CAPÍTULO 49
Cuando Aria cruzó el umbral de las puertas francesas y salió a la terraza, el mundo pareció detenerse.
Llevaba un vestido blanco con flores rojas, de tirantes finos y falda fluida, que contrastaba con el tono dorado que su piel había adquirido aquella misma tarde.
El pelo, suelto y ligeramente ondulado, le caía sobre los hombros, y olía a una mezcla de coco, salitre y crema hidratante.
Ulises, que estaba de pie junto a la balaustrada de piedra, intentando convencerse a sí mismo de que el sonido del mar calmaría su desasosiego, se giró al escuchar sus pasos.
Su cerebro, que normalmente procesaba datos financieros en segundos, sufrió un extraño colapso.
La imagen de Aria con el bikini verde esmeralda se superpuso a la de Aria con ese vestido floreado, creando un cóctel visual que amenazaba con derribar sus defensas.
Y empalmarle ahí mismo, todo hay que decirlo.
—Buenas noches —dijo ella, deteniéndose al ver la mesa. Dos velas, mantel blanco, copas de cristal. Parpadeó, sorprendida, y un leve rubor tiñó involuntariamente sus mejillas—. Vaya. Esto es...
Ulises carraspeó, aclarándose la garganta, que de repente parecía haberse llenado de arena del desierto.
—Antes de que pienses cosas raras, o llames a recursos humanos para denunciarme por acoso en el entorno laboral, quiero que sepas que esto es obra exclusiva de Matilde —se apresuró a explicar, señalando la mesa con un gesto casi defensivo—.
Al parecer, consideró que la temperatura era demasiado idílica como para cenar encerrados en el comedor.
He intentado disuadirla, pero ya conoces a Matilde.
Y su turno ya había terminado, así que... aquí estamos.
Aria soltó una risilla nerviosa, aliviada por la explicación, aunque una minúscula (y traicionera) parte de ella se sintió un poco decepcionada. Pero ¿cómo iba a preparar Ulises Diakos algo así para ella?
—Tranquilo. Conozco a Matilde. Y, la verdad es que tiene razón. Hace una noche preciosa. Sería un crimen cenar bajo el aire acondicionado.
Se acercaron a la mesa. Ulises, en un gesto de caballerosidad que dejó algo perpleja a Aria, le apartó la silla para que se sentara.
Durante un segundo, mientras él se inclinaba ligeramente, Aria sintió el calor de su cuerpo y percibió su colonia.
Madera, bergamota y algo puramente masculino que le hizo un nudo en el estómago.
Recordó la playa, la cercanía, la tensión, los besos...
y de repente, el vestido le pareció demasiado pesado.
Los primeros diez minutos de la cena fueron incómodos.
Se sirvieron la ensalada de higos y queso feta con movimientos mecánicos.
El tintineo de los tenedores contra la porcelana sonaba atronador en medio del silencio.
Ninguno de los dos sabía muy bien dónde mirar.
Si Ulises la miraba a los ojos, recordaba lo mucho que deseaba besarla (y otras cosas que no se pueden nombrar).
Si Aria lo miraba a él, se daba cuenta de lo jodidamente atractivo que estaba con esa camisa blanca medio desabrochada.
—¿Cómo ves a mi abuela? —preguntó Ulises finalmente, agarrándose al salvavidas más cercano y seguro que tenían en común.
—Sobreviviendo a su agonía —respondió Aria con una sonrisa irónica, pinchando un trozo de higo—.
Acabo de ir a verla, la he dejado viendo Anatomía de Grey , y quejándose de que el té estaba demasiado caliente.
Creo que el resfriado le ha dado un apetito voraz, porque se ha comido tres galletas de mantequilla mientras yo estaba allí.
Ulises negó con la cabeza.
—Nos va a enterrar a todos. Te juro que a veces pienso que es inmortal.
—Lo parece —dijo Aria.
El hielo inicial empezó a resquebrajarse. La conversación fluyó un poco más fácil mientras daban buena cuenta del cordero asado. Pero seguían moviéndose en aguas seguras, superficiales. Hasta que, de forma totalmente fortuita, el destino (o la magia de la terraza de Katerina) intervino.
Aria estaba comentando una anécdota sobre un antiguo profesor de la universidad que solía dar las clases subido a una silla para «cambiar la perspectiva».
—Era un excéntrico de libro —dijo, riendo—. Me recordaba muchísimo al protagonista de un libro rarísimo que leí hace años. Un tipo que decide subirse a los árboles y no volver a pisar el suelo en toda su vida.
Ulises detuvo su tenedor a medio camino de la boca. Sus ojos se clavaron en Aria, llenos de una chispa de sorpresa.
—¿ El barón rampante ? —preguntó, casi en un susurro—. ¿De Italo Calvino?
Aria abrió los ojos de par en par.
—¡Sí! Exacto. Cosimo Piovasco di Rondò. No me puedo creer que lo conozcas. Nadie en mi círculo ha oído hablar de ese libro en su vida. Cuando lo menciono, me miran como si me hubiera inventado el título.
Ulises dejó los cubiertos sobre el plato, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos. La máscara de CEO gruñón y distante se evaporó por completo, y en su lugar apareció un hombre fascinado.
—Es uno de mis libros favoritos. Lo leí cuando tenía quince años. Me lo regaló mi abuela. Me pasé todo un verano deseando tener un bosque lo suficientemente denso como para no tener que volver al instituto.
—¡Yo también! —exclamó Aria, inclinándose hacia adelante, olvidando por completo los nervios—.
Bueno, no lo del instituto, pero sí la idea de vivir en las copas de los árboles, saltando de rama en rama, creando tu propia sociedad allá arriba...
Es una genialidad. La forma en que Calvino mezcla la fantasía con la filosofía ilustrada...
—Y la ironía —apuntó Ulises, con media sonrisa torcida que hizo que el corazón de Aria diera un brinco dentro del pecho—. La forma en que critica los convencionalismos sociales desde arriba. Literalmente.
A partir de ese momento, la cena formal y tensa desapareció.
Fue como si alguien hubiera abierto una compuerta.
De Italo Calvino saltaron a Borges, y de ahí a la ciencia ficción clásica.
Descubrieron, con una mezcla de asombro y deleite, que ambos compartían una afición inconfesable por las novelas de misterio de Agatha Christie.
—No me lo trago —dijo Aria, señalándolo con la cucharilla del postre mientras daban cuenta del baklava —. Tú, Ulises Diakos, ¿leyendo a Miss Marple en tus ratos libres? Exijo pruebas.
—Te juro que es verdad —dijo él—. Hay algo profundamente relajante en saber que, al final del libro, todas las piezas van a encajar en el salón de la casa de campo y el asesino será el mayordomo, o el vicario. Es orden dentro del caos. A mi cerebro cuadriculado le encanta.
De los libros pasaron a la música. Resultó que el hombre de trajes hechos a medida tenía una debilidad por el rock de los años 70, mientras que Aria, siempre tan moderna y colorida, era una apasionada del jazz clásico y de Nina Simone.
Discutieron acaloradamente (y entre risas) sobre si los Beatles estaban sobrevalorados, y terminaron encontrando un punto de acuerdo absoluto en su amor por las bandas sonoras de Ennio Morricone.
El tiempo perdió su significado. Las velas se consumieron hasta convertirse en pequeños charcos de cera líquida sobre la mesa, y la luna trazó su arco en el cielo.
A simple vista, no podían ser más distintos.
Él era la tormenta contenida, el pragmatismo, la seriedad vestida a medida.
Ella era el sol, la espontaneidad, la risa fácil y los colores brillantes.
Sin embargo, allí, bajo las estrellas de Ítaca, las piezas encajaban con una naturalidad pasmosa.
Las barreras y las tensiones no resueltas se habían disuelto entre copas de vino blanco y debates sobre si el final de Los Soprano era una obra maestra o una estafa.
Ulises la miraba hablar, gesticulando con las manos, con los ojos brillando de entusiasmo mientras defendía su teoría sobre una serie de televisión, y se dio cuenta de que no quería estar en ningún otro lugar del mundo.
El nudo de tensión que solía habitar en su pecho había desaparecido. Se sentía ligero. Y raro.
—Y por eso —concluyó Aria, tomando un sorbo de agua—, sostengo que los guionistas no sabían cómo terminarla y optaron por hacer lo que hicieron por pura cobardía.
—Es una teoría fascinante, aunque completamente equivocada —replicó Ulises, mirándola con una suavidad que hizo que a Aria se le cortara un poco la respiración.
Ella sonrió, apoyando la mejilla en la mano.
—Eres un gruñón incorregible, Ulises.
—Y tú eres agotadoramente optimista, Aria.
Se miraron en silencio durante unos segundos. No era un silencio incómodo como el del principio de la cena, sino uno cálido, cargado de energía y de mil cosas que no decían en voz alta. El sonido del mar llenaba el espacio entre ellos.
Aria miró de reojo el reloj y ahogó una exclamación.
—¡Madre mía, son casi las dos de la madrugada! —dijo—. La cena se ha pasado volando.
Ulises parpadeó un par de veces, sorprendido al darse cuenta de la hora. Hacía años que no pasaba cuatro horas seguidas hablando con alguien sin mirar el móvil ni pensar en el trabajo.
—Supongo que el tiempo vuela cuando uno discute sobre literatura italiana y asesinos de ficción —murmuró, sin apartar la vista de Aria.
—Supongo que sí —respondió ella en un susurro, sintiendo que el corazón le latía un poco más rápido de lo normal.
La noche invitaba a quedarse, a alargar ese momento mágico, pero ambos sabían que estaban jugando con fuego. Y no se lo podían permitir.