CAPÍTULO 43
El ambiente en la planta cuarenta y cinco de Diakos Corporation se había convertido en un campo de minas. Y Ulises era el general al mando, pisando como un elefante en una cacharrería y dispuesto a detonarlas todas.
Llevaba tres días de vuelta en Atenas y su mal humor había alcanzado niveles legendarios.
Si normalmente era un jefe exigente, esa semana se había transformado en un auténtico tirano.
Había rechazado cuatro propuestas de marketing con un simple y cortante «rehagan esta basura», había fulminado con la mirada a un becario por no traerle el café negro como a él le gustaba, y acababa de despachar al director de recursos humanos con un bufido tan despectivo que el pobre hombre había salido del despacho pálido y abrazando su tablet como si fuera un escudo y tratara de protegerse con ella.
Cuando la puerta se cerró tras el aterrorizado director, Tobías entró sin llamar, esquivándolo por los pelos. El jefe de finanzas llevaba las manos en los bolsillos del pantalón y una expresión que mezclaba fascinación y exasperación a partes iguales.
—Has batido tu propio récord —anunció, dejándose caer en uno de los sofás de cuero que adornaban el inmenso despacho de Ulises—.
Has conseguido que Maximus, un hombre de casi sesenta años que lleva toda la vida trabajando aquí y ha sobrevivido a un divorcio con una abogada matrimonialista, parezca a punto de echarse a llorar.
Felicidades. ¿Te enviamos ya el trofeo del «Jefe del Año» o prefieres que te hagamos una estatua en el vestíbulo de la entrada?
Ulises, de pie frente al ventanal panorámico, ni siquiera se giró. Tenía los hombros tan tensos que parecían tallados en granito y la mandíbula apretada hasta el punto de que le dolían los dientes.
—Su plan de reestructuración es deficiente —gruñó, aflojándose el nudo de la corbata con un tirón brusco—. Parecía redactado por un niño de cinco años.
—Su plan de reestructuración era exactamente el mismo que aprobaste hace seis meses, Ulises —replicó Tobías, cruzando una pierna sobre la otra—.
El problema no es el plan. El problema no es Maximus.
El problema ni siquiera es el café del becario, ni que tu secretaria llegue un minuto y medio tarde.
El problema eres tú. Estás insoportable.
Estás que muerdes. Llevas tres días gruñendo por los pasillos como un oso al que le han robado la miel.
Ulises se giró de golpe, fulminando a su amigo con esos ojos verdes que, en ese momento, parecían disparar láseres.
—Estoy perfectamente. Solo exijo excelencia. Si esta empresa no puede seguir mi ritmo, quizás deba despedir a la mitad de la plantilla.
Tobías soltó una carcajada seca, negando con la cabeza. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, y lo miró con esa perspicacia aguda que lo convertía en el único hombre capaz de leer a Ulises Diakos como si fuera un libro abierto.
—Déjate de tonterías conmigo, Ulises. Te conozco desde que usábamos camisetas de bandas de rock y bebíamos cerveza barata —dijo Tobías, bajando el tono de voz a uno más confidencial—.
¿Qué cojones te pasa? Y no me digas que es el trabajo.
Esto tiene nombre, apellidos y, si no me equivoco, una sonrisa que te saca de quicio.
O te sacaba… —Dejó la frase en el aire—.
Algo me dice que tu mal humor tiene que ver con Aria, la cuidadora de tu abuela.
Desde que has vuelto de Ítaca le saltas a la yugular a todo el mundo.
El nombre flotó en la atmósfera climatizada del despacho.
Para Ulises, escuchar esas cuatro letras fue como recibir un puñetazo directo en el estómago.
Sintió que el pulso se le aceleraba y una oleada de calor le subía por el cuello.
Apretó los puños a los costados, tratando de mantener su habitual expresión de indiferencia, pero sabía que con Tobías era inútil.
—Deja a Aria tranquila —mintió, dándose la vuelta para caminar hacia su imponente escritorio.
—¡Ja! —exclamó Tobías, señalándolo con el dedo índice en un gesto triunfal—.
¡Has parpadeado varias veces! ¡Y se te ha tensado la vena del cuello!
Es por ella. Lo sabía. A ver, cuéntamelo todo.
¿Qué ha pasado? ¿Te ha vuelto a ganar a las cartas?
¿Te ha obligado a ver comedias románticas?
¿O es que el todopoderoso Ulises Diakos ha intentado desplegar sus encantos y se ha estrellado contra un muro de indiferencia?
Ulises se dejó caer pesadamente en su sillón de cuero negro. Se pasó ambas manos por el pelo oscuro, desordenándolo por completo. Un gesto tan impropio de su habitual pulcritud que Tobías enarcó ambas cejas, sorprendido de verdad. ¿Qué coño había pasado?
El silencio se prolongó durante un minuto entero. Lo único que se escuchaba en el despacho era el suave zumbido del aire acondicionado y el tráfico lejano de Atenas cuarenta y cinco pisos más abajo.
Finalmente, Ulises exhaló el aire que tenía en los pulmones, como si se estuviera rindiendo.
—Nos liamos —soltó, con la voz ronca, mirando fijamente un pisapapeles de cristal que había sobre la mesa.
Tobías se quedó congelado. Literalmente. Tenía la boca medio abierta para soltar otra broma, pero las palabras murieron en sus labios. Parpadeó un par de veces, procesando la información.
—Espera… —le pidió a Ulises, poniéndose en pie de un salto y acercándose al escritorio—. ¿Que os liasteis? ¿Tú y Aria? ¿Cuándo? ¿Cómo?
—En la playa privada de la casa de mi abuela —confesó Ulises, y solo recordarlo hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal.
Cerró los ojos, y la imagen de Aria bajo la luz de la luna, con la piel salada y los labios hinchados por los besos, lo golpeó con la fuerza de un huracán.
—Fue... joder, Tobías, fue una locura. Le conté el accidente de mis padres, cómo sobreviví en medio del mar agarrado al fuselaje de la avioneta, y de repente la estaba besando.
Y ella me estaba besando a mí. Fue como si alguien hubiera encendido una cerilla en una fábrica de pólvora.
Acabamos tumbados en la arena —continuó—.
Estaba perdiendo el control por completo.
La deseaba tanto que sentía que me iba a volver loco si no me la follaba en ese mismo instante.
Tobías se apoyó en el borde del escritorio. Sus ojos azul claro mostraban una expresión de fascinación.
—Esto es oro puro, joder —murmuró—. Pero entonces... si hubo fuegos artificiales, explosiones y revolcones en la arena... ¿por qué estás aquí, tres días después, amargándonos la existencia a todos? ¿Qué salió mal? ¿Te rechazó? ¿Te mandó a tomar por culo?
Ulises abrió los ojos y clavó su mirada en Tobías. Su expresión era una mezcla de frustración y fastidio.
—No. Fui yo. Yo paré —dijo.
Tobías lo miró como si Ulises acabara de lanzar fuego por la boca.
Frunció el ceño.
—¿Tú? —repitió, en un susurro de incredulidad—. ¿Tú, Ulises Diakos, el hombre que se tira a una mujer diferente cada fin de semana, que has estado con las tías más despampanantes del mundo, detuviste un posible polvo en la playa, con la chica que te tiene suspirando por las esquinas?
—Aria no me tiene suspirando por las esquinas —lo interrumpió Ulises.
—Claro que sí, solo hay que verte —se reiteró Tobías—. Definitivamente, estamos en pleno apocalipsis. Los jinetes están aparcando los caballos en el garaje del edificio.
—¡Por eso estoy tan cabreado! —estalló Ulises, poniéndose en pie de un salto y comenzando a caminar de un lado a otro del despacho como si tuviera hormigas en el cuerpo—.
¡Porque no me reconozco, Tobías! ¡La deseaba más que a nada en el mundo, la tenía entre mis brazos, ella estaba dispuesta, y mi maldito cerebro decidió que era el momento perfecto para tener un ataque de caballerosidad!
—Pero ¿por qué? —preguntó Tobías, visiblemente desconcertado—. Si los dos queríais...
Ulises se detuvo en seco. Miró hacia el horizonte de la ciudad, pero lo que veía era la sonrisa cálida de Aria, la forma en que cuidaba a Katerina con una ternura infinita, la manera en que no se dejaba intimidar por sus millones ni por su mal genio.
—Porque no quiero que sea una más —dijo, y su voz sonó inusualmente suave, desprovista de toda su habitual autoridad—.
No es como las mujeres con las que suelo salir, Tobías.
Esas mujeres saben a lo que juegan. Es una transacción.
Un par de cenas caras, pasamos un buen rato, y cada uno por su lado. Pero Aria... Aria no es así.
Ulises se giró hacia su amigo, con los ojos brillando con una intensidad abrumadora.
—Tiene un corazón enorme, Tobías. Es noble.
Es pura. Se preocupa por mi abuela como si fuera su propia sangre.
Me mira y no ve al CEO de Diakos Corporation, no ve mi cuenta bancaria.
Ve a un idiota gruñón y, aun así, me sonríe.
Si me hubiera acostado con ella en esa playa, impulsado por el calentón del momento, y luego hubiera desaparecido como hago siempre... la hubiera destrozado.
Ulises tragó saliva.
—Y lo que es peor —añadió, en un susurro ronco—, creo que me destrozaría a mí mismo.
No podría usarla y desecharla. Simplemente...
no podría. Así que paré, le dije que no quería tratarla como si fuera una más, y todo terminó.
Y ahora me odio por haberla dejado a medias, me odio por desearla tanto, y me odio porque no puedo dejar de pensar en ella ni un maldito segundo.
Tobías se quedó mirándolo durante un largo rato. La burla había desaparecido por completo de su rostro, reemplazada por una sonrisa suave y llena de afecto fraternal. Se acercó a Ulises y le dio una palmada amistosa en el hombro.
—Amigo mío —dijo, con un tono solemne pero chispeante—, no estás enfermo, ni te has vuelto loco, ni necesitas despedir a media plantilla. Lo que te pasa es mucho más grave y no tiene cura conocida.
—¿Qué? —gruñó Ulises, a la defensiva.