CAPÍTULO 46 #2
—¡Nunca eres una carga, no digas tonterías!
—Aria suspiró, exasperada pero enternecida, y se cruzó de brazos—.
Bueno, se acabó. Hoy no te mueves de la cama.
Voy a llamar a la farmacia para que traigan paracetamol y...
—Aria se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron un poco más, como si acabara de recordar algo crucial—.
Ulises. Tengo que avisar a Ulises. Se volvería loco si se enterara de que estás así y no se lo hemos dicho.
El corazón de Katerina dio un vuelco. Eso era lo que quería. ¡Bien!
—No... no le molestes... —gimió, intentando sonar convincente mientras por dentro organizaba un desfile de confeti—. Seguro que está en una de esas reuniones aburridísimas donde deciden el destino del PIB mundial. Déjale trabajar...
—Ni hablar. Si no le llamo, y se entera luego, me despedirá o me tirará al mar Jónico para que me coman los tiburones. O ambas cosas. —Aria ya había sacado su teléfono del bolsillo del pantalón y estaba marcando el número con el pulgar, caminando nerviosa hacia la ventana.
Katerina y Matilde contuvieron la respiración.
El teléfono dio un tono. Dos tonos. Al tercero, la voz grave y profunda de Ulises resonó a través del auricular, lo suficientemente alta como para que el silencio sepulcral de la habitación permitiera captar algunos fragmentos de la conversación.
—Aria, ¿qué pasa?
—Ulises… —comenzó Aria, bajando la voz, adoptando un tono profesional pero teñido de urgencia—. Es Katerina. Está enferma.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Katerina se imaginó a Ulises en su despacho, probablemente dejando caer su carísimo bolígrafo sobre la mesa y poniéndose rígido como una tabla.
—¿Qué le pasa? —La voz de Ulises era seria.
—Tiene un resfriado muy fuerte. Ha pasado una noche horrible y tiene treinta y ocho con dos de fiebre. No me ha avisado hasta ahora, la muy terca. Está en la cama, pálida y... bueno, rodeada de pañuelos.
—Treinta y ocho con dos. —Ulises repitió la cifra como si fuera el código de desactivación de una granada—. De acuerdo. Cancelaré mis reuniones de esta tarde.
—Ulises, espera, no hace falta que canceles... —empezó a decir Aria.
Oyó pasos al otro lado de la línea y una puerta que se abría.
—Señorita Georgiou, avise a Darío —continuó Ulises, ignorando a Aria por completo. Su tono era el de un general dando órdenes en el campo de batalla—. Dígale que prepare el helicóptero. Voy a volar a Ítaca.
—Enseguida, señor Diakos —contestó la secretaria.
—Aria, estaré allí en menos de una hora y media —dijo Ulises.
Aria pegó un respingo, separando el teléfono de su oreja durante un segundo para mirarlo con incredulidad.
—¡Ulises, por favor! ¡Es un resfriado, no el escorbuto! —exclamó Aria, gesticulando con la mano libre, aunque él no pudiera verla—. No hace falta que vengas por unos mocos. Yo me estoy ocupando de ella, Matilde le ha hecho una manzanilla...
—Asegúrate de que beba líquidos —fue lo que dijo Ulises. Y sin más, colgó la llamada.
Aria se quedó mirando la pantalla del teléfono, con la boca ligeramente abierta, completamente estupefacta.
—¿Se puede saber qué le pasa a este hombre en la cabeza? —murmuró para sí misma, guardando el móvil en el bolsillo—. Ha dicho que viene. En el helicóptero. Por un resfriado.
—Oh, vaya... —susurró Katerina, llevándose una mano al pecho, fingiendo sorpresa—. Qué exagerado es. Pero ya le conoces.
—Sí, ya lo conozco —repitió Aria—. Voy a llamar a la farmacia y a preparar tus medicinas. Vuelvo en cinco minutos.
—No tengo fuerzas ni para pestañear —mintió Katerina.
Aria asintió, le dedicó una última mirada llena de cariño y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con extrema suavidad.
El silencio reinó en la estancia durante exactamente tres segundos.
En cuanto el sonido de los pasos de Aria se desvaneció por el pasillo, Katerina abrió los ojos de par en par.
La expresión de mártir moribunda desapareció de su rostro como por arte de magia, sustituida por una sonrisa tan amplia, brillante y cargada de picardía que iluminó la penumbra de la habitación.
Giró la cabeza hacia Matilde.
El ama de llaves estaba de pie junto a la mesilla, con los brazos cruzados sobre el delantal. Su rostro serio y compungido se fue rompiendo poco a poco, hasta que una sonrisa idéntica a la de Katerina se dibujó en sus labios.
Se miraron. No hizo falta decir ni una sola palabra. La complicidad vibraba en el aire, chispeante y victoriosa.
Katerina sacó los brazos de debajo de las sábanas y, con un movimiento rápido, se quitó el pañuelo arrugado que se había puesto estratégicamente sobre el cuello, como si le doliera la garganta.
—¿Has oído eso, Matilde? —susurró, con los ojos brillando de emoción, y la voz clara y sin rastro de tos—. Ulises viene para acá.
—Se lo ha tragado hasta el fondo, Katerina —respondió ella, riendo por lo bajo, pero sin maldad.
—Sí. —Katerina se acomodó contra las almohadas, entrelazando los dedos sobre el regazo con la satisfacción del trabajo bien hecho—.
Los encerraremos en la casa. Tú harás tu famoso pastitsio , yo fingiré que me he quedado dormida, y les obligaremos a cenar solos.
A ser posible en la terraza, bajo las estrellas. No tendrán escapatoria.
Matilde soltó una carcajada suave y se acercó para recoger la taza de manzanilla, que ya se había enfriado.
—Eres diabólica, ¿lo sabes? Jugar con la salud de esta manera...
—Oh, por favor, Matilde. —Katerina le guiñó un ojo, radiante, mientras cogía el termómetro y lo apagaba—.
No es jugar con la salud. Es… acelerar el destino.
Estoy segura de que mi nieto siente algo por Aria y de que ella le corresponde, pero Ulises está demasiado ciego para darse cuenta. Alguien tiene que darle un empujoncito.
Katerina miró hacia la puerta por la que acababa de salir Aria, y su sonrisa se suavizó, volviéndose más cálida, más real.
—El plan ha salido a la perfección —murmuró para sí misma, suspirando satisfecha—. Y es que, mi querida Matilde, en el amor y en la guerra... todo vale. Te lo digo muchas veces.