CAPÍTULO 45
El sol de media tarde caía sobre la terraza de la villa, haciendo brillar las buganvillas en un tono magenta precioso.
Era una de esas tardes perfectas, mecidas por la brisa del mar Jónico, en las que cualquiera con un mínimo de sensibilidad poética se dedicaría a contemplar el horizonte.
Katerina, sin embargo, estaba ocupada asesinando a su teléfono móvil con la mirada.
Acababa de pulsar el botón rojo para finalizar la llamada, dejándolo caer sobre la mesa de hierro forjado con un clac que hizo tintinear las tazas de porcelana.
—Sigue en Atenas —dijo, con el tono funesto de una heroína de tragedia griega a la que le acaban de robar el último trozo de baklava —.
Me llama, me pregunta si he desayunado bien, si me duelen las articulaciones, si la casa sigue en pie...
y ya está. Ni una mención a cuándo piensa dignarse a pisar la isla. Ni una.
Frente a ella, Matilde, que se había convertido oficialmente en la cómplice en todas las intrigas de Katerina, dio un sorbo pausado a su limonada. Matilde tenía esa envidiable capacidad de mantener la calma mientras el mundo (o Katerina) ardía a su alrededor.
—Es un hombre ocupado, Katerina. Los imperios financieros no se dirigen desde una hamaca —razonó Matilde.
—¡Al cuerno el imperio financiero! —exclamó ella, agitando una mano en el aire con desdén—.
¿De qué le sirve tanto dinero si tiene el corazón más seco que una pasa de Corinto?
—soltó—. Matilde, te lo digo en serio, estoy aterrada.
Temo que esta distancia que se ha impuesto Ulises enfríe lo que sea que estuviera naciendo entre él y Aria.
Katerina se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si alguien pudiera escucharlas.
—Mi plan era perfecto. Ulises venía a menudo a Ítaca, estaba bajo el mismo techo que Aria, hablaban, se conocían, se lanzaban de vez en cuando esas miraditas furtivas que creían que yo no notaba porque asumen que a mi edad estoy medio ciega.
¡Pero ahora él está atrincherado en Atenas y ella aquí!
Mi plan de emparejarlos se está yendo al traste.
Matilde suspiró, asintiendo. Dejó el vaso de limonada sobre la mesa y adoptó una expresión solemne.
—Pues ya lo dice el bolero, Katerina: la distancia es el olvido.
Katerina se llevó una mano al pecho, horrorizada ante la cita musical.
—¡No me digas eso, por Dios! ¡No pienso permitirlo!
—Los ojos de Katerina brillaron con determinación—.
No me voy a quedar de brazos cruzados mientras ese nieto mío, que ha heredado mi terquedad, pero claramente no mi romanticismo, lo tira todo por la borda por culpa de unos malditos informes de rentabilidad. Tengo que hacer algo.
—Ese chico necesita un empujoncito —afirmó Matilde, cogiendo una galleta de mantequilla de la bandeja—. Un empujoncito hacia el precipicio del amor, por supuesto.
—Y tener a Aria cerca. Muy cerca. A menos de un metro a ser posible, respirando el mismo aire —añadió Katerina, tamborileando los dedos sobre la mesa con impaciencia, buscando la estrategia perfecta.
Matilde masticó la galleta pensativa, mirando hacia el mar.
—Como cuando tuviste la infección de orina y Ulises se quedó aquí unos días hasta que te recuperaste —comentó Matilde en tono casual.
El silencio gravitó sobre sus cabezas.
Katerina detuvo el tamborileo de los dedos. Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa lenta, felina y con un toque maquiavélico comenzó a dibujarse en sus labios.
Y se hizo la luz. Una luz brillante, deslumbrante y del tamaño de un faro.
—Matilde... —susurró, arrastrando las sílabas con deleite—. Eres un genio. Te adoro.
—¿Qué he dicho? —preguntó Matilde, parpadeando con expresión inocente, aunque la pequeña sonrisa en su boca delataba que sabía exactamente lo que había provocado.
—¡La salud! ¡El talón de Aquiles de Ulises! —Katerina se puso en pie, de repente llena de una energía envidiable—. Si cree que su pobre, anciana y frágil abuela está enferma, cogerá de nuevo el helicóptero para venir, o incluso vendrá nadando desde Atenas si hace falta.
—¿Vas a fingir una infección de orina? Katerina, eso carece de todo glamour. —Matilde arrugó la nariz.
—¡No, por supuesto que no! —Katerina agitó la mano, descartando la idea—.
Demasiado escatológico. Voy a tener... —lo pensó durante unos segundos—…
un resfriado. Un terrible resfriado. De esos que te dejan postrada en la cama, con voz de ultratumba y necesidad constante de calditos calientes.
Conociendo a Ulises, entrará en pánico pensando que es una neumonía y vendrá corriendo a Ítaca.
—A Katerina se le iluminó la cara solo de imaginárselo.
Matilde soltó una carcajada. Como cómplice oficial de las locuras de Katerina, la idea le parecía sencillamente brillante.
—Y, por supuesto, como tú estarás «terriblemente indispuesta» —continuó Matilde, haciendo el gesto de las comillas en el aire con los dedos—, Ulises y Aria no tendrán más remedio que cuidarte. Y pasar mucho, mucho tiempo juntos.
—Y a solas. —Katerina se frotó las manos, sintiéndose como una directora de orquesta a punto de iniciar la sinfonía de su vida—. Estarán atrapados. Juntos. Entre termómetros, sopas de pollo y miradas intensas. No tendrán escapatoria.
Matilde negó con la cabeza.
—Eres terrible —dijo.
Katerina ya estaba metida en su teatro.
—Voy a empezar a practicar mi tos. Tiene que sonar seca, dolorosa, pero con un toque de dignidad —dijo, aclarándose la garganta—. Matilde, vete preparando, porque vas a tener que preparar mucho caldo de pollo.
—Cuente con ello. Hay medio pollo en el congelador.
—Y por favor, recuérdame que me ponga polvos de talco blancos en la cara cuando ponga en marcha mi plan, necesito estar pálida y demacrada. Ah, y colorete en la nariz, para que parezca que la tengo irritada.
Matilde rio por lo bajo.
—Será un placer, Katerina. Cupido no tiene nada que hacer a tu lado —dijo.
Katerina miró hacia el horizonte, donde kilómetros más allá estaba Atenas.
Ulises no sabía la que se le venía encima, pero algún día, cuando estuviera locamente enamorado y feliz, se lo agradecería.
De momento, Katerina ensayó un par de toses lastimeras que asustaron a una gaviota que volaba cerca. Sonrió satisfecha.
La fase uno de la «Operación Resfriado» estaba en marcha.
Todo en el despacho de Ulises, desde la imponente mesa hasta las sillas de cuero negro, estaba diseñado para intimidar.
Y, normalmente, Ulises encajaba en ese decorado a la perfección.
Él personificaba al CEO implacable, al hombre de hielo, al tipo capaz de leer un contrato de fusión de trescientas páginas sin parpadear.
Pero aquella tarde, la cláusula cuatro punto dos sobre responsabilidades fiscales subsidiarias se le estaba resistiendo. O atragantando, más bien. Y no porque fuera compleja, sino porque las letras parecían estar organizándose por su cuenta para formar un nombre.
Aria.
Como si se tratara de una sopa de letras.
Ulises parpadeó y después se frotó los ojos con los dedos.
Suspiró. Un sonido sonoro y cansado que rebotó en las paredes insonorizadas.
Intentó volver a centrar la vista en el documento, pero su cerebro decidió que era el momento perfecto para reproducir, en alta definición, la forma en que Aria arrugaba la nariz cuando se reía de alguna de las cosas que decía Katerina.
«Maldita sea.»
Sin darse cuenta, su mano derecha, que sostenía un carísimo bolígrafo de tinta negra, se deslizó hacia un folio en blanco que descansaba inocentemente junto a la torre de contratos.
No fue una decisión consciente.
Fue un reflejo.
Un tic.
La punta del bolígrafo tocó el papel. Ras.
Ulises bajó la mirada. Había trazado una línea curva. Suave, decidida. No era un gráfico de beneficios trimestrales. No era un esquema de reestructuración de personal. Era... la curva de un pómulo.
Se quedó paralizado durante una décima de segundo. Hacía años, literalmente años, que no dibujaba nada que no fuera un garabato incomprensible mientras hablaba por teléfono.
Antes de que el mundo se le cayera encima, antes de aquel maldito accidente de avioneta que se llevó a sus padres y a su hermana y lo obligó a cambiar los lienzos, el carboncillo y los estudios de Bellas Artes por trajes de tres piezas y juntas de accionistas, Ulises había sido un artista.
Uno bueno, además. Pero el deber y la responsabilidad habían sellado esa puerta en su interior con cemento armado.
El arte requería sentir, y él había necesitado dejar de hacerlo para mantener a flote la empresa familiar y no desmoronarse. Se había convertido en un empresario frío, calculador, impenetrable.
Hasta que un huracán con nombre musical había entrado en su vida sin llamar a la puerta.
El bolígrafo volvió a moverse sobre el papel. Ras, ras.
Ulises observó su propia mano con una mezcla de fascinación y pánico, como si estuviera poseída. Pero no intentó detenerla.
De repente, una chispa cálida y olvidada se encendió en su pecho. Inspiración. Hacía tanto tiempo que no sentía ese cosquilleo en la yema de los dedos, esa urgencia por capturar la belleza en un trozo de papel, que casi le dio vértigo.
Aria le inspiraba. Era un hecho innegable.
Trazó la línea de su mandíbula, recordando el orgullo con la que solía alzar la barbilla cuando le llevaba la contraria. Luego, con toques rápidos y precisos, empezó a esbozar sus labios. Esos labios que siempre parecían estar a punto de soltar una réplica mordaz o una carcajada escandalosa.
La tinta negra fluía, creando sombras y volúmenes. Ulises entornó los ojos. Sonrió. Una sonrisa tonta.
Estaba disfrutando. Estaba dibujando a la mujer que le estaba volviendo loco y, por primera vez en años, sentía que respiraba de verdad.
Se inclinó sobre la mesa, completamente absorto, añadiendo los detalles de sus ojos. Quería capturar esa chispa de desafío que siempre le dedicaba.
El mundo exterior había desaparecido. Ya no había empresa, ni contratos, ni responsabilidades. Solo existía el papel, la tinta y Aria.
Estaba a punto de empezar con el desastre encantador que era su pelo cuando dos golpes secos en la puerta rompieron el hechizo como un martillazo en un cristal.
—¡Ulises, dime que has revisado los anexos de...!
La puerta se abrió de golpe y la voz de Tobías irrumpió en el despacho con la sutileza de una estampida de elefantes.
El cerebro de Ulises pasó de «artista enamorado en el Renacimiento» a «adolescente pillado con una revista porno» en cero coma dos segundos. El pánico se apoderó de él.
Con un movimiento tan rápido que casi se dislocó el hombro, agarró el grueso informe financiero que estaba revisando y lo estampó directamente sobre el folio, aplastando el rostro a medio terminar de Aria bajo trescientas páginas de jerga legal.
—¡Sí! —soltó, con la voz una octava más aguda de lo normal. Carraspeó, intentando recuperar su tono de barítono intimidante, y se enderezó en el sillón de cuero, cruzando las manos sobre el informe—. Sí, Tobías. Los anexos. Estaba... estaba justo con ellos.
Tobías se detuvo en seco a mitad del despacho.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y una ceja arqueada hasta la línea del pelo.
Miró a Ulises. Miró las manos de Ulises, que estaban aferradas al informe como si temiera que saliera volando.
Luego volvió a mirar la cara de su amigo, que tenía un levísimo, pero inconfundible, tono rojizo en las mejillas.
—¿Estás bien? —preguntó, con una sonrisa burlona asomando a la comisura de los labios—. Pareces... no sé. ¿Has visto un fantasma? ¿O es que la cláusula de indemnización te ha provocado taquicardia?
—Es el aire acondicionado —mintió Ulises con aplomo, aunque sentía una gota de sudor frío resbalándole por la nuca—. Está muy fuerte. Me ha dado un escalofrío. ¿Qué querías?
Tobías avanzó hasta la mesa y se apoyó en el borde.
—Quería saber si vamos a firmar hoy o si prefieres seguir mirando ese informe con cara de estar desactivando una bomba nuclear —bromeó, intentando echar un vistazo a los papeles que Ulises protegía con su vida.
—Hoy. Firmamos hoy —se apresuró a decir Ulises, deslizando sutilmente el informe (y el dibujo oculto debajo) hacia el centro de la mesa, lejos de las garras curiosas de Tobías—. Solo necesito diez minutos más para... revisar los últimos anexos. Ya sabes que soy muy maniático con los anexos.
Tobías soltó una sonora carcajada.
—Sí, claro. Eres el terror de los anexos. —Tobías se dio la vuelta, dirigiéndose hacia la puerta—. Avísame cuando lo tengas listo.
La puerta se cerró a su espalda.
Lentamente, con cuidado de que nadie más entrara, levantó el informe financiero. El rostro de Aria, a medio terminar, le devolvió la mirada desde el papel. Faltaba el pelo, faltaba sombrear el cuello, pero la esencia estaba ahí. Estaba viva en todos los trazos que había hecho.
Ulises negó con la cabeza ante su propia estupidez.
Con un suspiro que era mitad resignación y mitad asombro, se levantó de su imponente silla de cuero, sosteniendo el folio como si transportara un pergamino milenario.
Caminó hacia el extremo opuesto del despacho, donde un espantoso cuadro abstracto (comprado únicamente por su valor de inversión y porque combinaba con las cortinas) ocultaba la caja fuerte empotrada en la pared.
La misma que protegía los documentos verdaderamente confidenciales y los contratos multimillonarios de la empresa.
Tecleó la combinación de seguridad de ocho dígitos, y la pesada puerta de acero y titanio cedió con un ruido seco.
Guardar un boceto a medio terminar en una caja fuerte de grado militar junto a documentos de nueve cifras era, objetivamente, una soberana ridiculez.
Pero ahí estaba él. Con sumo cuidado, deslizó el dibujo de Aria en su interior, acomodándolo sobre unas escrituras de propiedad, dejándolo a salvo de las miradas curiosas de Tobías y del resto del mundo.
—Maldita seas, Aria —murmuró para sí mismo, con un tono que no tenía absolutamente nada de maldición y sí mucho de rendición—. Mira lo que estás haciendo conmigo.
Cerró la pesada puerta blindada, colocó el cuadro en su sitio y volvió al escritorio para continuar con su jornada laboral.