La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 44 #2
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CAPÍTULO 44 #2

—Es mi abuela. Llevo media hora intentando localizarla en su móvil y me sale que está apagado o fuera de cobertura. ¿Está bien? ¿Ha pasado algo? —La urgencia en su tono, mezclada con una irritación apenas contenida, era palpable.

Aria sintió un levísimo pinchazo de decepción.

Por supuesto. No llamaba para escuchar su voz. No llamaba porque quisiera hablar con ella, llamaba porque el móvil de Katerina no estaba disponible.

Aria se desinfló como un globo.

—Katerina está bien. Está en el jardín trasero, dándole una charla motivacional a las hortensias mientras pinta uno de sus cuadros —respondió Aria, permitiendo que un toque de humor se filtrara en su voz para enmascarar su nerviosismo—. ¿Quieres que le diga algo?

—Quiero que le lleves tu teléfono, por favor. Necesito hablar con ella y asegurarme de que no se ha caído por un barranco o algo peor.

—Enseguida —murmuró Aria, poniendo los ojos en blanco, aunque una sonrisa asomó a sus labios. Ulises y su dramatismo.

Caminó a paso ligero hacia el jardín, cruzando las puertas francesas. Allí estaba Katerina, sentada majestuosamente bajo la pérgola, con un sombrero de paja inmenso y un pincel en la mano, luciendo como la dueña absoluta del universo.

—¡Katerina! —la llamó Aria, agitando el teléfono—. Tienes una llamada de Ulises.

Katerina levantó la vista, arqueando una de sus blancas cejas.

—¿Ulises? Qué raro, mi teléfono no ha sonado.

—Tu teléfono está en la mesa del porche, más muerto que el Imperio Romano —señaló Aria, tendiéndole su propio móvil—. Se te ha acabado la batería.

Katerina chasqueó la lengua, restándole importancia, y cogió el móvil de Aria.

—¿Sí, cariño? —saludó a Ulises, con la voz más dulce y despreocupada del mundo.

Aria se quedó a un par de metros, fingiendo examinar un rosal, pero con los oídos afilados. Aunque no podía escuchar las palabras exactas de Ulises, el tono grave y acelerado que salía del auricular dejaba claro que le estaba echando una buena reprimenda a Katerina.

—Por favor, Ulises, no exageres —lo interrumpió Katerina, riendo por lo bajo—. No me ha comido ningún león. Es solo un teléfono, se le gasta la energía, igual que a las personas. Deberías probar a desconectarte tú también de vez en cuando.

Más murmullos graves e indignados desde el otro lado de la línea.

—Bueno, pues si te preocupas tanto y mi teléfono está apagado, no pasa nada. Tienes el número de Aria, la llamas a ella y ya está. Para eso estamos juntas todo el día.

Al otro lado de la línea, en su inmaculado despacho de Atenas, Ulises sintió que el aire se le atascaba en los pulmones.

«Llamar a Aria.»

Su abuela lo decía con una ligereza pasmosa, ignorando por completo que el simple hecho de escuchar el «¿Sí?

» de Aria hacía unos minutos había provocado que un puño invisible le estrujara el pecho.

Esa voz chispeante, cálida, con ese deje de constante buen humor...

Era un peligro. Una distracción para su cuadriculado cerebro.

Por eso llevaba días sin ir a Ítaca. Por eso prefería llamar a su abuela.

Pero, por supuesto, no iba a admitirlo en voz alta.

—No voy a usar a tu cuidadora como centralita telefónica, yiayá —masculló Ulises, pinzándose el puente de la nariz con el índice y el pulgar.

—Tonterías, a Aria no le importa. ¿Verdad, Aria? —Katerina apartó el teléfono de su oreja y miró a Aria—. Dice mi nieto que le da apuro llamarte a ti. Qué hombre tan protocolario.

Al oírlo, Ulises notó que se le calentaban las mejillas. ¿Es que su abuela tenía que contarlo todo? Dios, qué vergüenza.

Aria por su parte, también sintió que el calor le subía a las mejillas.

—Dile… Dile que no me importa ser su secretaria en funciones, si eso evita que le dé un infarto por culpa del estrés —respondió Aria en voz alta, sabiendo perfectamente que Ulises la estaba escuchando.

Katerina soltó una carcajada y volvió a ponerse el teléfono en la oreja.

—Ya la has oído. Bueno, te dejo, que tengo que terminar uno de mis cuadros. No quiero que las acuarelas se me resequen. Te paso con Aria.

Antes de que Ulises pudiera protestar, y antes de que Aria pudiera prepararse mentalmente, Katerina le encajó el teléfono en la mano y se giró hacia su lienzo, tarareando una canción griega de sus tiempos jóvenes.

Aria se llevó el móvil a la oreja, tragando saliva.

—Hola de nuevo —dijo, sonando con una voz un poco más aguda de lo normal.

Hubo un silencio al otro lado. Un silencio en el que Aria casi podía escuchar la respiración de Ulises.

—Aria… —dijo Ulises finalmente. Su nombre sonó distinto en sus labios esa vez. Menos urgente, más... suave. Más melódica. Como si las letras que lo formaban tuvieran peso—. Siento el espectáculo. Mi abuela y su enemistad con la tecnología van a acabar con mi paciencia.

—Tranquilo. Es parte de su encanto. —Aria sonrió, relajándose un poco al notar que el tono de él había perdido dureza—. Pondré a cargar su móvil ahora mismo.

—Gracias. —Otro pequeño silencio. Aria pensó que iba a colgar, pero entonces Ulises carraspeó—. Yo... ya que te tengo al teléfono. Quería preguntarte por su medicación. ¿Se la está tomando a sus horas?

—Sí.

—¿Y las vitaminas?

—Lleva todas al día —respondió Aria—. Pastilla azul con el desayuno, pastilla blanca después de comer. Y su dosis diaria de sarcasmo intacta. No tienes de qué preocuparte.

—Bien. —La voz de Ulises bajó un tono, volviéndose un ronroneo grave que vibró directamente en el oído de Aria, haciéndole cosquillas en el cerebro—. Estás… haciendo un buen trabajo. Gracias por cuidarla.

El tono sincero la desarmó por completo. De repente, el jardín, el sol y las hortensias desaparecieron, y solo quedó esa voz profunda al otro lado de la línea.

—Es fácil cuidarla. Se hace querer —susurró Aria, casi sin aliento.

«A diferencia de ti, que eres un dolor de muelas, pero del que estoy estúpidamente enamorada», añadió en silencio para sus adentros.

—Sí... supongo que sí. —Ulises pareció dudar un segundo, como si quisiera agregar algo más, pero el sonido de un teléfono fijo sonando de fondo en su despacho rompió el hechizo—. Tengo que dejarte. Tengo otra llamada.

—Claro.

—Adiós, Aria.

—Adiós, Ulises.

La línea hizo clic y se cortó.

Aria apartó el teléfono de su oído y se quedó mirando la pantalla negra durante unos segundos.

Llevó una mano a su pecho, justo sobre el esternón.

Su corazón latía desbocado, como si acabara de correr una maratón cuesta arriba.

Sentía las mejillas ardiendo y había una estúpida sonrisa bobalicona instalada en su cara, que no podía borrar por mucho que lo intentara.

«¿Se puede saber por qué tiene este maldito efecto en mí?», murmuró para sí misma, mirando al cielo azul como si esperara que los Antiguos Dioses griegos le dieran una respuesta.

Su voz era capaz de aflojarle las rodillas a una estatua de piedra.

Giró el rostro y miró a Katerina, que seguía pintando su cuadro sin dejar de tararear.