La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

—Ulises, ¿vas a ir a Ítaca? ¿De verdad? —Tobías, apoyado en el marco de la puerta del despacho, lo miraba con una ceja arqueada—. No puedes ser tan hipocondriaco, tu abuela solo ha estornudado.

Ulises, que ya se estaba abrochando el botón de la chaqueta del traje azul marino, ni siquiera se dignó a mirarlo. Estaba demasiado ocupado guardando su Tablet y su teléfono en el maletín de cuero.

—No ha estornudado, Tobías. Tiene treinta y ocho con dos de fiebre. A su edad, eso es prácticamente la antesala a la neumonía —replicó Ulises, en tono grave.

—Ya, ya… Neumonía. Y el hecho de que Aria sea la que está allí cuidándola, no tiene absolutamente nada que ver con tu repentina necesidad de batir el récord de velocidad en helicóptero sobre el mar Jónico, ¿verdad?

Ulises se detuvo una milésima de segundo. Solo una milésima. Pero fue suficiente para que Tobías soltara una pequeña risa.

—Cancela la reunión con los inversores suizos. Diles que me ha surgido una emergencia familiar ineludible —ordenó Ulises, ignorando olímpicamente la pulla de su amigo mientras pasaba por su lado como una exhalación—. Y si alguien pregunta, estoy ilocalizable.

—Dale recuerdos a la «emergencia familiar» de mi parte. Y a tu abuela también, Katerina sabe que la adoro —le gritó Tobías por el pasillo.

Una hora después, el repiqueteo de las aspas del helicóptero cortaba el viento cálido de Ítaca.

Ulises saltó a tierra en cuanto los rotores se detuvieron, y caminó con zancadas largas hacia la villa.

Llevaba el traje impecable, la corbata perfectamente anudada al cuello y una expresión de preocupación que no lograba ocultar del todo bajo su habitual expresión de control y autoridad.

Entró en la casa como un rayo. No se paró en el vestíbulo, ni en el salón. Subió las escaleras de dos en dos, guiado por el instinto y por la urgencia, hasta llegar a la puerta entreabierta de la habitación de Katerina.

Se detuvo en el umbral. Y entonces, el mundo pareció frenar en seco.

Allí estaba ella. Aria.

Se encontraba sentada en el sillón de terciopelo verde junto a la cama, leyendo un libro en voz baja.

Llevaba unos vaqueros sencillos y una blusa blanca de manga corta que le daba un aire fresco, casi etéreo.

Cuando escuchó los pasos, Aria levantó la vista.

Sus ojos se encontraron, y el aire de la habitación de repente se volvió un treinta por ciento más denso.

Era la primera vez que se veían desde lo que había pasado en la playa.

Aquella noche donde la brisa marina, la luna y una tensión acumulada de semanas habían culminado en un beso que todavía le quemaba a Ulises en los labios (y a Aria).

Unos besos salvajes, hambrientos, que él mismo había tenido que detener cuando la cosa estaba a punto de cruzar el punto de no retorno, apelando a un sentido de la responsabilidad que ahora mismo maldecía profundamente.

Aria sintió que el corazón le daba un vuelco traicionero. Tragó saliva, intentando que su rostro no reflejara el cortocircuito que acababa de sufrir su cerebro.

«Madre mía —pensó—. Se me había olvidado lo insultantemente guapo que es. ¿Cómo es legal que un traje le quede así? Debería estar prohibido tener esa anchura de hombros y esa mirada de depredador empresarial.»

Ulises se quedó rígido, aferrando el asa de su maletín con un poco más de fuerza de la necesaria.

La luz que entraba por la rendija de la cortina iluminaba el perfil de Aria, dándole un brillo dorado a la piel.

Y entonces le llegó. Ese olor. Por encima del aroma a manzanilla y a eucalipto que inundaba el cuarto, Ulises captó esa fragancia tan característica de ella, a flores frescas, a jazmín y a algo dulce que siempre lograba desarmarlo.

«Es un peligro público», se dijo a sí mismo, obligándose a apartar la mirada de la boca de Aria antes de hacer una locura.

Ambos, como los profesionales de la contención emocional que eran, se pusieron sus mejores armaduras.

—Ulises —dijo Aria, levantándose con una sonrisa educada, aunque sus mejillas tenían un levísimo tono rosado—. Has llegado rápido.

—El viento estaba a favor —respondió él, con voz ronca. Carraspeó, aclarándose la garganta, y desvió toda su atención hacia el bulto bajo las sábanas—. Yiayá , ¿qué tal estás?

Katerina, que había estado observando el intercambio de miradas entre ellos fascinada, como si hubiera estado viendo un partido de tenis de primera categoría, dejó escapar un suspiro lastimero.

—Ay, cariño… —murmuró, sacando una mano lánguida de debajo de las sábanas—. Ya ves. La salud, que es un cristal muy fino. Un día estás podando los rosales y al siguiente estás aquí, esperando a que venga el notario —exageró.

Ulises se acercó a la cama, dejó el maletín en el suelo y se sentó en el borde del colchón. Le tocó la frente con el dorso de la mano. Tenía el ceño fruncido en una línea.

—No parece que estés muy caliente —dijo.

—Pero eso es por los paños fríos que me está poniendo Aria, pero tengo treinta y ocho con dos, ¿verdad? —miró a Aria para que confirmara su argumento.

—Sí, así es —respondió ella.

Ulises devolvió la mirada a Katerina.

—Te lo he dicho mil veces. No debes dormir con la ventana abierta por la noche. La temperatura de madrugada baja mucho, la humedad del mar entra directa a tus pulmones y luego pasa lo que pasa —la regañó, porque Ulises Diakos no podía quedarse sin regañar a alguien.

Katerina rodó los ojos hasta el techo. Una hazaña impresionante para alguien que supuestamente estaba a las puertas de la muerte.

—Claro, la culpa es de la ventana. No de los virus, no de la biología, no del destino. De la ventana. Si algún día me rompo una pierna, seguro que también me dirás que es por no haber cerrado los postigos —replicó con su ironía de siempre, acomodándose en las almohadas.

Ulises ignoró el comentario y se volvió hacia Aria, adoptando de nuevo el modo de «CEO al mando de la crisis».

—¿Has llamado al médico? —preguntó, clavando sus ojos en los de ella.

Aria le sostuvo la mirada, irguiendo la barbilla con esa chispa de desafío que a Ulises tanto le fascinaba.

—No he llamado al médico porque no estamos en medio de una epidemia de cólera —respondió—.

Es un simple resfriado, pero han venido los de la farmacia del pueblo con todo lo necesario para combatirlo.

Paracetamol para la fiebre, caramelos de miel y limón para la tos, ibuprofeno para el dolor de garganta...

Matilde le ha preparado una taza de caldo y la tiene a base de infusiones. Está perfectamente atendida.

Ulises miró el arsenal de cajas de medicinas perfectamente alineadas en la mesilla de noche. Luego miró a Aria, evaluando su aplomo, y finalmente asintió lentamente, relajando un poco la tensión de los hombros.

—De acuerdo —dijo, aflojándose el nudo de la corbata en un gesto que hizo que Aria tuviera que apartar la vista unos segundos para no quedarse embobada mirándolo.

No quería ponerse a babear como Homer Simpson—.

Me quedo conforme. Por ahora. Pero que quede claro: si le sube la fiebre una sola décima más, llamaremos al médico.

Y si hace falta, lo traigo yo mismo del cuello.

—No esperaba menos de ti, cariño—murmuró Katerina desde la cama, ocultando una sonrisa de triunfo detrás de un pañuelo de papel arrugado.

La «Operación Resfriado» iba sobre ruedas.

El calor aquella tarde en Ítaca parecía tener voluntad propia. El aire vibraba sobre las baldosas de terracota del patio, mientras el canto incesante de las cigarras ponía banda sonora a un día que invitaba a no hacer absolutamente nada.

En la habitación de Katerina, sin embargo, el ambiente era un oasis de frescor gracias al aire acondicionado, aunque ella miraba hacia la ventana con expresión de aburrimiento supino.

—Aria, querida, mírame fijamente a los ojos y dime la verdad —comenzó Katerina, ajustándose las gafas de lectura sobre el puente de la nariz—. ¿Acaso tengo cara de estar a punto de exhalar mi último aliento?

Aria, que estaba sentada en la butaca viendo algunos vídeos de TikTok en el móvil, levantó la vista y sonrió.

—Tienes mejor cara que yo, Katerina —bromeó.

—Exacto. —Katerina dio una palmada sobre la cama—.

Por lo tanto, tu papel como cuidadora ha terminado durante las próximas tres horas.

Hace un calor de mil demonios ahí fuera y tenemos una piscina olímpica de borde infinito que está cogiendo polvo.

Bueno, agua. Ya me entiendes. Es un crimen que nadie la use. Ve a darte un baño.

Aria negó con la cabeza, bloqueando la pantalla del móvil.

—Ni hablar. Estoy aquí para trabajar y para asegurarme de que no te levantas a hacer ninguna locura —dijo.

—Por favor, no digas tonterías —replicó Katerina—. Escúchame bien. Me voy a tomar la pastilla que me deja frita, me voy a poner el antifaz y voy a dormir una siesta de proporciones épicas. No te voy a necesitar.

—Pero ¿y si te despiertas y te encuentras mal? ¿Y si te sube la fiebre?

—Si me despierto y me encuentro mal, gritaré.

Y si no me oyes, está Matilde en la cocina preparando quién sabe qué delicia llena de calorías.

Y por supuesto, tenemos a Ulises rondando por la casa como un león.

Si me da un parraque, él puede llamar a su escuadrón de médicos.

¡Ve a la piscina, por el amor de Zeus! Me está dando calor verte ahí sentada con esa blusa abotonada.

Aria soltó una carcajada, rindiéndose ante la aplastante y manipuladora lógica de Katerina.

—Está bien, está bien. Madre mía, eres imposible, ¿lo sabías?

—Es parte de mi encanto. Ahora, fuera de mi vista. Y ponte protección solar, que el sol no perdona —dijo Katerina.

Diez minutos después, Aria abría la puerta de cristal que daba a la inmensa terraza trasera de la mansión.

El calor la golpeó como un muro físico, pero la visión de la piscina, una lámina de agua cristalina que parecía fundirse con el azul profundo del mar en el horizonte, hizo que el bochorno valiera la pena.