen de maniobra. Asintió y caminó hacia la puerta. Ulises la siguió de cerca, tan de cerca que pudo sentir el calor que desprendía su cuerpo al pasar junto a él.

Salieron al pasillo y Ulises cerró la puerta de la habitación de Katerina a sus espaldas. El silencio de la casa cayó sobre ellos.

Sin decir una palabra, Ulises echó a andar a grandes zancadas por el largo pasillo en dirección a uno de los salones que la mansión tenía en el segundo piso. Necesitaba espacio para respirar. Aria le siguió el ritmo, y apenas cruzaron el umbral del salón, la frustración de Ulises estalló por fin.

—¿Qué crees que estás haciendo? —soltó.

—¿A qué te refieres?

—A llevarme la contraria delante de mi abuela.

—Ulises, joder, ¡tu abuela solo tiene un resfriado, no está agonizando por la peste negra.

Aria cruzó los brazos sobre el pecho, apoyando el peso en una pierna y mirándole con esa mezcla de exasperación y diversión que últimamente parecía ser su estado natural cuando estaban juntos.

Estaban en el inmenso salón, rodeados de ventanales que dejaban entrar la luz anaranjada del atardecer, pero Ulises caminaba de un lado a otro sobre la alfombra con la energía nerviosa de un tigre.

—A su edad, un simple resfriado puede derivar en neumonía en cuestión de horas —replicó, deteniéndose en seco para señalar a Aria con un dedo acusador—.

Y tiene ochenta y cuatro años. Deberías haberme apoyado para que viniera a verla el médico.

Para eso pagó un seguro médico, no para que el farmacéutico me diga por teléfono que la deje descansar y le dé té con miel.

—Katerina tiene ochenta y cuatro años, sí, y el sistema inmunológico de un adolescente.

Tiene la típica fiebre de un resfriado, no una enfermedad terminal —replicó Aria, dando un paso hacia él—.

La estás asfixiando, Ulises. Manteniéndola confinada en esa cama entre sábanas de seda y termómetros, vas a conseguir que enferme de verdad, pero de aburrimiento.

—La estoy cuidando —gruñó él, aflojándose el nudo de la corbata con un tirón seco.

—La estás convirtiendo en una persona dependiente, sin serlo —corrigió Aria, sin amedrentarse lo más mínimo por el tono de CEO-a-punto-de-despedir-a-alguien que Ulises estaba empleando—.

Es una mujer adulta, independiente y perfectamente capaz de sonarse la nariz sola.

Pero tú te empeñas en envolverla en plástico de burbujas.

¿Qué será lo próximo? ¿Contratar a alguien para que le mastique las pastillas de vitamina C?

¿Instalarle un respirador artificial al cabecero de la cama?

Ulises apretó la mandíbula. Lo que más le irritaba de Aria no era que le llevara la contraria, sino que, maldita sea, casi siempre tenía razón.

Pero no iba a admitirlo. No iba a admitir que quizá sí que estaba sobreprotegiendo a su abuela, y mucho menos iba a darle la razón a Aria cuando ella le miraba con esos ojos brillantes y desafiantes, con los labios ligeramente fruncidos en una sonrisa burlona que le estaba volviendo absoluta y completamente loco.

—Tú no lo entiendes —rebatió él, acortando la distancia entre los dos con un par de zancadas. Ahora estaban a menos de un metro. Demasiado cerca—. Es mi abuela. Es mi responsabilidad.

—No es una reliquia frágil, Ulises, es una persona.

—Aria alzó la barbilla, negándose a retroceder un solo milímetro—.

Y las personas necesitan aire. Necesitan sentir que controlan su vida.

Si le quitas su independencia por tu propia tranquilidad mental, no la estás protegiendo a ella, te estás protegiendo a ti.

Eres un neurótico del control que no se da cuenta de que su abuela todavía se vale por sí misma.

—Y tú eres una insubordinada temeraria.

—Y tú un pesado de tres pares de narices.

La discusión había adquirido un ritmo frenético, un peloteo verbal digno de la final de Wimbledon. Pero bajo las palabras, la atmósfera del salón se había enrarecido. Sin que ninguno de los dos se diera cuenta.

Vivir bajo el mismo techo estaba resultando ser una tortura china diseñada para destruir su cordura.

Ulises se había sorprendido a sí mismo memorizando el sonido exacto de los pasos de Aria, reconociendo su risa desde tres habitaciones de distancia y, lo que era infinitamente peor, imaginando a qué sabría la piel de su cuello justo debajo de su alborotada melena.

—Si la fiebre le sube mientras la dejamos a su aire... —empezó Ulises, con la voz un tono más ronca, dando otro paso hacia ella.

—No le va a subir nada, está medicada —le interrumpió Aria, dando ella también un paso al frente, de modo que las puntas de sus zapatos casi se rozaron—. Tienes que dejarla respirar, Ulises. Tienes que dejar de intentar controlarlo todo. No puedes gobernar el universo entero.

—Yo no intento gobernar el universo —susurró él. Su mirada bajó, traicionándolo, hacia la boca de Aria. Estaba tan cerca que podía oler su perfume. Ese aroma que le nublaba el raciocinio.

—Sí que lo intentas. —Aria tragó saliva, y por primera vez, su voz chispeante tembló.

Se dio cuenta de la proximidad, del calor que irradiaba el cuerpo de Ulises, pero en lugar de apartarse, alzó la vista, clavando sus ojos en los de él—.

Quieres que todo el mundo haga lo que tú dictas.

Pero conmigo no funciona. Y con tu abuela tampoco.

Esa fue la gota que colmó el vaso. La chispa final en el polvorín.

El cerebro hiperracional de Ulises se rindió. Ya no había abuela, ni termómetros, ni caldos de pollo, ni resfriados. Solo estaba Aria.

Aria y su boca insolente.

Aria y su defensa acérrima de la independencia.

Aria volviéndole loco en su propia casa.

No lo pensó. Con un movimiento rápido, fluido y cargado de una urgencia que llevaba días reprimiendo, Ulises dio el último paso, acorralándola.

Sus manos volaron a la cintura de Aria y, con un impulso que arrancó un pequeño jadeo de sorpresa de los labios de ella, la empujó con firmeza contra la pared más cercana.

El golpe sordo de la espalda de Aria contra el revestimiento de madera coincidió exactamente con el momento en que Ulises estrelló su boca contra la de ella.