CAPÍTULO 50
Aria se desperezó ligeramente en la silla, alzando los brazos por encima de la cabeza con un gesto felino que hizo que la tela blanca del vestido se tensara de una forma que Ulises, muy a su pesar, encontró fascinante.
Tras el estiramiento, apoyó las manos en la mesa y suspiró, mirando el campo de batalla en el que se había convertido la elegante cena.
Migas de hojaldre del baklava esparcidas por el mantel, copas con culos de vino, servilletas arrugadas y pequeñas gotas de cera solidificada alrededor de los candelabros.
—Bueno —dijo, poniéndose en pie, mientras agarraba su plato y el de Ulises—. Se acabó la magia. Toca volver al mundo real.
—¿Qué haces? —preguntó Ulises, desconcertado, viéndola apilar los cubiertos encima de los platos.
—Recoger. ¿Qué va a ser si no? —respondió Aria, equilibrando los platos en una mano mientras con la otra agarraba la fuente del cordero—.
Matilde es un sol, pero si mañana a las siete de la mañana, cuando llegue, se encuentra con este despliegue de decadencia romana en la terraza, le va a dar un síncope.
Y con razón. No voy a dejar que se pase la primera hora de la mañana rascando cera y metiendo nuestras sobras en túperes.
Ulises se quedó mudo durante un par de segundos, observándola.
En su mundo, en su ático de Atenas con vistas a la Acrópolis, los platos sucios simplemente desaparecían.
Uno se levantaba de la mesa, se iba a leer o a dormir, y a la mañana siguiente la cocina olía a café recién hecho y las encimeras brillaban como espejos gracias a su impecable personal de servicio.
Jamás se le habría ocurrido recoger la mesa.
No por maldad ni clasismo, sino por falta de costumbre.
Pero al ver a Aria preocupándose por el bienestar del ama de llaves después de una velada perfecta, Ulises sintió que algo cálido y profundo se expandía en su pecho.
No era una pose. No lo hacía para impresionarle.
Era, sencillamente, una de las personas más consideradas que había conocido en su vida.
Ulises se puso en pie y se acercó a ella.
—Dame la mitad —dijo.
Aria se quedó mirándolo, observando su camisa de lino impecable y su porte aristocrático.
—¿En serio? —preguntó.
—Claro, no voy a quedarme aquí mirando cómo haces el trabajo sucio.
—Vale, aquí tienes —dijo Aria, alargando hacia él las copas—. Pero si rompes una, se lo diré a tu abuela.
—Estoy seguro de que me mataría —bromeó Ulises.
Juntos, echaron a andar hacia el interior de la casa.
La cocina estaba a oscuras, iluminada solo por el resplandor lechoso de la luna que entraba por los ventanales y los leds azules de los electrodomésticos de última generación.
Aria encendió las luces bajo los armarios, creando un ambiente cálido y acogedor.
Mientras ella guardaba las sobras del cordero y la ensalada en túperes, organizándolos en la inmensa nevera de doble puerta, Ulises se enfrentaba al lavavajillas.
—A ver, señor CEO —lo picó Aria, apoyando la cadera contra la encimera de mármol mientras lo observaba—. Esa no es la mejor forma de colocar los platos. Estás desperdiciando espacio en la bandeja inferior.
—Disculpa, pero estoy aplicando principios de logística física —se defendió Ulises, moviendo un plato hondo—. Si coloco los platos grandes en este ángulo, maximizo el flujo de agua del aspersor central. Es pura física.
—Es un plato sucio, no un carguero tratando de cruzar el Canal de Suez —rio Aria, acercándose para arrebatarle un cuenco y colocarlo correctamente—. Va aquí. Así caben también las copas.
Cuando Aria le pasó la bandeja de cordero después de enjuagarla bajo el grifo, sus manos se rozaron un instante. Una chispa invisible pareció saltar entre ellos. Para disipar el momento, Ulises retomó rápidamente la conversación donde la habían dejado en la terraza.
—Por cierto, antes de que nos interrumpiéramos con esta apasionante tarea de limpieza... —dijo con sarcasmo—. Has dicho que el cine griego de los sesenta está sobrevalorado. Lo cual es, francamente, una herejía.
—No dije sobrevalorado, dije pretencioso —corrigió Aria, pasándole un paño para que se secara las manos—.
Hay una diferencia. Mucho humo de cigarrillo, miradas intensas al vacío y diálogos existenciales, pero a veces, la gente solo quiere ver una buena persecución de coches o a alguien resolviendo un misterio sin tanto trauma de por medio.
—Eres una ignorante de la cultura, Aria —bromeó Ulises.
—Y tú un esnob de lo que no hay, Ulises.
Se sonrieron. Una sonrisa cómplice mientras apagaban las luces de la cocina. El trabajo estaba hecho. La mesa de la terraza volvía a estar inmaculada y Matilde tendría una mañana tranquila.
Emprendieron el camino de vuelta por el pasillo principal hacia las habitaciones. La casa estaba sumida en un silencio absoluto, solo roto por sus pasos y, al pasar cerca de la habitación de Katerina, por sus ronquidos.
El pasillo estaba en penumbra, iluminado por unos discretos apliques en la pared.
A medida que avanzaban, la ligereza y las bromas de la cocina empezaron a evaporarse, sustituidas por una tensión nueva y magnética.
Caminaban muy cerca el uno del otro. Ulises podía sentir el calor que desprendía el cuerpo de Aria, podía oler de nuevo ese rastro a coco y sal que lo estaba volviendo loco desde la tarde.
Llegaron a la puerta de la habitación de Aria, que era la primera del pasillo.
Ella se giró para quedar frente a él. La luz tenue del aplique más cercano le iluminaba la mitad del rostro, haciendo que sus ojos parecieran inmensos y oscuros. Se apoyó ligeramente contra la madera de la puerta, mirándolo hacia arriba.
—Bueno... —murmuró. Su voz sonó un poco más ronca de lo normal en ella, despojada de la ironía chispeante de hacía unos minutos—. Mañana Matilde nos lo agradecerá. Gracias por la ayuda.
Ulises clavó la mirada en Aria. Su cerebro, que era como un ordenador perfecto, se apagó por completo. Solo podía registrar sensaciones. La curva de su cuello, la forma en que el vestido caía por su cuerpo, la respiración ligeramente acelerada, y, sobre todo, los labios.
De repente, una urgencia casi dolorosa se apoderó de él.
Quería acortar los escasos centímetros que los separaban.
Quería apoyar las manos en la puerta de madera, a ambos lados de su cabeza, inclinarse y besarla hasta que ninguno de los dos recordara cómo se llamaba.
Quería comprobar si sus labios sabían cómo la cena, a miel y a vino blanco.
Aria pareció notar el cambio en la atmósfera. Sus labios se entreabrieron ligeramente y sus ojos bajaron un instante hacia la boca de Ulises antes de volver a mirarlo a los ojos. Estaba esperando.
«Peligro —gritó la última neurona racional que le quedaba a Ulises—. Si cruzas esa línea, no hay vuelta atrás. La vas a liar.»
El instinto de supervivencia y su férreo autocontrol ganaron la batalla, pero por un margen tan estrecho que casi daba vértigo.
Ulises tragó saliva, tensó la mandíbula y dio un imperceptible paso atrás, rompiendo el campo magnético que había entre ambos.
—Buenas noches, Aria —dijo. Sonó brusco, rápido, casi como si estuviera dando una orden a uno de sus empleados de Atenas, aunque su voz tembló un poco en la última sílaba—. Que descanses.
Antes de que ella pudiera responder o procesar la abrupta despedida, Ulises se giró sobre sus talones y caminó a paso rápido por el pasillo hacia su habitación, como si le persiguiera el mismísimo demonio.
Aria se quedó parpadeando ante la puerta cerrada, con el corazón latiéndole desbocado y una mezcla de alivio y profunda frustración en el pecho.
Mierda.
Unos metros más allá, Ulises entró en su habitación y cerró la puerta tras de sí. Se apoyó de espaldas contra la madera, cerró los ojos y dejó escapar el aire de los pulmones. Se pasó ambas manos por el pelo, desordenándolo por completo, y soltó una maldición en voz baja.