CAPÍTULO 46
La luz de primera hora de la mañana se colaba por las rendijas de las contraventanas de caoba, amenazando con arruinar la lúgubre atmósfera de «enferma terminal» que Katerina llevaba media hora intentando orquestar.
Se levantó de la cama, que hasta ese momento había estado desordenando meticulosamente, y cerró las cortinas de golpe. La habitación quedó sumida en una penumbra mucho más apropiada para el drama que estaba a punto de tener lugar.
—Demasiada alegría luminosa para una mujer al borde de la muerte por… congestión nasal —murmuró, volviéndose a meter bajo las sábanas.
De pie junto a la cama, con expresión de absoluta complicidad, estaba Matilde. Con su impecable delantal y una paciencia infinita, observaba el escenario que había montado Katerina con una ceja enarcada.
—Si le pones tanto empeño a esto como a evitar comerte mis lentejas, Aria va a llamar a una ambulancia antes del desayuno —dijo, depositando un platillo con una taza de porcelana sobre la mesilla de noche. En su interior humeaba una infusión de manzanilla que olía a campo y a remedio de abuela.
Katerina soltó una risilla chispeante, frotándose las manos con la emoción de un villano de película que acaba de idear el plan perfecto.
—Esa es exactamente la idea, Matilde. Necesito que Aria me vea, sienta una punzada de pánico compasivo y decida llamar a Ulises. El arte del engaño requiere sacrificios —dijo.
—Y muchos pañuelos de papel, por lo que veo —replicó el ama de llaves, señalando el campo de batalla en el que se había convertido la colcha de seda.
Katerina asintió, muy seria, mientras cogía un pañuelo de papel limpio de la caja.
—Arrugar pañuelos para que parezcan usados es todo un arte, Matilde.
No puedes simplemente hacer una bola y tirarla.
Tiene que haber textura. Tiene que transmitir congestión nasal.
—Katerina estrujó el papel con ambas manos, le dio un par de dobleces irregulares y lo dejó caer estratégicamente sobre la almohada, junto a otros cinco o seis que ya adornaban la cama y la mesilla—.
¿Ves? Este grita: «he pasado la noche tosiendo mis propios pulmones».
Matilde puso los ojos en blanco, pero delineó en los labios una sonrisa cómplice. Le divertían enormemente las excentricidades de Katerina.
—Bueno, Ingrid Bergman, si ya has terminado con el atrezzo , deberías mirarte al espejo. Te has pasado con el colorete en la nariz —dijo.
—¿Tú crees?
—Pareces el reno Rudolph después de una noche de juerga.
Katerina soltó un gritito indignado y se dirigió al tocador.
Se inclinó sobre el espejo y frunció el ceño.
Matilde tenía razón, como casi siempre. En su afán por simular una nariz irritada por el roce constante de los pañuelos, se había aplicado una cantidad de rubor carmesí que rozaba lo caricaturesco.
—Mierda. La línea entre «resfriado agudo» y «payaso de circo» es muy fina —murmuró para sí misma.
Con un disco de algodón y un poco de crema, empezó a difuminar el color, rebajando el tono hasta conseguir un enrojecimiento sutil, brillante, casi febril en la punta y las aletas de la nariz.
Se revolvió el pelo a conciencia, asegurándose de que varios mechones blancos cayeran sobre su rostro con un aspecto lacio y descuidado, y ensayó una tos cavernosa frente al espejo.
Cof, cof.
Sonaba hueca, dolorosa, perfecta. Se sentía lista para recoger su Óscar.
—Vale, la estética está dominada —anunció Katerina, girando sobre sus talones y caminando de vuelta a la cama con pasos arrastrados, metiéndose ya en el papel—. Ahora, el golpe de gracia. Necesito pruebas empíricas.
Katerina cogió el termómetro digital que descansaba junto a la caja de pañuelos. Lo miró como si fuera la espada de Excalibur.
—¿Cómo vas a falsificar la fiebre? —preguntó Matilde, cruzándose de brazos—. Porque si te lo frotas contra el pijama como hacías cuando tenías diez años para no ir al colegio, te aviso que ya no cuela.
—Oh, por favor, Matilde, he evolucionado. Mis métodos son mucho más sofisticados ahora. —Katerina paseó la mirada por la habitación hasta que sus ojos se clavaron en la taza humeante. Una sonrisa de conclusión iluminó su rostro—. La manzanilla —dijo.
Matilde abrió los ojos de par en par, comprendiendo al instante cual era su idea.
—Katerina, no. Vas a derretir el aparato.
—¡Tonterías! Solo será un segundo.
Sin dudarlo, Katerina encendió el termómetro, esperó a que la pantalla parpadeara y lo sumergió directamente en la taza de manzanilla. El calor del líquido le subió por los dedos. Contó en voz alta.
—Uno... dos... tres...
—¡Sácalo ya, insensata, que va a marcar cuarenta y cinco grados, y Aria va a llamar al forense en lugar de al médico! —siseó Matilde.
Katerina sacó el termómetro de la infusión, sacudiendo un par de gotas de manzanilla sobre la alfombra, y miró la pantalla.
—¡Bingo! Treinta y ocho con dos. —Katerina alzó el termómetro como un trofeo—. Fiebre lo suficientemente alta como para inspirar lástima, pero no tan alta como para que me obliguen a ir a urgencias. Soy un genio. Una mente maestra del engaño.
Matilde negó con la cabeza, riendo por lo bajo mientras le quitaba el termómetro de las manos y lo dejaba con cuidado sobre la mesilla, con la pantalla bien visible.
—Eres un peligro público, eso es lo que eres. Venga, métete en la cama. Aria es de costumbres fijas, y si el reloj no me falla...
Como si el universo estuviera sincronizado con las palabras de Matilde, el inconfundible sonido de unos pasos ligeros y decididos resonó en el pasillo. Y se acercaban a la habitación.
Una punzada de adrenalina recorrió la espina dorsal de Katerina.
—¡Ya viene! ¡A nuestros puestos! —susurró con un grito ahogado.
Se lanzó sobre el colchón con la agilidad de una pantera, se tapó hasta la barbilla con la colcha y cerró los ojos a medias.
Su cerebro empezó a emitir órdenes rápidamente.
Relaja la mandíbula.
Entrecierra los ojos.
Respira por la boca, que suene un poco a silbido.
¡Y tose! ¡Dios, tose!
Matilde, como si fuera la actriz secundaria, compuso una expresión de preocupación en el rostro y se inclinó sobre Katerina, fingiendo acomodarle las sábanas.
Justo en el momento en que el pomo de bronce de la puerta empezó a girar lentamente, Katerina dejó escapar un gemido lastimoso, seguido de una tos ronca y perfectamente medida.
—Que empiece el espectáculo —susurró.
La puerta se abrió con un crujido suave, dejando que un rectángulo de luz del pasillo invadiera la penumbra de la habitación. Aria se quedó clavada en el umbral, con la frase de «buenos días» congelada en los labios. Sus ojos avellana, grandes y expresivos, escanearon la escena.
Registró las cortinas cerradas a cal y canto. Registró el olor a manzanilla y a ungüento mentolado que Matilde había destapado estratégicamente. Y, por supuesto, registró el apocalipsis de pañuelos de papel que cubría la cama como si una nube de celulosa hubiera estallado sobre ella.
—Pero... ¿qué ha pasado aquí? —preguntó, parpadeando, mientras su tono de voz pasaba a la alarma—. ¿Ha explotado una fábrica de pañuelos? Katerina, ¿estás bien?
Desde las profundidades de la colcha, Katerina dejó escapar un gemido que habría hecho llorar a un jurado de la Academia de Cine. Acompañó el sonido con una tos ronca, hueca, que le raspó la garganta de verdad (había ensayado demasiado frente al espejo).
—Ay, Aria —se adelantó Matilde, frotándose las manos contra el delantal con una expresión de congoja que merecía un premio a la mejor actriz de reparto—. Qué nochecita ha tenido la pobre. No ha pegado ojo. Mírala, si es que tiene la carita como un tomate y no deja de tiritar.
Katerina, metidísima en su papel de dama victoriana enferma, sacó una mano lánguida de debajo de las sábanas y se tocó la frente con el dorso.
—No es nada, Aria... —susurró, con un hilo de voz tan frágil que parecía a punto de romperse—. Solo... solo es un pequeño resfriado de verano. Un virus tonto. Sobreviviré.
Aria se acercó a la cama a zancadas. Su rostro, habitualmente sereno y lleno de esa energía arrolladora que tanto desquiciaba (y fascinaba) a Ulises, mostraba una preocupación real.
Se sentó en el borde del colchón, apartando un par de pañuelos arrugados con cuidado, y posó el dorso de la mano sobre la frente de Katerina.
Ella contuvo la respiración.
«Por favor, que el vapor de la manzanilla y el calor del verano haya hecho su trabajo», rezó mentalmente.
—La verdad es que sí que estás un poco caliente —dijo Aria, retirando la mano. Sus ojos se desviaron hacia la mesilla de noche y se clavaron en la pantalla digital del termómetro, que Matilde había dejado convenientemente a la vista—. ¿Treinta y ocho con dos? ¡Katerina, tienes mucha fiebre!
—La fiebre ha subido de golpe... —murmuró ella, parpadeando lentamente, intentando que sus ojos parecieran vidriosos y cansados—. Un escalofrío y... —Tosió, cof, cof ...—, y de repente sentí como si me hubiera atropellado un camión de mercancías.
Aria se puso en pie, pasándose las manos por el pelo, claramente alterada.
—¿Y por qué no me has llamado durante la noche?
—le recriminó, con ese tono de regaño cariñoso que usaba cuando se preocupaba de verdad—.
Mi habitación está al final del pasillo.
Podría haberte traído alguna medicina, paños fríos, ¡podría haber llamado a un médico!
¿Por qué te has quedado aquí sufriendo sola en la oscuridad?
Katerina esbozó una sonrisa débil, cargada de un estoicismo mártir que casi le dio risa a ella misma.
—Oh, Aria... trabajas tanto. Te vi tan cansada ayer... —Katerina hizo una pausa dramática para tomar aire—. No quería molestarte. Me pareció un crimen despertarte por unos simples mocos y un poco de fiebre. No quería ser una carga.
Matilde se mordió los labios con tanta fuerza que casi se hizo sangre para no soltar una carcajada.