La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

La noche había caído sobre Ítaca como un manto azul oscuro, salpicado por una cantidad casi obscena de estrellas.

El viento, que durante el día había sido un aliento pesado y ardiente, se había transformado en una brisa suave que arrastraba con él el olor a salitre, a ciprés y a la dama de noche que florecía en los jardines de la mansión.

En la terraza este, la más íntima y resguardada por una cascada de buganvillas, Matilde se movía como un director de orquesta.

Alisó el mantel blanco asegurándose de que cayera con la simetría perfecta, colocó los bajoplatos y alineó las copas de cristal de Bohemia para que reflejaran la luz de la luna.

Y, como toque final, encendió dos velas en el centro de la mesa.

Solo dos. Lo justo para iluminar los rostros sin que pareciera un altar, pero lo suficiente para crear una atmósfera que gritaba «romance» a los cuatro vientos.

Matilde dio un paso atrás, se limpió las manos en el delantal y asintió, satisfecha.

Katerina había sido muy específica con las instrucciones, y Matilde, que llevaba trabajando para ella el tiempo suficiente como para saber que llevarle la contraria era un deporte de riesgo, había ejecutado el plan a la perfección.

Unos pasos firmes resonaron en las baldosas del pasillo interior.

Ulises apareció en el umbral de las puertas francesas.

Tras el incidente visual de la piscina, se había dado una ducha de agua fría (muy, muy fría) y se había cambiado.

Llevaba unos pantalones chinos de color arena y una camisa de lino blanca con los dos primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos.

Parecía relajado, pero la tensión en su mandíbula indicaba que su cerebro seguía operando a mil revoluciones por minuto.

Se detuvo en seco al ver la mesa. Sus ojos escanearon la escena. El lino, las copas, las velas titilantes, el sonido lejano de las olas rompiendo contra las rocas... y solo dos sillas.

—Matilde —dijo, con esa voz profunda que solía usar cuando encontraba una discrepancia en un informe financiero—. ¿Qué es exactamente este despliegue?

Matilde se giró, componiendo una expresión de inocencia en el rostro.

—La cena, Ulises. Ensalada de higos con queso feta, cordero asado al romero y, de postre, baklava . Todo ligero, pero contundente.

—No me refiero al menú, Matilde. Me refiero a la ubicación —dijo—. ¿Por qué has preparado la mesa en la terraza? El comedor tiene una mesa de caoba para doce personas y aire acondicionado.

Matilde parpadeó, ajustándose un mechón de pelo gris detrás de la oreja como si la pregunta le pareciera desconcertante.

—Ah, bueno... la noche invitaba a cenar fuera.

Su abuela y Katerina cenan muchas veces aquí —argumentó—.

Hace una temperatura deliciosa, la brisa es perfecta y, francamente, me pareció un desperdicio encerraros en ese comedor tan grande y tan...

formal. Aquí estaréis más a gusto. Bajo las estrellas —añadió.

Ulises entrecerró los ojos.

Bajo las estrellas.

Sonaba exactamente a algo que diría su abuela.

Su sentido arácnido de CEO, entrenado para detectar emboscadas empresariales, le estaba enviando señales de alerta rojas y parpadeantes.

Cenar a solas con Aria. A la luz de las velas.

Con el recuerdo de su cuerpo húmedo en bikini todavía grabado a fuego en sus retinas. Era una trampa mortal.

—Ya veo —murmuró, frotándose la barbilla—. Pues te agradezco el detalle, Matilde, pero creo que prefiero el comedor.

Matilde no perdió la sonrisa, pero dejó escapar un levísimo suspiro, mirando su reloj de pulsera.

—Por supuesto. Si es lo que deseas, ahora mismo lo recojo todo.

Me llevará unos veinte minutos desmontar esto, montar la mesa del comedor, trasladar la cubertería, volver a enfriar las copas...

No pasa nada. Mi turno ha terminado hace media hora y mi marido me está esperando para cenar, pero no me importa quedarme un rato más. Es mi trabajo, al fin y al cabo.

Ulises sintió una punzada de culpa inmediata.

Matilde era prácticamente de la familia, la mujer que le había preparado galletas koulourakia cuando se llenaba de raspones de niño, y quien aguantaba que le soltara un montón de ranas en la cocina.

Hacerla trabajar horas extras solo porque él tenía miedo de no poder controlar sus propias hormonas frente a Aria, además de patético, era profundamente desconsiderado.

Suspiró, pasándose una mano por la cabeza.

—No, no. Déjalo, Matilde. Tienes razón, es tarde y ya deberías estar en casa —dijo—. Cenaremos aquí. Vete a descansar.

—¿Estás seguro? No me cuesta nada... —insistió ella, añadiendo un toque de abnegación a sus palabras.

—Sí. Vete. Y gracias por la cena.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Matilde se dio media vuelta y se marchó por el pasillo con paso rápido. Sin embargo, en lugar de dirigirse hacia la puerta principal, se desvió hacia la habitación de Katerina.

Llamó suavemente con los nudillos a la puerta de madera maciza y entró sin esperar respuesta.

La estancia estaba sumida en una penumbra teatral, iluminada solo por la luz acaramelada que emitía la pequeña lámpara de la mesilla de noche. Recostada contra la habitual montaña de almohadas, Katerina se encontraba resolviendo un crucigrama.

Al ver entrar a Matilde, Katerina dejó el libro sobre el colchón y se llevó la mano al pecho, adoptando instantáneamente su pose de viuda lánguida y febril.

—¿Y bien? —susurró, con los ojos brillando de anticipación—. Dime que el pez ha mordido el anzuelo.

Matilde se acercó a los pies de la cama, con una sonrisa cómplice iluminándole el rostro.

—La mesa está servida en la terraza de las buganvillas. Con las velas, las copas buenas y bajo las estrellas, tal y como dijiste.

—¿Y Ulises? ¿Ha puesto pegas? Conociéndolo, habrá intentado llevarse la cena a su despacho para comer mientras revisa los índices de la bolsa.

—Lo ha intentado —admitió Matilde, con un brillo de orgullo en la mirada—.

Quería que lo trasladara todo al comedor principal.

Pero le he recordado sutilmente que mi turno había terminado y que mi pobre marido me espera en casa para cenar.

No ha tenido corazón para hacerme trabajar más. Ha accedido. Van a cenar a solas.

Katerina dejó escapar una risa baja y gutural. Estaba hecha toda una celestina.

Se relamió los labios, exactamente igual que un gato al descubrir que alguien se ha dejado la puerta de la despensa abierta y el bote de la miel a su alcance.

—Maravilloso, Matilde. Eres un tesoro nacional —ronroneó Katerina, acomodándose mejor contra los cojines y quitándose las gafas—.

Ese chico se cree que lo controla todo porque es el dueño de un imperio y da órdenes en tres idiomas, pero no tiene ni idea de lo que se le viene encima.

Aria es exactamente lo que necesita para descongelar ese corazón de témpano que tiene.

—Es que hacen muy buena pareja —dijo Matilde con voz cursi.

—¡Por supuesto que la hacen! Yo tengo un ojo clínico para estas cosas.

—Katerina suspiró, mirando hacia el techo con una expresión soñadora pintada en el rostro—.

Ah... una cena bajo las estrellas, la brisa del mar, el vino frío, la tensión acumulada de estos días...

Si esta noche no saltan chispas, juro por los dioses del Olimpo que los encierro a los dos en la bodega hasta que se entiendan.

Matilde soltó una carcajada ahogada.

—Bueno, yo me voy. Que descanses. Y no te olvides de toser si alguno de los dos se acerca por el pasillo.

—Tranquila, tengo mi repertorio de toses ensayado. Buenas noches, Matilde.

—Buenas noches.

Cuando Matilde cerró la puerta, Katerina se quedó a solas en el silencio de la habitación. Cogió una almendra del pequeño cuenco que tenía escondido bajo las almohadas y se la metió en la boca. Sonrió. El plan continuaba tal y como lo había orquestado en su brillante y maquiavélica mente.

Tener que fingir un resfriado en pleno verano, quedarse en la cama y perderse los paseos por el jardín estaba siendo un fastidio. Lo reconocía. Pero al imaginar a su estirado y guapísimo nieto sudando la gota gorda frente a Aria en una cena romántica de la que no podía escapar...

Oh, sí. El sacrificio estaba mereciendo la pena. Y mucho.