CAPÍTULO 47 #2
La verdad era que le apetecía mucho darse un chapuzón. El día y el bochorno invitaban a ello.
Llevaba un bikini de color verde esmeralda, sencillo, pero favorecedor.
No era nada escandaloso, pero se ajustaba a sus curvas con una precisión matemática, resaltando el tono dorado que su piel había ido adquiriendo durante el verano.
Dejó la toalla sobre una de las tumbonas de madera, se recogió el pelo castaño en un moño alto y desordenado, y caminó hacia el borde.
El primer contacto con el agua fría le arrancó un suspiro de alivio (y hasta de placer). Se sumergió de un salto, rompiendo la superficie perfecta de la piscina, y nadó por debajo del agua hasta el otro extremo. Cuando emergió, apartándose un mechón rebelde de la cara, sintió que había renacido.
El calor era sofocante.
Dos pisos más arriba, en la penumbra fresca de su habitación convertida, en aquella ocasión, en despacho improvisado, Ulises intentaba concentrarse. Tenía un contrato de fusión de cien páginas abierto en la Tablet, un café negro con hielo a medio terminar y un humor de perros.
El calor lo ponía de mal humor.
Estar lejos de la oficina lo ponía de mal humor.
Y, sobre todo, saber que Aria estaba bajo el mismo techo, a escasos metros de distancia, lo ponía de un humor insoportable.
Se frotó los ojos, cansado de leer la misma cláusula sobre pasivos fiscales por cuarta vez, y se levantó de la silla para estirar las piernas. Caminó hacia el gran ventanal que dominaba la pared, con la intención de contemplar un rato el mar para relajar la vista.
Pero no miró el mar.
Sus ojos se clavaron en la piscina. Más concretamente, en la figura esbelta que acababa de salir del agua y se estaba apoyando en el borde de piedra, de espaldas a la casa.
Ulises dejó de respirar. Literalmente. Sus pulmones decidieron que el oxígeno era un lujo innecesario en aquel momento.
Aria se impulsó hacia arriba y se sentó en el bordillo, sacando las piernas del agua.
El bikini verde esmeralda contrastaba de una forma casi ofensiva con su piel húmeda y brillante bajo el sol de la tarde.
Ulises observó, paralizado, cómo echaba la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos para recibir los rayos del sol.
—¡Qué Dios Santo me perdone! —masculló, tragando saliva con tanto esfuerzo que le dolió la garganta.
Él no era un hombre particularmente religioso, pero en ese preciso instante estaba dispuesto a rezarle a cualquier Dios o Santo que quisiera escucharle.
Desde su posición, no podía apartar la vista.
Era como si un imán invisible le mantuviera pegado al cristal.
Observó cómo las gotas de agua se deslizaban por su cuerpo.
Una gota en particular captó su atención: bajó por la curva de su cuello, trazó la línea de su clavícula, descendió lentamente por el escote del bikini y continuó su camino por su vientre plano hasta perderse en la tela de la braguita.
Ulises apretó los puños, sintiendo cómo una oleada de calor que no tenía nada que ver con el clima de Ítaca le subía por el cuello hasta las orejas. La tensión en su mandíbula era tal que temió romperse un diente.
—Estás fatal —se regañó a sí mismo, obligándose a cerrar los ojos durante un segundo—. Eres el CEO de una multinacional, tienes treinta y dos años, controlas flotas enteras de barcos. ¿Y estás aquí, espiando por la ventana como si fueras un adolescente hormonado?
Abrió los ojos.
Ella seguía allí.
Ahora se estaba aplicando protector solar en los hombros con movimientos lentos y circulares.
Ulises soltó un gruñido, apoyando la frente contra el cristal frío de la ventana. La imagen de la playa lo asaltó con fuerza. El sabor de su boca, la suavidad de su piel bajo sus manos, el pequeño gemido que ella había soltado cuando él le había mordido el labio inferior...
¡Joder!
La necesidad de bajar las escaleras, cruzar el patio, meterse en el agua con ella y follarla allí mismo, contra el borde de la piscina, fue tan abrumadora que tuvo que dar un paso atrás, alejándose de la ventana como si el cristal le hubiera dado una descarga eléctrica.
Se pasó una mano por el pelo, desordenando su peinado perfecto. Su respiración era agitada, irregular, y su corazón latía con la fuerza de una docena de tambores de guerra.
¿Pero qué mierda le estaba pasando?
Él era el tiburón de las finanzas. El Ogro de la Colina. Las mujeres entraban y salían de su vida sin dejar más huella que un leve aroma a perfume caro en las sábanas. Nunca perdía el control. Nunca se dejaba llevar por impulsos irracionales.
Y, sin embargo, ahí estaba, a punto de hiperventilar en su propia habitación, porque la cuidadora de su abuela llevaba puesto un trozo de tela verde y se había dado un chapuzón.
—Maldita sea, Aria... —murmuró al aire, aflojándose el cuello de la camisa. De repente, parecía que el aire acondicionado se había estropeado.
Volvió a mirar hacia la ventana, solo un instante, justo a tiempo para ver cómo ella se tumbaba bocabajo en la hamaca, desabrochándose el cierre de la espalda del bikini para que no le dejara marcas de sol.
Ulises cerró los ojos con fuerza, dio media vuelta y se alejó de la ventana.
Necesitaba un vaso de agua helada. O un whisky doble.
O, preferiblemente, un cubo de hielo por la cabeza (y por la entrepierna).
Porque si seguía mirando por esa ventana, el contrato de fusión iba a ser lo último que se firmara en aquella casa.
Tomó la jarra de agua que Matilde siempre dejaba preparada sobre la mesilla de noche, llenó el vaso y dio un trago largo.