La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 43 #2
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CAPÍTULO 43 #2

—Te has enamorado de esa chica —aseveró Tobías, guiñándole un ojo—.

Y, sinceramente, ya era hora. Ahora, hazme el favor de dejar de aterrorizar a mis contables y ve a comprar flores, bombones o un maldito helicóptero nuevo.

Lo que quieras. Porque, por lo que me cuentas, vas a tener que currarte mucho la disculpa por haberla dejado a las puertas del paraíso por tu arrepentido complejo de caballero medieval.

La palabra «enamorado» quedó flotando en el aire del despacho, rebotando contra las cristaleras con vistas al Partenón como si fuera una pelota de goma.

Ulises se quedó inmóvil durante un segundo, procesando la aberración lingüística que acababa de salir de la boca de su mejor amigo.

Luego, soltó una carcajada. No fue una risa alegre, ni siquiera una de sus habituales risas irónicas, fue un sonido áspero, seco y tan desprovisto de humor que hizo que Tobías arqueara una ceja.

—¿Enamorado? —repitió Ulises, saboreando la palabra como si fuera un trago de leche caducada—.

Por favor, Tobías. Pensaba que eras un hombre de números, de estadísticas, de hechos empíricos.

¿Desde cuándo te has vuelto un guionista de películas de sobremesa?

Yo no me enamoro. Nunca lo he hecho y nunca lo haré.

Es biológicamente imposible. Carezco del gen de la estupidez romántica.

Tobías se acomodó en el sofá de cuero con actitud despreocupada, estirando las piernas y cruzando los tobillos con parsimonia. Tenía todo el tiempo del mundo para desmontar los argumentos de Ulises. Uno por uno.

—Oh, claro, perdona. Olvidaba que estoy hablando con el ciborg de las finanzas —ironizó, llevándose una mano al pecho en un gesto teatral—.

Ulises Diakos, el hombre de titanio. El único ser humano que sangra dinero en lugar de glóbulos rojos.

Ilumíname, oh, gran máquina sin corazón, ¿qué es entonces lo que te tiene al borde de un colapso nervioso?

—preguntó de forma retórica—. Estás así por una chica con la que ni siquiera has tenido sexo.

Ulises le dio la espalda, caminando de nuevo hacia el ventanal. El sol de la tarde bañaba Atenas con una luz dorada, pero él solo sentía frío. Apoyó una mano contra el cristal templado, sintiendo la vibración imperceptible de la ciudad a sus pies.

—Es simple lógica y preservación —comenzó, adoptando su tono de sala de juntas, ese que usaba para aplastar a la competencia—.

El amor es una ilusión química temporal diseñada para la procreación, que inevitablemente desemboca en un desastre financiero y emocional.

Mira a tu alrededor, Tobías. El sesenta por ciento de los matrimonios acaban en divorcio.

Y los que no, terminan con los involucrados convertidos en seres vacíos que se odian en silencio mientras cenan frente al televisor.

Te lo he dicho muchas veces. Es una inversión con un retorno de capital desastroso.

Y yo no invierto en quiebras aseguradas.

—Que discurso tan bonito —murmuró Tobías, fingiendo secarse una lágrima invisible en la comisura del ojo—. Debes imprimirlo en tarjetas de San Valentín. Te harías de oro.

Ulises apretó la mandíbula. La ironía de Tobías normalmente le divertía, pero en aquel momento sentía que le estaba hurgando una herida que llevaba décadas intentando mantener cerrada.

—No es cinismo, es la maldita realidad —replicó, girándose a medias, con el perfil recortado contra la luz—. Y lo sabes. Mis padres son el ejemplo perfecto.

El ambiente en el despacho cambió sutilmente. La mención a los padres de Ulises siempre era un tema delicado, pero Tobías, conociéndolo como lo conocía, no apartó la mirada. Se limitó a asentir, dándole espacio para que soltara lo que tuviera que decir.

—Se decía que se amaban con locura —continuó Ulises, y su voz bajó una octava, volviéndose más oscura, más rasposa—.

Una pasión arrolladora, titulaban las revistas.

¿Y en qué se convirtió? En gritos. En reproches constantes.

En una guerra fría que calentaban a base de peleas monumentales.

El amor los volvió irracionales, Tobías. Los volvió estúpidos.

Ulises cerró los ojos un instante. La memoria, traicionera y nítida, lo asaltó. El sonido de la lluvia golpeando los cristales, los truenos y las voces elevadas.