CAPÍTULO 43 #3
—Aquel día... el día del accidente de la avioneta —dijo Ulises, tragando saliva para deshacer el nudo áspero que se le había formado en la garganta—.
Había una tormenta espantosa, sí. Las alertas meteorológicas desaconsejaban el vuelo, pero mi padre era quien pilotaba.
Estaba ciego de rabia porque mi madre no paraba de reprocharle no sé qué estupidez sobre una cena a la que no iba a ir.
Quería salir de allí a toda costa, huir de la discusión, así que ignoró las advertencias, subió los motores y despegó.
Discutieron hasta el último maldito segundo.
Mi madre le gritaba desde el asiento del copiloto, él se giró para contestarle, perdiendo la concentración en los mandos...
Y no solo ellos murieron, Tobías. También murió mi hermana, y yo me salvé de milagro.
—La voz de Ulises tembló apenas una décima de segundo, pero lo suficiente para que el silencio en el despacho se volviera sepulcral—.
El amor no los salvó. El amor los mató a los tres.
Los distrajo de lo único verdaderamente importante: sobrevivir.
Tobías se quedó en silencio durante unos largos segundos.
No había lástima en su mirada, sino una comprensión profunda y empática.
Sabía que esa era la verdadera armadura de Ulises.
No era arrogancia, no era que no tuviera sentimientos, era terror.
Terror a perder el control. Terror a que le ocurriera lo mismo que a sus padres.
—Ulises... —empezó, con voz suave, pero a la vez firme—.
Lo de tus padres fue una tragedia. Una tragedia horrible.
Pero ellos eran ellos. Tú eres tú. No todas las relaciones son un campo de batalla, y no todas las discusiones terminan en un accidente aéreo.
Estás usando un trauma infantil para justificar que te estás cagando de miedo ante una chica de metro sesenta y cinco que te hace sonreír.
—¡No me estoy cagando de miedo! —estalló Ulises, separándose del cristal como si quemara—. ¡Y no me hace sonreír!
—Claro que no. Te hace gruñir. Mucho más romántico —puntualizó Tobías, recuperando su tono chispeante y ligero, negándose a dejar que la conversación se hundiera en el drama—.
Pero volvamos a los hechos empíricos, señor CEO.
Si, como tú dices, no estás enamorado y eres inmune al amor... ¿por qué te detuviste en la playa?
—Ya te lo he dicho. Porque Aria es una persona con un corazón noble, porque cuida de mi abuela...
—¡Gilipolleces! —lo interrumpió Tobías, poniéndose en pie y caminando hacia él, señalándolo con el dedo índice como un abogado en pleno interrogatorio—.
Si solo fuera eso, le habrías subido el sueldo y le habrías comprado una cesta de frutas.
Pero no. La estabas besando. La deseabas.
Y te detuviste para no hacerle daño. Ulises, por el amor de Dios, a las modelos con las que sales no les preguntas ni cómo se llaman sus mascotas antes de llevártelas a la cama.
Nunca, en los años que te conozco, te he visto mostrar ese nivel de cuidado, de protección y de empatía hacia una mujer con la que te quieres acostar.
Eso significa algo. Y ese algo empieza por «A» y termina por «mor».
Ulises sintió que la sangre le hervía. La lógica de Tobías era aplastante, irritante y, sobre todo, peligrosa. Porque si Tobías tenía razón, el mundo de Ulises se desmoronaba. Así que hizo lo único que sabía hacer, atrincherarse en la negación más absoluta.
—Significa que tengo un mínimo de decencia moral, Tobías, nada más —espetó Ulises, cruzándose de brazos, como si así pudiera proteger sus propios órganos vitales—. No estoy enamorado de Aria. Entiéndelo de una maldita vez. Lo que tengo con ella es una simple, llana y primitiva atracción física.
—Ah, claro. Atracción física —repitió Tobías, asintiendo lentamente, con una sonrisa burlona danzando en los labios—. La famosa atracción física que te hace detenerte en seco cuando la chica está dispuesta. Eres el peor casanova de la historia de Grecia, amigo mío.
—¡La deseo sexualmente! —insistió Ulises, alzando la voz, como si estuviera intentando convencerse a sí mismo—.
Es guapa, tiene una boca que me vuelve loco y un cuerpo que...
joder. Es lujuria. Pura y dura. Y precisamente porque es solo lujuria, me detuve.
Porque sé que, si me acuesto con ella para saciar las ganas, la destrozaré cuando me aburra a las dos semanas.
Y mi abuela me mataría, de paso. Es una decisión táctica.
Nada más. Cero sentimientos. Cero amor. Solo... gestión de riesgos.
Tobías movió la cabeza de un lado a otro.
—Gestión de riesgos —repitió, riéndose por lo bajo mientras se dirigía hacia la puerta del despacho—. Eres increíble. De verdad. Podrías venderle hielo a un esquimal con esa capacidad de autoengaño.
Tobías agarró el pomo de la puerta de cristal, pero antes de abrir, se giró hacia Ulises, guiñándole un ojo con una chispa de diversión.
—Disfruta de tu «gestión de riesgos», Ulises.
Pero te doy un consejo gratis. La lujuria te hace querer desnudar a alguien.
El amor... el amor te hace querer cubrirla con tu chaqueta para que no pase frío.
Piensa en qué hiciste en esa playa después de separarte de ella —dijo—.
Nos vemos en la reunión de las cuatro. Intenta no morder ni despedir a nadie, por favor.
La puerta se cerró con un suave sonido, dejando a Ulises solo de nuevo.
Se quedó de pie en el centro del despacho, con el corazón latiéndole a una velocidad absurda. Recordó la suavidad de los labios de Aria sobre los suyos, la brisa fría del mar golpeándole tras el beso. Recordó cómo, instintivamente, había rodeado los hombros de Aria con sus brazos para darle calor.
«Maldito Tobías —pensó, cerrando los ojos con fuerza.»