La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Ocho días.

Ciento noventa y dos horas.

Y, si Aria se ponía un poco tiquismiquis con las matemáticas (cosa que últimamente hacía solo para mantener su cerebro ocupado), un montón de minutos insoportables. Ese era el tiempo exacto que Ulises llevaba sin pisar Villa Penélope.

Era el récord absoluto de ausencia desde que Aria había comenzado a trabajar allí.

Al principio, intentó convencerse de que era un alivio.

Sin el ceño fruncido de Ulises, sin su aura de CEO implacable que parecía bajar la temperatura de las habitaciones diez grados, la villa respiraba una paz envidiable.

Aria y Katerina habían establecido una rutina deliciosa, tejida con desayunos tardíos en la terraza, paseos por los jardines perfumados de buganvillas y tardes de lectura donde el único sonido era el zumbido de las abejas.

Pero la paz, en aquel momento, a Aria le parecía un sinónimo de aburrimiento.

Aria suspiró, hundiendo las manos en la tierra de una de las macetas del jardín trasero.

Katerina le había pedido que la ayudara a trasplantar unos geranios, y lo estaba haciendo con una concentración digna de un cirujano cardiovascular, o al menos eso intentaba aparentar.

La realidad era que su mente estaba a kilómetros de allí, atrapada en un bucle de repetición constante.

«Sus labios salados por el mar. La forma en que sus manos grandes y firmes la habían acariciado. La intensidad de su mirada verde antes de separarse y romper el hechizo que los envolvía.»

—Maldito cíborg emocional —murmuró para sí misma, arrancando una hoja seca de un tirón.

Estaba enfadada. No con él, sino con ella misma.

Porque, a pesar de la distancia, de su frialdad y de su excusa de no querer hacerla daño, Aria seguía pensando en él.

Todo el tiempo. Seguía enamorada de él. Irremediablemente, estúpidamente y de manual.

Seguía enamorada del Ogro de la Colina, del jefe gruñón que huía de los sentimientos como si fueran una enfermedad mortal. ¡Qué cliché tan espantoso, joder!

—Si sigues asesinando a ese pobre geranio con la mirada, voy a tener que llamar a la sociedad protectora de plantas, cariño.

La voz cargada de buen humor de Katerina la sacó de sus pensamientos. La mujer estaba sentada a su lado, bajo la sombra de la pérgola, echando un puñado de abonos al geranio que acababa de trasplantar ella.

Aria se sonrojó, sacudiéndose la tierra de las manos.

—Solo le estaba quitando las hojas muertas.

—Claro, claro. Las hojas muertas…

Katerina sonrió, con esa chispa astuta en los ojos que demostraba que no se le escapaba absolutamente nada. Ella diría que su frustración tenía nombre, apellido y una preocupante adicción al trabajo.

—Hace más de una semana que Ulises no viene a la villa —dejó caer, como si tal cosa.

Aria arqueó las cejas, aunque no dejó que Katerina viera la expresión de su rostro. Si lo hiciera, estaba perdida.

—Estará muy ocupado —dijo, intentando sonar casual, como si estuviera hablando del clima, aunque había cierto resquemor en su entonación—. Las negociaciones no se hacen solas.

—Tonterías. Está escondido —aseveró Katerina, aplanando la tierra de su tiesto—. Mi nieto siempre hace lo mismo cuando algo le asusta. Se atrinchera en su torre de cristal en Atenas y finge que el mundo exterior no existe. Lo hacía desde que era un niño.

Aria siguió sin girar el rostro hacia Katerina. A ella no podría engañarla, sería tan inútil como intentar peinar a un gato, pero reconoció que la conversación se había vuelto más interesante.

—De niño también era... ¿así? —preguntó, buscando la palabra adecuada—. ¿Tan… impenetrable?

—¡Por Dios, no! Ulises era todo corazón.

—La mirada de Katerina se suavizó, perdiéndose en los recuerdos—.

Recuerdo un verano, tendría él unos siete años.

Encontró un pajarito con el ala rota en el jardín.

Se pasó tres noches sin dormir, dándole de comer con un cuentagotas, llorando a mares porque pensaba que no sobreviviría.

Le construyó una camita con algodón y se negó a ir a jugar con los otros niños hasta que el pájaro pudo volar.

Aria sintió un pinchazo de ternura tan agudo en el pecho que casi le dolió. Se imaginó a un pequeño Ulises, con sus grandes ojos, cuidando de un pájaro herido con la misma delicadeza con la que la había acariciado a ella en la playa.

Le apenaba profundamente que esa parte vulnerable y más humana hubiera desaparecido, sepultada bajo trajes sastre y capas de frialdad.

—Ahora parece que solo le importan los márgenes de beneficio —se le escapó decir.

—El accidente de sus padres, las responsabilidades...

Ulises aprendió que, si no sientes, no sufres.

Construyó una armadura tan gruesa que a veces se olvida de cómo quitársela, ya lo hemos hablado otras veces.

Pero el niño del pajarito sigue ahí dentro.

Solo necesita que alguien le recuerde que no pasa nada por sentir.

Aria bajó la mirada hacia el geranio recién trasplantado. Quería ser ella quien rompiera esa armadura, quien le enseñara lo que había fuera, pero Ulises ni siquiera le daba la oportunidad de intentarlo.

Justo cuando el ambiente se estaba volviendo un poco triste, el rugido de un motor rompió la paz del jardín. Un deportivo descapotable de color rojo chillón apareció frente a la entrada principal con un frenazo que levantó una nube de polvo.

De él bajó Ezio.

El abogado llevaba un traje negro, la camisa desabrochada tres botones más de lo estrictamente profesional y unas gafas de sol de aviador. Antes de llegar a la terraza, Aria ya podía oler su colonia. Una mezcla abrumadora de sándalo y regaliz.

—Buenas tardes —saludó Ezio.

—Hola —correspondió Aria.

—Ezio, querido. Qué... sorpresa —saludó Katerina.

—He venido porque hay un asunto urgente que tengo que tratar contigo —explicó.

—¿Es grave? —preguntó Katerina.

—No, no es grave, pero sí importante —respondió Ezio.

Después de aquellas palabras, Ezio centró toda su atención en Aria. Se quitó las gafas de sol y le dedicó una sonrisa que seguramente ensayaba frente al espejo cada mañana.

—Aria, estás radiante —ronroneó, acercándose a ella e invadiendo su espacio personal—. Las manos manchadas de tierra te dan un encantador toque rústico. Podrías ser la musa de un pintor renacentista.

Aria tuvo que morderse el interior de la mejilla para no soltar una carcajada. Ezio era tan sutil como un martillo eléctrico a las siete de la mañana.

—Gracias por el cumplido —dijo—. Aunque creo que los pintores renacentistas preferían a sus musas con menos suciedad. —Esbozó una sonrisa cortés pero completamente blindada.

Ezio rio.

—Si me disculpas, voy a lavarme las manos para que puedas hablar de negocios con Katerina.

—No hay prisa —insistió Ezio, interponiéndose ligeramente en su camino—. De hecho, me preguntaba si te gustaría que te llevara a dar una vuelta por Ítaca. Conozco un restaurante en la costa donde preparan un marisco espectacular.

Aria no pudo evitar pensar en lo diferente que eran Ezio y Ulises. Mientras uno huía de ella como si tuviera la peste, el otro se le lanzaba al cuello con la elegancia de un vendedor de coches usados.

—Es una oferta muy tentadora, Ezio —dijo, utilizando un tono cortés—, pero tengo algunas cosas que hacer aquí en la casa.

Katerina miró a uno y a otro. Estaba claro que a Aria no le gustaba Ezio. Mejor, así se fijaría en Ulises. Ezio era un buen chico, pero ella prefería que fuera Ulises quien se emparejara con Aria.

Ezio parpadeó, desconcertado por el rechazo. Su sonrisa vaciló un segundo ante de recuperarse.

—Bueno, una pena. El marisco tendrá que esperar. Pero no me rindo fácilmente, Aria. Soy abogado, la perseverancia es mi especialidad.

—Y la mía es la paciencia —replicó ella—. Con permiso.

Aria se dio media vuelta y enfiló los pasos hacia la casa, consciente de que tenía la mirada de Ezio clavada en ella.

—Ezio, siéntate y explícame qué pasa ahora —gruñó Katerina.

El sol de media tarde bañaba el salón principal de Villa Penélope, el que Ulises había utilizado como despacho durante su estancia allí, con una luz perezosa que invitaba a la siesta, o en el caso de Aria, a organizar la interminable colección de vinilos de Katerina, para paliar el aburrimiento.

Estaba debatiéndose entre clasificar a Frank Sinatra por orden alfabético o por nivel de dramatismo romántico, cuando el sonido de su teléfono sobre la mesa rompió la paz del momento.

Aria salió del caos de discos que tenía encima y se acercó al móvil con tranquilidad.

Seguro que era una notificación de la compañía telefónica o un mensaje de Dora o Xanna para verse alguna tarde en el pueblo.

Sin embargo, cuando sus ojos se posaron en la pantalla, el corazón le dio un vuelco tan fuerte que temió que se le saliera por las costillas para ponerse a bailar claqué sobre la alfombra.

Ulises.

El nombre parpadeaba en la pantalla con letras mayúsculas, burlándose de su repentina taquicardia. Llevaba días sin dar señales de vida, atrincherado en su fortaleza de cristal en Atenas, y ahora, de repente, la llamaba. A ella. A su móvil.

Aria se secó las manos, que habían empezado a sudarle de forma escandalosa, en los vaqueros, y carraspeó dos veces para aclararse la garganta.

«Calma, Aria. Eres una mujer adulta y profesional. No una adolescente a punto de hablar con el cantante de tu boyband favorita.»

Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono a la oreja.

—¿Sí? —respondió, intentando que la voz sonara casual, fresca, como si estuviera a punto de pedir un café y no al borde de un ataque de nervios.

—¿Aria? —La voz de Ulises al otro lado de la línea era un trueno lejano, grave, profundo y con esa textura aterciopelada que le enviaba un escalofrío directo a la base de la columna vertebral—. Siento molestarte en tu teléfono personal.

Después de lo que había pasado entre ellos en la playa, el tratamiento formal había desaparecido.

—No es molestia —mintió ella, apoyando una mano en el sofá para no perder el equilibrio—. ¿Ocurre algo?